2.7 – Exilio y Salvación

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¿Es un hijo tan caro para mí Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme -oráculo de Yahvé- (Jeremías 31, 21).

El Exilio de Israel
El exilio de Israel en Babilonia duró 70 años. Este fue un tiempo muy duro para el pueblo de Israel, como describen en el libro de las Lamentaciones. Es un tiempo de arrepentimiento y de vuelta a Dios, movido por el sufrimiento que estaban pasando. Israel se da cuenta de la magnitud de su pecado, de que ha abandonado a Dios y su Ley de vida, que han hecho el mal, que han robado, idolatrado, asesinado, etc. Así pues, arrepentidos, declaran a Dios como Señor de la historia y le suplican para que tenga misericordia. Le piden que renueve los antiguos prodigios que hizo en Egipto, al mismo tiempo que se arrepienten y suplican el perdón de su propio pecado. Israel en el exilio duele verdaderamente sus pecados, se arrepiente, y hace propósito de abandonarlos, clamando a Dios por su misericordia. Esta es la experiencia del terrible sufrimiento que acarrea el pecado, un sufrimiento que hemos experimentado en nuestra propia piel muchas veces, aunque quizás no fuéramos conscientes de cual era su origen (es decir, el pecado). Sin embargo, también es la experiencia del arrepentimiento profundo del que se reconoce pecador, porque si algo bueno tiene el sufrimiento es que nos permite recapacitar.

Jeremías y Ezequiel son los profetas que el pueblo de Israel tiene en el exilio, porque Dios nunca abandona a nadie a su suerte. Ambos, al principio destruyen las falsas esperanzas de Israel en los ídolos anunciando que el destierro será largo; y luego llaman al arrepentimiento y la vuela a Dios al pueblo entero. Ezequiel, como Oseas, hace una figura entre el matrimonio y la relación de Israel con Dios: Dios había salvado y enamorado a Israel durante toda su historia, y lo había colmado de bendiciones y belleza. Pero tu te pagaste de tu belleza, te aprovechaste de tu fama para prostituirte, prodigaste tu lascivia a todo transeúnte entregándote a él (Ezequiel 16, 15). Pese a todo, ambos profetas terminan anunciando la restauración de Israel, por puro amor de Dios que escucha la voz de su pueblo arrepentido. Les promete la vuelta del destierro y la creación de una alianza nueva que llevarán inscrita dentro de sus corazones. Y nosotros… ¿Nos arrepentimos de las “prostituciones” que hemos tenido con los ídolos (dinero, prestigio, fama, afectos, etc) aunque sabíamos que teníamos a Dios en nuestra casa?

La Salvación de Israel
Isaías anuncia de antemano esta nueva alianza siguiendo con la figura del matrimonio: No se dirá de ti jamás Abandonada, ni de tu tierra se dirá jamás Desolada, sino que a ti se te llamará Mi Complacencia, y a tu tierra Desposada. Porque Yahvé se complacerá en ti, y tu tierra será desposada (Isaías 62, 4). Esta nueva alianza verá su plenitud en Jesucristo, que es claramente anunciado en los cuatro cantos del Siervo de Yahvé. Estos cantos presentan la figura de Jesús, que humillado y despreciado por todos carga con la culpa de la humanidad, con tu culpa y la mía, y nos regala la Salvación definitiva: Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados (Isaías 53, 5). ¡Dios nos ha amado cuando nosotros le traicionábamos!

Así pues, Dios suscita al Rey Ciro que hace volver de Babilonia a Jerusalén al Resto de Israel, convertido ya a Dios. Allí con Nehemías y Esdrás al frente reconstruyen la ciudad, empezando por el templo, pues Dios ya es lo primero para ellos. Dios manda al pueblo nuevos profetas: Ageo, Zacarías, Malaquías, Abdías, y Joel. Estos profetas guían al pueblo en la reconstrucción física y espiritual de Israel, y anuncian la venida del Mesías que traerá la Salvación definitiva. Dios, de nuevo, no abandona a su pueblo, como no abandona a ningún hombre, y lo va guiando prudentemente por el camino de la Vida. Sin embargo, el pueblo de Israel, deseoso de no volver a idolatrar ni apartarse de Dios se aísla y rompe todos los lazos con los pueblos vecinos, excluyendo a todos los demás de participar de la Salvación de Dios.

