4.10 Anuncio del Evangelio

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Calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz.
- Efesios 6, 15

Anuncio del Evangelio Tener una ex­pe­rien­cia pro­fun­da en tu pro­pia vida del amor de Dios y de cómo Él ha ac­tua­do para bien tuyo es una gra­cia real­men­te her­mo­sa, que se­lla en tu co­ra­zón el Evangelio y que te da una ga­ran­tía de que ver­da­de­ra­men­te es cier­to lo que se dice en él. Pero no sólo eso: es tam­bién una fuen­te de ale­gría y gozo, y te per­mi­te vi­vir la vida des­de otra pers­pec­ti­va, sa­bien­do que no es­tás solo y que la muer­te no es el fi­nal. ¡Una gran no­ti­cia! Una no­ti­cia que, por cier­to, es­ta­mos lla­ma­dos a anun­ciar a to­dos los hom­bres, pues el Evangelio no sólo sir­ve para guiar nues­tros pa­sos ha­cia la Vida, sino que tam­bién desea guiar a los de­más. Además, como en mu­chas otras co­sas, el anun­cio del Evangelio es una gra­cia que Dios te re­ga­la y que, si tu acep­tas, no re­quie­re de un gran es­fuer­zo ni com­pro­mi­so: la gra­cia que obra en ti hace na­cer de tu co­ra­zón este anun­cio, como a un no­vio le sale ha­blar bien de su ama­da, o como el pro­fe­ta Jeremías que dice: Yo de­cía: «No vol­ve­ré a re­cor­dar­lo, ni ha­bla­ré más en su Nombre.» Pero ha­bía en mi co­ra­zón algo así como fue­go ar­dien­te, pren­di­do en mis hue­sos, y aun­que yo tra­ba­ja­ba por aho­gar­lo, no po­día (Jeremías 20, 9). Y esto no sig­ni­fi­ca que el anun­cio sea sen­ci­llo: siem­pre hay pie­dras y di­fi­cul­ta­des en el ca­mino. Pero como dice Jeremías, al fi­nal su gra­cia su­pera con cre­ces todo lo de­más.

¿Pero qué anun­ciar? ¿Qué de­cir? Lo que he­mos vis­to y oído, os lo anun­cia­mos, para que tam­bién vo­so­tros es­téis en co­mu­nión con no­so­tros. Y no­so­tros es­ta­mos en co­mu­nión con el Padre y con su hijo Jesucristo (1 Juan 1, 3). ¡Así de sen­ci­llo! Lo úni­co que de­bes de­cir es cómo Dios te ha ama­do con­cre­ta­men­te en tu vida: la bue­na no­ti­cia cum­pli­da en ti. Y si un ale­ja­do te es­cu­cha y ve que, efec­ti­va­men­te, es cier­to lo que cuen­tas, se le dará la po­si­bi­li­dad de creer. Un error muy co­mún es in­ten­tar anun­ciar el Evangelio con pa­la­bras va­cías, re­pi­tien­do ca­te­que­sis o ci­tas de gen­te im­por­tan­te: eso no lla­ma a creer a na­die, ya que con­tra un ar­gu­men­to siem­pre hay otro que lo re­ba­te. Por ejem­plo, este cur­so te pue­de for­mar si ya eres cris­tiano, pero si no crees en Dios di­fí­cil­men­te obra­rá en ti un cam­bio. Sin em­bar­go, no su­ce­de­rá igual con las mu­chas ex­pe­rien­cias que he­mos pu­bli­ca­do como par­te del cur­so que, como mí­ni­mo, de­ben re­sul­tar lla­ma­ti­vas. Creer o no es ya tu elec­ción, por­que Dios siem­pre nos deja li­bres.

