1.1 ¿Cómo te ha ama­do Dios?

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Él so­por­tó el cas­ti­go que nos trae la paz, y con sus car­de­na­les he­mos sido cu­ra­dos.
- Isaías 53, 5b

Te ha ama­do his­tó­ri­ca­men­te Dios no es al­guien que está sen­ta­do en el cie­lo mi­ran­do sin ha­cer nada, sino que me­dian­te su de­sig­nio di­vino ha in­ter­ve­ni­do en la his­to­ria del hom­bre. Este de­sig­nio com­por­ta una “pedagogía di­vi­na” par­ti­cu­lar: Dios se co­mu­ni­ca gra­dual­men­te al hom­bre, lo pre­pa­ra por eta­pas para aco­ger la Revelación* so­bre­na­tu­ral que hace de sí mis­mo y que cul­mi­na­rá en la Persona y la mi­sión del Verbo en­car­na­do, Jesucristo (Catecismo 53). Así pues, pri­me­ro es­co­gió al pue­blo de Israel y obró ma­ra­vi­llas con ellos. Luego nos en­vió a Jesús, el cual, sien­do de con­di­ción di­vi­na, no co­di­ció el ser igual a Dios sino que se des­po­jó de sí mis­mo to­man­do con­di­ción de es­cla­vo. Asumiendo se­me­jan­za hu­ma­na y apa­re­cien­do en su por­te como hom­bre, se re­ba­jó a si mis­mo, ha­cién­do­se obe­dien­te has­ta la muer­te y una muer­te de cruz (Filipenses 2, 6-8).

¿No lo com­pren­des? Es como si fue­ses un con­de­na­do a muer­te por al­gún cri­men y, que pese a es­tar arre­pen­ti­do, por ley es­tás es­pe­ran­do en el co­rre­dor de la muer­te tu eje­cu­ción. Y de re­pen­te en­tra el juez y te da una bue­na no­ti­cia: ¡Eres li­bre! Alguien se ha ofre­ci­do a pa­gar tu pena mu­rien­do en tu lu­gar. La ley del país lo per­mi­te. Y se ha ofre­ci­do por el sim­ple he­cho de que te ama pese al cri­men que has co­me­ti­do. ¿Te ima­gi­nas cómo se sen­ti­rá ese hom­bre? ¿Y qué amor tan gran­de le han mos­tra­do? ¡Pues exac­ta­men­te eso es lo que Cristo ha he­cho por ti! A ti te ama Dios in­clu­so cuan­do te equi­vo­cas, co­me­tes erro­res, fa­llas, eres cul­pa­ble, su­fres, o ni tú mis­mo te quie­res. Y por ti ha en­tre­ga­do su vida, para que tú pue­das vi­vir. ¡Qué gran no­ti­cia es esta! Pues no hay nada más gran­de que al­guien pue­da dar­te que a sí mis­mo, y eso ha he­cho Dios por ti.

Además, Dios mis­mo te ama tan­to que ha pa­sa­do por el su­fri­mien­to… ¡Por tu su­fri­mien­to! Despreciado, mar­gi­na­do, hom­bre do­lien­te y en­fer­mi­zo, como de ta­par­se el ros­tro por no ver­le. Despreciable, un Don Nadie. Fue opri­mi­do, y él se hu­mi­lló y no abrió la boca. Como un cor­de­ro al de­güe­llo era lle­va­do, y como ove­ja que ante los que la tras­qui­lan está muda, tam­po­co él abrió la boca (Isaías 53, 3.7). ¡Y esto lo ha he­cho por amor a ti! Dios co­no­ce de pri­me­ra mano tus su­fri­mien­tos y mu­chos más. ¡Por eso pue­de com­pa­de­cer­se de ti! Él pue­de lla­mar­se her­mano tuyo. Él sabe por lo que es­tás pa­san­do, por­que Él mis­mo ha pa­sa­do por ahí. ¡Dios, que lo tie­ne todo y es ab­so­lu­ta­men­te per­fec­to, ha com­par­ti­do nues­tra na­tu­ra­le­za rota y dé­bil! ¡Porque nos ama! ¡Porque te ama a ti!

