4.2 La Oración

Pedís y no re­ci­bís por­que pe­dís mal, con la in­ten­ción de mal­gas­tar­lo en vues­tros de­seos de pla­ce­res.
- Santiago 4, 3

Cómo de­be­mos Orar Muchas ve­ces re­za­mos y no ob­te­ne­mos nada, aun­que Jesús ha­bía di­cho pe­did y se os dará; bus­cad y ha­lla­réis; lla­mad y se os abri­rá (Mateo 7, 7), y el mo­ti­vo es cla­ro: no sa­be­mos re­zar. La ora­ción es un arma po­ten­tí­si­ma, que ale­ja al ma­ligno y ocu­pa nues­tra men­te con Dios me­dian­te un dia­lo­go cons­tan­te con Él. Pero… ¿Cómo de­be­mos re­zar? Pues bien, Jesús mis­mo nos lo ex­pli­ca cla­ra­men­te:

  1. Desde lo pro­fun­do de nues­tro co­ra­zón, gri­tan­do con todo nues­tro ser, como hace con el cie­go de Jericó (Lc 18, 35-43).
  2. Con la hu­mil­dad de re­co­no­cer­se dé­bi­les y pe­ca­do­res, ex­pli­ca­do en la pa­rá­bo­la del fa­ri­seo y el pu­bli­cano (Lc 18, 9-14).
  3. Con per­se­ve­ran­cia, in­sis­tien­do con­ti­nua­men­te en la ora­ción, como en la pa­rá­bo­la del juez inicuo y la viu­da im­por­tu­na (Lc 18, 1-8).
  4. En se­cre­to y sin alar­dear, como nos lo dice di­rec­ta­men­te Jesús: la ora­ción en se­cre­to (Mateo 6, 5-6).
  5. Insistentemente, in­clu­so en me­dio de la no­che, como el ami­go inopor­tuno (Lucas 11, 5-8).
  6. Con Fe, por­que lo que Dios dice se cum­ple, al igual que Pedro pudo, cuan­do Cristo se lo dijo, ca­mi­nar so­bre las aguas (Mateo 14, 22-33).
  7. En la Voluntad de Dios, desean­do ante todo que se haga lo que Dios quie­ra, como Jesús en Getsemaní (Mateo 26, 36-46).

Además, con­vie­ne acom­pa­ñar siem­pre la ora­ción de la es­cu­cha de la Palabra de Dios, don­de Dios res­pon­de a nues­tras ple­ga­rias con su Palabra. Y cuan­do os pon­gáis de pie para orar, per­do­nad, si te­néis algo con­tra al­guno, para que tam­bién vues­tro Padre, que está en los cie­los, os per­do­ne vues­tras ofen­sas (Marcos 11, 25).

La ora­ción con­ti­nua La ora­ción del cris­tiano ha de ser con­ti­nua por­que Dios quie­re ha­bi­tar en no­so­tros, ha­blar con no­so­tros y es­tar con no­so­tros, como dos es­po­sos quie­ren es­tar jun­tos en todo mo­men­to. Y la me­jor for­ma que te­ne­mos de ha­cer­lo es a tra­vés de la ora­ción. Por eso, en todo mo­men­to, en­ce­rran­do tu men­te en el co­ra­zón y man­te­nien­do la aten­ción en Él, con­vie­ne orar a tu Padre, que está allí, en lo se­cre­to; y tu Padre, que ve en lo se­cre­to, te re­com­pen­sa­rá (Mateo 6, 6b). Pero en me­dio de nues­tra aje­trea­da vida… ¿Es esto real­men­te po­si­ble?

San Ignacio de Loyola de­cía que siem­pre y a cual­quier hora que que­ría en­con­trar a Dios, lo en­con­tra­ba (San Ignacio de Loyola)[63], y lo ha­cía en la ora­ción in­te­rior del co­ra­zón. Y al igual que él, mu­chos otros Santos co­no­ci­dos y otros mi­les de Santos de los que no te­ne­mos no­ti­cia al­gu­na vi­vían su vida dia­ria con la ale­gría de la es­pe­ran­za; cons­tan­tes en la tri­bu­la­ción; per­se­ve­ran­tes en la ora­ción (Romanos 12, 12). ¡Y tú tam­bién pue­des! La ora­ción con­ti­nua es una gra­cia de Dios, es de­cir, es algo que no pue­des al­can­zar con tus es­fuer­zos, sino que la re­ga­la Dios. Pero lo que sí po­de­mos ha­cer es gri­tar­le a Dios que nos la con­ce­da, y or­de­nar nues­tra vida para re­ci­bir­la si­guien­do las re­co­men­da­cio­nes que San Pablo nos dejó es­cri­tas: Estad siem­pre ale­gres. Orad cons­tan­te­men­te. En todo dad gra­cias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quie­re de vo­so­tros. No ex­tin­gáis al Espíritu; no des­pre­ciéis las pro­fe­cías; exa­mi­nad­lo todo y que­daos con lo bueno. Absteneos de todo gé­ne­ro de mal (1 Tesalonicenses 5, 16-22).

