8.1 La Última Cena

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Tomó lue­go pan, dio gra­cias, lo par­tió y se lo dio di­cien­do: «Este es mi cuer­po que se en­tre­ga por vo­so­tros; ha­ced esto en re­cuer­do mío.»
- Lucas 22, 19

La Última Cena La úl­ti­ma cena de Jesucristo no fue una co­mi­da con los ami­gos, una des­pe­di­da o un mi­la­gri­to de úl­ti­ma hora. Jesucristo, en la úl­ti­ma cena, ce­le­bró con sus dis­cí­pu­los la Pascua Judía, como lo ates­ti­guan las Escrituras, pues él sí era Judío. Sin em­bar­go, las es­cri­tu­ras no cuen­tan todo lo que hizo Jesús aque­lla no­che sino que, dan­do por su­pues­to que los lec­to­res sa­bían lo que era la Pascua Judía, úni­ca­men­te con­ta­ron aque­llo que Jesús in­tro­du­jo de nue­vo, o aque­llas co­sas que les lla­mó la aten­ción de al­gún modo. A sa­ber:

  • El la­va­to­rio de pies, que usual­men­te es­ta­ba re­ser­va­do a los sier­vos o ni­ños de la casa, lo reali­zó Jesús al que to­dos con­si­de­ra­ban el maes­tro (Juan 13, 1-20).
  • Las pro­fe­cías de la trai­ción de Judas (Juan 13, 21-30) y las ne­ga­cio­nes de Pedro (Mateo 26, 30-35).
  • La ins­ti­tu­ción de la Eucaristía, cam­bian­do las pa­la­bras del ri­tual ju­dío (Lucas 22, 14-20).
  • La “homilía” que reali­zó aque­lla no­che y que re­co­ge el Evangelio de Juan (Juan 14-16).

Así pues, al ce­le­brar la úl­ti­ma Cena con sus Apóstoles en el trans­cur­so del ban­que­te pas­cual, Jesús dio su sen­ti­do de­fi­ni­ti­vo a la pas­cua ju­día (Catecismo 1340). Pero… ¿Qué sen­ti­do te­nía la pas­cua ju­día? La pas­cua ju­día era la ce­le­bra­ción me­mo­rial del paso efec­ti­vo de Dios que vie­ne a li­be­rar a su pue­blo… ¡Una exul­ta­ción que res­pon­de al ac­tuar amo­ro­so de Dios en la vida! Un ac­tuar que no sólo ocu­rrió en el éxo­do de Egipto, even­to que ins­tau­ró la Pascua Judía, sino que ocu­rre en cada ge­ne­ra­ción, en cada mo­men­to. ¡Sí! ¡En cada Pascua pasa Dios a sal­var­te!

La pas­cua Judía sue­le ce­le­brar­se en fa­mi­lias, gru­pos de fa­mi­lias si son pe­que­ñas o, como en el caso de Jesús, ami­gos o dis­cí­pu­los ín­ti­mos con­si­de­ra­dos como fa­mi­lia. Lo pri­me­ro que se hace es la bús­que­da del pan con le­va­du­ra o “jametz”, que es que­ma­do en el fue­go mien­tras se re­ci­ta una ora­ción. Este rito eli­mi­na todo lo vie­jo, por­que en Pascua co­mien­za algo nue­vo… ¡Pasó lo vie­jo, todo es nue­vo (2 Corintios 5, 17b)! También se rea­li­zan los pre­pa­ra­ti­vos de los di­fe­ren­tes sig­nos que se van a rea­li­zar a lo lar­go de la ce­le­bra­ción. Jesús le en­co­mien­da esta ta­rea a Pedro y Juan, y ellos fue­ron y lo en­con­tra­ron tal como les ha­bía di­cho y pre­pa­ra­ron la Pascua (Lucas 22, 13).

