2.4 Carta de Amor de Dios

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Habla mi ama­do y me dice: «Levántate, amor mío, her­mo­sa mía, y ven­te.»
- Cantar 2, 10

Carta de Amor de Dios Yo soy el sumo Bien, la Belleza, la Vida, la Verdad y el Amor. Soy per­fec­to, com­ple­to, no ne­ce­si­to nada, y no me hace fal­ta na­die. Porque yo soy Dios. Pero aun así, en mi eter­ni­dad te pen­sé y te amé. Te di­se­ñé per­fec­to: toda una obra de arte. Y te creé. Por puro amor, pues nada tie­nes que me haga fal­ta… ¡Todo te lo he dado yo! Y qui­se ha­cer­te fe­liz. Hice una crea­ción enor­me y ma­ra­vi­llo­sa, cons­truí un pa­raí­so, y lo puse todo a tus pies. Entablé una re­la­ción per­so­nal con­ti­go. Y te amé.

Pero tú sos­pe­chas­te de mí, des­pre­cias­te mi amor, qui­sis­te ser dios tú mis­mo, rom­pis­te nues­tra re­la­ción, te se­pa­ras­te de mí, que soy la Vida, y mo­ris­te.

Entonces mi co­ra­zón se es­tre­me­ció… ¿Cómo de­jar­te en la muer­te? ¡Te amo tan­to! Por eso em­pe­cé una his­to­ria con­ti­go. Traté de se­du­cir­te para res­ta­ble­cer nues­tra re­la­ción. Hice gran­des pro­di­gios con­ti­go, como na­die ha he­cho nun­ca ja­más. Te li­bré de tus enemi­gos. Te di mi ley, mi guía, para que te in­di­ca­ra el ca­mino que te hace fe­liz. Te en­tre­gué una tie­rra nue­va. Y te en­vié a mu­chos pro­fe­tas que te re­cor­da­ban con­ti­nua­men­te mi amor por ti. ¡Pues te amo con lo­cu­ra!

Pero tú, una y otra vez, me vol­vías la es­pal­da.

Aun así, no me ren­dí y de­ci­dí ir a bus­car­te per­so­nal­men­te. Hice lo que na­die ha he­cho nun­ca por ti: me hu­mi­llé, me hice pe­que­ño, li­mi­ta­do y dé­bil. Yo, Dios, me hice hom­bre. Compartí tu na­tu­ra­le­za hu­ma­na rota por tu re­bel­día. Y te di mi dig­ni­dad ha­cién­do­te her­mano e hijo mío. Conocí de pri­me­ra mano tus pro­ble­mas y preo­cu­pa­cio­nes. Viví una vida como la tuya. Experimenté tus su­fri­mien­tos: fui di­fa­ma­do, nin­gu­nea­do, trai­cio­na­do, aban­do­na­do, he­ri­do, opri­mi­do y tor­tu­ra­do. Siendo inocen­te car­gué con el peso de tus cul­pas. Sufrí la in­jus­ti­cia, la so­le­dad, el des­pre­cio, la en­vi­dia y la vio­len­cia. Pasé vo­lun­ta­ria­men­te por don­de tú no quie­res pa­sar: tu des­tino in­elu­di­ble por ha­ber­te apar­ta­do de la Vida. Morí en la cruz. ¡Porque te amo! Y des­truí des­de den­tro tu muer­te. Te abrí un ca­mino para que pu­die­ras vol­ver a vi­vir. Pagué todo el pre­cio de tus cul­pas. Te de­vol­ví la es­pe­ran­za y la vida que ha­bías per­di­do. Y pre­pa­ré un cie­lo para ti.

Luego fun­dé mi Iglesia para que te guia­ra por mis ca­mi­nos. La man­tu­ve dos mil años con­tra vien­to y ma­rea. Le en­tre­gué to­dos mis do­nes. Y lo hice para que tú pu­die­ras en­con­trar­te con­mi­go. Lo pre­pa­ré todo con es­me­ro. Y, en­ton­ces, te hice na­cer. Te di mi Espíritu y mi dig­ni­dad. Te mos­tré todo lo que he he­cho por ti. Actué en tu vida, aun cuan­do ni si­quie­ra te da­bas cuen­ta. Estuve a tu lado en todo mo­men­to: en los bue­nos y los ma­los. Me en­tre­gué a ti per­so­nal­men­te en la Eucaristía. Intenté en todo mo­men­to se­du­cir­te con pa­la­bras y obras, y lo se­gui­ré in­ten­tan­do toda tu vida, pues…

¿Quién te ha ama­do como yo? ¿Quién más ha he­cho todo esto por ti? ¿Quién te com­pren­de me­jor que yo? ¡Yo te amo como na­die lo hace! Y por eso, tam­bién quie­ro res­pe­tar tu li­ber­tad. Así pues, hoy te digo… ¡Yo te amo! ¡Te amo des­de toda la eter­ni­dad! ¡Te amo para siem­pre! ¿Me quie­res tú?