Es como si un día, para co­no­cer de pri­me­ra mano los su­fri­mien­tos de un va­ga­bun­do, te fue­ras a vi­vir con él en sus mis­mas con­di­cio­nes. Y de esa for­ma pa­sa­ras por sus mis­mos pro­ble­mas, ex­pe­rien­cias, de­bi­li­da­des, ca­ren­cias y su­fri­mien­tos. ¿Quién ha­ría algo así? ¿Quién lo ha he­cho por ti? Nadie… ex­cep­to Dios. ¡Él sí lo ha he­cho! Y, sin em­bar­go, esto ha­bría sido sim­ple so­li­da­ri­dad con­ti­go si la cosa se hu­bie­se que­da­do ahí. Pero Cristo re­su­ci­tó y nos ha dado a to­dos la es­pe­ran­za de la vida eter­na y del per­dón. Nos ha he­cho hi­jos de Dios. Nos ha dado una dig­ni­dad nue­va. Nos ha re­ga­la­do el don de la re­con­ci­lia­ción: ¡Él nos per­do­na de to­dos nues­tros erro­res si nos arre­pen­ti­mos! ¡Y tam­bién nos da la es­pe­ran­za de vi­vir para siem­pre! ¡Por puro amor ha­cia no­so­tros!

Te ama en tu pro­pia vida Ante una si­tua­ción de gran di­fi­cul­tad en nues­tra vida, mu­chas ve­ces de­ci­mos: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has aban­do­na­do? Estás le­jos de mi que­ja, de mis gri­tos y ge­mi­dos (Salmo 22, 2). Pensamos que Dios nos ha aban­do­na­do, o peor aún: que no exis­te. Sin em­bar­go Jesucristo, que tam­bién dijo es­tas mis­mas pa­la­bras, nos ha en­se­ña­do que esto no es ver­dad. Dios te ama en tu vida con­cre­ta, y to­das las di­fi­cul­ta­des y pro­ble­mas que ten­gas en tu vida tie­nen un sig­ni­fi­ca­do y sir­ven para tu bien. Porque Dios obra como un Padre que en oca­sio­nes co­rri­ge a su hijo por su pro­pio bien. Y lo hace pre­ci­sa­men­te por­que lo ama. No ol­vi­des que Dios nos ha he­cho la pro­me­sa de la vida eter­na, re­ga­lán­do­nos la es­pe­ran­za de que no nos mo­ri­mos para siem­pre. Además… ¡Cristo mis­mo, que tan­to te ama, está aho­ra in­ter­ce­dien­do por no­so­tros ante Dios!

Pero nos re­ga­la mu­cho más: su Palabra y su Ley. Y no una ley en­ten­di­da como una im­po­si­ción con su co­rres­pon­dien­te cas­ti­go, sino como una guía sen­ci­lla para evi­tar la muer­te on­to­ló­gi­ca. Más aún, nos re­ga­la su Espíritu para que esta Ley naz­ca de nues­tro in­te­rior sin es­fuer­zo, como un to­rren­te de agua que vi­vi­fi­ca todo nues­tro ser, tal como afir­mó Jesús di­cien­do: pero el que beba del agua que yo le dé, no ten­drá sed ja­más, sino que el agua que yo le dé se con­ver­ti­rá en él en fuen­te de agua que bro­ta para vida eter­na (Juan 4, 14). Además, tam­bién nos re­ga­la el per­dón. Nos re­ga­la su fuer­za. Nos re­ga­la su amor. ¡Nos lo re­ga­la todo! ¡Porque nos ama! Y lo hace a tra­vés de los acon­te­ci­mien­tos con­cre­tos de tu vida y a tra­vés de la Iglesia, en los cua­les está pre­sen­te. Pues cier­ta­men­te Dios ac­túa en tu vida y te pue­de re­ga­lar una ex­pe­rien­cia ma­ra­vi­llo­sa de su amor, que es mu­cho me­jor que nada que ha­yas co­no­ci­do, como ates­ti­guan mi­les de per­so­nas que ya la han te­ni­do. ¡Pídeselo! Y no lo du­des: Dios tie­ne una his­to­ria de Salvación* ma­ra­vi­llo­sa pro­yec­ta­da con­ti­go. ¡Porque te ama!

