El Sufrimiento de los Inocentes

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Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Juan 3, 16).

El Sufrimiento de los Inocentes
Lo primero que debo decir es que mis oraciones están siempre con los inocentes que sufren, porque yo mismo he experimentado ese sufrimiento, y que se firmemente que mucho le cuesta a Yahvé la muerte de los que lo aman (Salmo 116, 17). Pero entonces uno se pregunta el por qué del sufrimiento de los inocentes, que nada tiene que ver con la muerte ontológica y el sufrimiento que provoca el pecado. Este último es un sufrimiento aterrador, vacío de sentido, y que lleva a la condenación eterna. Pero el sufrimiento de los inocentes es muy diferente. Veamos por qué.

Una figura bíblica de este sufrimiento es la de Job, que siendo inocente lo perdió todo por la envidia del maligno, pero que a pesar de todo, Job no pecó ni imputó nada indigno a Dios (Job 1, 22). A Job vienen a visitarlo tres sabios que le dicen que en el fondo, algo malo habrá hecho para merecerse eso. A lo cual Job es tajante y responde que no. La figura de Job nos ilustra que hay un tipo de sufrimiento diferente al merecido: el del inocente. Sin embargo, Job termina diciendo a Dios: Dijiste: ¿Quién es este que vela mi designio con razones carentes de sentido? Si, hablé sin pensar de maravillas que me superan y que ignoro (Job 42, 3). Es decir, nosotros no podemos comprender los verdaderos motivos detrás de esa situación, pues la forma de actuar de Dios precisamente por ser perfecta, nos parece un misterio. Es una primera respuesta que, aunque muy cierta, no termina de convencer.

En la figura de los profetas, Dios empieza a desvelar el sentido del sufrimiento de los inocentes, pues ellos, enviados por Dios, eran injustamente perseguidos, como atestigua Jeremías: ¡Ay de mí, madre mía, que me diste a luz para ser varón discutido y debatido por todo el país! Ni les debo, ni me deben, ¡pero todos me maldicen! (Jeremías 15, 10). Pero no fue hasta Jesucristo cuando se desveló completamente. Jesús nos enseña a amar a los que sufren, pero también a los malvados que hacen sufrir. De esta forma, Dios mismo rompe en su propio cuerpo el circulo del mal. ¡Y a eso llama a todos los Cristianos! Así pues, Cristo ha transformado el sufrimiento de los inocentes en un sufrimiento lleno esperanza, del cual se ha hecho personalmente participe en su Pasión y Muerte. Un sufrimiento redentor, que para en su propio cuerpo el sufrimiento de los demás, y que es motivo de que algunos de los malvados se conviertan.

Porque el amor de Dios es tan grande que deja libres a todos los hombres, hasta para desobedecer a Dios y cometer el mal que Él aborrece contra los inocentes. Pero la muerte alcanza a todos por igual, y después de la muerte la resurrección. Entonces, muchos de los que descansan en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para vergüenza y horror eternos (Daniel 12, 2). Pero hasta que ese día llegue, la Dios tiene misericordia de todos los hombres, porque ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo del Señor Yahvé- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ezequiel 18, 23). ¡Dios quiere que todos se salven!

Así pues, Dios ama a los malvados, y emplea el sufrimiento que causan para su propio bien y su conversión, como ha convertido la muerte de Cristo a miles de millones de personas empezando por los guardias que le crucificaron, pues al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios (Marcos 15, 39). Pero, por supuesto, Dios también ama a los que sufren, y lo hace de una forma tan especial como es la de compartir todos sus sufrimientos: difamación, insultos, agresiones, injusticia, traición, abandono, soledad, tortura, muerte. Por todo eso pasó Dios mismo, apurando el cáliz amargo del sufrimiento hasta las heces. De esta forma dio la esperanza a todos los que sufren de que Dios no los abandona, y de que al final los resucitará para la vida eterna y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado (Apocalipsis 21, 4). ¡Porque su amor es infinito!

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