¿De verdad esperamos a Cristo?

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Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas (Marcos 1, 3).

¿De verdad esperamos a Cristo?
El Adviento es el primer período del año litúrgico cristiano, cuyo propósito es avivar en los creyentes la espera del Señor. Es un tiempo de oración, de reflexión, de arrepentimiento, de perdón, de alegría, de esperanza, y de espera. Es un tiempo en el que hacemos memorial de la venida de histórica de Cristo, mientras vivimos la venida de Cristo mismo a nuestra propia vida, y esperamos la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo (Tito 2, 13b). Pero… ¿Vivimos realmente esperando a Cristo?

Pensemos en nuestra vida diaria: vamos al trabajo, estudiamos, tenemos amigos y relaciones, nos divertimos, vemos el fútbol, y hacemos muchas otras cosas. Pero… ¿Y Cristo? ¿Le dedicamos tiempo? ¿Esperamos su venida? ¿Estamos vigilantes? Y no me refiero únicamente a su segunda venida en gloria al final de los tiempos, sino la venida que hace todos los días a nuestra vida. ¿Lo recibimos cuando se presenta? ¿O ni siquiera lo reconocemos? Dios realmente se manifiesta en tu vida con su Providencia, y es necesario estar en todo momento vigilantes y en oración, para poder recibirlo cuando se presente, como dice la Escritura: Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora (Mateo 25, 13).

Por esto el cristianismo no es sólo una «religión de adviento», sino el Adviento mismo. El cristianismo vive el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de esta realidad palpita y late constantemente. Esta es sencillamente la vida misma del cristianismo (San Juan Pablo II). ¡La espera es el estado propio del Cristiano! Y esperamos con esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Romanos 5, 5).

Por eso, siempre debemos estar vigilantes ante la presencia de Dios en nuestra vida, y en el Adviento de una forma especial si cabe, de forma que podamos experimentar plenamente el amor de Dios en nuestra vida… ¡Pues ciertamente Dios nos ama con locura! Por eso no dejemos de lado la oración incesante, recogiendo nuestro intelecto en el corazón y repitiendo en todo momento: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! (Lucas 18, 38b). Y Dios, pasando por tu vida… ¡Te responderá amorosamente!

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