2.3 Éxodo de Egipto

Pues así dice Yahvé: Dad hu­rras por Jacob con ale­gría, y gri­tos por la ca­pi­tal de las na­cio­nes; ha­ced­lo oír, ala­bad y de­cid: «¡Ha sal­va­do Yahvé a su pue­blo, al Resto de Israel!»
- Jeremías 31, 7

José Israel tuvo doce hi­jos y va­rias hi­jas, pero de en­tre to­dos ellos José era el pre­fe­ri­do de su pa­dre. Esto cau­só la en­vi­dia de sus her­ma­nos que lo ti­ra­ron a un pozo y lo aban­do­na­ron. Sn em­bar­go, gra­cias a la pro­vi­den­cia di­vi­na, aca­bó como sier­vo en Egipto. Allí, Dios, que col­ma de bie­nes a sus hi­jos, lo ben­di­ce y le va bien como sier­vo; has­ta que la mu­jer de su se­ñor lo acu­sa fal­sa­men­te de for­zar­la, por lo que ter­mi­na en la cár­cel. José, a lo lar­go de su vida, re­ci­be va­rias in­jus­ti­cias sin cul­pa al­gu­na. Sin em­bar­go, le­jos de mal­de­cir a Dios, lo ben­di­ce, y Él le hace pros­pe­rar des­de la pri­sión has­ta con­ver­tir­se en la mano de­re­cha del fa­raón*. Todo un ejem­plo de con­fian­za en Dios, que ya te­nía en mar­cha su plan de Salvación con él. José es un ejem­plo que con­vie­ne re­cor­dar cuan­do su­fri­mos in­jus­ti­cias o no le ve­mos sen­ti­do a nues­tra vida, por­que la mi­ra­da y los pla­nes de Dios abar­can mu­cho más que los nues­tros.

Además, por di­fe­ren­tes mo­ti­vos lle­ga el ham­bre a los paí­ses ve­ci­nos a Egipto y toda la gen­te se ve for­za­da a emi­grar a él, in­clui­dos el pa­dre de José y to­dos sus her­ma­nos. Y cuan­do José los ve lle­gar, en lu­gar de re­cri­mi­nar­les… ¡Los per­do­na y los aco­ge! Le con­tes­tó José: «No te­máis, ¿ocupo yo aca­so el pues­to de Dios? Aunque vo­so­tros pen­sas­teis en ha­cer­me daño, Dios lo pen­só para bien, para ha­cer so­bre­vi­vir, como hoy ocu­rre, a un pue­blo nu­me­ro­so» (Génesis 50, 19-20). José ve a Dios en su his­to­ria, y ve que todo lo que ha su­ce­di­do en ella te­nía un sen­ti­do y ha sido para bien, aun­que al prin­ci­pio no lo pa­re­cie­ra así. José sabe que sólo Dios es Juez, y le­jos de su­plan­tar­le, per­do­na y aco­ge, pues eso es lo que Dios ha he­cho con él. Y esta es la ex­pe­rien­cia de to­dos los que han co­no­ci­do a Dios.

Servidumbre en Egipto Una vez en Egipto y tras va­rias ge­ne­ra­cio­nes, el pue­blo de la des­cen­den­cia de Israel se hizo muy nu­me­ro­so, y el fa­raón, con el ob­je­ti­vo de evi­tar una po­si­ble re­vuel­ta, los re­du­jo a ser­vi­dum­bre im­po­nién­do­les du­ros tra­ba­jos. El fa­raón para los cris­tia­nos es sím­bo­lo de todo aque­llo que es más fuer­te que no­so­tros y nos es­cla­vi­za: la de­pen­den­cia afec­ti­va ha­cia una per­so­na, una adic­ción, el di­ne­ro, etc. Es de­cir, es sím­bo­lo de los ído­los*. Pero el fa­raón no se li­mi­ta a es­cla­vi­zar, tam­bién en­gen­dra la muer­te y el su­fri­mien­to en el pue­blo de Israel, como di­cen las Escrituras: Entonces el fa­raón or­de­nó a todo su pue­blo: «A todo niño re­cién na­ci­do arro­jad­lo al Río; pero a las ni­ñas, de­jad­las con vida» (Éxodo 1, 22). Sin em­bar­go, hubo un niño al que Dios sal­vó, aun­que Dios res­pe­tó la li­ber­tad del fa­raón, como res­pe­ta siem­pre la li­ber­tad de to­dos los hom­bres. Y ese niño fue Moisés.

