4.1 La Familia Cristiana

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Por eso deja el hom­bre a su pa­dre y a su ma­dre y se une a su mu­jer, y se ha­cen una sola car­ne.
- Génesis 2, 24

El amor hu­mano El amor cris­tiano bus­ca siem­pre el bien de la per­so­na ama­da, y re­cha­za usar­la para lo­grar fi­nes pro­pios (como el pla­cer, la se­gu­ri­dad afec­ti­va, o un re­me­dio a la so­le­dad), aun cuan­do es­tos fi­nes sean co­mu­nes y acep­ta­dos por am­bos. La per­so­na no pue­de ser nun­ca un me­dio para con­se­guir algo, sino que es siem­pre el fin mis­mo del amor. Por ello, el pla­cer, los afec­tos, e in­clu­so los sen­ti­mien­tos no son por sí mis­mos el amor sino que, sim­ple­men­te, dan una mo­ti­va­ción para su cons­truc­ción. Pero el amor pasa al fi­nal por la vo­lun­tad, que debe afir­mar el va­lor de la otra per­so­na por el sim­ple he­cho de ser quien es: hijo o hija de Dios. Fundamentar el amor en el pla­cer, los afec­tos o los sen­ti­mien­tos no es más que una de­for­ma­ción egoís­ta del amor, que bus­ca sen­tir (placer, afec­to o sen­ti­mien­tos) y que da lu­gar a que el “amor” se ter­mi­ne cuan­do, por al­gún mo­ti­vo, es­tas co­sas fa­llen. En este caso, la otra per­so­na no era un fin en sí mis­ma, sino que el fin era ese pla­cer, afec­to o sen­ti­mien­to que esa per­so­na (como mero me­dio) pro­vo­ca­ba en ti. Por lo tan­to, en ese caso no se pue­de ha­blar de amor, sino egoís­mo. Y el egoís­mo siem­pre tie­ne fe­cha de ca­du­ci­dad.

Esto no sig­ni­fi­ca que el pla­cer, los afec­tos y los sen­ti­mien­tos de­ban desechar­se; sino que de­ben in­te­grar­se como los me­dios que son para amar a la otra per­so­na. Así pues, lo fun­da­men­tal es, con el be­ne­plá­ci­to de Dios, po­ner cada día con nues­tra vo­lun­tad a la otra per­so­na como fin de nues­tro amor. De esta for­ma, si en al­gún mo­men­to el pla­cer, los afec­tos o los sen­ti­mien­tos fa­llan, es po­si­ble man­te­ner el amor y, con la ayu­da de Dios, in­ten­tar re­cu­pe­rar­los. Así pues, la atrac­ción en la que se fun­da el amor debe te­ner en cuen­ta por en­ci­ma de la be­lle­za fí­si­ca, aun­que sin des­pre­ciar­la, la in­te­rio­ri­dad de la otra per­so­na. Además, debe ba­sar­se en una amis­tad y un co­no­ci­mien­to mu­tuo pro­fun­do. De esta for­ma, el amor uni­fi­ca el pla­cer, los afec­tos y los sen­ti­mien­tos, a tra­vés de un acto li­bre de la vo­lun­tad, que es ple­na­men­te cons­cien­te de la de­ci­sión to­ma­da. Por eso, si no amas a la otra per­so­na para siem­pre no la es­tás aman­do ni si­quie­ra en este mo­men­to, ya que el ver­da­de­ro amor es fiel has­ta la muer­te, y no aca­ba nun­ca (1 Corintios 13, 8b). Por eso, si cuan­do los sen­ti­mien­tos o el pla­cer ter­mi­nan rom­po el ma­tri­mo­nio, no ama­ba a la otra per­so­na sino lo que ella me ha­cía sen­tir a mí: la es­ta­ba usan­do egoís­ta­men­te. Y re­co­no­cer­lo es un buen pri­mer paso para cam­biar­lo.