No es lo mis­mo orar cons­tan­te­men­te que vi­vir en ora­ción con­ti­nua. Lo pri­me­ro es algo que se pue­de ha­cer, por ejem­plo, em­plean­do la ora­ción de Jesús que dice: Jesús, Hijo de David, ten com­pa­sión de mí, que soy pe­ca­dor! ¡Hazme jus­ti­cia con­tra mi ad­ver­sa­rio! (Lucas 18, 38.13b.3b). Repetir con la men­te y la aten­ción re­co­gi­das en el co­ra­zón con­ti­nua­men­te esta ora­ción pre­pa­ra el ca­mino para re­ci­bir la ora­ción con­ti­nua de Dios, en la que ten­dre­mos siem­pre a Dios pre­sen­te en cada acto de nues­tra vida, pues en él vi­vi­mos, nos mo­ve­mos y exis­ti­mos (Hechos 17, 28a). Por eso, con­vie­ne que ore­mos cons­tan­te­men­te, pues… ¿Qué hay me­jor que ha­blar con Aquel que tan­to nos ha ama­do? No ol­vi­des, pues, que no es nada di­fi­cul­to­so este ejer­ci­cio, por­que se pue­de en­tre­la­zar en to­dos nues­tros ne­go­cios y ocu­pa­cio­nes, sin que por eso se es­tor­ben (San Francisco de Sales)[98].

El Padre Nuestro Sin em­bar­go, y pese a todo, pue­de ser di­fí­cil re­zar en oca­sio­nes de di­fi­cul­tad u os­cu­ri­dad. Por ello, Dios nos lo deja más sen­ci­llo aún, y nos re­ga­la el Padre Nuestro (Mateo 6, 9-13; Lucas 11, 2-4). Esta es la ora­ción per­fec­ta di­ri­gi­da al Padre, que nos ama, y en la cual está la for­ma per­fec­ta de orar cris­tia­na. Vosotros, pues, orad así:

  1. Padre nues­tro que es­tás en los cie­los, san­ti­fi­ca­do sea tu Nombre; ven­ga tu Reino; há­ga­se tu Voluntad así en la tie­rra como en el cie­lo. Nuestro pan co­ti­diano dá­nos­le hoy; y per­dó­na­nos nues­tras deu­das, así como no­so­tros he­mos per­do­na­do a nues­tros deu­do­res; y no nos de­jes caer en ten­ta­ción, mas lí­bra­nos del mal (Mateo 6, 9-13).

En pri­mer lu­gar lla­ma a Dios Padre, pues así es como Él ha que­ri­do que le co­noz­ca­mos, y de esa for­ma quie­re que nos fie­mos de Él. Porque como un pa­dre bus­ca el bien de sus hi­jos y no les con­ce­de nada que pu­die­ra da­ñar­los se­ria­men­te, así mis­mo bus­ca Dios nues­tro bien en toda oca­sión. A con­ti­nua­ción, una lla­ma­da a la hu­mil­dad: san­to sea Dios. No no­so­tros: Dios. Venga tu Reino, pues un cris­tiano desea eso más que mu­chas otras co­sas: el Reino de Dios, de amor y fe­li­ci­dad. Un Reino que Dios nos ha pro­me­ti­do, y que po­de­mos ob­te­ner ya en esta vida pese a to­dos los pro­ble­mas que ten­ga­mos.

Como ha­bía­mos co­men­ta­do an­tes, que se haga lo que Dios quie­ra, pues Él sabe me­jor que no­so­tros lo que nos con­vie­ne. Y nues­tras pe­ti­cio­nes pue­den an­dar erra­das por muy rec­tas que nos pue­dan pa­re­cer. Así pues, lo me­jor es que sea Dios quien de­ci­da al fi­nal. A con­ti­nua­ción, le pe­di­mos lo que ne­ce­si­ta­mos para vi­vir hoy: hoy, y no ma­ña­na, pues la ora­ción es con­ti­nua, y ya ma­ña­na le pe­di­re­mos lo que res­pec­ta a ese día. Perdón por nues­tros pe­ca­dos, mu­chos de los cua­les nos pa­san inad­ver­ti­dos, se­gui­do de un re­cor­da­to­rio cla­ro de que no­so­tros tam­bién de­be­mos per­do­nar a los de­más. Y por úl­ti­mo, una lla­ma­da para que nos au­xi­lie en el com­ba­te dia­rio del cris­tiano con­tra el ma­ligno, para pro­te­ger nues­tra fe y nues­tras obras. Una ora­ción a Dios per­fec­ta.

