1.2 Los dos ca­mi­nos

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¡Aspirad a los ca­ris­mas su­pe­rio­res! Y aun os voy a mos­trar un ca­mino más ex­ce­len­te.
- Corintios 12, 31

Existen dos ca­mi­nos Hay dos ca­mi­nos. Uno, de la vida; otro, de la muer­te. La di­fe­ren­cia en­tre am­bos es gran­de (Didajé 1, 1)[69]. El ca­mino de la Vida es el ca­mino de Dios, en apa­rien­cia an­gos­to y es­tre­cho, di­fí­cil de tran­si­tar y por el que no va mu­cha gen­te. El ca­mino de la muer­te es an­cho, es­pa­cio­so y fá­cil de tran­si­tar. Lo fá­cil es op­tar por el ca­mino de la muer­te, pero lo real­men­te bueno es ele­gir el ca­mino de la Vida. Porque el des­tino del ca­mino de la Vida es la vida eter­na y la ple­ni­tud del amor de Dios, mien­tras que el des­tino del ca­mino de la muer­te es… la muer­te. Pero en­ton­ces… ¿Por qué se eli­ge el ca­mino de la muer­te?

El ca­mino de la Vida El ca­mino de la Vida es la Caridad, pues aun­que ten­ga el don de pro­fe­cía, y co­noz­ca to­dos los mis­te­rios y toda la cien­cia; aun­que ten­ga ple­ni­tud de fe como para tras­la­dar mon­ta­ñas, si no ten­go ca­ri­dad, nada soy. Aunque re­par­ta to­dos mis bie­nes, y en­tre­gue mi cuer­po a las lla­mas, si no ten­go ca­ri­dad, nada me apro­ve­cha (1 Corintios 13, 2). ¿Y qué es la Caridad? La Caridad* es el amor de ver­dad, aquel que pue­de amar in­clu­so al enemi­go. Es el amor que nos ha mos­tra­do Jesucristo en la cruz, que no se re­sis­tió a la in­jus­ti­cia, sino que nos amó has­ta en­tre­gar vo­lun­ta­ria­men­te su vida por no­so­tros.

El ca­mino de la Vida es amar a Dios y amar a to­dos los hom­bres, y ha­cer­lo en todo mo­men­to, em­pe­zan­do por los más cer­ca­nos a ti y aca­ban­do por tus enemi­gos. Es de­jar­se ro­bar, ma­tar, di­fa­mar, etc y de­vol­ver a todo eso sólo amor. Así de sen­ci­llo de de­cir pero de im­po­si­ble lle­var a la prác­ti­ca, has­ta que gra­cias a Jesucristo se ha he­cho po­si­ble. Él ha abier­to el ca­mino de la Vida y lo ha se­ña­la­do cla­ra­men­te con su vida: Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14, 6). Jesús y su for­ma de vi­vir es el ca­mino de la Vida, el úni­co ca­mino ver­da­de­ro: vi­vir siem­pre por amor al otro. Pero eso sig­ni­fi­ca ne­gar­se a uno mis­mo y, pre­ci­sa­men­te por eso, poca gen­te lo toma.

El ca­mino de la muer­te ¿Y cuál es el ca­mino de la muer­te? El ca­mino de la muer­te es el con­tra­rio a la Caridad: vi­vir siem­pre por amor a ti mis­mo y para com­pla­cer tus ape­ten­cias. ¿Quieres co­brar más? Pisa a otro tra­ba­ja­dor. ¿Alguien te cae mal? Difámalo. ¿No ga­nas bas­tan­te? No de­cla­res el IVA. ¿Me gus­ta esta chi­ca o chi­co? Acuéstate con él. Y así es como vive gran par­te de la so­cie­dad: para sí mis­ma. Pero aho­ra bien, las obras de la car­ne son co­no­ci­das: for­ni­ca­ción, im­pu­re­za, li­ber­ti­na­je, ido­la­tría, he­chi­ce­ría, odios, dis­cor­dia, ce­los, iras, am­bi­ción, di­vi­sio­nes, di­sen­sio­nes, ri­va­li­da­des, bo­rra­che­ras, co­mi­lo­nas y co­sas se­me­jan­tes, so­bre las cua­les os pre­ven­go, como ya os pre­vi­ne, que quie­nes ha­cen ta­les co­sas no he­re­da­rán el Reino de Dios (Gálatas 5, 19-21).

El pro­ble­ma de es­tas obras es que su fru­to es la muer­te on­to­ló­gi­ca, y en los peo­res ca­sos in­clu­so la fí­si­ca. Y esto es lo que se co­no­ce como pe­ca­do*. Pues el pe­ca­do no es algo bueno que esté prohi­bi­do, sino que es algo que real­men­te nos des­tru­ye y cu­yas con­se­cuen­cias son ne­fas­tas para no­so­tros. El pe­ca­do es una fal­ta con­tra la ra­zón, la ver­dad, la con­cien­cia rec­ta; es fal­tar al amor ver­da­de­ro para con Dios y para con el pró­ji­mo (Catecismo 1849). Además el pe­ca­do se le­van­ta con­tra el amor que Dios nos tie­ne y apar­ta de Él nues­tros co­ra­zo­nes (Catecismo 1850). Porque el pe­ca­do, en el fon­do, sig­ni­fi­ca de­cir a Dios “no quie­ro tu amor y lo que tú me das, quie­ro esto otro”, eri­gién­do­nos así dio­ses de nues­tra pro­pia vida. Por eso, uno de los pri­me­ros fru­tos del pe­ca­do es el re­cha­zo a Dios. Pero ade­más, una vez he­mos usur­pa­do el lu­gar de Dios… ¿Quién es el otro para con­tra­de­cir­me? De esta for­ma el pe­ca­do se co­bra cada vez más y más víc­ti­mas, dan­do lu­gar al su­fri­mien­to que hoy ve­mos en mu­chos in­for­ma­ti­vos.