Lo mis­mo ocu­rre con la pro­crea­ción, que es la fun­ción ob­je­ti­va y na­tu­ral del acto con­yu­gal, y a tra­vés del cual ellos pue­den lle­gar a ser pa­dres. Desprovisto de la aper­tu­ra a la vida, el acto con­yu­gal se vuel­ve egoís­ta bus­can­do úni­ca­men­te el pla­cer. Sin em­bar­go, al acep­tar los po­si­bles hi­jos que Dios pue­da dar al ma­tri­mo­nio, se abre al amor: pa­sa­mos del egoís­mo a la en­tre­ga mu­tua abier­ta a un po­si­ble hijo. Por eso, y de­bi­do a la im­por­tan­cia que tie­ne esta aper­tu­ra a la vida, se hace ne­ce­sa­rio el tiem­po de no­viaz­go como un tiem­po de ma­du­ra­ción muy ne­ce­sa­rio para to­mar, en co­mu­nión con Dios, la se­ria de­ci­sión que su­po­ne el ma­tri­mo­nio. Y pre­ci­sa­men­te por ello, el no­viaz­go debe vi­vir­se en cas­ti­dad, para evi­tar caer en el uso egoís­ta de la otra per­so­na a la que aún no te has en­tre­ga­do por com­ple­to. En de­fi­ni­ti­va, el amor hu­mano pro­pues­to por el cris­tia­nis­mo es un amor su­pe­rior, a ima­gen del amor que Dios tie­ne con­ti­go, que no usa a la otra per­so­na para el bien pro­pio. Cosa, por cier­to, que tam­po­co hace en otros as­pec­tos de la vida ma­tri­mo­nial.

Noviazgo en cas­ti­dad Dios nos ha he­cho li­bres y, téc­ni­ca­men­te, po­de­mos ha­cer lo que que­ra­mos. Pero no todo nos con­vie­ne, por­que hay co­sas que nos ha­cen daño y nos es­cla­vi­zan. Ya lo dijo San Pablo: «Todo me es lí­ci­to»; mas no todo me con­vie­ne. «Todo me es lí­ci­to»; mas ¡no me de­ja­ré do­mi­nar por nada! (1 Corintios 6, 12). En las re­la­cio­nes en­tre un chi­co y una chi­ca, por ejem­plo, hay co­sas que des­tru­yen el amor y ha­cen que la re­la­ción se rom­pa: la por­no­gra­fía, el adul­te­rio, el sexo, las re­la­cio­nes ín­ti­mas en el no­viaz­go, el egoís­mo, la su­per­fi­cia­li­dad, etc. Y si real­men­te quie­res amar de ver­dad a tu pa­re­ja, con la ayu­da de Dios, las evi­ta­rás, pues, si vi­vís se­gún la car­ne mo­ri­réis. Pero si con el Espíritu ha­céis mo­rir las obras del cuer­po, vi­vi­réis (Romanos 8, 13).

Dios tie­ne mi­se­ri­cor­dia de to­dos los hom­bres, y pue­de cam­biar tu vida y re­ge­ne­rar­te aun­que seas el ma­yor pe­ca­dor del mun­do. Nunca es de­ma­sia­do tar­de para vi­vir en el amor, el amor que es pa­cien­te, el amor que pone al otro por de­lan­te de uno mis­mo, el amor que no ter­mi­na nun­ca, el amor de Dios: la ca­ri­dad. Y la ca­ri­dad es pa­cien­te, es ama­ble; la ca­ri­dad no es en­vi­dio­sa, no es jac­tan­cio­sa, no se en­gríe; es de­co­ro­sa; no bus­ca su in­te­rés; no se irri­ta; no toma en cuen­ta el mal; no se ale­gra de la in­jus­ti­cia; se ale­gra con la ver­dad. Todo lo ex­cu­sa. Todo lo cree. Todo lo es­pe­ra. Todo lo so­por­ta (1 Corintios 13, 4-7). Este amor te lo re­ga­la Dios, que te ama así, para que tú tam­bién pue­das amar de esta for­ma, vi­vien­do en cas­ti­dad has­ta el ma­tri­mo­nio. Pero, con­cre­ta­men­te… ¿Cómo se vive así? Absteniéndose de los ac­tos que bus­quen ge­ne­rar pla­cer o de­seo; y li­mi­tan­do los be­sos, ca­ri­cias y abra­zos a aque­llos que sólo ex­pre­san afec­to, ca­ri­ño o ter­nu­ra. ¡Verás como vi­ves un no­viaz­go me­jor ba­sán­do­lo en la con­fian­za y el afec­to!

