2.9 Iglesia Católica

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Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y so­bre esta pie­dra edi­fi­ca­ré mi Iglesia, y las puer­tas del Hades no pre­va­le­ce­rán con­tra ella.
- Mateo 16, 18

La Iglesia Católica El pro­pio Jesucristo fue el que fun­dó la Iglesia, dán­do­le una mi­sión: Id, pues, y ha­ced dis­cí­pu­los a to­das las gen­tes bau­ti­zán­do­las en el nom­bre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28, 19). La Iglesia es Santa por­que es de Dios, aun­que esté for­ma­da por hom­bres pe­ca­do­res. Además, la Iglesia es Santa por­que po­see los me­dios de san­ti­fi­ca­ción y sal­va­ción para los hom­bres. La Iglesia es Católica, es de­cir, uni­ver­sal en el es­pa­cio y el tiem­po, por­que Dios está en ella, y por­que uni­ver­sal es su mi­sión. La Iglesia es Apostólica por­que fue fun­da­da por Cristo so­bre los após­to­les y guar­da sus en­se­ñan­zas. Y fi­nal­men­te, la Iglesia es una, ya que uno es Dios, y Él nos lla­ma a to­dos a la uni­dad en el amor y a la co­mu­nión. Además, la Iglesia es par­te de la his­to­ria de Salvación de Dios con los hom­bres, y lo será has­ta el fi­nal de los tiem­pos.

El nú­cleo ini­cial de la Iglesia son los dis­cí­pu­los que han vi­vi­do con Cristo, lo han vis­to mo­rir y lo han con­tem­pla­do re­su­ci­ta­do. En Pentecostés, y gra­cias a la pre­di­ca­ción de Pedro, se les em­pie­zan a unir mi­les de per­so­nas. Es la obra del Espíritu Santo que acom­pa­ña a la Iglesia en toda su his­to­ria. El anun­cio se hace pri­me­ro al pue­blo de Israel, de­po­si­ta­rio ori­gi­nal de las pro­me­sas de Dios, y más tar­de se ex­tien­de tam­bién a los fo­ras­te­ros y pa­ga­nos. Los cris­tia­nos vi­vían per­se­gui­dos en pe­que­ñas co­mu­ni­da­des cris­tia­nas bajo la di­rec­ción de los após­to­les has­ta que, en el año 70, des­a­pa­re­ce Israel como país, dis­per­sán­do­se a lo lar­go y an­cho de todo el im­pe­rio Romano. Todos los cre­yen­tes es­ta­ban de acuer­do y te­nían todo en co­mún; ven­dían sus po­se­sio­nes y sus bie­nes y lo re­par­tían en­tre to­dos, se­gún la ne­ce­si­dad de cada uno. Acudían dia­ria­men­te al Templo con per­se­ve­ran­cia y con un mis­mo es­pí­ri­tu, par­tían el pan en las ca­sas y to­ma­ban el ali­men­to con ale­gría y sen­ci­llez de co­ra­zón (Hechos 2, 44-46). La je­rar­quía de la Iglesia apa­re­ció en esta pri­me­ra épo­ca, al or­ga­ni­zar los após­to­les a las di­fe­ren­tes Iglesias y los ca­ris­mas que iban sur­gien­do en ellas.

Persecuciones Cuando Israel se dis­per­sa en el im­pe­rio Romano tam­bién lo hace la Iglesia con él. Así pues, la Iglesia se ex­pan­de poco a poco por todo el im­pe­rio ro­mano don­de son cruen­ta­men­te per­se­gui­dos. Declararse pú­bli­ca­men­te cris­tiano equi­va­lía a la muer­te en mu­chos lu­ga­res. Sin em­bar­go, el amor que mos­tra­ban, to­man­do ejem­plo de Jesús y con la fuer­za del Espíritu Santo, era un signo po­ten­tí­si­mo que daba cre­di­bi­li­dad a la pre­di­ca­ción por la que se con­ver­tían mu­chas per­so­nas. Fue tam­bién la épo­ca de los pri­me­ros con­ci­lios*, que re­afir­ma­ban los prin­ci­pios bá­si­cos de la Fe con­de­nan­do las des­via­cio­nes pro­du­ci­das por el con­tac­to con los di­fe­ren­tes pue­blos y cul­tu­ras. Esta si­tua­ción se pro­lon­gó has­ta el si­glo IV-V cuan­do el pro­pio em­pe­ra­dor ro­mano cesó la per­se­cu­ción. Además, tras la caí­da del Imperio Romano, los di­ri­gen­tes ger­má­ni­cos in­va­so­res se con­ver­tían uno tras otro. Esto pro­vo­có mu­chas con­ver­sio­nes en masa y la im­po­si­bi­li­dad de obis­pos y sa­cer­do­tes de for­mar ade­cua­da­men­te en la Fe a to­dos los nue­vos cris­tia­nos. De esta for­ma, por re­gla ge­ne­ral, el ni­vel de Santidad de la vida cris­tia­na des­cen­dió, y apa­re­cie­ron los pri­me­ros cris­tia­nos que solo lo eran de nom­bre. Fue en ese mo­men­to cuan­do co­bró im­por­tan­cia la vida mo­nás­ti­ca, ya que mu­chos cris­tia­nos ne­ce­si­ta­ban vi­vir con una ma­yor in­ten­si­dad y ra­di­ca­li­dad la Fe, tal y como se ha­cía al prin­ci­pio.