Moisés cre­ció en la cor­te del fa­raón, has­ta que un día, cuan­do era ya ma­yor, fue a vi­si­tar a sus her­ma­nos y com­pro­bó su te­rri­ble si­tua­ción. Entonces, tra­tan­do de ayu­dar­los, mató a un egip­cio y tuvo que huir al de­sier­to, don­de vi­vió mu­cho tiem­po como pas­tor. Y un día, pas­to­rean­do el re­ba­ño, lle­gó a un mon­te y vio una zar­za ar­dien­do, y Dios le ha­bló des­de ella. Yahvé le dijo: «He vis­to la aflic­ción de mi pue­blo en Egipto, he es­cu­cha­do el cla­mor ante sus opre­so­res y co­noz­co sus su­fri­mien­tos» (Éxodo 3, 7). Efectivamente: Dios co­no­ce los su­fri­mien­tos de su pue­blo, atien­de a su ora­ción, y ac­túa en fa­vor de ellos. Y lo mis­mo hace con no­so­tros en nues­tra vida per­so­nal. Y Dios man­da a Moisés como su men­sa­je­ro para li­be­rar al pue­blo de la es­cla­vi­tud que los do­mi­na­ba. Y le re­ve­la su Nombre: Yo Soy. Yahvé. Porque Él es el úni­co que real­men­te es, mien­tras que los de­más dio­ses, los ído­los, sim­ple­men­te no son.

Dios sal­va a Israel Así pues, el pue­blo de Israel ve la mano po­de­ro­sa de Dios que ven­ce al fa­raón, que era más fuer­te que ellos y los man­te­nía opri­mi­dos. Y en la no­che de la li­be­ra­ción Dios hace Pascua* con su pue­blo: Dios pasa con por­ten­to­sos pro­di­gios y los li­be­ra. Y esta fies­ta se con­vier­te para ellos en me­mo­rial* de la ac­ción sal­va­do­ra de Dios: an­tes co­no­cían a Dios de oí­das, aho­ra lo han vis­to con sus pro­pios ojos. Esta es la ex­pe­rien­cia que tie­ne el pue­blo de Israel de Dios y que trans­mi­ti­rá de ge­ne­ra­ción en ge­ne­ra­ción. Y es la ex­pe­rien­cia de los cris­tia­nos, que por me­dio de Jesucristo, nues­tra Pascua, he­mos sido li­be­ra­dos de la muer­te. Y no solo de la muer­te fí­si­ca, que tam­bién, sino de la muer­te on­to­ló­gi­ca: del su­fri­mien­to sin es­pe­ran­za, del sin­sen­ti­do de la vida y de la os­cu­ri­dad de nues­tros pe­ca­dos. Y lo hace pa­san­do por nues­tra his­to­ria con­cre­ta, como hizo con Israel.

Pero en se­gui­da lle­ga la pri­me­ra prue­ba: el fa­raón los per­si­gue y los al­can­za en el mar Rojo. Están en­tre la es­pa­da y el mar: sin sa­li­da. Y du­dan de Dios, como du­da­ría cual­quie­ra, como du­da­mos tú y yo en la di­fi­cul­tad. ¿No te di­ji­mos en Egipto: Déjanos en paz, ser­vi­re­mos a los egip­cios, pues más nos vale ser­vir a los egip­cios que mo­rir en el de­sier­to? (Éxodo 14, 12). Pero Dios ac­túa de nue­vo, aun­que el pue­blo haya du­da­do de Él: ac­túa y lo sal­va. Dios abre el mar por la mi­tad y les hace cru­zar, y los egip­cios que les per­se­guían se aho­gan cuan­do el mar vuel­ve a su cur­so nor­mal. Dios ven­ce com­ple­ta­men­te a un enemi­go que era im­po­si­ble de ven­cer para Israel. Y la res­pues­ta de Israel es la ben­di­ción y la ala­ban­za. Pero lo más im­por­tan­te es que la his­to­ria de Israel es, en el fon­do, la de to­dos los cris­tia­nos. Por eso, cuan­do es­tés es­cla­vo, en di­fi­cul­ta­des o con pro­ble­mas; cuan­do ya no pa­re­ce ha­ber sa­li­da… ¡Clama fuer­te a Dios! ¡Él li­be­ra y sal­va!

Práctica La exis­ten­cia del fa­raón en nues­tra vida es un he­cho fá­cil­men­te re­co­no­ci­ble mien­tras Dios no sea el pri­me­ro en nues­tro co­ra­zón, nues­tros pen­sa­mien­tos y nues­tras ac­cio­nes. Pero Dios es más po­de­ro­so que el fa­raón y pue­de li­brar­nos de él, como lo hizo con el pue­blo de Israel, para que vi­va­mos li­bres. Recordemos que todo esto les acon­te­cía en fi­gu­ra, y fue es­cri­to para avi­so de los que he­mos lle­ga­do a la ple­ni­tud de los tiem­pos (1 Corintios 10, 11), por lo que de­be­mos apren­der de su his­to­ria, que es la nues­tra. Así pues, ha­ga­mos la Lectio Divina de los mo­men­tos cla­ve de la li­be­ra­ción de Israel por Dios, para com­pren­der me­jor el amor que Dios nos tie­ne. ¡No ol­vi­déis in­vo­car al Espíritu Santo para que os ayu­de!