La fa­mi­lia cris­tia­na El ma­tri­mo­nio cris­tiano es cosa de tres: el hom­bre, la mu­jer y Dios. Por eso, se fun­da­men­ta en el amor del cual Dios es fuen­te inago­ta­ble. Además, se man­tie­ne en fi­de­li­dad: De ma­ne­ra que ya no son dos, sino una sola car­ne. Pues bien, lo que Dios unió no lo se­pa­re el hom­bre (Mateo 19, 6b). Y se abre a la fe­cun­di­dad, sa­bien­do que el plan de Dios es me­jor que to­dos los que tú pue­das ha­cer. Por eso, las fa­mi­lias cris­tia­nas son in­vi­ta­das a abrir­se a la vida de for­ma res­pon­sa­ble y ge­ne­ro­sa, como una gra­cia na­ci­da del amor de Dios que vi­ven. Y Dios, que es fiel, las man­tie­ne y las ben­di­ce. La vida dia­ria de una fa­mi­lia cris­tia­na, como de cual­quier otra fa­mi­lia, no es siem­pre sen­ci­lla; pero si Dios está en me­dio, va su­plien­do las ne­ce­si­da­des que tie­ne, por­que Dios pro­vee. Y de ello son tes­ti­gos mu­chas fa­mi­lias que de­ci­den vi­vir se­gún su Fe: en amor, en­tre­ga to­tal, co­mu­nión, fi­de­li­dad y fe­cun­di­dad. Familias que, apa­ren­te­men­te, son de lo más nor­ma­les: pa­dres que tra­ba­jan o que es­tán en el paro, hi­jos que es­tu­dian y cre­cen, etc; pero que vi­ven de una for­ma di­fe­ren­te al res­to de fa­mi­lias, por­que ellas es­tán con Dios.

Fidelidad y Amor La de­va­lua­ción del amor está muy pre­sen­te en la ac­tua­li­dad. Decimos y ha­ce­mos co­sas que de­mues­tran más bien un anti-amor: vi­gi­lar el mó­vil de la otra per­so­na, en­fa­dar­nos mu­cho por di­fe­ren­cias de opi­nión o ta­reas del ho­gar, o de­cir bu­rra­das como “yo quie­ro a mi mu­jer mu­cho pero si me en­ga­ña la mato”. Eso no es amor. Dirá San Pablo: Maridos, amad a vues­tras mu­je­res como Cristo amó a la Iglesia y se en­tre­gó a sí mis­mo por ella (Efesios 5, 25). ¿Y cómo amó Cristo a la Iglesia? Hasta en­tre­gar su pro­pia vida por ella, res­pe­tan­do su li­ber­tad in­clu­so cuan­do fue aban­do­na­do en la cruz. Amando cuan­do no se lo me­re­cían, por­que lo ha­bían ne­ga­do y re­cha­za­do. ¡Qué meta más alta! Así pues, para al­can­zar tal amor con­vie­ne que em­pe­ce­mos por pe­que­ñas co­sas prác­ti­cas, con­cre­tas y sen­ci­llas, sin ol­vi­dar que este es nues­tro ob­je­ti­vo.