La Pascua de Jesús La ce­le­bra­ción de la cena Pascual em­pie­za con una copa de vino, que no es la que Cristo con­sa­gró, sino la lla­ma­da copa de la san­ti­fi­ca­ción. El que pre­si­de la Pascua la alza y la ben­di­ce dan­do gra­cias di­cien­do: Bendito eres Tú, Adonai, nues­tro Dios, Rey del uni­ver­so (Kidush)[23]. Eso hizo Jesús: Tomó lue­go una copa, dio gra­cias y dijo: «Tomad esto y re­par­tid­lo en­tre vo­so­tros» (Lucas 22, 17). De esta ma­ne­ra, los ju­díos po­nen a Dios en el cen­tro de la ce­le­bra­ción con una ora­ción as­cen­den­te de ben­di­ción y ala­ban­za que no cesa en toda la ce­le­bra­ción, no como nues­tras ora­cio­nes que mu­chas ve­ces son des­cen­den­tes, es de­cir, de pe­ti­ción y cen­tra­das en no­so­tros mis­mos. A con­ti­nua­ción se si­gue con un ablu­ción de ma­nos y se co­men hier­bas amar­gas, re­cuer­do de nues­tra amar­ga si­tua­ción de es­cla­vi­tud de la que Dios nos vie­ne a res­ca­tar. Pues la Pascua es… ¡El paso de Dios que vie­ne a li­be­rar­te por amor! Por eso, este signo nos hace pre­sen­te cuál es nues­tra es­cla­vi­tud. En tér­mi­nos ge­ne­ra­les, para los Judíos era, en pri­mer lu­gar Egipto, pero tam­bién el res­to de los opre­so­res. Por eso mu­chos Judíos vol­vían a Dios esa no­che, pues Dios ve­nía a sal­var a los po­bres y a ha­cer jus­ti­cia de los opre­so­res, cosa que les cues­tio­na­ba, pues… ¿De qué lado es­ta­ban? ¿De qué lado es­ta­mos? Por otro lado, no hay que ol­vi­dar que, para los cris­tia­nos, el opre­sor por ex­ce­len­cia es el ma­ligno y el pe­ca­do, del que Cristo vie­ne a sal­var­nos. Por eso, no­so­tros em­pe­za­mos la Eucaristía re­co­no­cién­do­nos pe­ca­do­res y ne­ce­si­ta­dos de Dios.

Posteriormente se ben­di­ce el pan áci­mo di­cien­do: Este es el pan de aflic­ción que nues­tros an­te­pa­sa­dos co­mie­ron en la tie­rra de Egipto. Quienquiera ten­ga ham­bre, que ven­ga y coma; quien­quie­ra esté en ne­ce­si­dad, que ven­ga y ce­le­bre el Seder de Pesaj. Este año [estamos] aquí; el año ve­ni­de­ro en la Tierra de Israel. Este año [somos] es­cla­vos, el año ve­ni­de­ro [seremos] gen­te li­bre (Maguid)[23]. Y para ha­cer pre­sen­te y ac­tual ese paso de Dios se va a na­rrar toda la his­to­ria de Salvación que Él ha he­cho y si­gue ha­cien­do con el pue­blo de Israel, po­nien­do es­pe­cial aten­ción en los ni­ños que ini­cian la na­rra­ción pre­gun­tan­do: ¿Qué hace di­fe­ren­te a esta no­che de to­das las [demás] no­ches? (Maguid)[23]. Es en este mo­men­to don­de, al fi­na­li­zar el re­la­to del Éxodo, Jesús hace su fa­mo­sa ho­mi­lía plas­ma­da en el Evangelio de San Juan (Juan 14-16). Mencionar que, cuan­do se leen las pla­gas, se bebe una se­gun­da copa de vino que tam­po­co es la de la con­sa­gra­ción. Además, es im­por­tan­te re­cor­dar la im­por­tan­cia de este es­cu­char la Palabra de Dios que ac­túa en nues­tra vida, con su con­se­cuen­te ho­mi­lía del pres­bí­te­ro. De he­cho, esto nos ha lle­ga­do a no­so­tros tam­bién en la pri­me­ra par­te de la Eucaristía.

A con­ti­nua­ción, se can­ta el Dayenú: un her­mo­so cán­ti­co para dar glo­ria y ala­ban­za a Dios por cada una de las co­sas que Él ha he­cho en su fa­vor. Y tras al­gu­nos bre­ves ri­tua­les más, se can­ta el Aleluya (Salmos 113-114). Esto es la res­pues­ta na­tu­ral a tan­to bien re­ci­bi­do de Dios. ¡Una ver­da­de­ra exul­ta­ción de ale­gría! Y no­so­tros can­ta­mos el Gloria en su lu­gar. Posteriormente, la ce­le­bra­ción pro­si­gue con una ablu­ción de ma­nos, pues va a dar co­mien­zo una par­te fun­da­men­tal de la Pascua. Sin em­bar­go, en este pun­to Jesús toma el rol del más pe­que­ño y lava los pies a sus dis­cí­pu­los (Juan 13, 1-20), en­se­ñán­do­nos que los cris­tia­nos más gran­des son los que sir­ven con hu­mil­dad al res­to.

