2.2 Abraham, Isaac y Jacob

Curso Católico » Historia de Salvación » Abraham, Isaac y Jacob

Siguió Dios di­cien­do a Moisés: «Así di­rás a los is­rae­li­tas: Yahvé, el Dios de vues­tros pa­dres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha en­via­do a vo­so­tros. Éste es mi nom­bre para siem­pre, por Él seré re­cor­da­do ge­ne­ra­ción tras ge­ne­ra­ción.»
- Éxodo 3, 15

Abraham Abraham era un hom­bre fra­ca­sa­do, pues ca­re­cía de las co­sas que su co­ra­zón an­he­la­ba y que eran im­por­tan­tes en aque­llos tiem­pos: una tie­rra pro­pia y des­cen­den­cia. Conviene men­cio­nar que por aquel en­ton­ces era a tra­vés de la des­cen­den­cia don­de se per­pe­tua­ba el nom­bre de un hom­bre y era re­cor­da­do “para siem­pre”. De esta for­ma, Abraham, pese a te­ner mu­chos bie­nes ca­re­cía de una cosa fun­da­men­tal: el sen­ti­do de su vida. En esta si­tua­ción de des­es­pe­ran­za es cuan­do Dios toma la ini­cia­ti­va y bus­ca a Abraham, ha­cién­do­se el en­con­tra­di­zo con él: Y sa­cán­do­le afue­ra, le dijo: «Mira al cie­lo, y cuen­ta las es­tre­llas, si pue­des con­tar­las.» Y le dijo: «Así será tu des­cen­den­cia.» Y cre­yó él en Yahvé, el cual se lo re­pu­tó por jus­ti­cia (Génesis 15, 5-6). Y así ac­túa Dios con no­so­tros: sale siem­pre a nues­tro en­cuen­tro y le da sen­ti­do a nues­tra vida. Un sen­ti­do que nada ni na­die más le ha po­di­do dar has­ta el mo­men­to.

La pro­me­sa he­cha por Dios a Abraham es gra­tui­ta, uni­la­te­ral y en­fo­ca­da a días fu­tu­ros. Por eso, a con­ti­nua­ción vie­ne un tiem­po de es­pe­ra. Un tiem­po en el que es fá­cil du­dar, como du­da­mos no­so­tros mu­chas ve­ces del amor de Dios. Abraham, por el con­tra­rio, ante la pro­me­sa di­vi­na, no ce­dió a la duda con in­cre­du­li­dad; más bien, for­ta­le­ci­do en su fe, dio glo­ria a Dios, con el pleno con­ven­ci­mien­to de que po­de­ro­so es Dios para cum­plir lo pro­me­ti­do (Romanos 4, 20-21). Y fi­nal­men­te, des­pués de mu­cho tiem­po y un lar­go ca­mino, Dios cum­plió su pro­me­sa y na­ció Isaac. Así pues, Dios ac­tuó en la his­to­ria con­cre­ta de Abraham cum­plien­do sus pro­me­sas. Y lo mis­mo hace con no­so­tros.

Dios es el pri­me­ro Un buen día Dios se pre­sen­ta ante Abraham de nue­vo y le dice que sa­cri­fi­que a su hijo: el hijo que Él le ha­bía dado y que era lo que Abraham an­he­la­ba. Cualquier per­so­na se ha­bría ne­ga­do a sa­cri­fi­car­lo, per­dien­do no solo un hijo que­ri­do, sino tam­bién el sen­ti­do de su pro­pia exis­ten­cia. Sin em­bar­go, Abraham se fió de Dios y obe­de­ció sin du­dar: puso a Dios el pri­me­ro e hizo su vo­lun­tad, eli­gien­do así el ca­mino de la Vida. Abraham ha­bía vis­to como Dios le ha­bía dado un hijo, algo im­po­si­ble para él, y esta ex­pe­rien­cia de vida for­ta­le­ció su Fe eli­mi­nan­do toda duda. Abraham sa­bía que Dios ha­bía sido y se­guía sien­do bueno con él, y que era muy po­de­ro­so pues ha­bía he­cho lo im­po­si­ble para él. Esta es la im­por­tan­cia de te­ner en nues­tra pro­pia vida una ex­pe­rien­cia de Dios: hace a la Fe adul­ta.