De igual ma­ne­ra vo­so­tros, ma­ri­dos, en la vida co­mún sed com­pren­si­vos con la mu­jer (1 Pedro 3, 7a). Así pues, se nos in­vi­ta a amar a nues­tra mu­jer em­plean­do de dul­zu­ra, com­pren­sión, ama­bi­li­dad y ser­vi­cia­li­dad; evi­tan­do gri­tos, ata­ques ver­ba­les, iras y co­sas si­mi­la­res. Pero eso no es todo, de­mos un paso más con algo muy im­por­tan­te: No te de­jes se­du­cir por otras mu­je­res, pues… ¿Por qué apa­sio­nar­te, hijo mío, de una ex­tra­ña y caer en bra­zos de una des­co­no­ci­da? A la pos­tre lo la­men­ta­rás, cuan­do tu cuer­po y tu car­ne se con­su­man (Proverbios 5, 20.11). Tú, más bien, fí­ja­te úni­ca­men­te en tu mu­jer, enamó­ra­te de ella cada día más con pe­que­ños ges­tos, sea tu fuen­te ben­di­ta, dis­fru­ta con la es­po­sa de tu ju­ven­tud (Proverbios 5, 18). ¿Y la mu­jer? Exactamente igual, to­man­do a su es­po­so como ca­be­za de fa­mi­lia y en­tre­gán­do­se a él como él se le en­tre­ga a ella. En de­fi­ni­ti­va, te­ned to­dos en gran res­pe­to el ma­tri­mo­nio, y el le­cho con­yu­gal sea sin man­cha; que a los for­ni­ca­rios y adúl­te­ros los juz­ga­rá Dios (Hebreos 13, 4). Porque el ma­tri­mo­nio uni­do por Dios no se se­pa­ra has­ta la muer­te.

Finalmente, para lle­var el amor al ex­tre­mo y para que su­pere to­das las di­fi­cul­ta­des, hace fal­ta una cosa más: a Dios. Busca a Dios y co­no­ce su amor. Y una vez co­noz­cas cómo te ha ama­do Él y cómo te si­gue aman­do to­dos los días, de ti na­ce­rá el ver­da­de­ro amor. No ol­vi­des nun­ca que no­so­tros ama­mos, por­que Él nos amó pri­me­ro (1 Juan 4, 19), y úni­ca­men­te con el amor de Dios un ma­tri­mo­nio pue­de so­bre­vi­vir a las prue­bas más di­fí­ci­les. Sólo una mu­jer y un ma­ri­do que cuen­ten con Dios pue­den vi­vir un ma­tri­mo­nio cris­tiano, ba­sa­do en un amor au­ten­ti­co ca­paz de per­do­nar­lo y amar­lo todo. Y lo pue­den ha­cer por­que Dios está con ellos. ¡Ellos mis­mos han sido pri­me­ro ama­dos por Dios!

Paternidad Responsable La pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble es la ex­cu­sa de mu­chos cris­tia­nos para no te­ner hi­jos. Pero… ¿Eso es lo que nos en­se­ña la Iglesia? No. De he­cho, la Iglesia, si­guien­do las en­se­ñan­zas de Cristo, pro­po­ne la aper­tu­ra a la vida de todo acto con­yu­gal. Por eso, es im­por­tan­te com­pren­der qué es la pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble se­gún la Iglesia, y cuál es la vi­sión de la Iglesia so­bre ella, para po­der lle­var un ma­tri­mo­nio cris­tiano y fun­da­men­ta­do en la Fe, las en­se­ñan­zas de Jesús y el Magisterio. Para ello, va­mos a acu­dir a la en­cí­cli­ca “Humanae Vitae” de Pablo VI que dice que a la pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble hay que con­si­de­rar­la bajo di­ver­sos as­pec­tos le­gí­ti­mos y re­la­cio­na­dos en­tre sí (Humanae Vitae)[89]. Aspectos que va­mos a ex­pli­car a con­ti­nua­ción.