El su­fri­mien­to Sin em­bar­go, hay una pre­gun­ta fun­da­men­tal que de­be­mos res­pon­der: ¿Por qué Dios no ac­túa de for­ma cla­ra y nos evi­ta el su­fri­mien­to? Por un mo­ti­vo muy sen­ci­llo: Dios nos ama. Y na­die que ama fuer­za u obli­ga a su ama­da a co­rres­pon­der­le, aun­que an­he­le su amor con todo su ser. Por eso Dios nun­ca qui­ta la li­ber­tad del hom­bre dan­do una prue­ba irre­fu­ta­ble de su exis­ten­cia. Por eso los mi­la­gros son pun­tua­les y con­cre­tos. Por eso hay ar­gu­men­tos muy in­tere­san­tes a fa­vor de la exis­ten­cia de Dios, pero no prue­bas de­fi­ni­ti­vas. Pero tam­bién por eso na­die pue­de de­mos­trar que Dios no exis­te. Dios, pre­ci­sa­men­te por­que nos ama, quie­re que sea­mos li­bres para ele­gir si co­rres­pon­der a su amor o no. Y ele­gir a Dios im­pli­ca ele­gir tam­bién el bien, la ver­dad y el amor, pues Él es todo eso y mu­cho más.

Sin em­bar­go, eso no sig­ni­fi­ca que Dios no tra­te de evi­tar el mal y el su­fri­mien­to, por­que así dice el Señor Yahvé: Aquí es­toy yo; yo mis­mo cui­da­ré de mi re­ba­ño y ve­la­ré por él (Ezequiel 34, 11). Este es el mo­ti­vo de to­dos sus re­ga­los: los Sacramentos, su Palabra, la co­mu­ni­dad ecle­sial, e in­clu­so… ¡El dar­se a sí mis­mo! Dios mis­mo ha com­par­ti­do tus su­fri­mien­tos y de­bi­li­da­des has­ta el ex­tre­mo, pa­san­do por una de las muer­tes más do­lo­ro­sas y te­rri­bles que he­mos in­ven­ta­do: la cruz. Por otro lado, no ol­vi­de­mos nun­ca que el cie­lo real­men­te exis­te y que es­ta­mos lla­ma­dos a vi­vir en él. Allí, que ya ha­bre­mos rea­li­za­do nues­tra elec­ción, no será ne­ce­sa­rio que exis­ta el su­fri­mien­to. Por ello, los que to­men la de­ci­sión de co­rres­pon­der al amor de Dios se­rán re­ci­bi­dos con ale­gría por Dios en el cie­lo y en­ju­ga­rá toda lá­gri­ma de sus ojos, y no ha­brá ya muer­te ni ha­brá llan­to, ni gri­tos ni fa­ti­gas, por­que el mun­do vie­jo ha pa­sa­do (Apocalipsis 21, 4). En re­su­men:

