8.3 La Santa Misa

Alegrémonos y re­go­ci­jé­mo­nos y dé­mos­le glo­ria, por­que han lle­ga­do las bo­das del Cordero, y su Esposa se ha en­ga­la­na­do.
- Apocalipsis 19, 7

La Santa Misa tra­di­cio­nal La Santa Misa tra­di­cio­nal fue fi­ja­da tras el Concilio de Trento para ata­jar las des­via­cio­nes que se pro­du­cían en la Eucaristía, los erro­res de Lutero, a fin de que los sa­cer­do­tes se­pan con cer­te­za que ora­cio­nes de­ben uti­li­zar, cuá­les son los ri­tos y cuá­les las ce­re­mo­nias que de­ben bajo obli­ga­ción con­ser­var en ade­lan­te en la ce­le­bra­ción de las mi­sas […] y para el tiem­po fu­tu­ro per­pe­tua­men­te, en to­das las igle­sias, pa­triar­ca­les, ca­te­dra­les, co­le­gia­tas y pa­rro­quia­les de to­das las pro­vin­cias de la Cristiandad (Quo Primum Tempore)[96]. Por eso es lí­ci­to ce­le­brar el Sacrificio de la Misa se­gún la edi­ción tí­pi­ca del Misal Romano pro­mul­ga­do por el bea­to Juan XXIII en 1962, que nun­ca se ha abro­ga­do, como for­ma ex­tra­or­di­na­ria de la Liturgia de la Iglesia (Summorum Pontificum)[18]. Destacar ade­más que esta for­ma del rito de la Eucaristía ex­pre­só de for­ma or­di­na­ria el sen­tir y el orar de la Iglesia Católica du­ran­te más de 400 años, po­nien­do de re­lie­ve la inal­te­ra­bi­li­dad de la doc­tri­na ca­tó­li­ca, las reali­da­des so­bre­na­tu­ra­les cen­tra­les del rito y el san­to Sacrificio de Cristo en el al­tar. Sin em­bar­go, para ce­le­brar se­gún este rito se re­quie­re el per­mi­so del obis­po del lu­gar.

La Santa Misa or­di­na­ria El rito or­di­na­rio de la Santa Misa es el que usual­men­te se ce­le­bra en las pa­rro­quias, fru­to de la re­no­va­ción del Concilio Vaticano II, que bus­ca­ba acer­car de nue­vo la li­tur­gia al pue­blo. Retomando el sen­ti­do ori­gi­nal de la Pascua, la ce­le­bra­ción em­pie­za con un bre­ve rito pe­ni­ten­cial, que nos re­cuer­da la ne­ce­si­dad que te­ne­mos de que Cristo pase y ven­za a la muer­te y al pe­ca­do que nos opri­men. El rito man­tie­ne la es­truc­tu­ra bá­si­ca de la Última Cena y de la Eucaristía de los pri­me­ros si­glos, en el que hay una li­tur­gia de la Palabra y una li­tur­gia de la Eucaristía. ¡Atentos en ella! Pues Dios re­nue­va su Sacrificio y su Resurrección por amor a ti. Por eso, ale­gré­mo­nos y re­go­ci­jé­mo­nos y dé­mos­le glo­ria, por­que han lle­ga­do las bo­das del Cordero, y su Esposa se ha en­ga­la­na­do (Apocalipsis 19, 7). Así pues, nues­tro Salvador […] ins­ti­tu­yó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a per­pe­tuar por los si­glos, has­ta su vuel­ta, el Sacrificio de la Cruz y a con­fiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sa­cra­men­to de pie­dad, signo de uni­dad, víncu­lo de ca­ri­dad, ban­que­te pas­cual, en el cual se come a Cristo, el alma se lle­na de gra­cia y se nos da una pren­da de la glo­ria ve­ni­de­ra (Sacrosanctum Concilium)[56] ¡Pues te ama con lo­cu­ra!

