3. Abandona tu Carga

Curso Católico » Abandona tu Carga

Venid a mí to­dos los que es­táis fa­ti­ga­dos y so­bre­car­ga­dos, y yo os daré des­can­so.
- Mateo 11, 28

Descanso en Dios Descansar en Dios es sin duda lo me­jor, por­que quien en­tra en su des­can­so, tam­bién él des­can­sa de sus tra­ba­jos, como Dios de los su­yos (Hebreos 4, 10). El des­can­so de Dios* es el des­can­so pro­pio del alma, que mu­chas ve­ces trae con­si­go el des­can­so men­tal y fí­si­co, pero que no por ello deja de ser pro­pio del alma. ¿Qué sig­ni­fi­ca en la prác­ti­ca vi­vir en el des­can­so? En pri­mer lu­gar es te­ner ple­na con­fian­za en Dios, vi­vien­do la vida se­gún su vo­lun­tad y sin preo­cu­par­se en ex­ce­so, sa­bien­do que todo está en sus ma­nos. Jesús nos de­mos­tró con un cla­ro ejem­plo cómo se hace esto cuan­do Él y sus dis­cí­pu­los cru­za­ron el lago en bar­ca: De pron­to se le­van­tó en el mar una tem­pes­tad tan gran­de que la bar­ca que­da­ba ta­pa­da por las olas; pero él es­ta­ba dor­mi­do (Mateo 8, 24). Y mien­tras sus dis­cí­pu­los te­mían por su vida y es­ta­ban an­gus­tia­dos, Jesús dor­mía tran­qui­lo con­fia­do en las ma­nos de su Padre.

En se­gun­do lu­gar, vi­vir en el des­can­so sig­ni­fi­ca vi­vir para Dios y no para lo­grar otro tipo de ob­je­ti­vos: tra­ba­jo, re­la­cio­nes, di­ne­ro, di­ver­sio­nes, via­jes, ideo­lo­gías, etc. Esto no sig­ni­fi­ca des­pre­ciar todo eso, sino va­lo­rar­lo en su jus­ta me­di­da. Medida, por cier­to, in­fe­rior a Dios, a las de­más per­so­nas y a unas cuan­tas co­sas más, como mí­ni­mo. En otras pa­la­bras, vi­vir para Dios es vi­vir la vida dia­ria pero ha­cien­do to­das las co­sas para Él. Por eso dice el após­tol que todo cuan­to ha­gáis, de pa­la­bra y de obra, ha­ced­lo todo en el nom­bre del Señor Jesús, dan­do gra­cias a Dios Padre por me­dio de él (Colosenses 3, 17). En ter­cer lu­gar, sig­ni­fi­ca aban­do­nar nues­tra car­ga: di­ne­ro, de­pen­den­cias afec­ti­vas, ído­los, pe­ca­do, etc. Cosas que “no son”, a di­fe­ren­cia de Dios que “sí es”. Cosas que, al fi­nal, nos im­pi­den ca­mi­nar por el ca­mino de la Vida, abo­cán­do­nos una y otra vez al ca­mino de la muer­te.

Abandonar la car­ga Abandonar nues­tra car­ga es fun­da­men­tal por­que mu­chas ve­ces la car­ga es como el abro­jo que cre­ce jun­to con la se­mi­lla de la Palabra de Dios: Otra cayó en me­dio de abro­jos y, cre­cien­do los abro­jos con ella, la aho­ga­ron. Lo que cayó en­tre los abro­jos son los que han oído, pero las preo­cu­pa­cio­nes, las ri­que­zas y los pla­ce­res de la vida les van so­fo­can­do y no lle­gan a ma­du­rez (Lucas 8, 7.14). Y eso mis­mo nos pue­de pa­sar a no­so­tros si no aban­do­na­mos nues­tra car­ga para po­der se­guir al Señor con per­se­ve­ran­cia, de for­ma que se lle­gue a cum­plir en no­so­tros la Palabra de Dios que dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma, con to­das tus fuer­zas y con toda tu men­te; y a tu pró­ji­mo como a ti mis­mo» (Lucas 10, 27b). Así pues, si no aban­do­na­mos nues­tra car­ga no po­dre­mos ca­mi­nar por el ca­mino de la Vida que nos lle­va a Dios y a la vida eter­na con Él.

