1.2 Obediencia o Desobediencia

Curso Católico » Lectio Divina » Obediencia o Desobediencia

Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura En pri­mer lu­gar va­mos a leer esta lec­tu­ra te­nien­do en cuen­ta que al leer pa­sa­jes so­bre ciu­da­des, reinos y tem­plos del pue­blo de Israel, ge­ne­ral­men­te de­ben en­ten­der­se como fi­gu­ras de no­so­tros mis­mos, se­gún las pa­la­bras de San Pablo: Todo esto les acon­te­cía en fi­gu­ra, y fue es­cri­to para avi­so de los que he­mos lle­ga­do a la ple­ni­tud de los tiem­pos (1 Corintios 10, 11). Por otro lado, los reinos y ciu­da­des enemi­gos de­ben en­ten­der­se como los “poderes” que nos ame­na­zan y do­mi­nan es­pi­ri­tual­men­te: pe­ca­dos, es­cla­vi­tu­des, si­tua­cio­nes que su­pe­ran nues­tras fuer­zas, ame­na­zas, el ma­ligno y sus án­ge­les, ten­ta­cio­nes, etc. Esto no sig­ni­fi­ca que es­tas co­sas que se na­rran no ocu­rrie­sen de ver­dad, sino que ocu­rrie­ron tam­bién como avi­so para no­so­tros: tú y yo so­mos Israel, tú y yo so­mos el tem­plo de Dios, y en este caso, tú y yo so­mos esa gran ciu­dad y sus gen­tes de la que se ha­bla en la lec­tu­ra.

Yahvé dijo así: Baja a la casa real de Judá y pro­nun­cia allí es­tas pa­la­bras. Dirás: Oye la pa­la­bra de Yahvé, tú, rey de Judá, que ocu­pas el trono de David, y tus ser­vi­do­res y pue­blo -los que en­tran por es­tas puer­tas-. Así dice Yahvé: Practicad el de­re­cho y la jus­ti­cia, li­brad al opri­mi­do de ma­nos del opre­sor, y al fo­ras­te­ro, al huér­fano y a la viu­da no atro­pe­lléis; no ha­gáis vio­len­cia ni de­rra­méis san­gre inocen­te en este lu­gar. Porque si po­néis en prác­ti­ca esta pa­la­bra, en­ton­ces se­gui­rán en­tran­do por las puer­tas de esta casa re­yes su­ce­so­res de David en el trono, mon­ta­dos en ca­rros y ca­ba­llos, jun­to con sus ser­vi­do­res y su pue­blo. Mas si no oís es­tas pa­la­bras, por mí mis­mo os juro -oráculo de Yahvé- que en rui­nas pa­ra­rá esta casa (Jeremías 22, 1-5).

Además, si lee­mos un poco más para com­pren­der me­jor este pa­sa­je nos en­con­tra­mos con unos ver­sícu­los muy re­ve­la­do­res, que ha­blan so­bre por qué la ciu­dad, o lo que es lo mis­mo, no­so­tros mis­mos, aca­ba­re­mos en rui­nas si no obe­de­ce­mos a Dios.

Muchas gen­tes pa­sa­rán a la vera de esta ciu­dad y di­rán cada cual a su pró­ji­mo: «¿Por qué ha he­cho Yahvé se­me­jan­te cosa a esta gran ciu­dad?» Y les di­rán: «Es por­que de­ja­ron la alian­za de su Dios Yahvé, y ado­ra­ron a otros dio­ses y les sir­vie­ron» (Jeremías 22, 8-9).

