1.3 Si Dios es bueno, es el Cristiano

El Verbo era la luz ver­da­de­ra, que alum­bra a todo hom­bre, vi­nien­do al mun­do.
- Juan 1, 9

Introducción Pese a ser evi­den­te que Dios es bueno qui­zás du­da­mos de que sea el Dios que nos en­se­ña la Fe ca­tó­li­ca. No de­be­ría­mos: exis­ten mu­chos ar­gu­men­tos que apun­tan di­rec­ta­men­te a la ve­ra­ci­dad del cris­tia­nis­mo y, por tan­to, a su con­cep­ción de un Dios bueno. Y esto es así fun­da­men­tal­men­te por­que el cris­tia­nis­mo ha­bla de la Revelación de Dios, es de­cir, de que es el pro­pio Dios bueno que rige el uni­ver­so el que ha ve­ni­do al mun­do para que lo co­noz­ca­mos. En este caso va­mos a dar un bre­ve es­bo­zo de los si­guien­tes ar­gu­men­tos so­bre la exis­ten­cia del Dios cris­tiano:

  1. Argumento his­tó­ri­co
  2. Argumento de la in­cohe­ren­cia hu­ma­na
  3. Argumento de la vida eter­na
  4. Argumento de los mi­la­gros
  5. Argumento de la ex­pe­rien­cia

Argumento his­tó­ri­co El ar­gu­men­to his­tó­ri­co está sos­te­ni­do so­bre la in­ves­ti­ga­ción cien­tí­fi­ca. Está do­cu­men­ta­do que en los pri­me­ros tiem­pos del cris­tia­nis­mo se di­fun­dían cier­tos he­chos que per­ju­di­ca­ron cla­ra­men­te la acep­ta­ción y el avan­ce del mis­mo como re­li­gión. Alguno de es­tos he­chos son los si­guien­tes:

  • María se que­dó em­ba­ra­za­da sin es­tar ca­sa­da.
  • Los após­to­les te­nían mie­do y se en­ce­rra­ron tras la muer­te de Jesús.
  • Pedro negó a Jesús tres ve­ces de­sen­ten­dién­do­se de Él.
  • Judas, un dis­cí­pu­lo de Jesús, trai­cio­nó a su maes­tro.
  • Tomás fue un in­cré­du­lo de la re­su­rrec­ción pese a la pa­la­bra de los de­más.

Estos he­chos no pa­re­cen ha­ber sido in­ven­ta­dos, pues no fa­ci­li­tan la ex­pan­sión de la re­li­gión, es más, la di­fi­cul­tan con­si­de­ra­ble­men­te. La úni­ca ex­pli­ca­ción ló­gi­ca es que se di­fun­die­ran por el sim­ple he­cho de que fue­ran cier­tos. Además, los his­to­ria­do­res -incluso los ateos- han de­ter­mi­na­do cier­tos he­chos his­tó­ri­cos so­bre su per­so­na como in­cues­tio­na­bles. Algunos de es­tos he­chos son:

  • Jesús exis­tió al­re­de­dor del año cero.
  • Jesús fue bau­ti­za­do en el Jordán por Juan Bautista.
  • Jesús pre­di­có y reali­zó cu­ra­cio­nes en Israel.
  • Jesús en­se­ñó a sus dis­cí­pu­los, que for­ma­ron un mo­vi­mien­to pro­pio.
  • Fue cru­ci­fi­ca­do a las afue­ras de Jerusalén por los ro­ma­nos.
  • Algunos ju­díos per­si­guie­ron a los se­gui­do­res de Jesús.

Si uni­mos to­dos es­tos he­chos a los mis­te­rios cien­tí­fi­cos (como el de la sa­ba­na san­ta) que han lle­ga­do has­ta nues­tros días, lle­ga­mos a la con­clu­sión de que lo di­cho so­bre Jesús es, en esen­cia, cier­to y real. Y si esto es así úni­ca­men­te po­de­mos con­cluir que Jesús vino de par­te de Dios, con el fin de ha­cer el bien. Así pues, el Dios bueno que exis­te es el cris­tiano.

