1.2 Si Dios exis­te, es bueno

Dad gra­cias al Señor por­que es bueno, por­que es eter­na su mi­se­ri­cor­dia.
- Salmo 107, 1

Introducción Si asu­mi­mos que Dios exis­te (basándonos en los ar­gu­men­tos que de­mues­tran la exis­ten­cia de Dios) lle­ga­re­mos tar­de o tem­prano a la con­clu­sión de que el Dios que exis­te es ne­ce­sa­ria­men­te bueno. Existen mu­chí­si­mos ar­gu­men­tos que prue­ban la bon­dad de Dios y abar­car­los to­dos en pro­fun­di­dad se­ría una ta­rea ti­tá­ni­ca fue­ra de nues­tro al­can­ce. Sin em­bar­go, va­mos a es­bo­zar al­gu­nos de es­tos ar­gu­men­tos para com­pren­der me­jor has­ta que pun­to lle­ga la bon­dad de Dios. Concretamente, va­mos a ver los si­guien­tes ar­gu­men­tos:

  1. Argumento de la in­cli­na­ción al bien
  2. Argumento del li­bre al­be­drío
  3. Argumento de la es­ca­la de su­fri­mien­to
  4. Argumento con­tra la au­sen­cia de ra­zón
  5. Argumento de la con­cien­cia
  6. Argumento del con­tras­te en la na­tu­ra­le­za
  7. Argumento del plan de Dios

Argumento de la in­cli­na­ción al bien Existe mu­cho bien en el hom­bre y una cla­ra in­cli­na­ción ha­cia él. Esto nos per­mi­te con­cluir con bas­tan­te fia­bi­li­dad que si Dios exis­te, es bueno; pues in­clu­so per­mi­tien­do que ne­gue­mos el bien para dar li­ber­tad, ha de­can­ta­do la ba­lan­za ha­cia el bien. De he­cho, in­clu­so cuan­do se co­me­ten mu­chos ac­tos cla­ra­men­te ma­los, el ob­je­ti­vo del per­pe­tran­te a su jui­cio es, mu­chas ve­ces, bueno o “justo”. Otro tema di­fe­ren­te es que su jui­cio haya sido des­vir­tua­do por di­ver­sos fac­to­res, pero eso no im­pli­ca que él tien­da ha­cia el bien (en este caso dis­tor­sio­na­do). Además, to­das las per­so­nas re­co­no­cen ins­tin­ti­va­men­te que “bueno” es un or­den ma­yor de ver­dad que “malo”.

Argumento del li­bre al­be­drío La exis­ten­cia del li­bre al­be­drío, es de­cir, de la li­ber­tad, es una cosa bue­na pues po­si­bi­li­ta la rea­li­za­ción de ac­cio­nes mo­ra­les bue­nas (como por ejem­plo, amar). Sin em­bar­go, por de­fi­ni­ción, la li­ber­tad in­clu­ye la po­si­bi­li­dad de no ha­cer el bien (es de­cir, de ha­cer el mal), dan­do lu­gar al mal en el mun­do. Se tra­ta sin duda de un abu­so éti­co de la li­ber­tad, que no fue crea­da para el mal.

Pese a ello, las con­se­cuen­cias ne­ga­ti­vas del abu­so de la li­ber­tad son am­plia­men­te su­pe­ra­das por el he­cho de po­der op­tar al bien: de po­der amar. De he­cho, to­dos es­ta­mos de acuer­do en que es pre­fe­ri­ble un mun­do que ofrez­ca li­ber­tad, a un mun­do sin mal­dad pero tam­bién sin li­ber­tad (donde se­ría­mos me­ros ro­bots in­ca­pa­ces de to­mar de­ci­sio­nes mo­ra­les).