Así pues, cuan­do Abraham va a sa­cri­fi­car a Isaac, un Ángel de­tie­ne su bra­zo, por­que Dios no quie­re el mal de na­die. Se tra­ta sim­ple­men­te de una prue­ba de li­ber­tad como la que tu­vie­ron Adán y Eva. Una prue­ba que po­si­bi­li­ta­ba la li­ber­tad en Abraham de ele­gir o no a Dios. Una prue­ba de amor. Por eso, he­cha la elec­ción, con­ti­nuó el Ángel: «No alar­gues tu mano con­tra el niño, ni le ha­gas nada, que aho­ra ya sé que eres te­me­ro­so de Dios, ya que no me has ne­ga­do a tu hijo, tu úni­co» (Génesis 22, 12). Abraham es el pa­dre de la Fe por­que se fió has­ta el ex­tre­mo y, por su­pues­to, Dios no lo aban­do­nó. De esta for­ma se con­vir­tió en una fi­gu­ra im­por­tan­tí­si­ma para to­dos no­so­tros. Una fi­gu­ra que nos in­vi­ta a po­ner nues­tra con­fian­za en Dios.

Isaac Isaac es fi­gu­ra de Jesucristo, pues am­bos son hi­jos de una pro­me­sa. Isaac car­gó con la leña con la que Abraham iba a sa­cri­fi­car­lo, Jesús car­gó con la cruz don­de iba a re­di­mir­nos; y nin­guno de los dos se opu­so a la vo­lun­tad de su Padre. Pero fi­nal­men­te, en lu­gar de Isaac mu­rió un car­ne­ro, mien­tras que Jesús sí aca­bó mu­rien­do para nues­tra Salvación. Dios hizo con su pro­pio hijo por amor a no­so­tros lo que por amor a Abraham no le per­mi­tió ha­cer a él. Isaac era fi­gu­ra de Jesucristo, el ver­da­de­ro hijo de la pro­me­sa y la ver­da­de­ra des­cen­den­cia de Abraham. Y la his­to­ria de sal­va­ción con­ti­nuó en Isaac, que tuvo dos hi­jos: Esaú, y Jacob.

Jacob Esaú era el hijo pre­fe­ri­do de Isaac pero Dios es­co­gió a Jacob, el me­nor, pues Dios se com­pla­ce en los úl­ti­mos. Pero Dios es jus­to y no le qui­ta la elec­ción a Esaú, sino que un día que ve­nía ham­brien­to de tra­ba­jar Esaú ven­de a Jacob su pri­mo­ge­ni­tu­ra por un pla­to de len­te­jas ca­lien­tes. Esaú de­ci­de es­co­ger un pla­cer tem­po­ral en ese mo­men­to an­tes que una he­ren­cia fu­tu­ra ma­ra­vi­llo­sa, de­po­si­ta­ria de las pro­me­sas de Dios. Este pa­sa­je es una lla­ma­da a va­lo­rar el te­so­ro de co­no­cer a Dios y no de­jar­se lle­var por pe­que­ños pla­ce­res pun­tua­les, por­que fi­nal­men­te fue Jacob y no Esaú quien he­re­dó las pro­me­sas de Dios. Dios res­pe­tó la de­ci­sión de Esaú, y ya sa­béis cómo lue­go qui­so he­re­dar la ben­di­ción; pero fue re­cha­za­do y no lo­gró un cam­bio de dis­po­si­ción, aun­que lo pro­cu­ró con lá­gri­mas (Hebreos 12, 17). De igual modo no­so­tros po­de­mos per­der la vida eter­na si ne­ga­mos per­ti­naz­men­te a Dios afe­rrán­do­nos a los hue­cos pla­ce­res de la vida. Y esa de­ci­sión tam­bién pue­de ser irre­vo­ca­ble.

Pero la his­to­ria de Jacob tam­po­co fue fá­cil: se fue de su casa, se casó, en­gen­dró hi­jos con di­fi­cul­tad y tuvo que huir de la casa de su sue­gro. Después de­ci­dió vol­ver a la casa de su pa­dre y re­con­ci­liar­se con su her­mano. Sin em­bar­go, y pese a las di­fi­cul­ta­des, Dios lo ha­bía ben­de­ci­do y te­nía mu­chos bie­nes, pues Dios real­men­te pro­vee*. Al igual que pese a las di­fi­cul­ta­des de nues­tra vida Dios nos pro­vee y cui­da siem­pre de no­so­tros. Así pues, para re­con­ci­liar­se con su her­mano, Jacob en­vía to­dos sus bie­nes y a su fa­mi­lia por de­lan­te con la in­ten­ción de ofre­cer re­ga­los a Esaú para cal­mar­lo y re­po­ner par­te de lo que en prin­ci­pio iba a ser para él.

