4.5 Conviértete to­dos los días

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Mira que es­toy a la puer­ta y lla­mo; si al­guno oye mi voz y me abre la puer­ta, en­tra­ré en su casa y ce­na­ré con él y él con­mi­go.
- Apocalipsis 3, 20

¿Qué es con­ver­tir­se? Convertirse es creer que Dios está aho­ra mis­mo desean­do en­trar en ti, para que ten­gas vida en abun­dan­cia. Convertirse es re­nun­ciar al pe­ca­do y al ma­ligno, que con sus se­duc­cio­nes bus­ca que re­nun­cies a Dios y a su amor. Convertirse es de­jar de vi­vir para ti mis­mo y em­pe­zar a vi­vir para Dios y los de­más. Convertirse es de­jar tu vida en ma­nos de Dios, como un niño la deja en bra­zos de su Padre. Convertirse es aban­do­nar el ca­mino de la muer­te, y re­co­rrer to­dos los días el ca­mino de la Vida. Convertirse es amar como Dios te ha ama­do… ¡Hasta el ex­tre­mo! Convertirse es, en de­fi­ni­ti­va, acep­tar el amor de Dios y per­mi­tir­le que ha­bi­te en ti y que haga so­bre ti su Voluntad, que es sin duda la me­jor. Porque tan­to amó Dios al mun­do que dio a su Hijo uni­gé­ni­to, para que todo el que crea en él no pe­rez­ca, sino que ten­ga vida eter­na (Juan 3, 16). ¡Alégrate, Dios te ama!

¿Quién es Dios para ti? Muchas ve­ces de­ci­mos mu­chas co­sas de Dios: que si es bueno, que si nos quie­re, que si hace mi­la­gros, etc. Sin em­bar­go, en oca­sio­nes, sue­na todo a teo­ría, a un co­no­ci­mien­to ex­terno de Dios. Por eso, es ne­ce­sa­rio res­pon­der a una pre­gun­ta fun­da­men­tal y prác­ti­ca: ¿Quién es Dios para ti? ¿Dónde lo has co­no­ci­do? De he­cho, esta pre­gun­ta vie­ne re­fle­ja­da en las Escrituras de boca del mis­mo Jesús. Díceles él: «Y vo­so­tros ¿quién de­cís que soy yo?» (Mateo 16, 15). Pedro le res­pon­dió a Jesús di­cien­do que Él era el Cristo, el Hijo de Dios. Y esta res­pues­ta no era algo teó­ri­co que Pedro hu­bie­se leí­do en al­gún si­tio, pues en aque­lla épo­ca la con­cep­ción del Mesías era muy di­fe­ren­te a lo que co­no­ce­mos aho­ra de Jesucristo, por­que Dios siem­pre sor­pren­de. El Mesías es­pe­ra­do era un Mesías po­lí­ti­co, que iba a li­be­rar a Israel de los Romanos y a ins­tau­rar un nue­vo es­ta­do de Israel. Y por su­pues­to, pen­sa­ban que se­ría un en­via­do de Dios, y no Dios mis­mo to­man­do con­di­ción hu­ma­na. Sin em­bar­go, y pese a to­das es­tas ideas pre­con­ce­bi­das del Mesías, Pedro, tras es­tar un tiem­po con Jesús y ver lo que ha­cía, lo re­co­no­ce como su Mesías y Salvador: uno muy di­fe­ren­te al que él es­pe­ra­ba. Y lo re­co­no­ce como Hijo de Dios. Así pues, la res­pues­ta de Pedro nace de su ex­pe­rien­cia y de su si­tua­ción per­so­nal in­ter­pre­ta­da por Dios. Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, por­que no te ha re­ve­la­do esto la car­ne ni la san­gre, sino mi Padre que está en los cie­los» (Mateo 16, 17).

Por eso, la for­ma co­rrec­ta de con­tes­tar a esta pre­gun­ta es con la pro­pia ex­pe­rien­cia. ¿Dónde he vis­to yo en mi vida a Cristo el Señor? ¿Es para ti Cristo el Mesías, tu úni­co Salvador, a quien acu­des en la ne­ce­si­dad, y le das gra­cias en todo mo­men­to? ¿Es para ti el Hijo de Dios? ¿Es Dios tu úni­co Dios, y no los ído­los? ¿A quien le pi­des tu se­gu­ri­dad, a Dios o al di­ne­ro? ¿Cuándo te ha ayu­da­do Dios? ¿Quién es Dios para ti? Conviene plan­tear­se muy se­ria­men­te la res­pues­ta a esta pre­gun­ta, y res­pon­der con la pro­pia vida. Porque qui­zás in­te­lec­tual­men­te lo te­ne­mos muy cla­ro, pero la teo­ría sin la prác­ti­ca no sir­ve de nada. No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, en­tra­rá en el Reino de los Cielos, sino el que haga la vo­lun­tad de mi Padre que está en los cie­los (Mateo 7, 21). Mira a quién eli­ges dia­ria­men­te, si a Dios o a otras co­sas. Mira a quién acu­des en bus­ca de ayu­da y en quién po­nes tu se­gu­ri­dad. Porque Dios es el úni­co que pue­de ser tu Dios y tu Salvador. ¡Sólo con Dios pue­des ir por el ca­mino de la Vida!

