2.5 – La Tierra Prometida

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Entonces se alegrará la doncella en el baile, los mozos y los viejos juntos, y cambiaré su duelo en regocijo, los consolaré y aliviaré su tristeza (Jeremías 31, 13).

Conquista de la Tierra Prometida
Moisés murió en la entrada de la tierra prometida, y fue Josué quien introdujo al pueblo de Israel en ella. Pero no fue tan fácil pues en la tierra prometida vivían siete pueblos más fuertes que Israel, con grandes ciudades amuralladas prácticamente inexpugnables. Sin embargo, Dios les dice: Pero has de saber hoy que Yahvé tu Dios es el que va a pasar delante de ti como un fuego devorador: Él los destruirá y te los someterá, para que tú los desalojes y los destruyas rápidamente, como te ha prometido Yahvé (Deuteronomio 9, 3). Estas naciones son signo de los imposibles de nuestra vida, de aquello que es más fuerte que nosotros: el pecado. Y no es el pueblo de Israel, ni tu; sino Dios el que las vence. Por eso, no digas en tu corazón, cuando Yahvé tu Dios los arroje de delate de ti: “Por mis méritos me ha hecho Yahvé entrar en posesión de esta tierra”, siendo así que sólo por la perversidad de estas naciones las desaloja Yahvé de delante de ti (Deuteronomio 9, 4). Por poner un ejemplo, la muralla de Jericó se desplomó al son de la trompeta, tras dar Israel siete vueltas alrededor de la ciudad, y sin atacarla. Dios les regala una victoria que en principio era imposible mandando que hagan algo ilógico, pero Israel obedece y el resultado es la victoria. ¿Obedecemos nosotros a Dios?

Los Jueces
El pueblo de Israel entra a tomar posesión de la tierra prometida y son felices. Pero pronto se pervierten de nuevo, pues la siguiente generación no ha conocido a Dios ni ha visto sus prodigios. Entonces Dios les entrega en manos de sus enemigos para que se arrepientan; y les manda Jueces para recordarles el camino de la Vida. Los Jueces, inspirados por Dios, reprenden al pueblo y lo salvan de las manos de sus enemigos. De esta forma, cada generación del pueblo de Israel observa los prodigios de Dios, cree, y vuelve a guardar la Ley. Esto nos enseña la importancia de tener una experiencia personal de Dios, pues sin ella, rápidamente uno es seducido por los placeres fugaces del mundo. Además, es importante destacar que muchas veces Dios se sirve de lo débil para vencer a lo fuerte, dejando claro que es Él quien da la victoria, pues lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es (1 Corintios 1, 28). Es el caso de Yael, una mujer que vence a un poderoso general enemigo. O de un torrente, que abate a todo el ejercito enemigo de Israel. Son prodigios que Dios, y no un hombre, hace en favor de su pueblo para que vean y crean en Él.

Samuel es el último de los Jueces, nacido del vientre estéril de Ana que desahogando su pena ante Dios promete entregárselo si se lo concede. Dios escucha a Ana y le concede el anhelo de su corazón, y Ana canta al Señor que de nuevo ha hecho posible lo imposible, exultando de gozo. Durante la vida de Samuel el pueblo de Israel le pide a Dios que les de un Rey “como tienen los otros pueblos”. Israel quiere ser como los demás pueblos y tener un Rey, cuando Dios había sido su Rey hasta entonces. Samuel les reprenderá por caer de nuevo en un claro intento de idolatría. Es lo que muchas veces tu y yo queremos: ser como los demás y tener lo que tienen los demás (dinero, fama, aceptación social, amigos, etc). Pero nosotros, al igual que el pueblo de Israel, tenemos a Dios, que es con mucho lo mejor. Sin embargo, una vez más, Dios, por su amor y misericordia, se lo concede. Por supuesto, avisándoles que Él, Dios, es más que el Rey; y que por tanto es a Él, a Dios, a quien deben obedecer. Samuel entonces unge Rey a Saúl, y después a David como su sucesor.