  • Dios da li­ber­tad a los hom­bres por amor.
    • Dios quie­re a los hom­bres y los deja li­bres por amor, pues sin li­ber­tad no hay amor.
    • El su­fri­mien­to exis­te como el opues­to al gozo y al amor, para po­der apre­ciar­los y va­lo­rar­los.
    • El mal mo­ral es la ne­ga­ción de la op­ción del bien y, aun­que no es desea­do por Dios, per­mi­te la li­ber­tad mo­ral.
    • Si Dios da evi­den­cias de su exis­ten­cia o im­po­ne “un cie­lo en la tie­rra” fuer­za nues­tra elec­ción, y ya no hay amor.
  • Dios evi­ta el mal res­pe­tan­do la li­ber­tad.
    • Dios crea me­ca­nis­mos na­tu­ra­les y so­cia­les para evi­tar el mal: con­cien­cia, em­pa­tía, com­pa­sión, le­yes…
    • Ha es­ca­la­do el do­lor ani­mal (sin no­cio­cep­ción o au­to­con­cien­cia) pues no tie­nen li­ber­tad mo­ral.
    • La doc­tri­na de Jesús es la Caridad, que evi­ta enor­me­men­te el mal y la muer­te on­to­ló­gi­ca.
    • Dios ac­túa con su Providencia en la vida para sa­car del mal el bien (por ejem­plo, en la ma­du­ra­ción).
    • Dios se sir­ve de su Iglesia y de per­so­nas con co­ra­zón rec­to para ha­cer el bien y ayu­dar a los ne­ce­si­ta­dos.
  • El hom­bre es cul­pa­ble de mu­chos y de los peo­res su­fri­mien­tos.
    • Como con­se­cuen­cia de su li­ber­tad mu­cho su­fri­mien­to está cau­sa­do di­rec­ta­men­te por el hom­bre, a pe­sar de que Dios no lo quie­re.
    • Si Dios eli­mi­na sis­te­má­ti­ca­men­te a los mal­va­dos, se evi­den­cia y des­tru­ye la li­ber­tad.
    • Dios tam­bién ama a los que ha­cen el mal y desea que cam­bien y re­pa­ren di­cho mal, por eso les da tiem­po para con­ver­tir­se.
  • Ciertamente exis­te el su­fri­mien­to de los inocen­tes.
    • Sólo en la pers­pec­ti­va de la vida eter­na se vis­lum­bra el sen­ti­do del su­fri­mien­to de los inocen­tes.
    • Uno de los pro­pó­si­tos de vi­vir es ele­gir o no a Dios. El su­fri­mien­to po­si­bi­li­ta la prue­ba, la co­rrec­ción y la re­den­ción.
    • Jesús mis­mo pasó por este su­fri­mien­to para mos­trar que con Dios se pue­de vi­vir en él.
    • Jesús pasó por el su­fri­mien­to para com­par­tir el tuyo, pues te ama y no es in­do­len­te a tu si­tua­ción.

Al fi­nal, la res­pues­ta a la pre­gun­ta “¿por qué su­fro?” debe ser per­so­nal y con­cre­ta, y sólo Dios nos la pue­de mos­trar per­so­nal­men­te. Y esto es lo que po­dréis ver de pri­me­ra mano en el ter­cer ví­deo que os in­vi­ta­re­mos a ver en la par­te prác­ti­ca. Además, más ade­lan­te pro­fun­di­za­re­mos so­bre la li­ber­tad, los ca­mi­nos que po­de­mos ele­gir, la elec­ción que con­vie­ne to­mar, el amor de Dios, el su­fri­mien­to, la muer­te, el cie­lo, el in­fierno y mu­chos otros te­mas que sin duda nos ayu­da­rán a com­pren­der me­jor el sen­ti­do del su­fri­mien­to. Un sen­ti­do que al­can­za su ple­ni­tud en la cruz de Jesucristo, que te amó has­ta en­tre­gar­se por ti. ¡Y que te si­gue aman­do con lo­cu­ra hoy!

Dios te dice que te ama Dios no sólo te de­mues­tra his­tó­ri­ca­men­te y en tu pro­pia vida que te ama, tam­bién te lo dice ex­plí­ci­ta­men­te como un es­po­so se lo dice a su es­po­sa: Pero dice Sión: «Yahvé me ha aban­do­na­do, el Señor me ha ol­vi­da­do». - ¿Acaso ol­vi­da una mu­jer a su niño de pe­cho, sin com­pa­de­cer­se del hijo de sus en­tra­ñas? Pues aun­que ésas lle­ga­sen a ol­vi­dar, yo no te ol­vi­do (Isaías 49, 14-15). Dios no te ol­vi­da, sino que te ama y te lo dice cla­ro… ¡Escucha! Porque los mon­tes se co­rre­rán y las co­li­nas se mo­ve­rán, mas mi amor de tu lado no se apar­ta­rá y mi alian­za de paz no se mo­ve­rá -dice Yahvé, que tie­ne com­pa­sión de ti- (Isaías 54, 10). ¿Quieres más? De le­jos Yahvé se me apa­re­ció. Con amor eterno te he ama­do: por eso he re­ser­va­do gra­cia para ti (Jeremías 31, 3). No lo du­des, Yahvé tu Dios está en me­dio de ti, ¡un po­de­ro­so sal­va­dor! Exulta de gozo por ti, te re­nue­va con su amor; dan­za por ti con gri­tos de jú­bi­lo (Sofonías 3, 17). Porque para Dios, eres el ser más be­llo que exis­te, como afir­ma di­cien­do: ¡Qué be­lla eres, qué her­mo­su­ra, amor mío, qué de­li­cias! (Cantar 7, 7). Y es­tos son sólo unos po­cos ejem­plos, pero hay más… ¡Muchos más! Porque el amor de Dios es sim­ple­men­te be­llí­si­mo.

