2.1 – Creación y Pecado

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Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto (Génesis 1, 31).

La Creación
El relato inicial del Génesis nos narra la creación del mundo de forma simbólica, fruto de la Fe madura de Israel, que ya había conocido a Dios. Ellos sabían que el mundo no había sido fruto de la casualidad sino de la voluntad de Dios: un Dios que habían visto poderoso, y que había actuado en su favor. Lo mismo ocurre con la acción de Dios en tu vida: nada ocurre por casualidad sino por el designio del amor de Dios, que quiere encontrarse contigo para que puedas tener la vida eterna y ser feliz.

En la creación hubo un orden: primero la luz, después el firmamento, los mares, la tierra, la vida, peces y aves, animales terrestres, y finalmente al hombre. Y cada vez que Dios finaliza una de esas creaciones se dice: Y vio Dios que estaba bien (Génesis 1, 18b), porque Dios lo ha hecho todo bueno, incluido el hombre. Al hombre además, Dios lo creó a su imagen y semejanza, y entabló una relación personal con él desde el principio. Esta belleza de la creación y del corazón del hombre puede verse en muchos lugares y en muchas personas, pese a la maldad y el daño que ha generado el pecado. ¡También está en ti, que eres bellísimo a los ojos de Dios!

Descanso
El séptimo día Dios descansó (que no es lo mismo que “se desentendió”), invitándonos a nosotros también a descansar. Pero no un descanso de “desconectar del trabajo”, de reunir energía para el lunes, de juerga, o de tirarse en el sofá; sino un descanso de bendición. Un descanso que se vive contemplando la obra que Dios ha hecho y hace en nuestra vida, y alabándolo y bendiciéndolo por ello, como nos muestran las Escrituras: Si apartas del sábado tu pie, de hacer tu negocio el día santo, y llamas al sábado “Delicia”, al día santo de Yahvé “Honorable”, y lo honras evitando tus viajes, no buscando tu interés ni tratando tus asuntos, entonces te deleitarás en Yahvé, y yo te haré cabalgar sobre los altozanos de la tierra. Te alimentaré con la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Yahvé ha hablado (Isaías 58, 13-14). Para los Cristianos el día de descanso es el domingo, plenitud del sábado, por ser el día en que Cristo resucitó. La celebración del domingo cumple la prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de “dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres” (Catecismo 2176). Por eso, es importante recuperar el domingo como día de descanso, de bendición, y de alabanza a Dios.

Dios nos da Libertad
Dios creó al hombre y a la mujer como una unidad y los puso en el paraíso entablando una relación de amor entre los tres. Y Dios regaló al hombre la libertad a través de un precepto: De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio (Génesis 2, 17). A partir de ese momento el hombre es libre, y puede decidir si quiere hacer la voluntad de Dios o si quiere desobedecerlo. Por supuesto, Dios te indica claramente cual es la elección buena, porque te ama y sabe lo que no te conviene hacer porque es perjudicial para ti. Pero precisamente porque te ama te da la libertad de elegir, al igual que se la dio a Adán y Eva. No quitó el árbol de ahí y lo puso en un lugar que no pudieran alcanzar, sino que les dio libertad de elegir. Por supuesto, a ti también te da esa elección, y te dice… ¿Qué camino quieres escoger, el de la Vida o el de la muerte?

Tentación y Caída
Entonces llega el maligno y miente astutamente, preguntándoles por qué Dios les había prohibido comer de todos los árboles. Eva le responde que eso no es así, pero con esta mentira el maligno le ha insinuado que Dios quiere su mal, que le está prohibiendo y reprimiendo, y que Dios es su rival. Después, el maligno continua diciendo que si les ha prohibido comer de ese árbol es porque Dios sabe que si comen serán como Él: dioses. Esta es la realidad de todos los pecados de la humanidad, incluidos los tuyos y los míos: Dios no me ama, lo hace mal conmigo, luego voy a ocupar yo su lugar y voy a hacerlo mejor, voy a hacer mi voluntad pues yo soy mi dios. Y… ¿Quién es Dios para decirme nada a mí?. Además, el fruto era apetecible a la vista (Génesis 3, 6b) como lo es muchas veces el pecado. Por ejemplo: ¿Por qué no me acuesto con mi novia? Nos queremos, y es apetecible. ¿Quién me lo va a prohibir? ¿Y por qué no? ¡Si no pasa nada! ¡Disfrutemos!