Tras esto, el que pre­si­de toma el pan áci­mo, lo ben­di­ce y lo re­par­te al res­to de co­men­sa­les. Así pues, Jesús, cam­bian­do las pa­la­bras de la ben­di­ción, tomó lue­go pan, dio gra­cias, lo par­tió y se lo dio di­cien­do: «Este es mi cuer­po que se en­tre­ga por vo­so­tros; ha­ced esto en re­cuer­do mío» (Lucas 22, 19). Luego hay una cena abun­dan­te, en la que to­dos par­ti­ci­pan. Tomó lue­go una copa y, da­das las gra­cias, se la dio, y be­bie­ron to­dos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi san­gre de la alian­za, que es de­rra­ma­da por mu­chos. Yo os ase­gu­ro que ya no be­be­ré del pro­duc­to de la vid has­ta el día en que lo beba de nue­vo en el Reino de Dios» (Marcos 14, 23-25). Con es­tas pa­la­bras Cristo trans­for­ma ver­da­de­ra­men­te el pan y el vino en su cuer­po y su san­gre que, como ve­re­mos, será un me­mo­rial de su sa­cri­fi­cio por re­mi­sión de nues­tros pe­ca­dos. Destacar que las pro­fe­cías de la trai­ción de Judas (Juan 13, 21-30) y las ne­ga­cio­nes de Pedro (Mateo 26, 30-35) ocu­rren en al­gún mo­men­to de esta par­te.

Cristo, el ver­da­de­ro Cordero La pas­cua ter­mi­na con una ben­di­ción, him­nos, la be­bi­da de la cuar­ta copa de vino, y el can­to de can­cio­nes tra­di­cio­na­les. Sin em­bar­go, can­ta­dos los him­nos, sa­lie­ron ha­cia el mon­te de los Olivos (Marcos, 14, 26b) por lo que, como Jesús mis­mo dijo, no be­bió más del vino. Y esto tie­ne un sim­bo­lis­mo muy es­pe­cial, pues si has­ta aho­ra la Pascua era una fies­ta y una exul­ta­ción a Dios que pasa por nues­tra vida, y el lu­gar don­de se ins­ti­tu­yó el Sacramento de la Eucaristía, aho­ra va­mos a ver cómo tam­bién es un ver­da­de­ro Sacrificio. Así pues, sin aca­bar el rito Pascual Jesús fue con sus dis­cí­pu­los al mon­te de los oli­vos, y lle­ga­do al lu­gar les dijo: «Pedid que no cai­gáis en ten­ta­ción.» Se apar­tó de ellos como un tiro de pie­dra, y pues­to de ro­di­llas ora­ba di­cien­do: «Padre, si quie­res, apar­ta de mí esta copa; pero no se haga mi vo­lun­tad, sino la tuya» (Lucas 22, 40-42). ¿Qué copa es esta sino la mis­ma copa que dio a sus dis­cí­pu­los, la de su pro­pia san­gre? Y ve­mos cómo Jesús se pone del lado de opri­mi­dos, de los es­cla­vos y de los po­bres, de­jan­do que los opre­so­res y los po­de­ro­sos lo tri­tu­ren, como un cor­de­ro que no abre la boca. Él, el inocen­te, en­tre­ga vo­lun­ta­ria­men­te su vida car­gan­do con los crí­me­nes de la hu­ma­ni­dad. Él se fió de Dios has­ta el ex­tre­mo, mos­tran­do al mun­do que Dios es más po­de­ro­so que la muer­te. Él, aun­que era Dios, se hu­mi­lló y no hizo jus­ti­cia, sino que per­do­nó.