Salid a las ca­lles No po­de­mos que­dar­nos en­ce­rra­dos en casa y ha­cer de nues­tra Fe una cosa pri­va­da. El cris­tia­nis­mo no es así y nun­ca lo ha sido, aun­que hoy en día nos in­ten­ten ha­cer creer eso. Al igual que cuan­do es­tás enamo­ra­do de al­guien te gus­ta que la gen­te lo sepa y no vas ocul­tan­do tu re­la­ción, sino que tu pa­re­ja te acom­pa­ña a mu­chos si­tios; así mis­mo ac­túa un cris­tiano que está enamo­ra­do de Dios. Por eso, un cris­tiano no ocul­ta que lo es, sino que vive en una cons­tan­te Evangelización con pa­la­bras y ac­ti­tu­des en to­dos los mo­men­tos de su vida dia­ria. Esta ne­ce­si­dad se re­fle­ja en las pa­la­bras del Papa, que dijo en la pre­pa­ra­ción de la JMJ de Rio de Janeiro: Pero quie­ro lío en las dió­ce­sis, quie­ro que se sal­ga afue­ra… Quiero que la Iglesia sal­ga a la ca­lle (Papa Francisco)[41]. Porque hoy más que nun­ca es ne­ce­sa­rio que los cris­tia­nos den tes­ti­mo­nio de su Fe, pues pre­di­car el Evangelio no es para mí nin­gún mo­ti­vo de glo­ria; es más bien un de­ber que me in­cum­be. ¡Ay de mí si no pre­di­co el Evangelio! (1 Corintios 9, 16). ¡El anun­cio del Evangelio es una ne­ce­si­dad!

El anun­cio del Evangelio se hace con ale­gría, anun­cian­do con la pro­pia vida a Cristo, y con pru­den­cia. Pues mi­rad que yo os en­vío como ove­jas en me­dio de lo­bos. Sed, pues, pru­den­tes como las ser­pien­tes, y sen­ci­llos como las pa­lo­mas (Mateo 10, 16). La per­se­cu­ción y la ca­lum­nia que re­ci­bi­re­mos for­man par­te del anun­cio del Evangelio, y he­mos sido pre­ve­ni­dos con­tra ellas para que no nos es­can­da­li­ce­mos cuan­do su­ce­da. Pero pese a todo eso… ¿Cómo aver­gon­zar­nos de Aquel que nos ama tan­to? ¡No po­de­mos! Así pues, es­ta­mos to­dos in­vi­ta­dos a Evangelizar con ale­gría. Y si no os veis ca­pa­ces es por­que de­béis re­cu­pe­rar pri­me­ro la ale­gría pro­pia que con­lle­va el ser cris­tiano. Debéis enamo­ra­ros de Cristo otra vez. Por su­pues­to, es nor­mal te­ner mie­do del qué di­rán al prin­ci­pio, pero no de­bes ol­vi­dar que Dios es más fuer­te que la per­se­cu­ción que pue­das su­frir, como Jesús nos ates­ti­gua: Os he di­cho es­tas co­sas para que ten­gáis paz en mí. En el mun­do ten­dréis tri­bu­la­ción. Pero ¡ánimo!: yo he ven­ci­do al mun­do (Juan 16, 33). Dile a to­dos con tus pa­la­bras y tu vida que… ¡Dios te ama con lo­cu­ra!

Cristianos acom­ple­ja­dos Imagina aho­ra que en tu tra­ba­jo o en me­dio de una cla­se tu pro­fe­sor o jefe pre­gun­ta si hay al­gún ca­tó­li­co y tú le­van­tas la mano. ¿Crees que se lle­va­rá una sor­pre­sa, o por tu ac­ti­tud y for­ma de vi­vir se lo es­pe­ra­rá? Reflexionemos… ¿Nos di­fe­ren­cia­mos de nues­tros ami­gos en algo? ¿Hablamos del Evangelio y de Cristo, o sólo de te­mas ba­na­les como los de­más? ¿Tenemos ver­güen­za del Evangelio y de ha­blar de Dios? Es im­por­tan­tí­si­mo esto, por­que vo­so­tros sois la sal de la tie­rra. Mas si la sal se des­vir­túa, ¿con qué se la sa­la­rá? Ya no sir­ve para nada más que para ser ti­ra­da afue­ra y pi­so­tea­da por los hom­bres (Mateo 5, 13). Por eso, es im­por­tan­te dar siem­pre sal a nues­tras con­ver­sa­cio­nes… ¿O va­mos a aver­gon­zar­nos, por ejem­plo, de de­fen­der la fi­de­li­dad ma­tri­mo­nial cuan­do nos di­cen que no pasa nada si na­die se en­te­ra? ¡Ellos de­be­rían aver­gon­zar­se de su in­fi­de­li­dad, y no no­so­tros de ser fie­les!