Argumento de la in­cohe­ren­cia hu­ma­na Este ar­gu­men­to co­rro­bo­ra la au­ten­ti­ci­dad de la re­ve­la­ción de Dios en el cris­tia­nis­mo, ba­sán­do­se en las mo­ti­va­cio­nes que ten­dría quien qui­sie­ra in­ven­tar­se una re­li­gión: con­trol y man­te­ni­mien­to del po­der, ges­tión de las ri­que­zas, etc. De he­cho, al­gu­nas re­li­gio­nes tie­nen bas­tan­te éxi­to en lo­grar es­tos ob­je­ti­vos des­de su na­ci­mien­to, y ba­sán­do­se úni­ca­men­te en su doc­tri­na. Por su­pues­to, tam­bién pue­de crear­se una re­li­gión con mo­ti­va­cio­nes bue­nas como bus­car la jus­ti­cia, la paz in­te­rior, el bien co­mún, etc. Es lo que se co­no­ce como “religiosidad na­tu­ral”, que nace del de­seo del hom­bre de co­no­cer a Dios y de ex­pe­ri­men­tar el bien.

Sin em­bar­go, una re­li­gión cuya má­xi­ma sea “ama a tus enemi­gos”, no vie­ne de nin­gu­na mo­ti­va­ción hu­ma­na tan­to bue­na (pues nos pa­re­ce una ton­te­ría y no una bon­dad amar a los enemi­gos) como mala (pues no apor­ta be­ne­fi­cio al­guno). Actuando así, ni se pue­de con­tro­lar a na­die, ni man­te­ner nin­gún tipo de po­der, ni se ob­tie­ne jus­ti­cia di­rec­ta como la en­ten­de­mos a ve­ces, etc. Así pues, hay que re­ve­lar que esta má­xi­ma es úni­ca y pro­pia sólo del cris­tia­nis­mo, cuya doc­tri­na no vie­ne de hom­bres, pues los hom­bres no pue­den ni quie­ren ac­tuar de esa for­ma. Esto se prue­ba ob­ser­van­do un poco la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, don­de los ac­tos bue­nos (por ejem­plo dar la vida para sal­var a otro) se ha­cen por la gen­te bue­na, inocen­te, o con la que nos unen víncu­los afec­ti­vos, y no por los que nos ata­can. Otra cosa es lo que mu­chos si­glos des­pués hi­cie­ran las per­so­nas que es­ta­ban a car­go del cris­tia­nis­mo, pero sin duda en su nú­cleo fun­da­men­tal se tra­ta de una re­li­gión di­vi­na.

Argumento de la vida eter­na Algunas crí­ti­cas a un Dios bueno que ha­cen di­ver­sas per­so­nas ver­san so­bre la exis­ten­cia del in­fierno: «Dios no obli­ga a na­die a amar­lo… pero si no lo amas te man­da al in­fierno». Pues bien, ten­drían toda la ra­zón en mu­chas re­li­gio­nes, pero no en el cris­tia­nis­mo. La esen­cia del in­fierno en la vi­sión del cris­tia­nis­mo, le­jos de ser un lu­gar de tor­men­to pro­pio de las pe­lí­cu­las, es la cru­da y dura se­pa­ra­ción de Dios. En efec­to, el in­fierno se con­vier­te en un lu­gar te­rri­ble al se­pa­rar­nos de Dios, que es el Bien, la Verdad y la Belleza. Sin em­bar­go, si tú de­ci­des cons­cien­te y vo­lun­ta­ria­men­te se­pa­rar­te de Dios… Él, por­que te ama, lo res­pe­ta.

Estas per­so­nas de­fien­den que bien po­dría exis­tir un mun­do com­ple­ta­men­te bueno y sin su­fri­mien­to. Cierto es que no ten­dría li­bre al­be­drío a ni­vel mo­ral, pero en úl­ti­ma ins­tan­cia es lo que el hom­bre desea. Este mun­do, que es desea­ble, qui­ta­ría una par­te fun­da­men­tal de la li­ber­tad de los hom­bres, dan­do lu­gar a un mun­do ca­ren­te de amor: un mun­do poco bueno. Una for­ma de so­lu­cio­nar­lo es “dividir la vida” en dos eta­pas: una en el mun­do pre­sen­te (con li­bre al­be­drío mo­ral para to­mar una de­ci­sión so­bre Dios y el Bien), y otra eta­pa don­de una vez se ha ele­gi­do es­tar con (o sin) Dios, se pase a un mun­do más bueno, pero sin esa li­ber­tad mo­ral pre­via: el cie­lo cris­tiano. Dada que la pri­me­ra fase es li­mi­ta­da en tiem­po y la se­gun­da eter­na, el su­fri­mien­to de este mun­do que­da­ría am­plia­men­te eclip­sa­do. Esto vuel­ve a con­fir­mar la bon­dad de Dios y, en este caso, el mo­de­lo de vida eter­na cris­tiano fren­te a otros mo­de­los (renacimiento, trans­mi­gra­ción de al­mas, etc) que mer­ma­rían la bon­dad de Dios.