Por su­pues­to que un mun­do lleno de per­so­nas li­bres y bue­nas se­ría me­jor aún. Sin em­bar­go, esto re­quie­re ne­ce­sa­ria­men­te de la obe­di­cien­cia de las per­so­nas a Dios, ya que se­ría ló­gi­ca­men­te in­con­sis­ten­te para Dios pre­ve­nir los abu­sos de la li­ber­tad sin li­mi­tar­la al mis­mo tiem­po. Y… ¿No lo está in­ten­tan­do? Así pues, Dios es bueno, pues nos ha crea­do con la po­si­bi­li­dad de ha­cer el bien y quie­re que lo ha­ga­mos.

Argumento de la es­ca­la de su­fri­mien­to Diversos cien­tí­fi­cos han cla­si­fi­ca­do la es­ca­la del do­lor en tres gran­des ca­te­go­rías. La pri­me­ra se­ría una au­sen­cia de la reac­ción fí­si­ca del do­lor, que se da en la ma­yo­ría de in­sec­tos y arac­ni­dos. Un se­gun­do ni­vel se­ría el de sen­tir do­lor, pero no son cons­cien­tes de ello. Es, pues, una sim­ple reac­ción fí­si­ca al mis­mo (por ejem­plo, en el caso de ani­ma­les in­ver­te­bra­dos). Esto pue­de re­sul­tar ex­tra­ño, pero la reali­dad es que mu­chí­si­mos ani­ma­les no po­seen una ca­rac­te­rís­ti­ca cla­ve lla­ma­da auto-cons­cien­cia. Esto lle­va a que sien­tan el do­lor y reac­cio­nen ins­tin­ti­va­men­te a él, pero que no sean cons­cien­tes del mis­mo. Así pues, el do­lor no les pro­du­ce su­fri­mien­to (en el sen­ti­do hu­mano de la pa­la­bra). El úl­ti­mo ni­vel se­ría el de sen­tir el do­lor y ser cons­cien­tes de él, que se da­ría en el ser hu­mano y un con­jun­to muy li­mi­ta­do de ani­ma­les ma­mi­fe­ros. Esto da­ría lu­gar a la ex­pe­rien­cia sub­je­ti­va del su­fri­mien­to.

Así pues, tra­tar de ex­tra­po­lar el do­lor y su­fri­mien­tos hu­ma­nos en otros ani­ma­les es sim­ple­men­te erró­neo, ya que ellos no lo ex­pe­ri­men­tan así. Esto, que en nin­gún caso jus­ti­fi­ca el mal­tra­to ani­mal y otras ac­cio­nes no éti­cas, de­mues­tra cla­ra­men­te la bon­dad de Dios al pro­veer de me­ca­nis­mos para evi­tar el su­fri­mien­to cau­sa­do (por ejem­plo) por la de­pre­da­ción en el mun­do ani­mal (que por otro lado es ne­ce­sa­ria para que un eco­sis­te­ma com­ple­to pue­da so­bre­vi­vir, pues de otra for­ma en po­cos me­ses to­dos mo­ri­rían, al no po­der man­te­ner­se el ci­clo bio­ló­gi­co).

Argumento con­tra la au­sen­cia de ra­zón Dios no tie­ne nin­gu­na ra­zón para crear el uni­ver­so, pues al ser per­fec­to ca­re­ce de ne­ce­si­da­des o de­seos. Estas co­sas son pro­pia­men­te hu­ma­nas y vie­nen da­das por nues­tras li­mi­ta­cio­nes. Esto, que po­dría ver­se como una con­tra­dic­ción con el he­cho de que el uni­ver­so exis­te, no es más que una prue­ba de su bon­dad. Efectivamente, si Dios es bueno sí que exis­te un cla­ro mo­ti­vo por el cual el uni­ver­so exis­te, y este mo­ti­vo es com­ple­ta­men­te al­truis­ta.

