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6.3 Que murió y resucitó

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
- Artículos 4-7, Símbolo Apostólico

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato Toda la vida de Jesús es una Palabra de Dios para nosotros. Él vivió toda su vida por y para nosotros. De hecho, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz)[73]. Además, su vida fue preparada de antemano por los profetas y anunciada a sus contemporáneos por Juan el Bautista. De ella, cabe destacar en primer lugar sus humildes comienzos, en un pequeño pueblo llamado Belén. Este comienzo fue marcado por la persecución de los poderosos, que veían en su venida una amenaza a su poder. Tras eso, Jesús pasó unos 30 años de vida en el anonimato, el trabajo diario, y la cotidianidad de vida de la época, sin destacar de ninguna forma o buscar algún tipo de grandeza. Todo un ejemplo de humildad de un Dios que, hecho hombre, no busca grandezas ni gloria, sino el bien de su pueblo. Un ejemplo que generalmente nosotros no seguimos, pues en todos nuestros círculos siempre buscamos ser, y nos molesta profundamente ver nuestra mediocridad, que nos ignoren y que no nos tengan en cuenta.

La vida pública de Jesús empieza en el bautismo, al igual que la obra de Dios con nosotros como hijos suyos. En el bautismo recibimos el don del Espíritu Santo, que Dios Padre e Hijo nos envían. El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo (Catecismo 1277). A continuación Cristo se enfrenta a las mismas tentaciones en el desierto (Mateo 4, 1-11) que las que tenemos todos nosotros: poner la seguridad de nuestra vida en las cosas materiales, decirle a Dios que hace mal sus planes de amor en nuestra historia creyendo que nosotros lo haríamos mejor, y poner en lugar de Dios a otros (afecto, poder, prestigio, salud, etc). Frente a estas pruebas, Jesús da una respuesta clara, pues Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”» (Mateo 4, 10). A partir de ese momento, Jesús dedicó su vida al anuncio del Reino de Dios, confirmando sus palabras con milagros y signos dedicados a los sufrientes de su pueblo. También entregó las llaves del Reino a Pedro, es decir, a la Iglesia, y nos mandó a todos a predicar la buena noticia de la Salvación. Y, finalmente, nos regaló su Salvación cumpliendo las profecías del Siervo de Yahvé, como se ha explicado previamente al hablar de su encarnación. Y todo esto lo ha hecho... ¡Por puro amor a ti!

Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos Jesucristo experimentó de forma histórica y real la muerte, por mano de los hombres, abandonado en manos del Padre. Y lo hizo de forma cruenta y en soledad absoluta, sufriendo una de las torturas más crueles que el ser humano ha inventado. Él experimentó la frustración del sin sentido y de la injusticia, degustando el amargo silencio del Padre en la hora de la muerte diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza (Salmo 22, 2). Pero este grito que hace Jesús no se dirige a la vida y a la supervivencia, y no se dirige a sí mismo: se dirige sino al Padre. Un Padre que, a diferencia de todos los demás, no lo abandonó. Pero esto también es un hecho personal, ya que nosotros somos, como mínimo, cómplices de este asesinato cuando en nuestra vida rechazamos a Dios y lo abandonamos.

Además, Dios bajó al infierno: a tu infierno. Y lo hizo por amor a ti, experimentando lo mismo que tú. Por eso, ya no has de tener miedo si ves que la vida te lleva a sufrir y morir, pues en el infierno te espera Dios mismo para sacarte de él. Y por eso, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, los cristianos conservan la fe cuando, al parecer, la fe ya no tiene sentido: cuando la realidad anuncia la ausencia de Dios, de la que habla todo el pueblo que se burla de Él en la cruz. Pero gracias a este sacrificio de Cristo, el infierno y la muerte no son lo mismo que antes, porque la vida y el amor los han roto desde dentro. La muerte ya no te conduce a la soledad. Las puertas del infierno están abiertas para ti. Y Dios te saca del sepulcro: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Efesios 5, 14b). Así pues, la muerte sólo existe para quien experimenta la «segunda muerte» (Apocalipsis 20, 11-15), es decir, para quien con el pecado se encierra voluntariamente en sí mismo, rechazando a Dios y su Salvación. Así pues, no lo olvides... ¡Dios está contigo en tu vida! ¡En tu infierno! ¡Vive con Él, pues Él es tu vida!

Al tercer día resucitó de entre los muertos, y subió a los cielos A este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio (Hechos 2, 23-24). Efectivamente, el Padre en quien Jesús confiaba no le defraudó: lo resucitó de entre los muertos. Al igual que Dios te resucita a ti. Dios confiere la vida a quien ha vivido la propia vida gastándola por los demás, y por eso se dice: Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto (Isaías 66, 10), pues... ¡Cristo la ha rescatado! ¡Alegraos todos los que antes llorabais! ¡Dios tiene la vida que te falta! Y Jesucristo no resucitó para volver a morir, como Lázaro, sino que resucitó a la vida eterna. Esto es un hecho histórico. Los discípulos no podían inventarse una historia en la que ellos son profundamente humillados por abandonar al maestro, y luego dar la vida por esa historia que los tacha de miserables. ¡Y sí! ¡Todos los discípulos de Cristo desprecian la muerte y marchan hacia ella sin temerla, pisándola como a un muerto gracias al signo de la cruz y a la fe en Cristo! (San Atanasio)[11]. Además, un muerto no puede hacer nada; solamente los vivos actúan (San Atanasio)[11]. ¡Y Cristo vive, pues actúa en tu vida! Por eso, tu pecado y tu muerte han sido destruidos para siempre. Y todos tus pecados, perdonados.