Lectio Divina de Éxodo 3, 7-15
Lectio Divina de Éxodo 12, 29-36
Lectio Divina de Éxodo 14, 5-14
Lectio Divina de Éxodo 15, 1-18

Una vez he­cha la Lectio Divina de es­tas lec­tu­ras con­vie­ne pre­gun­tar­se. ¿Cuál es mi fa­raón? ¿Quiero que Dios me res­ca­te de él? ¿Realmente de­seo ser li­bre y así po­der po­ner a Dios el pri­me­ro en mi vida? Si así lo que­re­mos, pi­dá­mos­lo a Dios, por­que Él real­men­te pue­de ha­cer­lo. Para ello, re­ce­mos por las ma­ña­nas la ora­ción “Shemá Israel”, con la que ha­re­mos me­mo­rial de este de­seo de li­ber­tad del que quie­re po­der amar a Dios so­bre todo, y al pró­ji­mo como a no­so­tros mis­mos. Pues este es el ca­mino de la Vida. El Shemá dice así:

Rezar el Shemá por las ma­ña­nas

Escucha Israel: El Señor es nues­tro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma y con to­das tus fuer­zas; y al pró­ji­mo como a ti mis­mo. Haz esto y ten­drás la vida eter­na (Deuteronomio 6, 4-5; Mateo 22, 37.39; Lucas 10, 27-28). Por Jesucristo nues­tro Señor. Amen.

Por úl­ti­mo… ¿Sabéis cómo dio gra­cias el pue­blo de Israel a Dios por ha­ber­los li­be­ra­do de Egipto? ¡Alabándolo! Porque cuan­do es­tás ale­gre, can­tas y exul­tas de gozo. Por eso en Pascua se nos in­vi­ta a no­so­tros tam­bién a ser agra­de­ci­dos y ala­bar a Dios por todo lo que Él nos re­ga­la.

Glosario

… fa­raón*
Faraón El fa­raón era el jefe de es­ta­do de Egipto en aque­lla épo­ca. Para los cris­tia­nos el fa­raón re­pre­sen­ta a un ído­lo que no que­re­mos pero que, aun así, nos do­mi­na. La di­fe­ren­cia en­tre el fa­raón y los otros ído­los es di­fu­sa, por­que el fa­raón his­tó­ri­co exi­gía ser tra­ta­do como un dios, sien­do un ído­lo más que el pue­blo de Israel po­día te­ner, aun­que fue­se en con­tra de su vo­lun­tad.
… ído­los*
Ídolos Los ído­los son co­sas o per­so­nas a las que tra­ta­mos como dio­ses, po­nién­do­las en el cen­tro de nues­tra exis­ten­cia y ase­gu­ran­do par­te de nues­tra vida en ellos. La Escritura re­cuer­da cons­tan­te­men­te este re­cha­zo de los “ídolos […] oro y pla­ta, obra de las ma­nos de los hom­bres”, que “tienen boca y no ha­blan, ojos y no ven” (Catecismo 2112). Ejemplos de ído­los co­mu­nes son: di­ne­ro, de­pen­den­cias afec­ti­vas, vi­cios, pla­ce­res, pro­yec­tos per­so­na­les, etc.
… Pascua*
Pascua Las ben­di­cio­nes di­vi­nas se ma­ni­fies­tan en acon­te­ci­mien­tos ma­ra­vi­llo­sos y sal­va­do­res (Catecismo 1081). La Pascua es sin duda el ma­yor de es­tos acon­te­ci­mien­tos y sig­ni­fi­ca el gran paso del Señor. Para los ju­díos este paso fue en la li­be­ra­ción de Egipto, mien­tras que los cris­tia­nos ce­le­bra­mos un paso aún ma­yor: el de la muer­te a la vida de Jesucristo.
… me­mo­rial*
Memorial En el sen­ti­do em­plea­do por la Sagrada Escritura, el me­mo­rial no es so­la­men­te el re­cuer­do de los acon­te­ci­mien­tos del pa­sa­do, sino la pro­cla­ma­ción de las ma­ra­vi­llas que Dios ha rea­li­za­do en fa­vor de los hom­bres (cf Ex 13,3). En la ce­le­bra­ción li­túr­gi­ca, es­tos acon­te­ci­mien­tos se ha­cen, en cier­ta for­ma, pre­sen­tes y ac­tua­les. De esta ma­ne­ra Israel en­tien­de su li­be­ra­ción de Egipto: cada vez que es ce­le­bra­da la pas­cua, los acon­te­ci­mien­tos del Éxodo se ha­cen pre­sen­tes a la me­mo­ria de los cre­yen­tes a fin de que con­for­men su vida a es­tos acon­te­ci­mien­tos (Catecismo 1363).