La Edad Media En la Edad Media (s.X-XIV), la ci­vi­li­za­ción eu­ro­pea se cons­tru­ye so­bre los pi­la­res del cris­tia­nis­mo: es la épo­ca de las ca­te­dra­les, las cru­za­das, y las lu­chas con­tra el Islam. En esta épo­ca la Iglesia gana sis­te­má­ti­ca­men­te un ma­yor po­der y, como nos pasa a no­so­tros mu­chas ve­ces, se in­cli­na a lo mun­dano: lu­chas de po­der en el cle­ro, cis­mas*, gue­rras, etc. Sin em­bar­go, Dios sus­ci­ta en todo mo­men­to ser­vi­do­res su­yos den­tro de la mis­ma Iglesia, que lle­van en sus cuer­pos el men­sa­je de Jesús, como ha­bía he­cho an­te­rior­men­te con el pue­blo de Israel. Las or­de­nes men­di­can­tes, los mo­nas­te­rios, di­ver­sos Papas (como Gregorio VII, el pri­me­ro en de­no­mi­nar­se Siervo de los sier­vos de Dios), los di­fe­ren­tes con­ci­lios ecu­mé­ni­cos, ver­da­de­ros Santos (San Benito, San Francisco de Asís, etc) que die­ron su vida por los po­bres y por el Evangelio, y mu­chos otros do­nes fue­ron los que Dios re­ga­ló a su Iglesia y a to­dos sus miem­bros para Santificarla.

Apostasía Posteriormente, una nue­va for­ma de en­ten­der la vida se fue ha­cien­do eco en par­te de la so­cie­dad, que em­pe­zó a po­ner a la ra­zón so­bre todo lo de­más, Fe in­clu­si­ve. Primero, en el Renacimiento se dio paso al sub­je­ti­vis­mo ideo­ló­gi­co que cul­mi­nó en la re­for­ma pro­tes­tan­te. Y aun­que es cier­to que la Iglesia ne­ce­si­ta­ba de una re­no­va­ción de­bi­do a al­gu­nas des­via­cio­nes, he­re­da­das de la Edad Media, que se da­ban en ella, la re­for­ma fue mu­cho más le­jos, fru­to de in­ten­tar ha­cer una Iglesia a la me­di­da de al­gu­nos, es de­cir, sub­je­ti­va, y negó dog­mas cier­tos que ha­bían sido creí­dos du­ran­te mil años. Después lle­gó la Ilustración y con ella la se­cu­la­ri­za­ción: Si algo no se pue­de de­mos­trar con la ra­zón no exis­te. Esto es un error, como ilus­tra el ex­pe­ri­men­to men­tal “El cuar­to de Mary la su­per-cien­tí­fi­ca”*. Estas son la raí­ces del ateís­mo mo­derno y del pen­sa­mien­to de mu­cha gen­te que co­no­ces: sólo lo que dice la cien­cia es ver­dad. Tentación que po­de­mos te­ner no­so­tros y que es un ver­da­de­ro en­ga­ño del ma­ligno: Fe y cien­cia son com­pa­ti­bles y se com­ple­men­tan mu­tua­men­te, y úni­ca­men­te Jesucristo es la Verdad ple­na que debe ser anun­cia­da a to­dos los hom­bres. Por úl­ti­mo, en la ac­tua­li­dad vi­vi­mos la era de la pos­mo­der­ni­dad, don­de ya no hay cri­te­rio de ver­dad, todo es dis­cu­ti­ble, cada uno que pien­se lo que quie­ra, todo vale y todo es res­pe­ta­ble. Todo, me­nos la Iglesia, cla­ro, ya que de­trás de es­tos mo­vi­mien­tos fi­lo­só­fi­cos esta el ma­ligno, que des­pe­chan­do con­tra la Mujer, se fue a ha­cer la gue­rra al res­to de sus hi­jos, los que guar­dan los man­da­mien­tos de Dios y man­tie­nen el tes­ti­mo­nio de Jesús (Apocalipsis 12, 17b).