La ti­bie­za Hay oca­sio­nes en nues­tra vida en las que, pese a creer en Dios, vi­vi­mos como si no fue­ra así. Se pro­du­ce una di­vi­sión en­tre la Fe y la vida, y lle­va­mos una vida que en nada se di­fe­ren­cia de la que lle­van los de­más, re­du­cien­do la Fe úni­ca­men­te al ám­bi­to pri­va­do. Nos vol­ve­mos ti­bios. Y esto tie­ne con­se­cuen­cias de­vas­ta­do­ras para nues­tra Fe y nues­tra vida: Ahora bien, pues­to que eres ti­bio, y no frío ni ca­lien­te, voy a vo­mi­tar­te de mi boca (Apocalipsis 3, 16). La ti­bie­za es un ver­da­de­ro pe­li­gro, pues a quien se le dio mu­cho, se le re­cla­ma­rá mu­cho; y a quien se con­fió mu­cho, se le pe­di­rá más (Lucas 12, 48b). Y si vi­ves igual que los que no han co­no­ci­do a Dios… ¿De qué ha ser­vi­do todo lo que Dios te ha re­ga­la­do, y el he­cho de co­no­cer su Amor?

Sin em­bar­go, Dios ac­túa y se ma­ni­fies­ta en nues­tra vida dia­ria pro­po­nién­do­nos siem­pre un ca­mino di­fe­ren­te: el ca­mino de la vida. Y a ti y a mí nos dice hoy: ¡Decídete! ¿Qué quie­res ha­cer con tu vida? Mira que hay dos ca­mi­nos: uno que lle­va a la muer­te y otro que lle­va a la vida. ¡Elige el ca­mino que te pro­po­ne Dios! ¡Elige el ca­mino de la vida! Pongo hoy por tes­ti­gos con­tra vo­so­tros al cie­lo y a la tie­rra: te pon­go de­lan­te vida o muer­te, ben­di­ción o mal­di­ción. Escoge la vida, para que vi­vas, tú y tu des­cen­den­cia (Deuteronomio 30, 19). Dios te ama y, por lo tan­to, su ca­mino es sin duda la me­jor op­ción. ¡No seas ti­bio!

No pue­do, es­toy ocu­pa­do Tengo tan­tas co­sas que ha­cer… Ocuparme de los ni­ños, tra­ba­jar, asear­me, sa­lir un rato con los ami­gos, ver mi pro­gra­ma de te­le­vi­sión fa­vo­ri­to, ha­cer pa­pe­leo, via­jar a los si­tios, y un lar­go et­cé­te­ra. Cosas muy ne­ce­sa­rias por­que son nues­tras obli­ga­cio­nes y, lue­go, como es sa­bi­do, siem­pre es ne­ce­sa­rio des­co­nec­tar un poco de vez en cuan­do, por­que si no te sa­tu­ras. Yo a Dios le hago un rato para la misa del do­min­go y le rezo en al­gún mo­men­to así más re­la­ja­do que pue­da te­ner, que ya es mu­cho, por­que sin­ce­ra­men­te co­sas para ha­cer no me fal­tan… ¡La vida dia­ria es tan dura! ¿No? Pues Jesús cuen­ta una pa­rá­bo­la a este res­pec­to, di­cien­do que ha­bía un hom­bre rico que pre­pa­ró la boda de su hijo, in­vi­tan­do a sus ami­gos. ¡Una gran fies­ta! Pero to­dos a una em­pe­za­ron a ex­cu­sar­se. El pri­me­ro le dijo: ‘He com­pra­do un cam­po y ten­go que ir a ver­lo, te rue­go que me dis­pen­se­s’ (Lucas 14, 18). ¿Tus bie­nes, ne­go­cios, y po­se­sio­nes van an­tes que Dios? Y otro dijo: ‘He com­pra­do cin­co yun­tas de bue­yes y voy a pro­bar­las; te rue­go me dis­pen­se­s’ (Lucas 14, 19). ¿El tra­ba­jo en tu caso va an­tes que Dios? Otro dijo: ‘Me aca­bo de ca­sar, y por eso no pue­do ir’ (Lucas 14, 20). ¿Tus pre­fe­ren­cias y pla­nes an­tes que Dios?