La gracia de conocer a Cristo se da a cada persona en un momento diferente de su vida, y por eso Cristo resucitó al tercer día y no enseguida. Pues, en ocasiones, y para nuestro bien (aunque nos cueste comprenderlo), las cosas requieren un tiempo. Por eso, en dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia (Oseas 6, 2). Sin embargo, ya hemos visto que en ese tiempo Dios también nos acompaña, pues descendió a los infiernos. Así pues, no lo dudes: Jesucristo es la roca donde hay que apoyarse para que nuestra inseguridad desaparezca. Y mirad, quien niega la resurrección anula nuestra predicación y nuestra fe (Teodoro)[67]. Pues nuestra misión es evangelizar, es decir, dar a conocer esta buena noticia, incluso con el testimonio máximo: el martirio. Pues... ¿De qué tienes miedo si realmente crees que la muerte está vencida? Esto es lo que celebramos en cada Eucaristía, y de forma especial en la Vigilia Pascual. ¿Qué tienes más importante que hacer que celebrar y recibir la Vida? ¿Y qué más que vivirla? Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Colosenses 3, 1-3).

Y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso Y Jesucristo no sólo resucitó, sino que también ascendió... ¡Y nos lleva a nosotros con Él! La Ascensión de Cristo, por lo demás, constituye nuestra elevación, abrigando el cuerpo la esperanza de estar un día donde le ha precedido su Cabeza gloriosa (San León Magno)[67]. Porque Dios quiere que tú seas feliz con Él en su Reino. Y si Él te salva, y tú quieres ser salvo, ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? (Romanos 8, 34). Efectivamente, Jesús en su reino no se olvida de nosotros ni un instante, sino que desde allí intercede y cuida de todos nosotros. ¡No lo dudes! Dios tiene siempre un ojo puesto en ti. Y ««Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5, 12b). ¡A Él la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! ¡Por todo el amor que nos ha tenido!

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos Por último, creemos que Jesucristo hará justicia. Porque Dios es bueno y, por tanto, también justo. Por eso, Él hará un juicio justo entre todas las criaturas. Enviará al fuego eterno a los espíritus malvados, mientras que a los justos y santos, que perseveraron en su amor, les dará la incorrupción y les otorgará una gloria eterna (San Ireneo)[66]. Pero... ¿Cómo será eso? Con un juicio personal tras la muerte, tal y como lo explicamos en los novísimos. Así que recuerda: no peques, y si pecas confiésate y cambia de vida. O bien ama y haz lo que quieras (San Agustín)[83]. Porque aquel día los únicos que te acusarán ante Dios serán tus propias obras y el maligno. Pero Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (San Juan Pablo II)[78]. Por eso, toma en peso tu proceder en esta vida, sin olvidar que si rechazas la salvación que Cristo te ofrece ya no queda otra salvación para ti. Pero mientras vivas, pase lo que pase, volver a Él siempre es una opción. ¡Pues suyo eres y Él te ama!

Práctica Muchas veces queremos los milagros de Dios, en vez de a Dios mismo. Queremos que todo nos vaya bien, que “nos resucite” ya. Queremos llegar al cielo, pero sin pasar por la pasión y muerte. Pero Dios ha puesto sabiamente y para tu bien sus tiempos. En realidad, muchas veces nos pasa como a los seguidores de Jesús, a los que Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros» (Juan 6, 26). Por eso, conviene hacerse una pregunta fundamental.. ¿Cuál es mi cruz, y qué actitud tengo frente a ella? Y conviene reflexionar sobre nuestra forma de vivir esta vida. ¡Ánimo!

Reflexionar en oración en base a esta pregunta
Leer la explicación del libro de Santo Tomás de Aquino

Ya que toda palabra de Dios está garantizada, vamos a vislumbrar un poco esta parte del Credo Apostólico en las Escrituras, haciendo la Lectio Divina de los siguientes pasajes. En ellos, Dios mismo nos va a recordar la importancia de vivir siempre con la mirada puesta en el cielo:

Mateo 4, 1-11 (Tentaciones de Jesús)
Salmo 22, 1-32 (Gritos de muerte y gloria)
Efesios 5, 10-17 (Imitadores de Cristo)
Apocalipsis 3, 14-22 (A la Iglesia de Laodicea)
Apocalipsis 21, 1-8 (Cielo y tierra nuevos)
Mateo 25, 1-13 (Parábola de las vírgenes)

Comentarios

Raúl Niño Tovanche(23-09-2021)
Jesús es nuestra esperanza, aferrarnos a Él es lo mejor que podemos hacer en nuestras vidas. Alabado y bendito sea Dios.
Sin duda, confiar en Él es lo mejor. Ser como niños -dijo Él mismo- que confian en su Padre, para entrar en el reino de los cielos. Bendito sea Dios. La paz.
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