Argumento de la con­cien­cia Aunque pa­rez­ca que en el uni­ver­so se da por igual el bien y el mal, esto no es así, como de­mues­tra toda la evi­den­cia em­pí­ri­ca. La reali­dad es que hay una cla­ra in­cli­na­ción de la ba­lan­za mo­ral ha­cia el bien. El caso de la con­cien­cia hu­ma­na es pa­ra­dig­má­ti­co: la con­cien­cia nos “alerta” de ac­cio­nes que ha­ce­mos de for­ma erró­nea. Y cier­to es que po­de­mos “matar” nues­tra con­cien­cia de for­ma que no nos aler­te de nada, pero lo que no se da es que la con­cien­cia nos pre­ven­ga con­tra la rea­li­za­ción de un acto bueno. Esto mues­tra una cla­ra in­cli­na­ción del hom­bre ha­cia el bien. Y si la cria­tu­ra, pese a su li­ber­tad, tie­ne una in­cli­na­ción na­tu­ral al bien, no pue­de ser por otro mo­ti­vo que el he­cho de que su crea­dor (Dios) sea bueno.

Argumento del con­tras­te en la na­tu­ra­le­za Sin la ca­pa­ci­dad de ex­pe­ri­men­tar la au­sen­cia de bien (es de­cir, el mal) el hom­bre no po­dría com­pren­der el gran­de­za del bien. Y si no pue­de com­pren­der el bien, no lo pue­de ele­gir li­bre­men­te (por des­co­no­ci­mien­to de su bon­dad). Así pues, para co­no­cer la bon­dad de Dios, lo cual es un re­qui­si­to ne­ce­sa­rio para po­der amar­lo li­bre­men­te y por elec­ción pro­pia, el hom­bre re­quie­re de ele­men­tos de com­pa­ra­ción en­tre lo bueno y lo no tan bueno. De esta for­ma, Dios se ve obli­ga­do a per­mi­tir -que no que­rer- en la na­tu­ra­le­za la au­sen­cia par­cial de bien (que no­so­tros co­lo­quial­men­te a ve­ces lla­ma­mos mal) para po­der ha­cer com­pren­si­ble por con­tras­te al hom­bre la exis­ten­cia del bien. De esta for­ma, ade­más, Dios mo­ti­va al hom­bre a de­ci­dir­se por el bien, que sin duda es lo me­jor para el hom­bre y de­mues­tra la bon­dad de Dios con él.

Argumento del plan de Dios Como se­res li­mi­ta­dos y per­te­ne­cien­tes a un uni­ver­so ma­te­rial, nues­tro ra­cio­ci­nio tie­ne un lí­mi­te en cuan­to a lo que pue­de al­can­zar a com­pren­der. Así pues, es nor­mal que pla­nes di­vi­nos (cuyo ra­cio­ci­nio y com­pren­sión de todo es to­tal) que­den fue­ra de nues­tra com­pren­sión. La cien­cia mis­ma ha en­con­tra­do li­mi­ta­cio­nes ma­te­má­ti­cas en al­gu­nos cam­pos, de­mos­tran­do la in­de­ci­bi­li­dad de la mis­ma en cier­tos cam­pos. La ex­pe­rien­cia tam­bién nos dice que mu­chas ac­cio­nes im­por­tan­tes de cier­tos mo­men­tos de la his­to­ria no han te­ni­do re­per­cu­sio­nes im­por­tan­tes has­ta cien­tos de años des­pués. Así pues, juz­gar bajo una per­cep­ción par­cial y li­mi­ta­da como la nues­tra los su­ce­sos ac­tua­les y con­cluir que Dios no es bueno, es un error cla­ro por fal­ta de in­for­ma­ción y li­mi­ta­ción de ra­zo­na­mien­to. Así pues, si Dios exis­te y, como he­mos di­cho an­tes, el mun­do está in­cli­na­do al bien, vi­vi­mos sin duda “en el me­jor de los mun­dos po­si­bles”, da­das las res­tric­cio­nes del li­bre al­be­drío, eco­sis­te­mas, con­tras­te mo­ral, etc. Concluimos pues que Dios no sólo es bueno: es el bien.