3.2 La de­pen­den­cia afec­ti­va

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Si al­guno vie­ne jun­to a mí y no odia a su pa­dre, a su ma­dre, a su mu­jer, a sus hi­jos, a sus her­ma­nos, a sus her­ma­nas y has­ta su pro­pia vida, no pue­de ser dis­cí­pu­lo mío.
- Lucas 14, 26

Afectividad y li­ber­tad La afec­ti­vi­dad o afec­to es una cosa bue­na que Dios ha pues­to en nues­tro ser para po­der crear la­zos pro­fun­dos con las per­so­nas. Sin em­bar­go, como pasa con casi to­das las co­sas, es bue­na úni­ca­men­te si está en su jus­ta me­di­da. Y esa me­di­da se pone a prue­ba de dos for­mas di­fe­ren­tes: en la li­ber­tad para ha­blar con la ver­dad al otro, y en el des­pren­di­mien­to com­ple­to e in­me­dia­to ante Dios. Por su­pues­to, es im­por­tan­te que exis­ta un afec­to en­tre un pa­dre y una ma­dre, o en­tre los pa­dres y el hijo. Es fun­da­men­tal y bueno de­mos­trar­se el amor me­dian­te ges­tos afec­ti­vos. El afec­to de por si no es malo: es ne­ce­sa­rio. El pro­ble­ma apa­re­ce cuan­do ese afec­to te im­pi­de ser li­bre, cuan­do se trans­for­ma en una de­pen­den­cia. Porque la afec­ti­vi­dad pasa a ser mala si te es­cla­vi­za a la otra per­so­na o si la an­te­po­nes a Dios. La reali­dad es que no ne­ce­si­tas a la otra per­so­na: solo ne­ce­si­tas a Dios. Sólo en Dios en­cuen­tro des­can­so, de él vie­ne mi sal­va­ción (Salmo 62, 2). ¡Sólo Dios te da la vida!

El pro­ble­ma más im­por­tan­te vie­ne cuan­do la otra per­so­na su­plan­ta a Dios en tu co­ra­zón, por­que en reali­dad no pue­de ha­cer­lo. La otra per­so­na es dé­bil, no pue­de es­tar siem­pre con­ti­go, pen­sa­rá mu­chas ve­ces en sí mis­ma, y te fa­lla­rá. Su amor, si no es a tra­vés de Dios, es li­mi­ta­do. Al igual que el tuyo. Por eso es un error gra­ví­si­mo que le pi­das la vida a la otra per­so­na, que pre­ten­das que todo su ser gire a tu al­re­de­dor, por­que vas a aca­bar de­cep­cio­na­do, en­fa­da­do e in­clu­so lle­ga­rás a pen­sar que la otra per­so­na no te quie­re. En reali­dad, lo que de­be­ría pa­sar es que los dos gi­ra­rais al­re­de­dor de Dios, el úni­co que real­men­te pue­de dar la vida y ha­cer que os améis, por­que no­so­tros ama­mos, por­que él nos amó pri­me­ro (1 Juan 4, 19). ¡Y cier­ta­men­te Dios te ama! Esto es tan im­por­tan­te que, si re­cuer­das la his­to­ria de Abraham, Dios lo puso a prue­ba pre­ci­sa­men­te en esto, y no en otras co­sas como el di­ne­ro.

Distingue afec­to y amor En todo esto nos en­con­tra­mos con un pro­ble­ma muy im­por­tan­te, pues hoy en día se con­fun­de el afec­to con el amor, y esto es un error gra­ve. El amor hu­mano del que sur­ge el afec­to, que en teo­lo­gía se lla­ma eros*, es un amor po­se­si­vo, pa­sio­nal y que re­per­cu­te en un “gusto” a no­so­tros mis­mos. Es el amor del mun­do. Un amor que por sí solo está va­cío y hue­co, por­que no amas a la otra per­so­na, sino que te amas a ti a tra­vés de ella. El amor de Dios es lla­ma­do ága­pe* o ca­ri­dad, que es un amor al­truis­ta, que no bus­ca nada para sí mis­mo, sino que lo hace todo en fun­ción de los de­más: ese es el amor de ver­dad. Para no­so­tros, las per­so­nas, es un error de­jar fue­ra el eros, por­que es par­te de nues­tra na­tu­ra­le­za y un don de Dios que nos ayu­da a amar, pero este eros ha de es­tar siem­pre guia­do por el ága­pe: por la ca­ri­dad.

