8.2 Historia de la Eucaristía

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Pues cada vez que co­máis este pan y be­báis de este ca­liz, anun­ciáis la muer­te del Señor, has­ta que ven­ga.
- 1 Corintios 11, 26

La Eucaristía en los inicios «El día que se lla­ma día del sol tie­ne lu­gar la reunión en un mis­mo si­tio de to­dos los que ha­bi­tan en la ciu­dad o en el cam­po. Se leen las me­mo­rias de los Apóstoles y los es­cri­tos de los pro­fe­tas, tan­to tiem­po como es po­si­ble. Cuando el lec­tor ha ter­mi­na­do, el que pre­si­de toma la pa­la­bra para in­ci­tar y ex­hor­tar a la imi­ta­ción de tan be­llas co­sas. Luego nos le­van­ta­mos to­dos jun­tos y ora­mos por no­so­tros […] a fin de que sea­mos ha­lla­dos jus­tos en nues­tra vida y nues­tras ac­cio­nes y sea­mos fie­les a los man­da­mien­tos para al­can­zar así la sal­va­ción eter­na. Cuando ter­mi­na esta ora­ción nos be­sa­mos unos a otros. Luego se lle­va al que pre­si­de a los her­ma­nos pan y una copa de agua y de vino mez­cla­dos. El pre­si­den­te los toma y ele­va ala­ban­za y glo­ria al Padre del uni­ver­so, por el nom­bre del Hijo y del Espíritu Santo y da gra­cias lar­ga­men­te por­que ha­ya­mos sido juz­ga­dos dig­nos de es­tos do­nes. Cuando ter­mi­nan las ora­cio­nes y las ac­cio­nes de gra­cias, todo el pue­blo pre­sen­te pro­nun­cia una acla­ma­ción di­cien­do: Amén. […] Cuando el que pre­si­de ha he­cho la ac­ción de gra­cias y el pue­blo le ha res­pon­di­do, los que en­tre no­so­tros se lla­man diá­co­nos dis­tri­bu­yen a to­dos los que es­tán pre­sen­tes pan, vino y agua “eucaristizados” y los lle­van a los au­sen­tes» (San Justino)[79].

Como aca­ba­mos de leer, San Justino nos cuen­ta en su apo­lo­gía cómo ce­le­bra­ban los cris­tia­nos la Eucaristía en los pri­me­ros tiem­pos. Podemos ob­ser­var así que, des­de un pri­mer mo­men­to, de­bi­do a la in­clu­sión de los no ju­díos en el cris­tia­nis­mo, se sim­pli­fi­có todo el rito de la Pascua Judía a los ele­men­tos más im­por­tan­tes: la Palabra de Dios, la ho­mi­lía, la ora­ción en co­mún, la con­sa­gra­ción con ora­cio­nes de ac­ción de gra­cias y, fi­nal­men­te, la co­mu­nión. Además, se pres­cin­dió rá­pi­da­men­te de la cena por los pro­ble­mas que traía, y que re­la­ta San Pablo: Cuando os reunís, pues, en co­mún, eso no es co­mer la Cena del Señor; por­que cada uno come pri­me­ro su pro­pia cena, y mien­tras uno pasa ham­bre, otro se em­bria­ga. ¿No te­néis ca­sas para co­mer y be­ber? ¿O es que des­pre­ciáis a la igle­sia de Dios y aver­gon­záis a los que no tie­nen? ¿Qué voy a de­ci­ros? ¿Alabaros? ¡En eso no os ala­bo! (1 Corintios 11, 20-22). Por otro lado, aun­que en prin­ci­pio ha­bía com­ple­ta li­ber­tad para las di­ver­sas ora­cio­nes, en di­ver­sos lu­ga­res se em­pe­za­ron a re­co­ger y a adop­tar las me­jo­res ora­cio­nes, dan­do lu­gar a los pri­me­ros ri­tos fi­jos.