Meditación ¿Se tra­ta Dios de un ti­rano al que si obe­de­ces todo te va bien, y si no lo ha­ces todo te va mal? No. Este no es el sig­ni­fi­ca­do de esta lec­tu­ra. Dios no ha­bla aquí de que se­gún obe­dez­cas o no todo te va a ir bien en la vida o no, pues Jesús nos dice cla­ra­men­te que en el mun­do ten­dréis tri­bu­la­ción. Pero ¡ánimo!: yo he ven­ci­do al mun­do (Juan 16, 33b). Para com­pren­der­la bien de­be­mos re­cor­dar en pri­mer lu­gar que Dios no ne­ce­si­ta nada de no­so­tros, pues ya es Dios y lo tie­ne todo. Su Palabra y su Ley es una guía que nos re­ga­la para que po­da­mos re­co­rrer el ca­mino de la Vida, y fi­nal­men­te nos po­da­mos en­con­trar con Él, que es el Amor y el Bien. Y nos la da sim­ple­men­te por­que nos ama.

Y en este caso Dios nos ha­bla de la ciu­dad de nues­tra alma: no­so­tros he­mos sido crea­dos por amor y para amar, y por ello prac­ti­car el de­re­cho y la jus­ti­cia con los opri­mi­dos y no ha­cer mal a los dé­bi­les es algo muy bá­si­co y ne­ce­sa­rio para que pue­da sub­sis­tir el amor. Por su­pues­to, el amor de ver­dad es algo tan su­bli­me que ne­ce­si­ta de mu­cho más para bri­llar en todo su es­plen­dor, pero si uno se de­di­ca a apro­ve­char­se de los dé­bi­les y a opri­mir a los de­más di­rec­ta­men­te ex­tin­gue el amor. Por eso Dios dice cla­ra­men­te: si ni si­quie­ra evi­tas ha­cer el mal a los dé­bi­les, tu alma aca­ba­rá en rui­nas, sin amor, sin vida y muer­ta. Así pues, en esta lec­tu­ra Dios sim­ple­men­te nos avi­sa de cuá­les son las con­se­cuen­cias de nues­tros pro­pios ac­tos en nues­tra alma.

El pa­sa­je que en­con­tra­mos un poco des­pués es muy re­ve­la­dor ya que nos in­di­ca la raíz de es­tas ac­cio­nes que ex­tin­guen el amor. Efectivamente, amar a Dios so­bre to­das las co­sas y al pró­ji­mo como a uno mis­mo son dos man­da­mien­tos in­se­pa­ra­bles e ín­ti­ma­men­te uni­dos. Por eso, la raíz de no amar al pró­ji­mo es, en de­fi­ni­ti­va y como dice este se­gun­do pa­sa­je, no amar a Dios sino a otros ído­los. Es de­cir, el ob­je­ti­vo de ex­plo­tar al dé­bil, y lo po­de­mos ver a nues­tro al­re­de­dor, es que las per­so­nas en lu­gar de amar a Dios aman a un ído­lo lla­ma­do di­ne­ro. Y esto es sólo un ejem­plo, pues lo mis­mo ocu­rre con mu­chas otras co­sas.

La pre­gun­ta cla­ve aho­ra es: ¿Obedecemos o no a la Palabra de Dios? ¿Seguimos el ca­mino de la Vida o el de la muer­te? Porque al fi­nal tu pa­la­bra es an­tor­cha para mis pa­sos, luz para mi sen­de­ro (Salmo 119, 105). Eso sí, no se tra­ta de co­ger aho­ra la Ley y con nues­tras fuer­zas in­ten­tar cum­plir­la a ra­ja­ta­bla, por­que es im­po­si­ble. Los ca­tó­li­cos so­mos cons­cien­tes de que el hom­bre no se jus­ti­fi­ca por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo (Gálatas 2, 16a). Porque el amor nace como res­pues­ta al amor, y en este caso nues­tro amor nace de ha­ber ex­pe­ri­men­ta­do el amor de Dios. Y este amor es el que da como fru­to la obe­dien­cia a la Palabra de Dios y el cum­pli­mien­to per­fec­to de la Ley. Pero ade­más, el amor no se que­da ahí, sino que va mu­cho más allá del mero cum­pli­mien­to de la Ley. Porque al igual que un amor que no se de­mues­tra no es amor, así tam­bién la fe, si no tie­ne obras, está real­men­te muer­ta (Santiago 2, 17).

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!