Por eso, hoy la Iglesia te dice: no te aver­güen­ces, pues, ni del tes­ti­mo­nio que has de dar de nues­tro Señor, ni de mí, su pri­sio­ne­ro; sino, al con­tra­rio, so­por­ta con­mi­go los su­fri­mien­tos por el Evangelio, ayu­da­do por la fuer­za de Dios (2 Timoteo 1, 8). Primero, por tu pro­pio bien, por­que no pue­des ser fe­liz sien­do ti­bio, sino lle­van­do en tu in­te­rior a Cristo has­ta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias. En se­gun­do lu­gar, por el bien de los de­más, que vi­ven sin es­pe­ran­za cre­yen­do que esta vida es la úni­ca y que tras mo­rir nada les es­pe­ra. En ter­cer lu­gar, por tu bien de nue­vo, por­que no vas a es­tar pre­pa­ra­do para per­se­cu­cio­nes ma­yo­res si no li­dias aho­ra con los pe­que­ños des­pre­cios. Y pue­de que, por no ha­ber apro­ve­cha­do la opor­tu­ni­dad de pre­pa­rar­te, clau­di­ques de la Fe. Y en cuar­to lu­gar, por sen­ti­do co­mún… ¿O que es­po­sa no ha­bla bien y con ale­gría de su es­po­so, en es­pe­cial cuan­do es tan bueno?

La Misión de la Iglesia A mu­cha gen­te le gus­ta­ría que la Iglesia se con­vir­tie­ra en una ONG y que de­ja­ra de de­cir Cristo esto, Dios aque­llo. A mu­cha gen­te le gus­ta­ría re­du­cir la Fe al ám­bi­to pri­va­do de cada uno, y que no se vie­ra ni una sola cruz en las ca­lles o edi­fi­cios. A mu­cha gen­te le gus­ta­ría que la Iglesia, sim­ple­men­te, de­ja­ra de ser la Iglesia. Y, por des­gra­cia, mu­chas ve­ces cuan­do nos lo han di­cho les he­mos dado la ra­zón. Menos mal que si so­mos in­fie­les, él per­ma­ne­ce fiel, pues no pue­de ne­gar­se a sí mis­mo (2 Timoteo 2, 13). Y de esta for­ma po­de­mos vol­ver a le­van­tar­nos. Porque la Fe no pue­de re­du­cir­se al ám­bi­to pri­va­do. ¿Que no les gus­ta? Nadie les obli­ga a es­cu­char o a mi­rar. Pero el ex­pre­sar la Fe li­bre­men­te per­te­ne­ce al de­re­cho bá­si­co de las li­ber­ta­des de ex­pre­sión y de re­li­gión. ¿O es que si pue­den exis­tir es­ló­ga­nes em­pre­sa­ria­les, pu­bli­ci­dad con­su­mis­ta, adoc­tri­na­mien­to ideo­ló­gi­co y de­más co­sas que ve­mos a dia­rio; pero no se pue­de ha­blar de Dios? ¡Claro que sí!