Sin em­bar­go, el Espíritu no deja de ac­tuar en fa­vor del hom­bre abrien­do den­tro de su Iglesia nue­vos ca­mi­nos y ha­cien­do pre­sen­te en ella el amor de Dios. Uno de los do­nes más gran­des que ha re­ci­bi­do la Iglesia ha sido el con­ci­lio Vaticano II, en el que la Iglesia se pre­sen­ta con un ros­tro re­no­va­do, pero fiel a su tra­di­ción y Fe. En este con­ci­lio se pre­sen­ta a la Iglesia apo­ya­da en cua­tro cons­ti­tu­cio­nes: La re­ve­la­ción, la li­tur­gia, la vida de la Iglesia, y el hom­bre ac­tual. En el Catecismo de la Iglesia po­de­mos co­no­cer un com­pen­dio de la Fe que, a la luz de este con­ci­lio, da res­pues­ta a las ne­ce­si­da­des del hom­bre ac­tual. El tiem­po pre­sen­te es tam­bién el tiem­po de los mo­vi­mien­tos cris­tia­nos* for­ma­dos por lai­cos que bus­can vi­vir la Fe dia­ria­men­te con una ma­yor in­ten­si­dad, den­tro del seno de la Iglesia. Aunque tam­bién es el tiem­po de los cris­tia­nos ti­bios, del re­la­ti­vis­mo mo­ral, y de la am­bi­güe­dad por par­te de las au­to­ri­da­des ecle­sia­les; co­sas que de­be­mos evi­tar y ayu­dar a so­lu­cio­nar. En cual­quier caso, en mu­chos lu­ga­res de la Iglesia se con­ti­núa ha­cien­do, más de dos mil años des­pués, lo mis­mo que ha­cían los pri­me­ros cris­tia­nos, que se man­te­nían cons­tan­tes en la en­se­ñan­za de los após­to­les, en la co­mu­nión, en la frac­ción del pan y en las ora­cio­nes (Hechos 2, 42). Y todo gra­cias al amor y la fi­de­li­dad de Dios.

Práctica La his­to­ria de la Iglesia es una his­to­ria com­ple­ja y lle­na de erro­res, de los cua­les ella mis­ma ha apren­di­do mu­chí­si­mo. Es tam­bién una his­to­ria de Santos, ben­di­cio­nes, gran­des re­ga­los del Espíritu, y már­ti­res tes­ti­gos del Evangelio. Destacar que uno de los mo­men­tos con más már­ti­res de la Iglesia fue el de sus inicios, don­de mi­les de cris­tia­nos die­ron un tes­ti­mo­nio ejem­plar de su Fe, que los lle­vó has­ta en­tre­gar vo­lun­ta­ria­men­te su vida por Cristo. Las ac­tas de los már­ti­res, como la de Perpetua y Felicidad, nos en­se­ñan cómo vi­vían su Fe con ra­di­ca­li­dad los pri­me­ros cris­tia­nos. Por ello re­co­men­da­mos com­prar y leer el acta de mar­ti­rio de Perpetua y Felicidad. Puedes con­se­guir­la en tu li­bre­ría ca­tó­li­ca más cer­ca­na o, en España, a tra­vés del en­la­ce que te pro­por­cio­na­mos a con­ti­nua­ción.

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Por otro lado, po­de­mos en­con­trar tam­bién la vida de los pri­me­ros cris­tia­nos en mu­chas de las car­tas de las Escrituras, de las que va­mos a rea­li­zar la Lectio Divina para ver cómo vi­vían los pri­me­ros se­gui­do­res de Jesucristo, y como de­be­mos vi­vir no­so­tros tam­bién. Os re­co­men­da­mos que in­ter­ca­léis la lec­tu­ra de las ac­tas de Perpetua y Felicidad con las Lectio Divina que os pro­po­ne­mos a con­ti­nua­ción, para que se os haga más ameno y para que des­cu­bráis cómo es­tán ín­ti­ma­men­te re­la­cio­na­dos.