El pri­mer as­pec­to de la pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble está en re­la­ción con las ten­den­cias del ins­tin­to y de las pa­sio­nes, la pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble com­por­ta el do­mi­nio ne­ce­sa­rio que so­bre aque­llas han de ejer­cer la ra­zón y la vo­lun­tad (Humanae Vitae)[89]. Es de­cir, el ma­tri­mo­nio debe ejer­cer la pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble no ca­yen­do en una es­cla­vi­tud a la lu­ju­ria, pa­san­do de amar al cón­yu­gue a sim­ple­men­te pa­sar “un buen rato” con él. ¿Y cuá­les son los sín­to­mas de que está pa­san­do algo así? Riñas por las re­la­cio­nes, “dolores de ca­be­za”, chan­ta­jes afec­ti­vos, el uso de mé­to­dos an­ti­con­cep­ti­vos no na­tu­ra­les y el evi­tar sin mo­ti­vo gra­ve los hi­jos. Por cier­to, un gran nú­me­ro de es­tu­dios que pue­den en­con­trar­se fá­cil­men­te coin­ci­den en una tasa de éxi­to muy alta en el mé­to­do “sintotérmico” de re­gu­la­ción de la na­ta­li­dad, y que es lí­ci­to si se em­plea rec­ta­men­te. Este mé­to­do re­quie­re do­mi­nio de sí, pues se basa en de­tec­tar y abs­te­ner­se de sexo en los días fér­ti­les para evi­tar el em­ba­ra­zo. Y cla­ro, como sub­ra­ya la Humanae Vitae, si so­mos es­cla­vos de nues­tras pa­sio­nes sim­ple­men­te no po­de­mos man­te­ner esa cas­ti­dad. Sin em­bar­go, re­cuer­da que siem­pre es po­si­ble cam­biar, aco­ger­se al per­dón de Dios y vol­ver a vi­vir en li­ber­tad y cas­ti­dad. Pues Yahvé es cle­men­te y com­pa­si­vo, len­to a la có­le­ra y lleno de amor (Salmo 103, 8).

El se­gun­do as­pec­to de la pa­ter­ni­dad res­pon­sa­ble es que en la mi­sión de trans­mi­tir la vida, los es­po­sos no que­dan, por tan­to, li­bres para pro­ce­der ar­bi­tra­ria­men­te, como si ellos pu­die­sen de­ter­mi­nar de ma­ne­ra com­ple­ta­men­te au­tó­no­ma los ca­mi­nos lí­ci­tos a se­guir (Humanae Vitae)[89]. Es de­cir, un ma­tri­mo­nio cris­tiano no pue­de de­cir «no nos ape­te­ce te­ner más hi­jos por­que [pon aquí la ex­cu­sa que quie­ras]». ¿Qué es lo que de­ben ha­cer? Determinarlo en co­mu­nión con Dios y las en­se­ñan­zas de la Iglesia, que di­cen, que si para es­pa­ciar los na­ci­mien­tos exis­ten se­rios mo­ti­vos, de­ri­va­dos de las con­di­cio­nes fí­si­cas o psi­co­ló­gi­cas de los cón­yu­ges, o de cir­cuns­tan­cias ex­te­rio­res, la Iglesia en­se­ña que en­ton­ces es lí­ci­to te­ner en cuen­ta los rit­mos na­tu­ra­les […] y así re­gu­lar la na­ta­li­dad (Humanae Vitae)[89]. Queda, pues, bas­tan­te cla­ro que las ex­cu­sas tí­pi­cas de “yo ten­go la pa­re­ja y pun­to” o “no pue­do man­te­ner otro hijo pero mira que co­che nue­vo me he com­pra­do”, en­tre otras, no en­tran den­tro de los mo­ti­vos se­rios. Y mien­tras no exis­tan mo­ti­vos se­rios, siem­pre hay que es­tar dis­pues­to a re­ci­bir y amar a otro hijo. Lo con­tra­rio aca­ba por ir en con­tra del pro­pio ma­tri­mo­nio, pues cri­mi­nal li­cen­cia ésta, que al­gu­nos se arro­gan tan sólo por­que, abo­rre­cien­do la pro­le, no pre­ten­den sino sa­tis­fa­cer su vo­lup­tuo­si­dad (Casti Connubii)[97]. La Iglesia in­vi­ta a no pla­ni­fi­car la fa­mi­lia, sino a acep­tar amo­ro­sa­men­te el plan de Dios, que bus­ca lo me­jor para los es­po­sos, pues la he­ren­cia de Yahvé son los hi­jos, su re­com­pen­sa el fru­to del vien­tre (Salmo 127, 3). Así pues, cada ma­tri­mo­nio, en dis­cer­ni­mien­to con Dios, que vea si vive se­gún la doc­tri­na de la Iglesia.