Es fun­da­men­tal sa­ber que la Eucaristía era tan im­por­tan­te para los pri­me­ros cris­tia­nos que mu­chos eran apre­sa­dos y mar­ti­ri­za­dos por asis­tir a ella. Además, es­ta­ba re­ser­va­da solo a los cris­tia­nos se­rios, como afir­ma San Justino: Llamamos a este ali­men­to Eucaristía y na­die pue­de to­mar par­te en él si no cree en la ver­dad de lo que se en­se­ña en­tre no­so­tros, si no ha re­ci­bi­do el baño para el per­dón de los pe­ca­dos y el nue­vo na­ci­mien­to, y si no vive se­gún los pre­cep­tos de Cristo (San Justino)[79]. Recordemos que, en aque­lla épo­ca, para ser cris­tiano ha­cía fal­ta pa­sar por un ca­te­cu­me­na­do, en oca­sio­nes de años, don­de los as­pi­ran­tes eran ca­te­qui­za­dos y pues­tos du­ra­men­te a prue­ba, tras el cual se es­pe­ra­da de los re­cién bau­ti­za­dos una vida san­ta y sin pe­ca­do gra­ve. Es por eso que la con­fe­sión in­di­vi­dual tam­po­co exis­tía, y que los que co­me­tían un pe­ca­do gra­ve eran ex­pul­sa­dos de la co­mu­ni­dad cris­tia­na, sien­do read­mi­ti­dos úni­ca­men­te tras un lar­go pe­rio­do de pe­ni­ten­cia y sa­tis­fac­ción por el es­cán­da­lo que ha­bían dado.

Siglos IV a VIII Durante es­tos si­glos la Iglesia se ma­si­fi­có, por lo que la Eucaristía sa­lió de las ca­sas y pasó a ce­le­brar­se en ba­sí­li­cas. Y dado que el em­pe­ra­dor u otras fi­gu­ras im­por­tan­tes acu­dían tam­bién a ella, apa­re­ció el rito de en­tra­da con su co­rres­pon­dien­te pro­ce­sión. Al mis­mo tiem­po las ce­le­bra­cio­nes pa­sa­ron a ser mu­cho más anó­ni­mas, per­dién­do­se la asam­blea en co­mu­ni­da­des con sus ca­ris­mas y don­de to­dos se co­no­cían. De esta for­ma el Sacerdote tomó mu­cha más re­le­van­cia. Además, en esta épo­ca apa­re­ció tam­bién la pro­ce­sión de las ofren­das y se ins­tau­ró la prác­ti­ca de la con­fe­sión in­di­vi­dual, que apro­ve­cha­ba la con­fe­sión como una opor­tu­ni­dad para ca­te­qui­zar y co­rre­gir a los cris­tia­nos que no vi­vían de acuer­do a su Fe. Hay que te­ner en cuen­ta que mu­chos nue­vos cris­tia­nos ape­nas eran ca­te­qui­za­dos y en­ten­dían erró­nea­men­te la Eucaristía, ha­cien­do un sí­mil con sus an­ti­guos ri­tos pa­ga­nos de ofre­cer a Dios un cul­to para apla­car­lo y que todo les fue­ra bien en la vida. Y esto, que nada tie­ne que ver con el ver­da­de­ro sen­ti­do de la Eucaristía, es un error de com­pren­sión que, por des­gra­cia, aún hoy en día mu­chas per­so­nas co­me­ten.

Edad Media Debido, en­tre otros mo­ti­vos, a que el la­tín em­pe­zó a de­ri­var en di­ver­sas len­guas di­fe­ren­tes y que el pue­blo cris­tiano es­ta­ba ya poco ca­te­qui­za­do, la li­tur­gia de la pa­la­bra ra­ra­men­te se com­pren­día: el va­lor de la Palabra de Dios se ha­bía em­pe­za­do a per­der en­tre el pue­blo. Sin em­bar­go, esto lle­vó a la in­tro­duc­ción de di­ver­sas ora­cio­nes du­ran­te la misa que los fie­les sí po­dían re­zar mien­tras ob­ser­va­ban lo que ocu­rría en el al­tar. También co­bró un ma­yor én­fa­sis al mis­te­rio del sa­cri­fi­cio de Cristo, pues los fie­les en­ten­dían con tan sólo mi­rar al al­tar que algo gran­de pa­sa­ba en él. Por otro lado, se em­pie­zan a co­me­ter abu­sos en las mi­sas, como la misa so­li­ta­ria, su ofre­ci­mien­to por mo­ti­vos con­tra­rios a la ley mo­ral, ri­tos o dis­po­si­cio­nes su­pers­ti­cio­sas, etc.