La Salvación es para todos
Pero Dios, aunque al principio escogió al pueblo de Israel, quiere que todos lleguen a la Salvación. Él envía a Jonás, pese a sus reticencias, a llamar a conversión a un pueblo pagano. Dios rompe en Jonás, como signo de Jesucristo, la barrera que dividía al pueblo de Israel con el resto de los pueblos, llamando a un pueblo pagano a conversión. Además, Dios se manifiesta como autor de la historia personal de cada hombre, y no sólo de la historia global. En el libro de Tobías, Dios lo bendice otorgándole mujer y posesiones, y devolviéndole la vista a su padre. Además le invita a escribirlo, y a anunciar las obras que Dios ha hecho con Él a todos los hombres: le invita a ser testigo del amor de Dios.

Dios suscita también sabios, que guiarán al pueblo escribiendo los libros de Job, Proverbios, Cantar de los Cantares, Eclesiástico, Sabiduría, etc. En ellos Israel pone por escrito las enseñanzas que Dios les ha ido enseñando en su historia. Así pues, por ejemplo, el Cantar describe bellamente el amor de Dios con el pueblo de Israel, y con todos los hombres. En el libro de Job se deja entrever el misterio del sufrimiento de los inocentes, pues Dios no es un Dios que castiga a los malos y bendice a los buenos inmediatamente, sino que usa de paciencia y amor con todos, como Israel ha visto en su historia. La explicación al sufrimiento del hombre no es tan simple como “es un castigo de Dios por ser malo”, sino que se entiende únicamente desde la perspectiva de la historia de Salvación, y su objetivo es el bien último del hombre. Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Romanos 8, 18). Al final, detrás de toda la historia de Israel, y de la nuestra, está siempre el amor de Dios presente.

Glosario
Babilonia: Babilonia fue un antiguo imperio localizado en la región centro-sur de Mesopotamia, y su capital era la ciudad de Babilonia. Fue un imperio enorme y poderoso que se expandió conquistando muchos pueblos de su contorno, incluido Israel. Dios se sirve de este imperio para corregir al pueblo de Israel, y suscitar en su corazón un arrepentimiento serio y una vuelta sincera y completa a Él.

Exilio: El exilio fue la corrección y el castigo por los pecados de Israel, porque Yahvé reprende a quien ama, como un padre a su hijo amado (Proverbios 3, 12). Uno de sus objetivos, que logró,  fue el de mover al pueblo de Israel al arrepentimiento y a la vuelta sincera a Dios. El exilio duró 70 años, y terminó cuando Dios los liberó por mano del rey Ciro.

Práctica
Aunque Israel tuvo muchas oportunidades para volver a Dios, decidió una y otra vez no hacerlo, y por eso le llegó la desgracia. Pese a todo, Dios insiste con su Pueblo, al igual que insiste con nosotros, y al final Israel recapacitó y se arrepintió profundamente de sus pecados. ¡Volvió a Dios! Esa opción también la tenemos nosotros, pues Dios nos perdona si nos arrepentimos a través de la confesión sacramental. ¿Y cuales son las consecuencias de arrepentirse y volver a caminar por el camino de la vida? ¡Simplemente maravillosas! La Lectio Divina de las siguientes lecturas nos lo mostrará:







Efectivamente, el pueblo de Israel al ver como había terminado por culpa de sus pecados reconoce sus errores y su rebeldía, y se arrepiente. Claman a Dios en busca de auxilio y vuelven de corazón a Él. Y Dios, que los ama, escucha su clamor y los salva. Y lo mismo hará contigo si te arrepientes, y como hizo el pueblo de Israel, te acoges a Él.

Babilonia Criminal

Babilonia Criminal

Conviene, pues, reflexionar de nuevo sobre que camino estamos escogiendo en nuestra vida. Porque ciertamente existen dos caminos, entre los cuales, hay gran diferencia; el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte (Didajé 1, 1). Por supuesto, Dios nos ama igual escojamos el que escojamos, y por eso no deja o bien de amonestarnos y reprendernos para que cambiemos de actitud, o bien de animarnos y consolarnos para que mantengamos la esperanza en Él. Porque al final, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (1 Timoteo 2, 4), hará lo que esté en su mano sin violar tu libertad, para darte a conocer su amor y que tu respondas a ese amor con amor. Porque eso te hará feliz.

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