¡Hay mu­cho más! Pero no solo esto, la Iglesia pone a nues­tra dis­po­si­ción una gran va­rie­dad de ora­cio­nes, pues al fin y al cabo tam­bién se co­no­ce a la ora­ción como el ofi­cio ver­da­de­ro del cris­tiano. Laudes, hora in­ter­me­dia, vís­pe­ras, com­ple­tas*; los sal­mos*, la ado­ra­ción Eucarística*, ora­cio­nes de in­ter­ce­sión a la Virgen María y a los Santos, ple­ga­rias para si­tua­cio­nes con­cre­tas, y mu­cho más. La ri­que­za de la Iglesia en este as­pec­to es real­men­te im­pre­sio­nan­te y, por eso, es real­men­te im­por­tan­te ir des­cu­brién­do­la con per­se­ve­ran­cia, como dice San Pablo: vi­vid per­se­ve­ran­tes en la ora­ción (Romanos 12, 12b).

Ten por cier­to que Dios es­cu­cha tus ple­ga­rias. Y si sa­be­mos que nos es­cu­cha cuan­do le pe­di­mos, sa­be­mos que te­ne­mos con­se­gui­do lo que ha­ya­mos pe­di­do (1 Juan 4, 15). Y lo sa­be­mos por­que he­mos co­no­ci­do el amor de Dios, que ac­túa como un Padre en nues­tra vida. ¿Y hay al­gún pa­dre que ig­no­re o dé co­sas ma­las a sus hi­jos? ¿O hay aca­so al­guno en­tre vo­so­tros que al hijo que le pide pan le dé una pie­dra; o si le pide un pez, le dé una cu­le­bra? Si, pues, vo­so­tros, sien­do ma­los, sa­béis dar co­sas bue­nas a vues­tros hi­jos, ¡cuánto más vues­tro Padre que está en los cie­los dará co­sas bue­nas a los que se las pi­dan! (Mateo 7, 9-11). El ejem­plo más co­mún de ora­ción, qui­zás, es pe­dir por la sa­lud de un en­fer­mo. Y de­pen­dien­do de la si­tua­ción esta pe­ti­ción pue­de ser mala, y Dios pue­de no con­ce­der­la… ¿Por qué? Pues, por po­ner un mo­ti­vo en­tre mil más, por­que pue­de que ese sea el mo­men­to opor­tuno para pa­sar al Padre y en­trar en la vida eter­na; y si con­ti­nua­ra vi­vien­do qui­zás per­de­ría la Fe y se le ce­rra­rían las puer­tas del Reino de Dios. O qui­zás no, y Dios real­men­te lo cure de su en­fer­me­dad. Por ello, tú, reza por su bien, no por su sa­lud.

Práctica En pri­mer lu­gar, para com­pren­der ade­cua­da­men­te la for­ma de orar es im­por­tan­te ha­cer la Lectio Divina de los si­guien­tes pa­sa­jes bí­bli­cos, don­de el mis­mo Jesucristo nos ex­pli­ca de for­ma sen­ci­lla cómo debe ser nues­tra ora­ción al Padre.

Lectio Divina de Lucas 18, 35-43
Lectio Divina de Mateo 26, 36-46
Lectio Divina de Lucas 18, 9-14
Lectio Divina de Lucas 18, 1-8
Lectio Divina de Mateo 6, 5-6
Lectio Divina de Lucas 11, 5-13
Lectio Divina de Mateo 14, 22-33
Lectio Divina de Marcos 11, 20-26

