2.8 – Jesucristo

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Por las fatigas de su alma verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos, y las culpas de ellos él soportará (Isaías 53, 11).

El culmen de la historia
Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo (Hebreos 1, 1). Jesús nació de la virgen María, desposada con José, que pertenecía al linaje de David, por obra del Espíritu Santo. Él es el cumplimiento de todas las promesas y la epifanía del amor de Dios al pecador. Él es verdadero Dios y verdadero hombre que aprendió sufriendo a obedecer, que confió en Dios hasta la muerte, y que resucitó de entre los muertos. Él es la gracia de Dios. Pero con el don no sucede como con el delito. Si por el delito de uno murieron todos ¡cuanto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos! (Romanos 5, 15). Jesucristo es nuestra Salvación, y es el momento culmen de la historia de Salvación de Dios con el hombre.

Jesucristo
Jesús predicaba la Palabra que oía de su padre, que es la misma que a través de su historia Israel había recibido de parte de Dios. La misma por la cual Dios se hace presente en nuestra vida personal de cada día. Por ejemplo, Jesús declara a Dios como lo único necesario, invitando al desprendimiento de todos los bienes, a la oración, al ayuno, y a buscar el Reino de Dios. Muchas veces se enfrenta contra grupos de fariseos echándoles en cara que su corazón estaba lejos de Dios, aunque dieran imagen de lo contrario. Y recordemos que esto es exactamente lo mismo que llevó a Israel al exilio. Por eso, haciéndose eco de las palabras de los profetas les dirá: Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mateo 9, 13).

Dios, a través de Jesús enseña claramente cual es la voluntad de su Padre y la cumple en su propia vida. Él dirá: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan (Mateo 5, 43-44). Y Él amó hasta el extremo, y perdonó a sus verdugos en la Cruz. Y dio la fuerza, a todos los que creen en Él, para poner en práctica todas sus enseñanzas: En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre (Juan 14, 12). ¡Tu y yo gracias a Él podemos amar también a nuestros enemigos! Y así lo afirmará San Pablo: Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados, derribados, mas no aniquilados (1 Corintios 4, 7-9). Porque Jesús nos enseña cual es el camino de la Vida, pero también nos da fuerzas para recorrerlo.

Jesús es el Siervo de Yahvé anunciado por Isaías que es sostenido por Dios y carga con los pecados del mundo. Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie (Isaías 53, 3). Así llegó a ser en su Pasión cuando todos lo abandonaron. Jesús acepta y desea incondicionalmente la voluntad de su Padre. Además, por amor consuma la Redención en la Cruz, cargando con nuestros pecados. Él no se escandaliza de la Cruz, de la injusticia, y del sufrimiento, como lo hacen en un primer momento sus discípulos, y lo hacemos muchas veces tu y yo. Jesús, en cambio, la acepta dócilmente: Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca (Isaías 53, 7). Y Dios Padre, resucitándolo de la muerte acreditó el camino del Siervo y abrió las puertas del abismo. De esta forma la muerte fue vencida: Tu muerte y la mía.

La Salvación Definitiva
La Resurrección no solo nos abre a todos la puerta de la Vida Eterna tras la muerte, sino que nos da la posibilidad de gustarla ya: aquí en la tierra. Dios, engendrando en nosotros un hombre nuevo a imagen del mismo Jesucristo nos da la gracia de vivir sus enseñanzas y el Amor al enemigo, imposible para la naturaleza humana del hombre viejo que busca vivir para si mismo. Los Cristianos anuncian contra el engaño del maligno que el verdadero camino de Salvación del hombre pasa por la obediencia a Dios y la Cruz. Esto es un escándalo para la sociedad de hoy, que siguiendo el ejemplo de Adán y Eva, señalan que la felicidad está en hacer lo que uno quiere. Pues la predicación de la cruz es una locura para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios (1 Corintios 1, 18). Porque para los Cristianos la Cruz es Gloriosa y está llena de esperanza.

