Desde lo hondo a ti grito

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¡Señor, escucha mi clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas! (Salmo 130, 2).

Desde lo hondo a ti grito
En muchas ocasiones, cuando un fuerte sufrimiento te alcanza, hay poco que humanamente podamos hacer. Es en esas ocasiones cuando conviene suplicar a Dios, gritarle desde lo profundo de nuestro corazón, acogernos a Él con fuerza y perseverancia. Como dice el Salmo de profundis… ¡Desde lo hondo a ti grito, Yahvé (Salmo 130, 1)! Grita con fuerza a Dios en la oración, que Él en su infinita misericordia te escuchará, pues Él afirma: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mateo 7, 7). ¡Y lo hará porque te ama!

Lo primero en la suplica es reconocerte humildemente pecador. Reconocer que no mereces que Dios te ayude… ¿Quién eres tu para exigir nada? No somos nada, y encima hemos pecado; por tanto, no merecemos nada. Y si Dios responde a tu suplica con un no, va a ser por una muy buena razón. Ten siempre presente que Él te ama, y que sabe mejor que tu lo que realmente necesitas. Y puede que tu petición no sea buena para ti. Bajo mi experiencia esta es sin duda la parte más difícil, porque muchas veces más que suplicar, exigimos. Y Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias (Salmo 51, 19).

Luego viene otra parte muy complicada: mantener la esperanza. Aguardo anhelante a Yahvé, espero en su palabra (Salmo 130, 5). Porque los tiempos de Dios no son los nuestros, y todo tiene su momento y lugar oportunos. Y porque la forma del Señor no es la nuestra, y Él te ayudará a su manera. Por eso es importante mantener la esperanza: aguarde Israel a Yahvé. Yahvé está lleno de amor, su redención es abundante (Salmo 130, 7). Espera en Dios: espera pacientemente porque a su tiempo verás su gloria, pues Él desea lo mejor para ti, porque ciertamente te ama.

Así pues, toda oración que nace de lo profundo de nuestro corazón debe hacerse con humildad y perseverancia. Y toda oración nos confirma en la esperanza de sabernos amados de Dios, y fortalece nuestra Fe. Al final de tu oración saldrás fortalecido en esperanza, y esto es importantísimo porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? (Romanos 8, 24). Y no dudes nunca, que Aquel que ha vencido la muerte y se te ha dado por amor a ti… ¡Te dará también la vida eterna!

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