Efectivamente, lo más im­por­tan­te debe ser siem­pre Dios y, al igual que ha­ces un hue­co en tu apre­ta­da agen­da para to­das esas co­sas, tam­bién pue­des ha­cér­se­lo a Dios. Pues todo tie­ne su mo­men­to, y cada cosa su tiem­po bajo el cie­lo (Eclesiastés 3, 1). Piénsalo bien… ¿De ver­dad no pue­des, o no te ape­te­ce y no quie­res? Así pues, no hay ex­cu­sas que val­gan, por­que si de ver­dad quie­res ha­cer algo, en­con­tra­rás la for­ma. Por eso Juan Pablo II de­cía: quien no lo prac­ti­que, no pue­de ex­cu­sar­se en la fal­ta de tiem­po: lo que le fal­ta es amor (San Juan Pablo II)[75]. ¿La so­lu­ción? ¡Déjate amar por Dios! Recupera el amor pri­me­ro por Dios que has per­di­do. Date cuen­ta de lo fun­da­men­tal que es Dios para ti, para tus se­res que­ri­dos, para tus re­la­cio­nes y para tu vida en­te­ra. Y lue­go, res­pon­de a ese amor in­fi­ni­to de Dios con amor… ¡Y ten­drás todo el tiem­po del mun­do!

¿Cómo con­ver­tir­se? La con­ver­sión no con­sis­te en un mo­ra­lis­mo ex­terno o tris­te que prohi­be todo lo que no tie­ne nada que ver con Dios. Dirá Jesús: No te pido que los re­ti­res del mun­do, sino que los guar­des del Maligno (Juan 17, 15). Vivimos en el mun­do y en con­vi­ven­cia dia­ria con todo tipo de per­so­nas. Se tra­ta de sa­ber ele­gir: de ele­gir a Dios. Así pues, en cada de­ci­sión que se te plan­tee en la vida y en cada si­tua­ción, pre­gún­ta­te: ¿Qué quie­re Dios de mí? ¿Cómo pue­do vi­vir esto se­gún la vo­lun­tad de Dios? ¿Dios que­rría que hi­cie­ra esto o no? Y ten siem­pre pre­sen­te: Os doy un man­da­mien­to nue­vo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he ama­do, así os améis tam­bién vo­so­tros los unos a los otros (Juan 13, 34). De esta for­ma, Dios hace po­si­ble, por ejem­plo, vi­vir con ple­ni­tud y ale­gría to­das las vir­tu­des cris­tia­nas. ¡Y vi­vir­las fe­liz­men­te! Por eso… ¡Ánimo! ¡Dios te ama! Es por ello que te ofre­ce una al­ter­na­ti­va, una for­ma de vi­vir la vida di­fe­ren­te, un nue­vo ca­mino. Un ca­mino que te lle­va has­ta Él y su amor. Un ca­mino que, aun­que a ve­ces pase por sen­das es­tre­chas y di­fi­cul­to­sas, no re­co­rres solo. ¡Él te acom­pa­ña en cada paso! Por eso, hoy se te in­vi­ta a que aban­do­nes tu ti­bie­za. ¡Decídete por Dios y vi­vi­rás! ¡Sólo tie­nes que de­cir con tu vida como dijo María: «He aquí la es­cla­va del Señor; há­ga­se en mí se­gún tu pa­la­bra» (Lucas 1, 38a)!

Práctica Dios nos lla­ma con­ti­nua­men­te a con­ver­sión a tra­vés de las Sagradas Escrituras y de los acon­te­ci­mien­tos de nues­tra pro­pia vida. Y no­so­tros es­ta­mos muy ne­ce­si­ta­dos de esta con­ver­sión, por­que no es ne­ce­sa­rio fir­mar como após­ta­ta para te­ner ale­ja­do el co­ra­zón de Dios: po­de­mos ha­cer­nos mu­chos ído­los y vi­vir como si Dios no exis­tie­ra, como le pasó al pue­blo de Israel un poco an­tes del Exilio. ¿Y cómo se sabe esto? Muy sen­ci­llo: sim­ple­men­te re­fle­xio­na si tu vida se di­fe­ren­cia en algo de la vida que lle­van los ateos que co­no­ces. ¿Ha co­no­ci­do al­guien a Cristo gra­cias a tu tes­ti­mo­nio? ¿No? Pues las si­guien­tes Palabras, de las que va­mos a ha­cer la Lectio Divina, van a ve­nir en nues­tra ayu­da lla­mán­do­nos a con­ver­sión:

Lectio Divina de Ezequiel 33, 10-20
Lectio Divina de Eclesiástico 21, 1-10
Lectio Divina de Jeremías 3, 14-18
Lectio Divina de Jeremías 4, 1-4
Lectio Divina de Isaías 55, 1-7
Lectio Divina de Marcos 1, 14-20
Lectio Divina de Hechos 22, 1-21