¿Qué eli­ges tú? La pre­gun­ta im­por­tan­te es: ¿A dón­de quie­res lle­gar tú? ¿A la vida o a la muer­te? Porque yo per­so­nal­men­te quie­ro lle­gar a la vida y me ima­gino que tú tam­bién. La in­vi­ta­ción por par­te de Dios es cla­ra: en­trad por la en­tra­da es­tre­cha; por­que an­cha es la en­tra­da y es­pa­cio­so el ca­mino que lle­va a la per­di­ción, y son mu­chos los que en­tran por ella; mas ¡qué es­tre­cha la en­tra­da y qué an­gos­to el ca­mino que lle­va a la Vida!; y po­cos son los que lo en­cuen­tran (Mateo 7, 13-14). Es cier­to que el pe­ca­do pa­re­ce al prin­ci­pio más ape­te­ci­ble, como les pa­re­ció a Adán y Eva; pero su fru­to es la muer­te. Así pues, no ven­das tu he­ren­cia a vi­vir la vida eter­na por un gus­to mo­men­tá­neo y va­cío. Vive en la Caridad, si­guien­do el ca­mino de la Vida. No aban­do­nes ni de­ses­pe­res si caes, pues todo ca­mino tie­ne sus pie­dras: tú le­ván­ta­te y vuel­ve a ca­mi­nar por el ca­mino de la Vida. Este ca­mino cer­ti­fi­ca­rá en tu co­ra­zón que… ¡Dios te ama! Y te dará una vida que na­die te po­drá qui­tar y que no se te aca­ba­rá.

Práctica Es im­por­tan­te pa­rar­se a pen­sar y ha­cer una re­fle­xión so­bre cómo es­ta­mos lle­van­do nues­tra vida. Es de­cir, con­vie­ne pre­gun­tar­se… ¿Para qué y cómo vivo? Por eso, a la luz de es­tos dos ca­mi­nos, te in­vi­to a que res­pon­das a es­tas pre­gun­tas con sin­ce­ri­dad y to­man­do en peso tu for­ma de vi­vir el día a día. Piensa en cuál de los dos ca­mi­nos es­tás vi­vien­do, si en el de la vida vi­vien­do para Dios y los de­más, o en el de la muer­te vi­vien­do para ti mis­mo. Reflexiona ade­más so­bre si te con­vie­ne se­guir en ese ca­mino.

Reflexión so­bre los dos ca­mi­nos
  1. ¿Busco mi éxi­to en el tra­ba­jo, es­tu­dios, etc, sin mi­rar al otro?
  2. ¿Me de­fien­do cuan­do al­guien me ata­ca e in­ten­to im­po­ner mi vo­lun­tad?
  3. ¿Cedo en las dis­cu­sio­nes fa­mi­lia­res y la­bo­ra­les, o ten­go siem­pre la ra­zón en lo que digo?
  4. ¿He te­ni­do dis­cu­sio­nes y pe­leas por di­ne­ro? ¿Ayudo a los po­bres?
  5. ¿Pido per­dón y re­co­noz­co mis erro­res? ¿Perdono los erro­res de los de­más?
  6. ¿Ignoro cuan­do otros obran o ha­blan mal de ter­ce­ros por que­dar bien ante ellos?
  7. ¿Vivo para mí en el ca­mino de la muer­te, o para los de­más en el de la vida?
  8. ¿Para qué vivo? ¿Cómo vivo? ¿Cuál es el sen­ti­do de mi vida? ¿Qué quie­ro lo­grar con ella?
¿Cómo ha ido? Espero que esta re­fle­xión te haya mos­tra­do que mu­chas ve­ces vi­vi­mos para no­so­tros mis­mos, y que es­ta­mos le­jos de ac­tuar como Cristo nos en­se­ñó. Reconocerlo es el pri­mer paso para cam­biar­lo… ¡Ánimo! Y no te preo­cu­pes si ele­gir el ca­mino de la vida te pa­re­ce algo im­po­si­ble, pues no se tra­ta de po­der sino de que­rer. El po­der ya te lo dará Dios si tú quie­res, que para algo es el Todopoderoso.

Glosario

… Caridad*
Caridad La ca­ri­dad es la vir­tud teo­lo­gal por la cual ama­mos a Dios so­bre to­das las co­sas por Él mis­mo y a nues­tro pró­ji­mo como a no­so­tros mis­mos por amor de Dios (Catecismo 1822). La Caridad es el amor su­pre­mo, el amor de Dios. Un amor que, en prin­ci­pio, es inal­can­za­ble para no­so­tros, pero que gra­cias a Dios po­de­mos vi­vir.
… pe­ca­do*
Pecado El pe­ca­do es algo atra­yen­te y ape­te­ci­ble, que a pri­me­ra vis­ta pue­de in­clu­so pa­re­cer bueno, pero que al fi­nal nos pro­vo­ca la muer­te on­to­ló­gi­ca y un gran su­fri­mien­to. El pe­ca­do des­tru­ye al hom­bre da­ñán­do­lo en lo más pro­fun­do de su ser. Además, daña a la con­cien­cia, rom­pe las re­la­cio­nes, ofen­de al amor y a Dios, y ge­ne­ra más pe­ca­do. Por eso se dice: Huye del pe­ca­do como de la ser­pien­te, por­que, si te acer­cas, te mor­de­rá. Dientes de león son sus dien­tes, que qui­tan la vida a los hom­bres (Eclesiástico 21, 2).