Y así, lle­ga­dos al lu­gar lla­ma­do Calvario, le cru­ci­fi­ca­ron allí a él y a los mal­he­cho­res, uno a la de­re­cha y otro a la iz­quier­da. Jesús de­cía: «Padre, per­dó­na­los, por­que no sa­ben lo que ha­cen.» Se re­par­tie­ron sus ves­ti­dos, echan­do a suer­tes (Lucas 23, 33-34). Allí su car­ne, la mis­ma que Él dio a sus dis­cí­pu­los en la Pascua, fue en­tre­ga­da a to­dos los que quie­ran re­ci­bir­la. Pues por ella, el hom­bre, tú y yo, re­ci­bi­mos la vida eter­na. Y no sólo des­pués de la muer­te, que tam­bién, sino ya aho­ra… ¡Por eso los san­tos no te­nían nin­gún mie­do a per­der­la! ¡Su vida era Dios mis­mo! ¡Un Dios que los amó in­clu­so cuan­do ellos ha­bían des­pre­cia­do to­dos es­tos do­nes! ¡Un Dios que los ex­cu­só has­ta el fi­nal! ¡Un Dios que ha con­quis­ta­do para ellos, que nada me­re­cen, la Vida en ma­yús­cu­las!

Y des­pués de esto, sa­bien­do Jesús que ya todo es­ta­ba cum­pli­do, para que se cum­plie­ra la Escritura, dice: «Tengo sed.» Había allí una va­si­ja lle­na de vi­na­gre. Sujetaron a una rama de hi­so­po una es­pon­ja em­pa­pa­da en vi­na­gre y se la acer­ca­ron a la boca. Cuando tomó Jesús el vi­na­gre, dijo: «Todo está cum­pli­do.» E in­cli­nan­do la ca­be­za en­tre­gó el es­pí­ri­tu (Juan 19, 28-30). Es cu­rio­so ver cómo el vi­na­gre que Juan men­cio­na no es el que no­so­tros co­no­ce­mos como tal, sino una es­pe­cie de vino agrio. Es la úl­ti­ma copa de la Pascua que, aho­ra sí, se cie­rra de­fi­ni­ti­va­men­te con el sa­cri­fi­cio de Cristo. Dios ha pa­sa­do y, ex­pian­do to­das nues­tras cul­pas, ha muer­to para li­be­rar­nos del do­mi­nio del pe­ca­do y de la muer­te, dan­do cum­pli­mien­to to­tal a la Pascua. ¡Dios ha en­tre­ga­do su vida como sa­cri­fi­cio por tus cul­pas, por puro amor ha­cia ti! ¡Dios ha pa­sa­do por tu vida, y si­gue pa­san­do en cada Eucaristía! ¡Dios ha ven­ci­do a la muer­te para que tú ven­zas con Él y vi­vas eter­na­men­te! ¿Cómo no exul­tar de gozo?

Práctica Conviene leer de las fuen­tes lo más re­le­van­te en re­la­ción a la Última Cena y la Pasión de Cristo por no­so­tros. Por ello, va­mos a ha­cer la Lectio Divina de los si­guien­tes pa­sa­jes, que aca­ba­mos de con­tex­tua­li­zar, para tra­tar de com­pren­der un poco me­jor su ri­que­za y sig­ni­fi­ca­do. Sin em­bar­go, Si las al­mas com­pren­die­ran el te­so­ro que po­seen en la di­vi­na Eucaristía, ha­bría que pro­te­ger los ta­ber­nácu­los con mu­ros inex­pug­na­bles ; pues, en el de­li­rio de un ham­bre san­ta y de­vo­ra­do­ra, irían ellas mis­mas a ali­men­tar­se del Pan de los Ángeles. Las igle­sias des­bor­da­rían de ado­ra­do­res con­su­mi­dos de amor por el di­vino pri­sio­ne­ro, tan­to de día como de no­che (Beata Dina Bélanger)[36]. Así pues, com­pren­der y vi­vir la Eucaristía en su ple­ni­tud es un don que con­vie­ne que pi­da­mos a Dios to­dos los días… ¡Pues tan gran­de es el re­ga­lo de su Amor!

Lectio Divina de Juan 13, 1-20
Lectio Divina de Lucas 22, 14-20
Leer y me­di­tar Juan 14, 15 y 16
Lectio Divina de Lucas 23, 13-47
Lectio Divina de Romanos 8, 31-39