Transmisión de la Fe Educar en los hi­jos es mu­cho más que en­se­ñar­les cua­tro nor­mas cí­vi­cas bá­si­cas: es edu­car en la Voluntad de Dios. Para ello son ne­ce­sa­rias dos co­sas: diá­lo­go y au­to­ri­dad. Diálogo, por­que es ne­ce­sa­rio que exis­ta una re­la­ción de con­fian­za, y au­to­ri­dad por­que es una re­la­ción de pa­dres e hi­jos, no de ami­gos o co­le­gas como está de moda úl­ti­ma­men­te. Por eso, si hay que re­pren­der, co­rre­gir y cas­ti­gar, se debe ha­cer. Por otro lado, y aun­que to­dos que­re­mos lo me­jor para nues­tros hi­jos, no es bueno dar­le todo lo que quie­ren, por­que apren­de­rán que ellos tie­nen de­re­cho a todo y, si en el fu­tu­ro no pue­den te­ner algo, de­lin­qui­rán. El lado opues­to es igual de in­con­ve­nien­te, pues sa­tu­rar de ex­ce­si­vas re­glas y nor­mas a los hi­jos los hará re­bel­des, como ya avi­só San Pablo: Padres, no exas­pe­réis a vues­tros hi­jos, sino for­mad­los más bien me­dian­te la ins­truc­ción y la ex­hor­ta­ción se­gún el Señor (Efesios 6, 4). La for­ma idó­nea, que de­pen­de de cada hijo, lo en­con­tra­rán los pa­dres con la ines­ti­ma­ble ayu­da de Dios. Por eso, cada ma­tri­mo­nio debe dis­cer­nir la for­ma apro­pia­da de edu­car a sus hi­jos en la Fe, se­gún Dios les ins­pi­re; pues la fa­mi­lia tie­ne el de­ber de edu­car y trans­mi­tir la Fe.

La edu­ca­ción cris­tia­na pasa por ins­truir con la pa­la­bra y el ejem­plo en las co­sas im­por­tan­tes, como las que le dijo Tobit a su hijo: No ha­gas a na­die lo que no quie­ras que te ha­gan. No be­bas vino has­ta em­bo­rra­char­te y no ha­gas de la em­bria­guez tu com­pa­ñe­ra de ca­mino. Da de tu pan al ham­brien­to y de tus ves­ti­dos al des­nu­do. Haz li­mos­na de todo cuan­to te so­bra; y no re­cuer­des las ren­ci­llas cuan­do ha­gas li­mos­na. Busca el con­se­jo de los pru­den­tes y no des­pre­cies nin­gún avi­so sa­lu­da­ble (Tobías 4, 15-16.18). Una edu­ca­ción cris­tia­na pre­vie­ne so­bre el ma­ligno, hace a nues­tros hi­jos co­no­cer el amor de Dios, y en­se­ña a su­frir. Sí, en­se­ña a su­frir. No lo evi­ta o, al me­nos, no de for­ma des­pro­por­cio­na­da, si­guien­do el ejem­plo del hijo pró­di­go (Lucas 15, 11-32). Porque al­gún día no po­drás pro­te­ger más a tus hi­jos del su­fri­mien­to y, si no han apren­di­do a su­frir, es po­si­ble que de­ses­pe­ren y aban­do­nen la Fe.