La lu­cha con­tra Dios Y Jacob se que­da solo. Y es­tan­do solo lu­cha con­tra Dios toda la no­che, como tú y yo lu­cha­mos mu­chas ve­ces con­tra Él y nos re­be­la­mos con­tra su vo­lun­tad. Pero Dios le ven­ció. Entonces Jacob, re­co­no­cien­do que efec­ti­va­men­te Dios es más fuer­te que él, le pide su ben­di­ción. Jacob se de­ci­de por Dios, y Dios le ben­di­ce y le da un nom­bre nue­vo: Israel. Este nom­bre nue­vo es ima­gen del hom­bre nue­vo* que Dios quie­re obrar en cada hom­bre, ven­cien­do al hom­bre vie­jo* del pe­ca­do. Como di­cen las Escrituras: Renovad el es­pí­ri­tu de vues­tra men­te, y re­ves­tíos del Hombre Nuevo, crea­do se­gún Dios, en la jus­ti­cia y san­ti­dad de la ver­dad (Efesios 4, 23-24). Este hom­bre nue­vo está he­cho a ima­gen de Jesucristo. Y al igual que Dios lo hizo con Israel, hará de ti un hom­bre nue­vo si de­jas de lu­char con­tra Él y acep­tas su vo­lun­tad en tu vida, que es sin duda la me­jor.

Práctica Dios pi­dió a Abraham re­nun­ciar a su “único” por­que nada debe usur­par el lu­gar de Dios en el co­ra­zón del hom­bre. Y esto es muy im­por­tan­te por­que nada ni na­die pue­de “darte la vida”, sino úni­ca­men­te Dios. Por eso, es im­por­tan­te re­nun­ciar al en­ga­ño que el ma­ligno hace so­bre ese úni­co: que lo ne­ce­si­ta­mos para ser fe­li­ces. Pero no es ver­dad, sólo Dios bas­ta (Santa Teresa de Jesús)[6] y sólo Dios pue­de dar­te la Vida. Por su­pues­to, to­dos te­ne­mos mu­chas ve­ces un úni­co: algo o al­guien que nos im­por­ta y que que­re­mos más que nada más, in­cluí­do Dios. ¿Cuál es nues­tro úni­co? Hagamos la Lectio Divina de va­rios pa­sa­jes bí­bli­cos y re­fle­xio­ne­mos so­bre nues­tro úni­co a la luz de las Escrituras:

Génesis 17, 15-19 (Contenido Extra 1.7, Promesas im­po­si­bles)
Génesis 21, 1-7 (Contenido Extra 1.8, Promesas cum­pli­das)
Génesis 22, 1-18 (Contenido Extra 1.9, El sa­cri­fi­cio de Isaac)

Además, exis­ten pa­sa­jes muy re­pre­sen­ta­ti­vos so­bre los que tam­bién con­vie­ne re­fle­xio­nar, ha­cien­do la Lectio Divina. Posibles pre­gun­tas que pue­den ayu­dar­nos en la re­fle­xión son: ¿Cómo se cum­ple esta Palabra en mí? ¿Me iden­ti­fi­co con al­guno de las per­so­nas de la lec­tu­ra? ¿Descubro algo so­bre la for­ma de ac­tuar de Dios? ¿Qué dice Dios a mi vida con esta Palabra?

Génesis 18, 20-33 (Contenido Extra 1.10, Sodoma y Gomorra)
Génesis 25, 29-34 (Contenido Extra 1.11, Venta de la Primogenitura)
Génesis 32, 23-30 (Contenido Extra 1.12, La lu­cha con­tra Dios)

Glosario

… pro­vee*
Providencia La di­vi­na pro­vi­den­cia con­sis­te en las dis­po­si­cio­nes por las que Dios con­du­ce con sa­bi­du­ría y amor to­das las cria­tu­ras has­ta su fin úl­ti­mo (Catecismo 321). La pro­vi­den­cia di­vi­na ac­túa tam­bién por la ac­ción de las cria­tu­ras. A los se­res hu­ma­nos Dios les con­ce­de coope­rar li­bre­men­te en sus de­sig­nios (Catecismo 323), pues Dios los ama li­bres y, por tan­to, res­pe­ta esa li­ber­tad has­ta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias.
… nue­vo*
Hombre nue­vo El hom­bre nue­vo es el nue­vo ser que el Bautismo en­gen­dra en no­so­tros, li­bre de las ata­du­ras del pe­ca­do y ca­pa­ci­ta­do para ha­cer el bien su­pre­mo: amar has­ta el ex­tre­mo in­clu­so a los enemi­gos. En la prác­ti­ca se re­fie­re al hom­bre que ca­mi­na por el ca­mino de la Vida pro­cu­ran­do ha­cer la vo­lun­tad de Dios en to­dos los mo­men­tos de su vida.
… vie­jo*
Hombre vie­jo Es la for­ma de re­fe­rir­se a una per­so­na que ac­túa bajo el pe­ca­do, y es lo que to­dos los hom­bres ha­ce­mos a prio­ri. Es de­cir, se re­fie­re a to­dos los hom­bres que, por los mo­ti­vos que sean, vi­ven para sí mis­mos si­guien­do el ca­mino de la muer­te e in­ca­pa­ces de amar has­ta el ex­tre­mo, es de­cir, dan­do su pro­pia vida por los de­más.