Pero el fruto del pecado es la muerte, como Dios les había avisado, por lo que se esconden de Dios porque en el fondo saben que han obrado mal: que han pecado. Y cuando Dios le pregunta al hombre porque le ha desobedecido… Dijo el hombre: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí (Génesis 3, 12). Ahí ya se vislumbra el fruto del pecado: Adán ha roto la unidad con su Eva, que ya no es su compañera, es la mujer que tu me diste por compañera. Esta afirmación acusa a Eva directamente y lleva implícita una acusación a Dios. De repente todo ha empezado a ir mal, y el hombre echa la culpa fuera de él acusando a otros de causar su sufrimiento, y causando a su vez más sufrimiento. Esto es lo que hacemos tu y yo, y lo que hace toda la humanidad. Esta es la gravedad del pecado: la muerte ontológica.

Redención
La obra de Dios es buena, pero nosotros la hemos viciado con el pecado, y la seguimos viciando todos los días. Sin embargo, la naturaleza buena del hombre aún permanece en él, aunque está seriamente dañada, y nuestra conciencia es la prueba de ello. Hay algo en nuestro interior que nos mueve a buscar el bien, aunque muchas veces no sepamos muy bien donde encontrarlo: Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7, 23). Es en este punto donde Dios decide darnos otra oportunidad porque nos ama con locura, y decide Revelarse a si mismo iniciando así la historia de Salvación de Dios con toda la humanidad: contigo y conmigo.

Glosario
Pecado original: Constituido por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin al margen de Dios (Gaudium et Spes 13, 1). Este primer pecado de Adán y Eva se conoce como el pecado original, y se transmite, juntamente con la naturaleza humana, “por propagación, no por imitación” y que “se halla como propio en cada uno” (Catecismo 419). El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual (Catecismo 405).

Combate espiritual: El combate espiritual es la lucha interior contra el maligno, que se dedica a tentarte como lo hizo con Adán y Eva, buscando que te unas a él en su rebelión con Dios. La Iglesia posee la armas necesarias para vencer en este combate y poder vivir de forma efectiva según la voluntad de Dios, recorriendo el camino de la vida.

Práctica
Todos pecamos, hasta los Santos, que se definían como la nada más el pecado (Santa Catalina de Siena). Conviene pues reflexionar sobre nuestros pecados y sobre el daño que están generando sobre nosotros mismos y sobre los demás. A esto se le llama Examen de Conciencia y se suele hacer profundamente antes de una confesión y brevemente antes de ir a dormir. Por eso, primero vamos a hacer la Lectio Divina de Génesis 3, 1-19 (Guía: Adán y Eva); y a continuación vamos a contestar sinceramente a las siguientes preguntas, a modo de Examen de Conciencia.

  • ¿Qué paralelismo veo entre Adán y Eva y mi propia persona?
  • ¿He pecado de irá, lujuria, gula, pornografía, fornicación, difamación, envidia, murmuración, soberbia, mentira, orgullo, falta de caridad, indolencia, codicia, pereza, adulación, masturbación, divorcio, superstición, falsa humildad, blasfemia, sacrilegio, ingratitud, rencor, celos, impaciencia, ingratitud, vicio, impureza, egoísmo, u otra cosa?
  • ¿A quién he herido con cada uno de esos pecados y cómo lo he hecho?
  • ¿Por qué he decidido o han salido de dentro de mi esos pecados? La Iglesia afirma que la raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre (Catecismo 1873). ¿Qué deseos tengo en mi corazón? ¿Tener éxito, que todo me vaya bien, dinero, salud, y que me quieran; o hacer la voluntad de Dios, y amar a los demás?
  • ¿Me duele haber escogido el camino de la muerte y deseo abandonar mis pecados?
  • ¿Estoy dispuesto a tratar de vivir conforme a la voluntad de Dios en el camino de la vida?
  • ¿Cómo voy a intentar reparar o satisfacer el daño que he hecho a los demás?

Si te ves abrumado por los pecados y el daño que has hecho hay una buena noticia que debes recordar: ¡Dios ha decidido darte otra oportunidad! Acude a la confesión, y así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán (Isaías 1, 18b). Porque Dios te ama y quiere que vivas, por eso te dice: ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo del Señor Yahvé- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ezequiel 18, 23). No lo dudes… ¡Escoge el camino de la vida!

(Guía: Adán y Eva)

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