Además, los fie­les no se acer­ca­ban a co­mul­gar, por lo que el pan se sus­ti­tu­yó por una pe­que­ña oblea muy si­mi­lar a la que se em­plea en la ac­tua­li­dad. Tampoco se acer­ca­ban a la con­fe­sión in­di­vi­dual, que en los si­glos pa­sa­dos ha­bía cum­pli­do tam­bién una fun­ción pe­da­gó­gi­ca. Contra es­tas dos co­sas, el con­ci­lio de Letrán, en un pri­mer in­ten­to de so­lu­cio­nar la si­tua­ción, de­cla­ró que todo fiel de uno u otro sexo, des­pués que hu­bie­re lle­ga­do a los años de dis­cre­ción, con­fie­se fiel­men­te él solo por lo me­nos una vez al año to­dos sus pe­ca­dos al pro­pio sa­cer­do­te, y pro­cu­re cum­plir se­gún sus fuer­zas la pe­ni­ten­cia que le im­pu­sie­re, re­ci­bien­do re­ve­ren­te­men­te, por lo me­nos en Pascua, el sa­cra­men­to de la Eucaristía (Concilio de Letrán)[35].

Concilio de Trento Lutero, vien­do los abu­sos que se co­me­tían y tra­tan­do ini­cial­men­te de vol­ver a los orí­ge­nes bí­bli­cos de la Eucaristía, eli­mi­nó com­ple­ta­men­te el sen­ti­do de la Eucaristía como paso del Señor, Sacramento y Sacrificio, po­si­ble­men­te por­que no co­no­cía la Pascua Judía. Sin em­bar­go, con su re­for­ma, que in­cluía la re­for­ma de la Eucaristía en­tre mu­chos otros cam­bios, arras­tra a una gran par­te de la cris­tian­dad al error. Así pues, el Concilio de Trento tra­tó de ata­jar to­dos los abu­sos y ne­gar a la vez el error de Lutero. Y lo hizo fi­jan­do, en­tre otras co­sas, el ca­non de la misa, que per­ma­ne­ció casi in­va­ria­ble des­de ese mo­men­to has­ta el Concilio Vaticano II, va­rios si­glos des­pués.

Cuánto cui­da­do se deba po­ner para que se ce­le­bre, con todo el cul­to y ve­ne­ra­ción que pide la re­li­gión, el sa­cro­san­to sa­cri­fi­cio de la Misa, fá­cil­men­te po­drá com­pren­der­lo cual­quie­ra que con­si­de­re, que lla­ma la sa­gra­da Escritura mal­di­to el que eje­cu­ta con ne­gli­gen­cia la obra de Dios. […] Y cons­tan­do que se han in­tro­du­ci­do ya por vi­cio de los tiem­pos, ya por des­cui­do y ma­li­cia de los hom­bres, mu­chos abu­sos aje­nos de la dig­ni­dad de tan gran­de sa­cri­fi­cio; de­cre­ta el san­to Concilio […] en pri­mer lu­gar, prohi­ban ab­so­lu­ta­men­te (lo que es pro­pio de la ava­ri­cia) las con­di­cio­nes de pa­gos de cual­quier es­pe­cie, los con­tra­tos y cuan­to se da por la ce­le­bra­ción de las Misas nue­vas […] Después de esto, para que se evi­te toda irre­ve­ren­cia, or­de­ne cada Obispo en sus dió­ce­sis, que no se per­mi­ta ce­le­brar Misa a nin­gún sa­cer­do­te vago y des­co­no­ci­do. Tampoco per­mi­tan que sir­va al al­tar san­to, o asis­ta a los ofi­cios nin­gún pe­ca­dor pú­bli­co y no­to­rio […] Aparten tam­bién de sus igle­sias aque­llas mú­si­cas en que ya con el ór­gano, ya con el can­to se mez­clan co­sas im­pu­ras y las­ci­vas; así como toda con­duc­ta se­cu­lar, con­ver­sa­cio­nes inú­ti­les, y con­si­guien­te­men­te pro­fa­nas, pa­seos, es­tré­pi­tos y vo­ce­rías; para que, pre­ca­vi­do esto, pa­rez­ca y pue­da con ver­dad lla­mar­se casa de ora­ción la casa del Señor. Últimamente, para que no se de lu­gar a nin­gu­na su­pers­ti­ción, prohi­ban por edic­tos, y con im­po­si­ción de pe­nas que los sa­cer­do­tes ce­le­bren fue­ra de las ho­ras de­bi­das, y que se val­gan en la ce­le­bra­ción de las Misas de otros ri­tos, o ce­re­mo­nias, y ora­cio­nes que de las que es­tén apro­ba­das por la Iglesia […] y en­se­ñen al pue­blo cuál es, y de dón­de pro­vie­ne es­pe­cial­men­te el fru­to pre­cio­sí­si­mo y di­vino de este sa­cro­san­to sa­cri­fi­cio. Amonesten igual­men­te su pue­blo a que con­cu­rran con fre­cuen­cia a sus pa­rro­quias, por lo me­nos en los do­min­gos y fies­tas más so­lem­nes (Concilio de Trento)[54].