Sin em­bar­go, es la ca­ri­dad la que no pasa nun­ca y la que cons­ti­tu­ye el ver­da­de­ro amor, pues la ca­ri­dad es pa­cien­te, es ama­ble; la ca­ri­dad no es en­vi­dio­sa, no es jac­tan­cio­sa, no se en­gríe; es de­co­ro­sa; no bus­ca su in­te­rés; no se irri­ta; no toma en cuen­ta el mal; no se ale­gra de la in­jus­ti­cia; se ale­gra con la ver­dad. Todo lo ex­cu­sa. Todo lo cree. Todo lo es­pe­ra. Todo lo so­por­ta (1 Corintios 13, 4-7). Esta ca­ri­dad es Dios mis­mo. Por eso ne­ce­si­ta­mos a Dios para amar. Y por eso, todo pa­sa­rá me­nos la es­pe­ran­za que lle­va a la fe, la fe que te per­mi­te obrar con ca­ri­dad, y la ca­ri­dad mis­ma que es Dios. Por eso, si te has sen­ti­do ama­do por Dios, lo me­jor que pue­des ha­cer es amar sin de­pen­den­cias afec­ti­vas: lle­van­do el afec­to, el eros y el ága­pe a su jus­ta me­di­da cada uno. Y so­bre todo po­nien­do a Dios el pri­me­ro en tu vida, por­que lo pri­me­ro que te dirá Dios es que ames a tu pró­ji­mo.

Práctica La de­pen­den­cia afec­ti­va es algo muy di­fí­cil de ven­cer, has­ta el pun­to de que en oca­sio­nes muy ex­cep­cio­na­les re­quie­re de ayu­da psi­co­ló­gi­ca. Normalmente no es el caso, y es su­fi­cien­te con te­ner­lo siem­pre pre­sen­te y pe­dír­se­lo a Dios, que todo lo pue­de. Al igual que hi­ci­mos con el di­ne­ro va­mos a ha­cer una Lectio Divina de pa­sa­jes que nos mues­tran cómo de­be­mos tra­tar el afec­to de los de­más en di­fe­ren­tes si­tua­cio­nes, y en qué se di­fe­ren­cia del amor:

Lectio Divina de Génesis 22, 1-18
Lectio Divina de Lucas 14, 25-27
Lectio Divina de Lucas 15, 11-32
Lectio Divina de Juan 18, 15-27
Lectio Divina de 1 Corintios 13, 1-13

También es una bue­na idea ha­cer un signo de des­pren­di­mien­to, como por ejem­plo, ven­der al­gún ob­je­to con un sig­ni­fi­ca­do afec­ti­vo y dar­le el di­ne­ro a los po­bres, o des­ha­cer­se de él si no se pue­de ven­der. Emplead el sen­ti­do co­mún y, por ejem­plo, no os des­pren­dáis de alian­zas ma­tri­mo­nia­les o co­sas si­mi­la­res, que tie­nen un sig­ni­fi­ca­do sa­cra­men­tal. El des­pren­di­mien­to de ob­je­tos como fo­tos, re­cuer­dos, cua­dros y este tipo de co­sas, ayu­da­rán a rom­per la de­pen­den­cia afec­ti­va y se­rán obras que le di­rán a Dios que real­men­te quie­res ser li­bre para amar­lo. Por eso, cada cual, que li­bre­men­te rece con pa­la­bras y obras a Dios para que po­da­mos de­jar esta car­ga, que tan­to daño hace a nues­tras re­la­cio­nes.

Hacer un signo de desa­pe­go afec­ti­vo

Glosario

… eros*
Eros Es un amor ro­mán­ti­co y pa­sio­nal. Un amor de con­quis­ta que re­du­ce al otro a ob­je­to del pla­cer o afec­ti­vi­dad pro­pio, e ig­no­ra la di­men­sión de sa­cri­fi­cio, de fi­de­li­dad y de do­na­ción de sí. Es el amor que co­no­ce el mun­do, que “se aca­ba”, y que nos mues­tra a dia­rio nues­tra so­cie­dad. Destacar que la de­pen­den­cia afec­ti­va sur­ge cuan­do este tipo de amor va sólo o mal pro­por­cio­na­do con el ága­pe, por te­ner un peso ex­ce­si­vo.
… ága­pe*
Ágape El amor de Dios es lla­ma­do ága­pe o ca­ri­dad. Es un amor al­truis­ta que no bus­ca nada para si mis­mo, sino que lo hace todo en fun­ción de los de­más: ese es el amor de ver­dad, del que sur­ge la fi­de­li­dad, el sa­cri­fi­cio por el otro y la do­na­ción de uno mis­mo. Pero el ága­pe sin eros, para los ma­tri­mo­nios, es como un amor frío del que no par­ti­ci­pa por com­ple­to todo el ser. Eros y ága­pe en su jus­ta me­di­da for­man un todo ma­ra­vi­llo­so y ne­ce­sa­rio en el ma­tri­mo­nio.