¿Qué más quieres de Dios?

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¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces? (Isaías 5, 4).

¿Qué más quieres de Dios?
Dios te ama, y mucho. ¿Has visto cuanto ha hecho por ti? Creó el universo, creó al hombre, te creó a ti y me creó a mi, y nosotros decidimos arrogantemente ser “como dioses”, pecamos, pero Dios nos amó y preparó una historia de Salvación: Eligió al pueblo de Israel, raza de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido, multiplicó sobremanera a su pueblo, lo hizo más fuerte que sus opresores (Salmo 105, 6.24). Pero una y otra vez se apartaban de su lado, y una y otra vez, Dios los corregía y no los abandonaba: ¡Yo, yo mismo limpiaba tus delitos por mi respeto, y de tus pecados no me acordaba! (Isaías 43, 25). Dios siempre estuvo con ellos, y todo lo soportó. Y todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos (1 Corintios 10, 11). ¡Dios soporto todo eso también por amor a nosotros!

Pero no conforme con eso, extendió su historia de Salvación a todos los hombres, enviando a su hijo único, el cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a si mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Filipenses 2, 6-8). ¿Y sabes lo que ha soportado por ti y por mi? Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle, Despreciable, un Don Nadie. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca (Isaías 53, 3.7). Abandonado, traicionado, azotado, torturado, difamado, calumniado, perseguido, despreciado, y asesinado. ¡Y esto lo hizo por amor a nosotros!

Y fundó su Santa Iglesia, donde tu y yo estamos. ¿Y que hicieron algunos miembros de su Iglesia? Volver a traicionar a Dios una vez más, como los viñadores homicidas (Mateo 21, 33-46) que no dan sus frutos a su tiempo, sino que pagan a su benefactor con ingratitud. Pero aún así Dios es fiel y ha llevado adelante a su Santa Iglesia para que tu puedas recibir su amor. Y lo has recibido en tu vida concreta, donde Dios se te ha manifestado, te ha hablado, y ha actuado de forma maravillosa. Pero.. ¿Qué has hecho tú con ese inmenso amor que tanto le ha costado a Dios llevarte? ¿Qué frutos has dado? Yo veo en mi muy pocos frutos, comparados con todo lo que he recibido.

¿Y sabéis que dijo, por ejemplo, Santa Catalina de Siena cuando se dio cuenta de esto? Oh Dios eterno, si el tiempo que el hombre era árbol de muerte lo trocaste en árbol de vida, injertándote, tú, vida, en el hombre -aunque muchos por sus culpas no se injerten en ti, vida eterna-, puedes ahora de ese modo proveer a la salud de todo el mundo, al cual veo hoy que no se injerta en ti… Oh vida eterna, desconocida de nosotros, criaturas ignorantes. Oh miserable y ciega alma mía, ¿dónde está el clamor, donde están las lágrimas que deberías derramar en la presencia de tu Dios, que continuamente te invita?… Nunca produje yo otra cosa que frutos de muerte, porque no me he injertado en ti (Santa Catalina de Siena). ¡Ciertamente Dios te Ama! Y tu… ¿Vas a dejar que este maravilloso amor se frustre en ti?

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