Las co­sas cla­ras: la mi­sión de la Iglesia no es ser una bue­na ONG que ayu­de a los po­bres. La mi­sión de la Iglesia es, como nos ha man­da­do el mis­mo Jesucristo, anun­ciar el Reino de Dios; ha­cien­do dis­cí­pu­los, bau­ti­zan­do a las per­so­nas que así lo deseen, y en­se­ñán­do­les a guar­dar todo lo que yo os he man­da­do. Y he aquí que yo es­toy con vo­so­tros to­dos los días has­ta el fin del mun­do (Mateo 28, 20). Y una de las co­sas que Dios nos ha man­da­do es dar li­mos­na con ca­ri­dad ha­cia los ne­ce­si­ta­dos. Por eso, la Iglesia no es una ONG, sino que su ac­ción ca­ri­ta­ti­va se des­pren­de de las en­se­ñan­zas de Jesús, y solo tie­nen sen­ti­do en ellas. Por eso… ¡Anunciemos a Cristo! Y si eso nos su­po­ne una per­se­cu­ción, aco­já­mo­nos pa­cien­te­men­te a la ora­ción te­nien­do cla­ro que Dios siem­pre está con no­so­tros, pues es cier­ta esta afir­ma­ción: Si he­mos muer­to con él, tam­bién vi­vi­re­mos con él (2 Timoteo 2, 11). Dios no nos aban­do­na­rá y, si que­re­mos, nos dará la vida eter­na, por­que… ¡Nos ama!

Práctica Anunciar el Evangelio debe ser uno de los ob­je­ti­vos prin­ci­pa­les de nues­tra vida, y debe ha­cer­se tan­to con obras como con pa­la­bras. En pri­mer lu­gar, con obras, para no es­can­da­li­zar con nues­tra ac­ti­tud a na­die; y en se­gun­do lu­gar, con pa­la­bras, para que apa­rez­ca que una fuer­za tan ex­tra­or­di­na­ria es de Dios y no de no­so­tros (2 Corintios 4, 7b). ¿Que no sa­bes como dar una ex­pe­rien­cia? No pasa nada, el pro­gra­ma “Cambio de Agujas” tie­ne mu­chos ejem­plos que te en­se­ña­rán cómo se hace: con la pro­pia vida.

Ver la mi­sión en las pla­zas

Ver tes­ti­mo­nios de Cambio de Agujas

¿Y tú? ¿Puedes de­cir cómo Dios ha ac­tua­do en tu vida? ¡Espero que si! Si no es el caso, pí­de­le a Dios que te de una ex­pe­rien­cia para po­der Evangelizar. Sin em­bar­go, re­cuer­da que las me­jo­res ex­pe­rien­cias vie­nen de la mano de los ma­yo­res su­fri­mien­tos, por­que Dios ac­túa en tu de­bi­li­dad. Pero bueno, para em­pe­zar a dar tes­ti­mo­nio te re­co­men­da­mos un par de pa­sos sen­ci­llos: lle­va vi­si­ble un col­gan­te con una cruz o algo que te iden­ti­fi­que como ca­tó­li­co, y no ten­gas mie­do de dar ex­pe­rien­cia de tu Fe. Si en algo ves que te de­jan sin ar­gu­men­tos, re­co­no­ce tu fal­ta de for­ma­ción en ese tema, y acu­de a la Iglesia en bus­ca de res­pues­tas, que se­gu­ro que las tie­ne, pues ha te­ni­do dos mil años para li­diar con mu­chas ideo­lo­gías. Y, por su­pues­to, toma par­te en las ini­cia­ti­vas de Evangelización de tu pa­rro­quia. En po­cas pa­la­bras: sé la lam­pa­ra que lle­va la luz de Cristo en me­dio de tu ge­ne­ra­ción.

Lleva siem­pre una cruz de for­ma vi­si­ble
Da va­lien­te tes­ti­mo­nio del amor de Dios
Participa en la mi­sión de tu pa­rro­quia

Por úl­ti­mo, hay que ha­cer una men­ción es­pe­cial a los mi­sio­ne­ros, como gran­des tes­ti­gos que son del amor de Dios en el mun­do, que han dado su vida en­te­ra por el Evangelio. Y… ¿Por qué no? Quizás Dios te in­vi­ta a ser mi­sio­ne­ro: Dios pue­de lla­mar­te a la mi­sión, como lo ha he­cho con mu­chí­si­mas per­so­nas. O lo que es lo mis­mo: a ser ins­tru­men­to del amor de Dios en todo el mun­do. Eso de­bes ver­lo tú, solo a sola con Él, y con el dis­cer­ni­mien­to de la Iglesia y sus pas­to­res. Pero sea como sea… ¡Anuncia que Dios te ha ama­do!