4.3 El Ayuno

¿No será éste el ayuno que yo eli­ja?: des­ha­cer los nu­dos de la mal­dad, sol­tar las co­yun­das del yugo, de­jar li­bres a los mal­tra­ta­dos, y arran­car todo yugo.
- Isaías 58, 6

Ayuno y Amor Reducir al ayuno a no co­mer car­ne los vier­nes, y no co­mer nada al­gu­nos días con­cre­tos como el vier­nes san­to, es una sim­pli­fi­ca­ción erra­da muy co­mún que im­pi­de con­tem­plar el ver­da­de­ro po­der de esta arma de la luz: en­gen­drar el amor al pró­ji­mo en no­so­tros. A este res­pec­to el pro­fe­ta Isaías le de­di­ca todo el ca­pí­tu­lo 58 de su li­bro, ya que el pue­blo de Israel, como tú y yo mu­chas ve­ces, no le veía sen­ti­do al ayuno, pues no pa­re­cía te­ner efec­to al­guno: - ¿Para qué ayu­na­mos, si no lo ves? ¿Para qué nos afli­gi­mos, si no te en­te­ras? - Mirad, cuan­do ayu­na­bais lo ha­cíais por in­te­rés, y a to­dos vues­tros obre­ros ex­plo­ta­bais (Isaías 58, 3). Y con­ti­núa ex­pli­can­do, cuál es el ayuno gra­to a Dios: ¿No será par­tir al ham­brien­to tu pan, y a los po­bres sin ho­gar re­ci­bir en casa? ¿Que cuan­do veas a un des­nu­do le cu­bras, y de tu se­me­jan­te no te apar­tes? (Isaías 58, 7).

Ayuno y Limosna Pero en­ton­ces… ¿De qué se tra­ta el ayuno? ¿Hay que ha­cer­lo jun­to con la li­mos­na? Sí, pero no úni­ca­men­te eso, pues Jesús dirá: ¡Ay de vo­so­tros, es­cri­bas y fa­ri­seos hi­pó­cri­tas, que pa­gáis el diez­mo de la men­ta, del aneto y del co­mino, y des­cui­dáis lo más im­por­tan­te de la Ley: la jus­ti­cia, la mi­se­ri­cor­dia y la fe! Esto es lo que ha­bía que prac­ti­car, aun­que sin des­cui­dar aque­llo (Mateo 23, 23). Es de­cir: el ayuno se tra­ta de mi­se­ri­cor­dia. El ayuno es un “salir de uno mis­mo”, y en este caso de una for­ma con­cre­ta: no co­mer. Y se hace para “salir ha­cia el otro” con ac­tos de mi­se­ri­cor­dia y ca­ri­dad, dán­do­le al otro lo que para ti mis­mo has pri­va­do. Por ejem­plo, si un día ha­ces ayuno vo­lun­ta­rio: pre­pa­ras una bue­na co­mi­da, e in­vi­tas a ami­gos ne­ce­si­ta­dos (todos co­no­ce­mos a al­guien que pasa al­gún tipo de ne­ce­si­dad) y, mien­tras ellos co­men, tu les sir­ves sin co­mer. Otro ejem­plo: en vez de irte de cena con los ami­gos, le das ese di­ne­ro a al­guien que lo ne­ce­si­ta (practicando la li­mos­na) y, ese día, acom­pa­ñas a tus ami­gos des­pués de ce­nar. Y por un día, vi­ves tú lo que por des­gra­cia es el pan dia­rio de mu­cha gen­te. De esta for­ma, te ha­ces mí­ni­ma­men­te par­ti­ci­pe de sus pro­ble­mas, y em­pie­za a na­cer en ti la ca­ri­dad y la mi­se­ri­cor­dia ha­cia el pró­ji­mo, es de­cir, ha­cia una per­so­na con­cre­ta con nom­bre y ape­lli­dos. Pues este es el men­sa­je que oís­teis des­de el prin­ci­pio: que nos ame­mos unos a otros (1 Juan 3, 11). El ayuno, al igual que la li­mos­na y la ora­ción, cla­ma pe­ni­ten­cial­men­te a Dios para que en­gen­dre su amor en ti.

Ayuno y Oración Cuando ayu­néis, no pon­gáis cara tris­te, como los hi­pó­cri­tas, que des­fi­gu­ran su ros­tro para que los hom­bres vean que ayu­nan; en ver­dad os digo que ya re­ci­ben su paga (Mateo 6, 16). El ayuno, como la li­mos­na, se nos in­vi­ta a ha­cer­las en se­cre­to para que no sea mo­ti­vo de enor­gu­lle­cer­nos, pues lo que bus­can es pre­ci­sa­men­te lo con­tra­rio: ha­cer pre­sen­te y real el amor al otro. Además, con el ayuno se nos in­vi­ta tam­bién a la ora­ción. Ya el ma­ligno in­vi­tó a Jesús en el de­sier­to a co­mer, más él res­pon­dió: «Está es­cri­to: No sólo de pan vive el hom­bre, sino de toda pa­la­bra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4). Además, el ayuno nos hace pre­sen­te la ne­ce­si­dad que te­ne­mos to­dos no­so­tros de Dios, ya que el ali­men­to del cuer­po es ne­ce­sa­rio, pero el ali­men­to de Dios es mu­cho más ne­ce­sa­rio aún. Si por un día de ayuno ya es­tás dé­bil… ¡Hazte una idea de lo que su­po­ne para tu es­pí­ri­tu un día sin Dios!