Liturgia de la Palabra Cristo está pre­sen­te en su pa­la­bra, pues cuan­do se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien ha­bla (Sacrosanctum Concilium)[56]. Dios ha­bla de for­ma di­rec­ta a tu vida y a tu si­tua­ción a tra­vés de esta Palabra, pues toda Escritura es ins­pi­ra­da por Dios y útil para en­se­ñar, para ar­güir, para co­rre­gir y para edu­car en la jus­ti­cia; así el hom­bre de Dios se en­cuen­tra per­fec­to y pre­pa­ra­do para toda obra bue­na (2 Timoteo 3, 16-17). Y por eso, con­vie­ne que la es­cu­ches con gran aten­ción, com­pren­dien­do bien a qué te in­vi­ta y qué dice a tu vida. No se tra­ta de in­ter­pre­tar la Palabra ni de re­fle­xio­nar so­bre ella, sino de de­jar que te ha­ble di­rec­ta­men­te, sin fil­trar­la ni aguar­la, po­nién­do­la en prác­ti­ca en la me­di­da que sin­ce­ra­men­te po­da­mos. Por eso, toda la so­li­ci­tud que ob­ser­va­mos cuan­do nos ad­mi­nis­tran el cuer­po de Cristo, para que nin­gu­na par­tí­cu­la cai­ga en tie­rra de nues­tras ma­nos, ese mis­mo cui­da­do de­be­mos po­ner para que la pa­la­bra de Dios que nos pre­di­can, ha­blan­do o pen­san­do en nues­tras co­sas, no se des­va­nez­ca de nues­tro co­ra­zón. No ten­drá me­nor pe­ca­do el que oye ne­gli­gen­te­men­te la pa­la­bra de Dios, que aquel que por ne­gli­gen­cia deja caer en tie­rra el cuer­po de Cristo (San Agustín)[4]. En cual­quier caso, para com­pren­der me­jor la Palabra es muy im­por­tan­te es­cu­char la ho­mi­lía, que el Sacerdote debe ha­cer ade­cua­da­men­te ba­sán­do­la en la Palabra que se ha pro­cla­ma­do y no en te­mas de ac­tua­li­dad. Además, debe dar siem­pre la in­ter­pre­ta­ción pro­pia del Magisterio, y no sim­ples re­fle­xio­nes bo­ni­tas.

Liturgia de la Eucaristía Después de ofre­cer los do­nes en el al­tar (el pan áci­mo de tri­go y el vino) co­mien­za el cen­tro y la cum­bre de toda la ce­le­bra­ción, esto es, la Plegaria Eucarística, que cier­ta­men­te es una ora­ción de ac­ción de gra­cias y de san­ti­fi­ca­ción (Instrucción del Misal Romano)[27]. Esta ple­ga­ria se ini­cia pi­dien­do a los fie­les que le­van­ten el co­ra­zón a Dios, pues en es­tos mo­men­tos trans­cen­den­ta­les con­vie­ne di­ri­gir­los a Él y no a nues­tros asun­tos o ne­go­cios. También se in­vo­ca al Espíritu Santo, se ora por los di­fun­tos, y lo más im­por­tan­te: el Sacerdote con­sa­gra el pan y el vino con­vir­tién­do­los en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Efectivamente, por la con­sa­gra­ción del pan y del vino se ope­ra la con­ver­sión de toda la subs­tan­cia del pan en la subs­tan­cia del Cuerpo de Cristo nues­tro Señor y de toda la subs­tan­cia del vino en la subs­tan­cia de su Sangre; la Iglesia Católica ha lla­ma­do jus­ta y apro­pia­da­men­te a este cam­bio tran­subs­tan­cia­ción (Catecismo 1376). Y esto se hace en vir­tud de las pa­la­bras que pro­nun­ció Jesús en la úl­ti­ma cena. Palabras que se cum­plen, pues Dios es ve­raz. Así pues, en cada Eucaristía nues­tro Señor Jesucristo se sa­cri­fi­ca y se en­tre­ga por y para ti, para sal­var­te y dar­te su mis­ma Vida… ¡Pues te ama!

Hay que des­ta­car que cada fra­se y cada ges­to de la Plegaria Eucarística tie­ne su pro­pio sig­ni­fi­ca­do pro­fun­dí­si­mo y ac­tual. Conviene pues, es­tar aten­tos y orar para que Dios nos vaya des­ve­lan­do cada día más este gran mis­te­rio del que los san­tos de­cían que se­ría más fá­cil que el mun­do so­bre­vi­vie­ra sin el sol, que sin la Santa misa (San Pío de Pietrelcina)[95]. A con­ti­nua­ción, se reza la ora­ción del Padre Nuestro, que con­tie­ne en sí toda la ple­ga­ria de la Iglesia y se pro­ce­de tam­bién a rea­li­zar el rito de la paz. Este rito es muy im­por­tan­te, pues es signo del per­dón que debe dar­se real­men­te en nues­tra vida. De he­cho, Cristo mis­mo man­dó que si, pues, al pre­sen­tar tu ofren­da en el al­tar te acuer­das en­ton­ces de que tu her­mano tie­ne algo con­tra ti, deja tu ofren­da allí, de­lan­te del al­tar, y vete pri­me­ro a re­con­ci­liar­te con tu her­mano; lue­go vuel­ves y pre­sen­tas tu ofren­da (Mateo 5, 23-24). Así pues, he­mos de acer­car­nos al al­tar li­bres de todo pe­ca­do mor­tal y des­co­mu­nión, y con las ma­nos lle­nas de obras de ca­ri­dad na­ci­das como fru­to de la Fe y la gra­cia de Dios.