La úni­ca for­ma de po­ner en prác­ti­ca la ora­ción es re­zan­do. Para ello, una vez he­mos com­pren­di­do cómo se debe re­zar, es im­por­tan­te re­zar siem­pre. Y una for­ma muy bue­na de ha­cer­lo es em­pe­zar to­dos los días con los Laudes. Ahora mis­mo, mu­chas ve­ces nos le­van­ta­mos mur­mu­ran­do y con po­cas ga­nas de tra­ba­jar o es­tu­diar. Empezamos el día mi­rán­do­nos a no­so­tros mis­mos y a nues­tros pro­ble­mas. Pero yo, reha­bi­li­ta­do, veré tu ros­tro, al des­per­tar te con­tem­pla­ré has­ta que quie­ra (Salmo 17, 15). Así pues, con los Laudes, te le­van­tas ben­di­cien­do a Dios y pi­dién­do­le ayu­da para el res­to del día. Te le­van­tas con una Palabra de par­te de Dios para ese día. Te le­van­tas, en de­fi­ni­ti­va, mu­cho me­jor que si no los ha­ces. Por ello, va­mos a ha­cer­los to­das las ma­ña­nas en la so­le­dad de nues­tra ha­bi­ta­ción o en la pa­rro­quia, ex­cep­to el do­min­go que con­ti­nua­re­mos ha­cién­do­los en fa­mi­lia. Conviene cuan­do no se ha­gan en fa­mi­lia, aña­dir en­tre la lec­tu­ra bre­ve y el Evangelio las dos lec­tu­ras lar­gas del ofi­cio de lec­tu­ras. Estas lec­tu­ras, aun­que ini­cial­men­te po­da­mos no com­pren­der­las, nos irán ins­tru­yen­do cada ma­ña­na en la Fe que que­re­mos vi­vir.

Rezar Laudes y Oficio to­das las ma­ña­nas

Por úl­ti­mo, co­men­tar que pue­des re­cor­dar todo lo que va­mos plan­tean­do en el cur­so si mi­ras el apén­di­ce 1 lla­ma­do “Plan de vida”. Recuerda que al com­ple­tar esta sec­ción con­ven­dría que rea­li­za­ras el rezo de Laudes dia­rio, que se suma al res­to de ora­cio­nes que he­mos in­tro­du­ci­do an­te­rior­men­te, como el rezo del Santo Rosario, la ora­ción con­ti­nua u ora­ción con­tra el ma­ligno, etc. ¡No hay que ol­vi­dar nin­gu­na de ellas! Pues con­vie­ne que nues­tra vida sea una ver­da­de­ra vida de ora­ción.

Glosario

… com­ple­tas*
Liturgia de las Horas La li­tur­gia de las ho­ras son ora­cio­nes que se re­zan a lo lar­go del día: lau­des, hora in­ter­me­dia, vís­pe­ras y com­ple­tas. Es una ora­ción co­mún de toda la Santa Iglesia, que re­zan dia­ria­men­te en la ma­yo­ría de los mo­nas­te­rios, con­ven­tos, se­mi­na­rios y tam­bién mi­llo­nes de cris­tia­nos en todo el mun­do, que han en­con­tra­do en es­tas ora­cio­nes una gra­cia y una ayu­da. La Iglesia in­vi­ta a to­dos los cris­tia­nos a par­ti­ci­par de la ora­ción co­mún de la li­tur­gia de las ho­ras, que, como ora­ción pú­bli­ca de la Iglesia, es, ade­más, fuen­te de pie­dad y ali­men­to de la ora­ción per­so­nal (Sacrosanctum Concilium, 90).
… sal­mos*
Salmos Los Salmos cons­ti­tu­yen la obra maes­tra de la ora­ción en el Antiguo Testamento. Presentan dos com­po­nen­tes in­se­pa­ra­bles: per­so­nal y co­mu­ni­ta­rio. Y cuan­do con­me­mo­ran las pro­me­sas de Dios ya cum­pli­das y es­pe­ran la ve­ni­da del Mesías, abar­can to­das las di­men­sio­nes de la his­to­ria (Catecismo 2596).
… Eucarística*
Adoración Eucarística La Iglesia Católica ha dado y con­ti­nua dan­do este cul­to de ado­ra­ción que se debe al sa­cra­men­to de la Eucaristía no so­la­men­te du­ran­te la misa, sino tam­bién fue­ra de su ce­le­bra­ción: con­ser­van­do con el ma­yor cui­da­do las hos­tias con­sa­gra­das, pre­sen­tán­do­las a los fie­les para que las ve­ne­ren con so­lem­ni­dad (Catecismo 1378). Esto nor­mal­men­te se hace en una ca­pi­lla ane­xa a la Iglesia don­de se co­lo­ca el Sagrario. En la Adoración Eucarística es­tás cara a cara con Jesucristo. Esta es una gra­cia que te per­mi­te cap­tar con ma­yor fuer­za el ver­da­de­ro sen­ti­do de la co­mu­nión. En si­len­cio y ora­ción, fren­te a Cristo, tie­nes la opor­tu­ni­dad de ha­blar con Dios so­bre tu vida, de­lei­tán­do­te en su amor y ado­rán­do­lo per­so­nal­men­te como tu Dios.