Argumento de los mi­la­gros Como cual­quier per­so­na bien in­for­ma­da so­bre el tema sabe, el pro­ce­so de ca­no­ni­za­ción de los Santos in­clu­yen el es­tu­dio de dos mi­la­gros post­mor­tem. La ma­yo­ría de es­tos mi­la­gros, aun­que no to­dos, son re­fe­ri­dos a cu­ra­cio­nes y son su­per­vi­sa­dos por un co­mi­té teo­ló­gi­co (por las cues­tio­nes re­li­gio­sas) y cien­tí­fi­co. Este co­mi­té cien­tí­fi­co tie­ne miem­bros de di­ver­sas uni­ver­si­da­des y con di­fe­ren­tes creen­cias (incluso ateos, por su­pues­to), y es di­fe­ren­te en cada caso. El ar­gu­men­to se basa en la exis­ten­cia de mi­la­gros di­rec­ta­men­te ob­te­ni­dos por una in­ter­ce­sión de una per­so­na cris­tia­na y di­fun­ta como prue­ba de la exis­ten­cia de un Dios bueno y, por su­pues­to, cris­tiano. Y esos mi­la­gros no los de­ter­mi­na la Iglesia sino un co­mi­té cien­tí­fi­co por una­ni­mi­dad (que como se ha di­cho, es va­ria­ble para cada caso de es­tu­dio, y com­pues­to en par­te por ateos, que no tie­nen mo­ti­vos para men­tir o en­ga­ñar).

Argumento de la ex­pe­rien­cia La di­fe­ren­cia fun­da­men­tal del cris­tia­nis­mo (y qui­zás el Judaísmo) con otras re­li­gio­nes es que se basa en la ex­pe­rien­cia y no en la acep­ta­ción de re­glas y nor­mas mo­ra­les de for­ma cie­ga (esto se­ría una mera con­se­cuen­cia de la ex­pe­rien­cia pre­via). Así pues, los cris­tia­nos afir­man co­no­cer a Dios per­so­nal­men­te, que se ma­ni­fies­ta en su vida dia­ria ac­tuan­do para su bien. Aunque cier­ta­men­te esta afir­ma­ción re­quie­re de con­vic­ción, tam­bién re­quie­re de prue­bas (aunque en al­gu­nos ca­sos sean mí­ni­mas). Es de­cir, como di­cen va­rios Papas y Obispos, re­quie­re de “un en­cuen­tro per­so­nal con Dios”.

Este ar­gu­men­to, por su­pues­to, es sub­je­ti­vo, pero con di­fe­ren­cia es el más po­de­ro­so de to­dos (si se tie­ne di­cha ex­pe­rien­cia), y le da a uno la cer­te­za de la exis­ten­cia de Dios, de su bon­dad y de su amor. Esto es una fuen­te prin­ci­pal de con­ver­sio­nes, san­tos y már­ti­res que se han dado y se da­rán his­tó­ri­ca­men­te. Sin em­bar­go, es tam­bién un po­de­ro­so ar­gu­men­to para los que no han te­ni­do esta ex­pe­rien­cia, pues es im­pro­ba­ble que tan­ta gen­te esté equi­vo­ca­da. Por po­ner un ejem­plo, si es­tás en una pla­za y mu­chas per­so­nas te di­cen que hay un fa­mo­so en ella, pero tú no lo ves por la mul­ti­tud de gen­te que hay… ¿Existirá o no ese fa­mo­so? ¿Estará ahí o no? Lo ló­gi­co es pen­sar que sí. De igual ma­ne­ra, lo más ló­gi­co es pen­sar que Dios exis­te y que es el Dios cris­tiano, pues la gran ma­yo­ría de cris­tia­nos com­pro­me­ti­dos han te­ni­do una ex­pe­rien­cia de Él. Esto, por cier­to, no se da en otras re­li­gio­nes, que se ba­san en nor­mas u otros prin­ci­pios.