Pero so­bre to­dos esos va­lo­res, edu­car en la Fe es mos­trar el amor de Dios, que es Cristo, fun­da­men­to de to­dos los va­lo­res y, sin el cual, tar­de o tem­prano es­tos se des­mo­ro­nan. Pues Dios mis­mo dijo: Escucha, Israel: Yahvé nues­tro Dios es el úni­co Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma y con to­das tus fuer­zas. Queden en tu co­ra­zón es­tas pa­la­bras que yo te dic­to hoy. Se las re­pe­ti­rás a tus hi­jos, les ha­bla­rás de ellas tan­to si es­tás en casa como si vas de via­je, así acos­ta­do como le­van­ta­do (Deuteronomio 6, 4-7). Y Dios mis­mo en­vió a Cristo, como per­fec­ción de su amor por el hom­bre, que nos sal­va y nos re­di­me. ¡Anuncia esto a tus hi­jos con pa­la­bras y obras! Corrige, re­pren­de y guía a tus hi­jos como Dios lo ha he­cho con­ti­go: con fir­me­za, pero con mi­se­ri­cor­dia. Y… ¡Ámalos como Dios te ha ama­do a ti!

Pudor Por úl­ti­mo, es ne­ce­sa­rio rea­li­zar una bre­ve men­ción so­bre la con­ve­nien­cia de man­te­ner en la fa­mi­lia y en nues­tras re­la­cio­nes un sano pu­dor. No se tra­ta ni de ob­se­sio­nar­se con el pu­dor ni de no dar­le nin­gu­na im­por­tan­cia. Lo ideal es sim­ple­men­te edu­car con el ejem­plo y con na­tu­ra­li­dad, sin exas­pe­rar a los hi­jos. Cosas tan sim­ples como se­pa­rar a los hi­jos, las hi­jas y los pa­dres en cuar­tos se­pa­ra­dos para dor­mir; res­pe­tar la in­ti­mi­dad a la hora de ir al baño a par­tir de una cier­ta edad, ves­tir con un poco de re­ca­to pero res­pe­tan­do la per­so­na­li­dad y evi­tar los co­men­ta­rios o bro­mas obs­ce­nas son un buen co­mien­zo para en­se­ñar a los hi­jos el ver­da­de­ro va­lor de su cuer­po como tem­plo del Espíritu.

Práctica Como nú­cleo de la Iglesia y de la so­cie­dad, la fa­mi­lia es un pi­lar fun­da­men­tal y debe ser vi­vi­da como Dios nos en­se­ña, pese a las di­fi­cul­ta­des que pue­dan sur­gir. A su tiem­po ve­re­mos los fru­tos y las ben­di­cio­nes que de ella na­cen. Además, es im­por­tan­te nu­trir­se de las ex­pe­rien­cias de otras fa­mi­lias y del Magisterio de la Iglesia por­que cuan­to más se­pa­mos me­nos por sor­pre­sa nos co­ge­rán los im­pre­vis­tos. Por ello, va­mos a pro­fun­di­zar un poco más en al­gu­nos de es­tos te­mas.

Ver una char­la so­bre el no­viaz­go cas­to

Ver ex­pe­rien­cia de Judit Hernández

Ver el cor­to ”Placer” de Lucía Garijo

Leer la en­cí­cli­ca ”Humanae Vitae”

Recordemos siem­pre que una fa­mi­lia no va a nin­gún si­tio sin Dios, que es el pe­ga­men­to que lo une todo. Por tan­to, si te­ne­mos una fa­mi­lia o si es­ta­mos en una re­la­ción para for­mar una, con­vie­ne sen­tar unas ba­ses só­li­das y po­ner en co­mún nues­tros pun­tos de vis­ta y nues­tra Fe, para po­der vi­vir el ma­tri­mo­nio san­ta­men­te y para toda la vida.