Práctica Es muy im­por­tan­te te­ner la ex­pe­rien­cia del amor de Dios en nues­tra pro­pia vida, por­que su­po­ne una ga­ran­tía muy fuer­te que te ayu­da­rá a man­te­ner la Fe en mo­men­tos di­fí­ci­les. Sin em­bar­go, es po­si­ble que aún no la ten­gas… ¡No te preo­cu­pes! Afortunadamente, hay mu­cha gen­te que sí la ha te­ni­do y que ha de­ci­di­do com­par­tir­la para dar­nos es­pe­ran­za a to­dos. Estas per­so­nas han vis­to a Dios ac­tuan­do en sus vi­das y han re­co­no­ci­do un sen­ti­do pre­cio­so en sus su­fri­mien­tos, que los ha lle­va­do a gus­tar del cie­lo ya aquí en la tie­rra. Por eso, te re­co­men­da­mos que mi­res los si­guien­tes tes­ti­mo­nios que te en­se­ña­rán cómo ac­túa Dios en la vida de per­so­nas nor­ma­les como tú, para que pue­das apren­der a ver la ac­ción de Dios en tu vida. Porque cier­ta­men­te Dios está ac­tuan­do en ella para bien… ¡Sólo tie­nes que des­cu­brir­lo!

Ver ex­pe­rien­cia de Juan Laureano

Ver ex­pe­rien­cia de Esperanza Ortiz

Ver ex­pe­rien­cia de Andrés García

Como pue­des ob­ser­var, mien­tras es­ta­mos vi­vos Dios siem­pre nos ofre­ce opor­tu­ni­da­des para co­no­cer­lo y ex­pe­ri­men­tar su amor en nues­tra vida. Un amor tan gran­de que, si lo aco­ge­mos como han he­cho es­tas per­so­nas, nues­tra vida dará un cam­bio ra­di­cal que ser­vi­rá para nues­tro bien y el de los que nos ro­dean. ¿Quieres sa­ber cómo aco­ger este amor de Dios? ¡Te lo con­ta­mos a con­ti­nua­ción!

Glosario

… Revelación*
Revelación Dios se da a co­no­cer al hom­bre a tra­vés de di­fe­ren­tes me­dios. Y a este “darse a co­no­cer” se le lla­ma la “revelación de Dios”. Efectivamente, no han sido los hom­bres que me­dian­te sus es­fuer­zos han lle­ga­do has­ta Dios, sino que ha sido Él mis­mo quien, por amor, ha de­ci­di­do dar­se a co­no­cer a to­dos no­so­tros.
… Salvación*
Historia de Salvación Dios ac­túa en tu vida per­so­nal con el ob­je­ti­vo de que co­noz­cas su amor, ten­gas un en­cuen­tro per­so­nal con Él y acep­tes la vida que te ofre­ce. Y lo hace poco a poco, como un Padre en­se­ña poco a poco a sus hi­jos to­das las co­sas de la vida. A este pro­ce­so se le co­no­ce como his­to­ria de Salvación, y fue pre­fi­gu­ra­da ya en el Antiguo Testamento, al­can­zan­do su ple­ni­tud en Cristo. En efec­to, la his­to­ria de Dios con el hom­bre es tam­bién tu his­to­ria con Él.