El Rey David
David no es el hijo de Saúl, sino un joven pastor al que Dios elige como Rey. De nuevo, Dios muestra su predilección sobre los débiles, para que se vea que la historia de Salvación la lleva Él. De joven David se presenta ante Saúl para ayudarlo, no para suplantarlo, pero Dios ya había rechazado a Saúl, pues no le obedecía, sino que trataba de agradar por igual a los hombres y a Dios: Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca (Apocalipsis 3, 16). Intentar agradar a los hombres y a Dios es una tentación que en algún momento todos tenemos. Sin embargo, es simplemente imposible: o Dios o el mundo. O se elige el camino de la Vida o el de la muerte. No se puede ir por los dos a la vez. Y Saúl eligió mal, pese a todas las oportunidades que Dios le dio, mientras que David eligió bien.

Un día David vence a Goliat, un general enemigo curtido en el arte de la guerra, con una simple honda y su plena confianza en Dios. Esto provoca una victoria sin precedentes sobre el ejercito enemigo, y Saul empieza a tener envidia de David, que es aclamado por el pueblo. No pasa mucho tiempo antes de que Saul intente matar a David y este tenga que huir a las montañas. Saúl lo persigue en varias ocasiones sin éxito, y David tiene varias oportunidades de acabar con él, pero por respeto a Dios que ha ungido a Saúl, no lo hace. David, a imagen de Jesucristo, perdona la vida de su enemigo cuando este intenta matarlo. Finalmente, Saúl muere a manos de los enemigos de Israel y David ocupa su trono. Dios cumple su promesa con David y lo libra de su enemigo sin su intervención, para que quede patente que es obra suya.

Aún así, David, con el paso del tiempo se acomoda en su posición de rey, y vienen los problemas: adultera con Betsabé, una mujer Israelita, y mata a su marido para encubrir su pecado. Pero a Dios nada se le oculta y envía a Natán, un profeta, a denunciar su pecado. Se dice de David que tiene un corazón según Dios porque cuando esto ocurre, lejos de excusarse como hacen Adán y Eva, reconoce su pecado públicamente. David se humilla ante los hombres y ante Dios, y Dios lo perdona porque, al igual que a ti y a mi, lo ama. Además, Dios le concede a David un hijo de Betsabé: Salomón, que le heredará en el trono. Y Dios le promete perpetuidad para su linaje, promesa que se cumple plenamente en Jesucristo, Rey eterno: Y nos has suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo (Lucas 1, 69). Dios se complace en la humildad, y está siempre dispuesto a perdonar y salvar a quien se vuelve a Él… ¡Por su gran amor!

Glosario
Tierra Prometida: Geográficamente, la tierra prometida estaba aproximadamente donde están Israel y Palestina ahora. Se la llama así por ser la tierra que Dios prometió a Abraham. En el profeta Isaías se encuentra la expresión “Dios de verdad”, literalmente “Dios del Amén”, es decir, el Dios fiel a sus promesas: “Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén” (Is 65, 16) (Catecismo 1063). Y Dios, siendo fiel a sus promesas, se la regaló a Israel.

Práctica
Dios es fiel y cumple todas sus promesas. Cumplió históricamente las promesas que hizo al pueblo de Israel, y cumple todas las demás promesas que hace, incluidas las que te ha hecho a ti. ¿Cuales? Que el Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de Él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo (Catecismo 729), que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28, 20b), que si recorres el camino de la Vida te regalará la Vida eterna, pues quien pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará (Marcos 8, 35), y muchas otras. Pero va a ser Él quien lo haga. Así pues, nosotros hagamos la Lectio Divina de los siguientes pasajes, para comprender la fidelidad que tiene Dios con nosotros pese a todas nuestras rebeldías:





Quizás a estas alturas te estés preguntando el por qué es necesario hacer tanta Lectio Divina. La respuesta es sencilla: Es la mejor forma de empaparse de la Palabra de Dios, de aprender a comprenderla, y de aplicarla a nuestra vida diaria. Y esto es un pilar fundamental en la vida del Católico, pues al final, si no sabes escuchar a Dios… ¿De que te sirve hablarle? Con cada oración, con cada lectura, y con cada meditación, realizas un dialogo con Dios y hace más sencillo el siguiente… ¿O no es más fácil hablar con alguien a quien ya conoces? Por eso, si se promueve esta práctica con eficacia, estoy convencido de que producirá una nueva primavera espiritual en la Iglesia. No hay que olvidar nunca que la Palabra de Dios es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (Benedicto XVI). Por eso, escuchar la Palabra, comprenderla, y ponerla en práctica, es imperativo para todos los Católicos.

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