Ayuno y Obediencia La Iglesia tie­ne unas dis­po­si­cio­nes so­bre el ayuno, que obli­gan a to­dos los ca­tó­li­cos a ayu­nar una hora an­tes de co­mul­gar, el miér­co­les de Ceniza y el Viernes Santo (Canon 1251)[60], y a abs­te­ner­se de car­ne to­dos los vier­nes del año, sal­vo que me­die cau­sa jus­ti­fi­ca­ble. En tal caso pue­de sus­ti­tuir­se por vi­si­tar en­fer­mos o atri­bu­la­dos, ha­cer li­mos­na, leer las es­cri­tu­ras u otras prác­ti­cas de ca­ri­dad y pie­dad. Pero… ¿No se­ría me­jor ig­no­rar esto e ir a otras co­sas más im­por­tan­tes o que cues­ten más? Ciertamente pue­des y es bueno ha­cer otras co­sas, pero tam­bién obe­de­ce a esto, pues Dios se com­pla­ce en el hu­mil­de. Y no pien­ses que ad­qui­ri­rás la hu­mil­dad sin las prác­ti­cas que le son pro­pias: los ac­tos de man­se­dum­bre, de pa­cien­cia, de obe­dien­cia, de mor­ti­fi­ca­ción, de odio a ti mis­mo, de re­nun­cia a tu pro­pio jui­cio, a tus opi­nio­nes, de con­tri­ción por tus pe­ca­dos, y de tan­tos otros; por­que és­tas son las ar­mas que des­trui­rán en ti el reino del amor pro­pio, ese te­rreno des­pre­cia­ble de don­de bro­tan to­dos los vi­cios y don­de se ali­nean y cre­cen a pla­cer tu or­gu­llo y pre­sun­ción (León XIII)[90]. Así pues, obe­de­ce a la Iglesia, pues Dios se com­pla­ce mu­cho más en que le obe­dez­cas a Él que en mil sa­cri­fi­cios y mor­ti­fi­ca­cio­nes. De he­cho, des­pre­ciar los man­da­tos de Dios es un pe­ca­do gra­ve.

El ver­da­de­ro Ayuno En re­su­men, el ayuno no es sólo una mor­ti­fi­ca­ción, no es cuan­to más su­fres me­jor, no se li­mi­ta a la co­mi­da, ni se hace de co­sas in­sig­ni­fi­can­tes y úni­ca­men­te en días pun­tua­les: el ayuno es una for­ma de po­ner­se en el lu­gar del her­mano ne­ce­si­ta­do y avi­var así nues­tro amor a los de­más. Visto con este en­fo­que, se en­tien­den per­fec­ta­men­te las pa­la­bras del pro­fe­ta Isaías y de Jesús que re­pro­chan un ayuno va­cío que bus­ca la au­to­sa­tis­fac­ción de pen­sar “mira qué bueno soy: hoy ayuno”. No. El ayuno es la hu­mil­dad de “darle al otro lo que es para ti”, pri­ván­do­te vo­lun­ta­ria­men­te de ali­men­to (y de otras co­sas como tv, mó­vil, com­pras, fút­bol, etc) a la vez que ejer­ces la mi­se­ri­cor­dia con el her­mano ne­ce­si­ta­do. En de­fi­ni­ti­va, el ayuno es una pe­ni­ten­cia que en­gen­dra el amor per­di­do y, por lo tan­to, te acer­ca a Dios, que te ama y quie­re tu bien.

Gula y vo­ra­ci­dad Por úl­ti­mo, una ano­ta­ción so­bre la gula, que sue­le aso­ciar­se a co­mer y be­ber mu­cho, lo cual es cier­to, pero no es el úni­co caso: la gula pue­de ser tam­bién el co­mer siem­pre co­sas “exquisitas”, co­mer en­tre ho­ras o co­mer du­ran­te mu­cho tiem­po. Por su­pues­to, la ali­men­ta­ción es ne­ce­sa­ria, pero de­be­mos te­ner cla­ro que co­me­mos para vi­vir, y no vi­vi­mos para co­mer. Además, la gula fo­men­ta cual­quier ex­ce­so de otro tipo, pues al fi­nal es un “esto me gus­ta, pues lo cojo” sin lí­mi­te. Y no es bueno para no­so­tros vi­vir do­mi­na­dos por nues­tras pa­sio­nes. Así pues… ¿El ob­je­ti­vo del cris­tiano? Conseguir do­mi­nio de uno mis­mo: que no sea el cuer­po quien man­de de mí, sino yo de mi cuer­po. El do­mi­nio pro­pio es algo fun­da­men­tal para po­der ser ver­da­de­ra­men­te li­bres y no es­cla­vo de nues­tras pa­sio­nes; por ello, re­fre­na tu vo­ra­ci­dad, si tie­nes mu­cha ham­bre; no seas an­sio­so de sus ex­qui­si­te­ces, por­que es co­mi­da en­ga­ño­sa (Proverbios 23, 2-3). ¿Cómo ven­cer la gula? La gula del ex­ce­so, con el ayuno de co­mi­das com­ple­tas. La gula de la ex­qui­si­tez, con el ayuno de un tipo de ali­men­to con­cre­to, como el cho­co­la­te. Y para una vic­to­ria com­ple­ta… ¡Ambos! Mencionar, ade­más, que hay ca­sos don­de en este ám­bi­to pue­den lle­gar a dar­se tras­tor­nos gra­ves como la bu­li­mia y la anore­xia. En es­tos ca­sos, lo me­jor es rea­li­zar mu­cha ora­ción y acu­dir a un es­pe­cia­lis­ta ca­tó­li­co que nos ayu­de a su­perar el pro­ble­ma.