En Jesús, Dios se manifiesta plenamente como es: Amor. Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará (Marcos 16, 15-16). De esta forma, la historia de Salvación cuya plenitud está en Cristo, se abre a todos los hombres y puede llegar hoy a ti y a mi. Gracias a que Jesús obedeció, sufrió, murió, y resucitó, hoy tu puedes escuchar esta buena noticia: ¡Dios te ama! Dios, que te ve esclavo y sufriente por tu pecado, te ama y te ha abierto un camino de Salvación. Y no te deja solo, sino que te regala una Iglesia que como una madre te guía en cada paso del camino. Jesús la fundó cuando le dijo a Pedro: Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mateo 16, 18). ¡Alégrate, Dios te ha amado hasta el extremo! Y desea que, experimentando su amor, decidas abandonar el camino de la muerte y empieces a recorrer el camino de la Vida, o ¿desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de tolerancia, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión? (Romanos 2, 4).

Glosario
La Cruz: La crucifixión es un método antiguo de ejecución donde el condenado es clavado en una cruz de madera y sufre de fuertes dolores y asfixia parcial hasta su muerte. La Cruz representa para el sufrimiento de los hombres, y su muerte física y ontológica. En definitiva, representa todo aquello de lo que las personas huimos en nuestra vida: problemas, sufrimiento, persecución, injusticia, muerte, etc. De esta forma, la Cruz delinea los límites del amor humano, que no puede amar al enemigo entregando su propia vida por él.

La Cruz Gloriosa: Dios mismo carga con nuestras culpas, muere, y resucita, regalándonos la Vida Eterna. Una vida que no se acaba nunca. De esta forma nos da la posibilidad de poder tomar la cruz, porque ya no nos morimos: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Juan 3, 16). ¿Nuestras culpas? ¡Pagadas en la cruz! ¿Nuestro sufrimiento? ¡Con un sentido nuevo en la cruz! ¿Nuestra muerte física y ontológica? ¡Vencida en la cruz! ¿Y por quién? ¡Por Dios mismo en Jesucristo! La Cruz parece declarar la quiebra de Jesús, pero en realidad marca su victoria (Papa Francisco). Por eso, para los Cristianos, la cruz de Cristo es una Cruz Gloriosa, una cruz donde se ha hecho presente físicamente que… ¡Dios nos ha amado hasta el extremo! Y por eso para los Cristianos la Cruz Gloriosa es motivo de alegría, gozo, esperanza, y alabanza a Dios.

Hades: La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abraham” (cf. Lc 16, 22-26). “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos” (Catecismo Romano, 1, 6, 3) (Catecismo 633).

Conversión: La conversión es el cambio de un corazón arrepentido, que decide abandonar el camino de la muerte y empezar a recorrer el camino de la Vida. Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores “el saco y la ceniza”, los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18) (Catecismo 1430).

Práctica:
Jesús nos dejó muchas enseñanzas muy útiles para la vida del Cristiano, pero mucho más importante que lo que dijo fue lo que hizo por nosotros. Por eso, ahora vamos a centrarnos en ver el amor que nos ha demostrado en su propia vida con su Pasión, Muerte, y Resurrección. Pues nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Juan 15,13)… ¡Y Cristo la ha entregado voluntariamente por ti! Hagamos, pues, la Lectio Divina de los momentos clave de la muerte y resurrección de Jesucristo.





Este acontecimiento es el centro de nuestra Fe Católica, y de él hacemos memorial en cada Eucaristía donde el mismo Dios, en la persona de Jesucristo, se entrega por nosotros como sacrificio por nuestros pecados, redimiéndonos, y regalándonos el perdón y la Vida Eterna. Una maravilla que nadie esperaba, conforme a lo dicho en las Escrituras: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman (1 Corintios 2, 9). ¡Exultemos de alegría por todo este gran amor, pues nadie nos ha amado así!

Exultet o Pregón Pascual

Exultet o Pregón Pascual

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