Me has seducido Señor

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No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahvé por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura (Isaías 60, 19).

Me has seducido Señor
Dios te ama con locura, y quiere que le sigas como respuesta a su amor, para que lo conozcas y seas feliz. Sin embargo, nadie busca lo que ya posee, ni espera lo que ya tiene. Y este es el tiempo de buscar a Dios, porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? (Romanos 8, 24). Así pues… ¿Qué hace Dios para que tú le busques? Seducirte.

El Cantar de los Cantares ilustra muy bien esta situación: Yo dormía, velaba mi corazón. ¡La voz de mi amado que llama!: ¡Ábreme, hermana, amiga mía, paloma mía sin tacha! Mi cabeza está cubierta de rocío, mis bucles del relente de la noche. ¡Mi amado metió la mano por el hueco de la cerradura; mis entrañas se estremecieron! (Cantar 5, 2.4). Dios se encuentra contigo en tu vida, si estás atento a la llamada. Te da a probar su gran amor y te estremece con su belleza. Te hace sentir verdaderamente amado por Él en tu propia vida.

Y después, desaparece… Abrí yo misma a mi amado, pero mi amado se había marchado. El alma se me escapó en su huída. Lo busqué y no lo hallé, lo llamé y no respondió (Cantar 5, 6). Por supuesto, Él no desaparece nunca: siempre está ahí ayudándonos, y dándonos fuerza para continuar por el camino de la vida. Lo que desaparece es su presencia clara y meridiana de nuestra vida, que se vuelve como borrosa. Pero tu ya sabes que Él está ahí. Ya lo has conocido. Y ya te ha seducido. ¡Que bella eres, qué hermosura, amor mío, que delicias! (Cantar 7, 7). Ahora lo que te queda por hacer es buscarlo para volver a encontrarte con Él.

Incluso en la desesperación, o cuando piensas en abandonar, el recuerdo de ese encuentro personal en tu vida mantiene viva la esperanza. Como decía el profeta Jeremías: Me has seducido, Yahvé, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía (Jeremías 20, 7.9). Ciertamente, si lo intentas mucho puede ahogarse, pero si mantienes la esperanza y te levantas cuando caes, esa experiencia es como fuego ardiente en todos tus miembros, que te certifica siempre que… ¡Dios te ama!

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