Y fi­nal­men­te, vie­ne la co­mu­nión del Cuerpo y la Sangre del mis­mo Cristo que se en­tre­ga por y para ti. No te acer­ques, pues, con las pal­mas de las ma­nos ex­ten­di­das ni con los de­dos se­pa­ra­dos, sino que, po­nien­do la mano iz­quier­da bajo la de­re­cha a modo de trono que ha de re­ci­bir al Rey, re­ci­be en la con­ca­vi­dad de la mano el cuer­po de Cristo di­cien­do: «Amén». Súmelo a con­ti­nua­ción con ojos de san­ti­dad cui­dan­do de que nada se te pier­da de él. Pues todo lo que se te cai­ga con­si­dé­ra­lo como qui­ta­do a tus pro­pios miem­bros. Pues, dime, si al­guien te hu­bie­se dado li­ma­du­ras de oro, ¿no las co­ge­rías con sumo cui­da­do y di­li­gen­cia, con cui­da­do de que nada se te per­die­se y re­sul­ta­ses per­ju­di­ca­do? ¿No pro­cu­ra­rás con mu­cho más cui­da­do y vi­gi­lan­cia que no se te cai­ga ni si­quie­ra una miga, que es mu­cho más va­lio­sa que el oro y que las pie­dras pre­cio­sas? (San Cirilo de Jerusalén)[24]. Por otro lado, la Iglesia tam­bién per­mi­te re­ci­bir la co­mu­nión di­rec­ta­men­te en la boca o de ro­di­llas, cosa que tie­ne a su fa­vor si­glos de tra­di­ción y es un signo de ado­ra­ción par­ti­cu­lar­men­te ex­pre­si­vo, del todo apro­pia­do a la luz de la ver­da­de­ra, real y sus­tan­cial pre­sen­cia de Nuestro Señor Jesucristo bajo las es­pe­cies con­sa­gra­das (Congregación para el Culto Divino)[30]. La Santa Misa ter­mi­na con la ben­di­ción fi­nal y el en­vío a la mi­sión a la que to­dos los ca­tó­li­cos es­ta­mos lla­ma­dos… ¡Para que tus fa­mi­lia­res, ami­gos y to­das las de­más per­so­nas tam­bién pue­dan dis­fru­tar de este ma­ra­vi­llo­so amor de Dios!

Práctica Para com­pren­der me­jor el rito de la sa­gra­da Eucaristía que hace pre­sen­te y ac­tual todo el mis­te­rio de la Fe ca­tó­li­ca, re­co­men­da­mos leer en el ca­te­cis­mo el apar­ta­do so­bre el Sacramento de la Eucaristía, y ver el do­cu­men­tal so­bre el rito tra­di­cio­nal de la Santa Misa, que es si­mi­lar al or­di­na­rio y, cu­yas ex­pli­ca­cio­nes, pue­den arro­jar más luz so­bre las di­ver­sas par­tes de la mis­ma. Pero so­bre todo, la ver­da­de­ra prác­ti­ca que debe ha­cer todo ca­tó­li­co es vi­vir cada Eucaristía con la ale­gría y la im­por­tan­cia que tie­ne que todo un Dios se en­tre­gue a ti y pase per­so­nal­men­te por tu vida para Salvarte. Y, por su­pues­to, es fun­da­men­tal tam­bién vi­vir en con­se­cuen­cia con este mis­te­rio que ce­le­bra­mos, es­tan­do en co­mu­nión con la Santa Iglesia Católica y dan­do ejem­plo con una vida san­ta.

Leer so­bre el Sacramento de la Eucaristía en el Catecismo

Ver el do­cu­men­tal ”Mysterium Fidei” so­bre la Misa Tradicional