Práctica Para po­ner en prác­ti­ca el ayuno va­mos a ha­cer algo muy sen­ci­llo: ayu­nar. Por pre­cep­to de la Iglesia Católica debe ayu­nar­se* una hora an­tes de co­mul­gar, el miér­co­les de Ceniza y el Viernes Santo (Canon 1251)[60], y abs­te­ner­se de co­mer car­ne (y cal­do he­cho con car­ne) to­dos los vier­nes del año. La abs­ti­nen­cia pue­de ser sus­ti­tui­da, se­gún la li­bre vo­lun­tad de los fie­les, por cual­quie­ra de las si­guien­tes prác­ti­cas re­co­men­da­das por la Iglesia: lec­tu­ra de la Sagrada Escritura, li­mos­na (en la cuan­tía que cada uno es­ti­me en con­cien­cia), otras obras de ca­ri­dad (visita de en­fer­mos o atri­bu­la­dos), obras de pie­dad (participación en la Santa Misa, rezo del ro­sa­rio, etc.) y mor­ti­fi­ca­cio­nes cor­po­ra­les. Sin em­bar­go, en los vier­nes de cua­res­ma debe guar­dar­se la abs­ti­nen­cia de car­nes, sin que pue­da ser sus­ti­tui­da por nin­gu­na otra prác­ti­ca (Conferencia Episcopal Española)[28].

Sin em­bar­go es con­ve­nien­te ir un paso más allá si que­re­mos ex­pe­ri­men­tar las gra­cias que con­ce­de el ayuno de una for­ma más con­ti­nua. Por eso, pro­po­ne­mos, den­tro de los lí­mi­tes sa­lu­da­bles, ha­cer ayuno un vier­nes de cada mes del año, o lo que es lo mis­mo: doce ayu­nos al año ex­tra. Y si por cual­quier pro­ble­ma mé­di­co o de sa­lud de­bes co­mer, pue­des pe­dir­le la dis­pen­sa* a tu pá­rro­co y ha­cer en su lu­gar ayuno de tv, or­de­na­dor, com­pras, mó­vil, hobb­y’s, mú­si­ca, etc; mien­tras de­di­cas ese tiem­po a vi­si­tar en­fer­mos, atri­bu­la­dos, ha­cer li­mos­na, o leer las es­cri­tu­ras.

Cumplir las dis­po­si­cio­nes de la Iglesia
Ayunar un vier­nes de cada mes

Además, como siem­pre, to­das es­tas co­sas tie­nen una base muy fuer­te en las Escrituras, que son para no­so­tros Palabra de Dios. Por ello, con­vie­ne rea­li­zar la Lectio Divina de los pa­sa­jes más im­por­tan­tes que ha­blan so­bre el ver­da­de­ro ayuno agra­da­ble a Dios.

Lectio Divina de Isaías 58, 1-12
Lectio Divina de Mateo 4, 1-4
Lectio Divina de Mateo 6, 16-18

Glosario

… ayu­nar­se*
Ayuno Eclesiástico El ayuno que la Iglesia Católica man­da con­sis­te en rea­li­zar sólo una co­mi­da fuer­te al día, que pue­de acom­pa­ñar­se por dos más li­ge­ras (algo de fru­ta, pan o yo­gur). No se tra­ta, pues, de algo com­pli­ca­do, pues Dios no quie­re nues­tro su­fri­mien­to sino ca­pa­ci­tar­nos para el amor con una sana pe­ni­ten­cia.
… dis­pen­sa*
Dispensa Permiso que per­mi­te a una per­so­na, por su si­tua­ción per­so­nal, el in­cum­pli­mien­to de una ley ecle­siás­ti­ca. Los pá­rro­cos pue­den otor­gar dis­pen­sas en te­mas como ayu­nos par­ti­cu­la­res o vo­tos pri­va­dos a Dios. Los obis­pos y el Papa se re­ser­van la ca­pa­ci­dad de dis­pen­sar en otros te­mas me­nos co­mu­nes y de ma­yor im­por­tan­cia.