Práctica En el do­min­go, como día por ex­ce­len­cia de des­can­so, se nos in­vi­ta a ra­di­ca­li­zar esta ac­ti­tud dia­ria de­di­can­do por com­ple­to el día a Dios. Nada de tra­ba­jar, de ga­nar di­ne­ro, de ade­lan­tar tra­ba­jos, de rea­li­zar tra­ba­jos du­ros de casa, etc. Buscad pri­me­ro el Reino de Dios y su jus­ti­cia, y to­das esas co­sas se os da­rán por aña­di­du­ra. Así que no os preo­cu­péis del ma­ña­na: el ma­ña­na se preo­cu­pa­rá de sí mis­mo. Cada día tie­ne bas­tan­te con su pro­pio mal (Mateo 6, 33-34). Así pues, con­vie­ne vi­vir los do­min­gos como cris­tia­nos, sin ocu­par­nos de nues­tros ne­go­cios, tra­ba­jo, hobbys y asun­tos, en la me­di­da de lo po­si­ble y sin fal­tar a nues­tras obli­ga­cio­nes. Y va­mos a de­di­car el día a Dios pri­me­ro y a nues­tra fa­mi­lia, en la que Dios se hace pre­sen­te, des­pués. Y por su­pues­to, a cual­quier obra de mi­se­ri­cor­dia y pie­dad que se nos pre­sen­te. En pa­la­bras del ca­te­cis­mo: Durante el do­min­go y las otras fies­tas de pre­cep­to, los fie­les se abs­ten­drán de en­tre­gar­se a tra­ba­jos o ac­ti­vi­da­des que im­pi­dan el cul­to de­bi­do a Dios, la ale­gría pro­pia del día del Señor, la prác­ti­ca de las obras de mi­se­ri­cor­dia, el des­can­so ne­ce­sa­rio del es­pí­ri­tu y del cuer­po. Las ne­ce­si­da­des fa­mi­lia­res o una gran uti­li­dad so­cial cons­ti­tu­yen ex­cu­sas le­gí­ti­mas res­pec­to al pre­cep­to del des­can­so do­mi­ni­cal. Los fie­les de­ben cui­dar de que le­gí­ti­mas ex­cu­sas no in­tro­duz­can há­bi­tos per­ju­di­cia­les a la re­li­gión, a la vida de fa­mi­lia y a la sa­lud (Catecismo 2185).

Una bue­na for­ma de em­pe­zar un do­min­go de­di­ca­do a Dios es ofre­cer a to­dos los miem­bros de nues­tra fa­mi­lia la po­si­bi­li­dad de ha­cer la ora­ción de Laudes jun­tos por la ma­ña­na. ¿Cómo se reza? Pues bien, pri­me­ro de pie se re­ci­ta to­dos jun­tos la in­vo­ca­ción ini­cial y una per­so­na lee el in­vi­ta­to­rio. Después, sen­ta­dos, se va le­yen­do la sal­mo­dia en voz alta, cada vez uno, para que to­dos par­ti­ci­pen. Verás que an­tes de los sal­mos hay an­tí­fo­nas: es­tas las lee quien va a leer el sal­mo, y lue­go el res­to la re­pi­ten. A con­ti­nua­ción se lee la lec­tu­ra bre­ve y el Evangelio del día y uno de los pa­dres, o al­guien con co­no­ci­mien­to de las mis­mas, pue­de ex­pli­car­las muy bre­ve­men­te. Si al­guien a tra­vés de la lec­tu­ra ha re­ci­bi­do una Palabra de Dios para su vida con­cre­ta pue­de co­men­tar­lo tam­bién. A con­ti­nua­ción, se rea­li­zan las pre­ces de pie y se pue­den aña­dir tam­bién las pe­ti­cio­nes in­di­vi­dua­les de los que es­tán pre­sen­tes. Finalmente, se reza el Padre nues­tro to­dos jun­tos y se lee la ora­ción fi­nal. Todo esto está en unos li­bros que se lla­man “Liturgia de las Horas” y que son un poco com­pli­ca­dos de uti­li­zar al prin­ci­pio. Y aun­que se­gu­ro que vues­tro Sacerdote os pue­de en­se­ñar fá­cil­men­te, para po­der em­pe­zar ya mis­mo po­déis ha­cer uso de esta apli­ca­ción para mó­vi­les y ta­blets AndroidTM, con la que po­dréis re­zar Laudes fá­cil­men­te:

Descargar la apli­ca­ción de los Laudes

Rezar Laudes en fa­mi­lia los do­min­gos

Por cier­to, re­cor­dad que el do­min­go tam­bién es ne­ce­sa­rio acu­dir a la Eucaristía. Si ha­béis acu­di­do en la vís­pe­ra del do­min­go, es de­cir, el sá­ba­do por la tar­de, no ten­dréis pro­ble­mas en en­con­trar el mo­men­to de re­zar los Laudes. Si no es el caso, se sue­le re­co­men­dar ha­cer los Laudes an­tes y des­pués ir a misa de doce, si es que la hay. En cual­quier caso, la Eucaristía es siem­pre más im­por­tan­te.

Glosario

… Dios*
Descanso de Dios Es el des­can­so del alma que con­fía en Dios y su amor, a la que el mis­mo Cristo nos in­vi­ta a di­cien­do: Venid a mí to­dos los que es­táis fa­ti­ga­dos y so­bre­car­ga­dos, y yo os daré des­can­so (Mateo 11, 28). Esto no sig­ni­fi­ca no tra­ba­jar o que­dar­se en casa todo el día sin ha­cer nada. Algunos de los pri­me­ros cris­tia­nos lo in­ter­pre­ta­ron de esta for­ma y los após­to­les les re­pren­die­ron: A ésos les man­da­mos y les ex­hor­ta­mos en el Señor Jesucristo a que tra­ba­jen con so­sie­go para co­mer su pro­pio pan (2 Tesalonicenses 3, 12). Lo que real­men­te sig­ni­fi­ca es vi­vir nues­tra vida aban­do­na­dos en las ma­nos de Dios, sin preo­cu­par­nos del ma­ña­na.