En esa mis­ma li­nea, si al­guno di­je­re, que no se ofre­ce a Dios en la Misa ver­da­de­ro y pro­pio sa­cri­fi­cio; o que el ofre­cer­se este no es otra cosa que dar­nos a Cristo para que le co­ma­mos; sea ex­co­mul­ga­do (Canon 1, Trento)[54]. Si al­guno di­je­re, que el sa­cri­fi­cio de la Misa es solo sa­cri­fi­cio de ala­ban­za, y de ac­ción de gra­cias, o mero re­cuer­do del sa­cri­fi­cio con­su­ma­do en la cruz; mas que no es pro­pi­cia­to­rio; o que sólo apro­ve­cha al que le re­ci­be; y que no se debe ofre­cer por los vi­vos, ni por los di­fun­tos, por los pe­ca­dos, pe­nas, sa­tis­fac­cio­nes, ni otras ne­ce­si­da­des; sea ex­co­mul­ga­do (Canon 3, Trento)[54]. Si al­guno di­je­re, que es im­pos­tu­ra ce­le­brar Misas en ho­nor de los san­tos, y con el fin de ob­te­ner su in­ter­ce­sión para con Dios, como in­ten­ta la Iglesia; sea ex­co­mul­ga­do (Canon 5, Trento)[54]. Si al­guno di­je­re, que el Cánon de la Misa con­tie­ne erro­res, y que por esta cau­sa se debe abro­gar; sea ex­co­mul­ga­do (Canon 6, Trento)[54]. Si al­guno di­je­re, que las ce­re­mo­nias, ves­ti­du­ras y sig­nos ex­ter­nos, que usa la Iglesia ca­tó­li­ca en la ce­le­bra­ción de las Misas, son más bien in­cen­ti­vos de im­pie­dad, que ob­se­quios de pie­dad; sea ex­co­mul­ga­do (Canon 7, Trento)[54]. Si al­guno di­je­re, que se debe con­de­nar el rito de la Iglesia Romana, se­gún el que se pro­fie­ren en voz baja una par­te del Cánon, y las pa­la­bras de la con­sa­gra­ción; o que la Misa debe ce­le­brar­se sólo en len­gua vul­gar, o que no se debe mez­clar el agua con el vino en el cá­liz que se ha de ofre­cer, por­que esto es con­tra la ins­ti­tu­ción de Cristo; sea ex­co­mul­ga­do (Canon 9, Trento)[54]. Esto no sig­ni­fi­ca que se prohí­ba el uso de la len­gua del pue­blo, sino que se im­pi­de prohi­bir el uso del la­tín en la Santa Misa.