Lectio Divina de Romanos 13, 11-14
Lectio Divina de 1 Corintios 6, 12-20
Lectio Divina de 2 Corintios 5, 1-10
Lectio Divina de 2 Corintios 6, 1-10
Lectio Divina de Galatas 6, 1-10
Lectio Divina de Efesios 4, 25-32
Lectio Divina de Efesios 6, 10-20
Lectio Divina de Hebreos 8, 6-12
Lectio Divina de 1 Juan 4, 7-11

Glosario

… con­ci­lios*
Concilio Reunión de los obis­pos y otras au­to­ri­da­des de la Iglesia ca­tó­li­ca para acla­rar al­gún asun­to de dog­ma y de dis­ci­pli­na. La gran ma­yo­ría de con­ci­lios se rea­li­za­ron para re­afir­mar dog­mas de Fe bá­si­cos pues­tos en en­tre­di­cho por un gru­po cis­má­ti­co.
… cis­mas*
Cisma Un cis­ma es la rup­tu­ra de la unión ecle­siás­ti­ca de un gru­po de fie­les, que cor­ta el víncu­lo con la Iglesia Católica. El cis­ma es con­tra­rio a la ca­ri­dad y obe­dien­cia man­da­da por Jesucristo. Además, si con­tie­ne una he­re­jía es tam­bién per­ver­so mo­ral­men­te. En cual­quier caso, los san­tos nos han mos­tra­do que se pue­de re­for­mar la Iglesia Católica des­de den­tro, si es que es real­men­te ne­ce­sa­rio.
… su­per-cien­tí­fi­ca”*
El cuar­to de Mary la su­per-cien­tí­fi­ca Es un ex­pe­ri­men­to men­tal de Frank Jackson que se enun­cia así: Mary es una cien­tí­fi­ca bri­llan­te que está, por al­gu­na ra­zón, for­za­da a in­ves­ti­gar el mun­do des­de un cuar­to blan­co y ne­gro a tra­vés del mo­ni­tor de una te­le­vi­sión en blan­co y ne­gro. Se es­pe­cia­li­za en la neu­ro­fi­sio­lo­gía de la vi­sión y ad­quie­re, su­pon­ga­mos, toda la in­for­ma­ción fí­si­ca que hay para ob­te­ner acer­ca de lo que su­ce­de cuan­do ve­mos to­ma­tes ma­du­ros, o el cie­lo, y usa tér­mi­nos como “rojo”, “azul”, etc. […] ¿Qué su­ce­de­rá cuan­do Mary sea li­be­ra­da de su cuar­to blan­co y ne­gro o se le dé una te­le­vi­sión con mo­ni­tor en co­lor? ¿Aprenderá algo o no? Parece ob­vio que apren­de­rá algo acer­ca del mun­do y nues­tra ex­pe­rien­cia vi­sual de él. Pero en­ton­ces es in­ne­ga­ble que su co­no­ci­mien­to pre­vio era in­com­ple­to. Pero te­nía toda la in­for­ma­ción fí­si­ca. Ergo hay algo más a te­ner que eso, y el “fisicalismo” es fal­so (Felipe Schenone, Wikipedia, cc-by-sa).
… cris­tia­nos*
Movimientos Los mo­vi­mien­tos ecle­sia­les son una gra­cia que el Espíritu Santo re­ga­la a la Iglesia, y como tal no de­be­mos des­pre­ciar­los sino aco­ger­los pese a to­das las di­fi­cul­ta­des que pue­dan sur­gir, se­gún lo di­cho por San Pablo: no ex­tin­gáis al Espíritu (1 Tesalonicenses 5, 19a). El Pontificio Consejo para los Laicos es el or­ga­nis­mo de la Iglesia que tie­ne la res­pon­sa­bi­li­dad de dis­cer­nir la au­ten­ti­ci­dad de to­dos los mo­vi­mien­tos, y ope­ra con el Santo Padre para ex­pre­sar la pos­tu­ra ofi­cial de la Iglesia res­pec­to a cada uno de los mo­vi­mien­tos.