Concilio Vaticano II El Concilio de Trento puso mu­cho én­fa­sis en el sa­cri­fi­cio de Cristo y en la efi­ca­cia de los Sacramentos por su pro­pia esen­cia, ver­da­des in­mu­ta­bles de la Iglesia Católica que nun­ca de­ja­rán de ser­lo. Sin em­bar­go, per­dió un poco de vis­ta los sig­nos ex­ter­nos pro­pios de los pri­me­ros si­glos, que ha­cían pre­sen­te el paso de Dios, la im­por­tan­cia de la Palabra y la asam­blea cris­tia­na. Por eso, el Concilio Vaticano II, ce­le­bra­do a mi­tad del si­glo XX, tra­tó de re­cu­pe­rar los sig­nos pro­pios de la li­tur­gia de la Palabra, el uso de la len­gua del pue­blo para fa­ci­li­tar la com­pren­sión, la asam­blea li­túr­gi­ca reuni­da en al al­tar, la ora­ción co­mún de los fie­les, el rito de la paz, la co­mu­nión con las dos es­pe­cies en su for­ma ori­gi­nal y la par­ti­ci­pa­ción de los fie­les en la li­tur­gia. Es de­cir, tra­tó de re­cu­pe­rar al­gu­nos de los sig­nos de la ce­le­bra­ción ori­gi­nal que San Justino nos des­cri­bió. Por eso, no de­be­mos ol­vi­dar que la Eucaristía es el me­mo­rial de la Pascua de Cristo, es de­cir, de la obra de la sal­va­ción rea­li­za­da por la vida, la muer­te y la re­su­rrec­ción de Cristo, obra que se hace pre­sen­te por la ac­ción li­túr­gi­ca (Catecismo 1409).

Esto ha dado lu­gar a una ce­le­bra­ción li­túr­gi­ca más cer­ca­na al pue­blo, con la pre­sen­cia de mu­chos de los sig­nos ini­cia­les de esta ce­le­bra­ción; pero tam­bién ha dado lu­gar a al­gu­nos abu­sos y ma­len­ten­di­dos pro­pios del pro­tes­tan­tis­mo y de la ig­no­ran­cia de todo lo que la Eucaristía sig­ni­fi­ca. Es por ello que es ne­ce­sa­ria una ín­te­gra for­ma­ción ca­tó­li­ca, per­ma­nen­te y prác­ti­ca, des­ti­na­da los adul­tos, por lo que el Concilio Vaticano II ha res­tau­ra­do para la Iglesia la­ti­na, “el ca­te­cu­me­na­do de adul­tos, di­vi­di­do en di­ver­sos gra­dos”. Sus ri­tos se en­cuen­tran en el Ritual de la ini­cia­ción cris­tia­na de adul­tos (Catecismo Catecismo 1232). Y esto es muy im­por­tan­te, ya que no sólo im­por­ta la efi­ca­cia del Sacramento o los sig­nos que ayu­dan a com­pren­der­lo, sino tam­bién la dis­po­si­ción in­te­rior que ten­ga­mos y la vida cris­tia­na (o no) que vi­vi­mos. Por su­pues­to, nues­tra vida de­be­ría ser un au­ten­ti­co re­fle­jo de esta ce­le­bra­ción y del amor de Dios que se hace pre­sen­te en ella. Destacar fi­nal­men­te que, en la ac­tua­li­dad, con­vi­ven los dos ri­tos de la Eucaristía, sien­do el rito pre­con­ci­liar la for­ma ex­tra­or­di­na­ria del rito la­tino or­di­na­rio.

Práctica Con esta muy bre­ve re­se­ña de la his­to­ria de la Eucaristía pre­ten­de­mos que se pue­dan com­pren­der un poco me­jor los mo­ti­vos por los que la Santa Misa ac­tual es como es, y por qué y en qué ha va­ria­do des­de la úl­ti­ma cena de Jesús. Pero lo fun­da­men­tal no es co­no­cer al de­ta­lle es­tas co­sas, sino apren­der a vi­vir la Pascua y el Sacrificio de Cristo en cada Eucaristía. En ella, Dios se hace pre­sen­te a tra­vés de la Palabra para ha­blar­nos per­so­nal­men­te a nues­tra vida, y se nos en­tre­ga en su Cuerpo y su Sangre para nues­tra Salvación. ¡En ella pasa para li­brar­nos de la muer­te on­to­ló­gi­ca y fí­si­ca, y dar­nos su Vida en ple­ni­tud! ¡Pues nos ama has­ta el ex­tre­mo! Por eso, va­mos a ha­cer la Lectio Divina de los pa­sa­jes de las Escrituras que ha­blan de la Eucaristía, y de la im­por­tan­cia de vi­vir nues­tra vida cris­tia­na cohe­ren­te­men­te con esta ce­le­bra­ción.

Lectio Divina de Hechos 2, 42-47
Lectio Divina de 1 Corintios 11, 16-34
Lectio Divina de 1 Timoteo 2, 1-8
Lectio Divina de Hechos 20, 7-12
Lectio Divina de 1 Corintios 10, 1-24