4.4 – Las Virtudes

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La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz (Romanos 13, 12).

Las Virtudes Cristianas
La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien (Catecismo 1833). Así pues, un Cristiano debe aspirar a vivir con todas las virtudes, que le ayudarán a recorrer el camino de la vida. Debes saber que las virtudes morales crecen mediante la educación, mediante actos deliberados y con el esfuerzo perseverante. La gracia divina las purifica y las eleva (Catecismo 1839). Es decir, que siempre puedes ejercerlas, aunque sea en poca medida, para que crezcan en tu interior y algún día seas capaz de ejercerlas en su máximo esplendor. A continuación, vamos a ver muchas de las virtudes que un Cristiano debe ejercer en su vida diaria, a excepción de la Fe y la Caridad, explicadas en otros momentos del curso de una forma más extensa.

Prudencia
La prudencia es una virtud que regula a todas las demás para utilizarlas en su justa medida. ¿Qué medida? Pues la adecuada en cada situación concreta, con el objetivo de actuar siempre con Caridad, como dice la Escritura: Por tanto, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6, 10). Se trata, por tanto, de evitar los excesos y defectos en las virtudes para obrar siempre el bien. Además, gracias a esta virtud se puede emplear el discernimiento Cristiano, que veremos a continuación.

Por poner un ejemplo, un exceso de humildad sería verlo todo mal y negativo, y creer que tú, como persona, no tienes solución alguna. En este punto ya no existe la virtud de la humildad, sino que caemos en la desesperación, pero la realidad es que si hay una solución: Dios. O por el lado contrario, se puede dar falsa humildad o soberbia: si no eres capaz de aceptar la corrección o te enzarzas en discusiones para que quede claro que eres humilde, te desvirtúas por defecto y, de nuevo, ya no existe esa virtud. Todo debe estar en su justa medida. Tendrás un peso exacto y justo: tendrás una medida exacta y justa, para que se prolonguen tus días en el suelo que Yahvé tu Dios te da (Deuteronomio 25, 15).

Discernimiento
El discernimiento del bien y del mal (Hebreos 5, 14b) es un don que nos permite saber que cosas nos acercan a Dios y cuales nos alejan de Él por ser engaños del maligno. De esta forma, el discernimiento nos permite vivir nuestro día a día como Cristianos, sin apartarnos del amor de Dios. Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal (Deuteronomio 30, 15). ¡Elige la vida, que es Dios! Sin embargo, no siempre es fácil discernir la voluntad de Dios, ya que hay veces que todo parece difuso y no sabes muy bien que hacer. ¿Qué hacer en esos casos? El que de entre vosotros tema a Yahvé oiga la voz de su Siervo. El que anda a oscuras y carece de claridad confíe en el nombre de Yahvé y apóyese en su Dios (Isaías 50, 10). Confía en Dios y reza, pues el discernimiento es un don que Dios concede a quienes se lo piden. Es importante también no reescribir la experiencia que has tenido del amor de Dios en tu vida, dudando del sentido de acontecimientos pasados que antes tenías claros. El maligno tienta mucho con esto, pero la verdad es siempre que… ¡Dios te ama!

Verdad
La verdad nos protege de los engaños del maligno y nos hace libres en nuestras relaciones con los demás. ¿Y cual es la verdad? Le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí (Juan 14, 6). Vivir en la verdad significa vivir en la Fe, y no dudar nunca del amor de Dios. Hablar con la verdad significa comunicar oportunamente las mismas palabras de Dios, aunque en ocasiones la consecuencia sea el desprecio de los demás. Por ejemplo, si alguien va a abortar y te pide consejo al respecto… No matarás (Éxodo 20, 13). Y si te dicen que eso no es un niño, que sólo son células… Antes de haberte formado yo en el vientre te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí (Jeremías 1, 5). Y por supuesto, vivir en la verdad significa no mentir, pues el maligno es el padre de la mentira. Pero… ¿Cómo vivir siempre en la Verdad? Es un regalo de Dios para todo el que lo conoce: El Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros (Juan 14, 17). ¡Pídeselo, y cuando venga no lo rechaces!

Justicia
La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido (Catecismo 1807). Pero por supuesto, hablamos de la justicia de Dios, no de la nuestra. ¿Y cual fue la justicia de Dios, cuando mataron a su hijo Jesús que era inocente, después de torturarlo y condenarlo a base de mentiras y calumnias? Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Se repartieron sus vestidos, echando suertes (Lucas 23, 34). La justicia de Dios es la misericordia hacia el pecador. ¿Qué diremos, pues? ¿Que debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún modo! (Romanos 6, 1). Si el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, a causa del mal que ha cometido muere. Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido para practicar el derecho y la justicia, conservará su vida (Ezequiel 18, 26-27). Pero la justicia de Dios es misericordia también hacia el inocente: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados (Mateo 5, 5). La justicia de Dios pone las cosas en su sitio, pero siempre con amor al pecador arrepentido.

Así pues, en nuestras obras se nos invita a ser justos. Es decir, a ajustarnos a Dios, a su justicia, a su misericordia, y a su amor: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5, 7). Esto se traduce en no hacer mal a nadie, en perdonar, en buscar el bien de los demás, en atender a las viudas, en dar limosna, en buscar a Dios, etc. En definitiva, se nos llama a amar como Dios nos ha amado, y no solo amar a los que te aman; pues la justicia de la cruz no se resiste al mal. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan (Mateo 5, 44). Y esto es imposible si no conoces primero a Dios, que te ama profundamente cuando eres un miserable que no lo merece, pues solo aquel quien es consciente de que todo se le perdona puede perdonarlo todo. Efectivamente, nosotros amamos, porque Él nos amó primero (1 Juan 4, 19). Y si Dios, juez justo, te ha juzgado digno de misericordia y te ha perdonado… ¿Cómo no hacer tú lo mismo?

Fortaleza
La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien (Catecismo 1808). Es decir, emplea la firmeza y la perseverancia para resistir al maligno en la vida diaria. Situaciones extremas, como el martirio, requieren ejercitar bien la fortaleza para no sucumbir ante el maligno. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Corintios 12, 10). La fortaleza ayuda en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios del camino de la verdad y de la honradez, y en el soportar ofensas y ataques injustos incluso entre incomprensiones y hostilidades. La fortaleza ayuda en medio de la debilidad humana: de enfermedades, de la vejez, de depresiones, de problemas, de miedos, y de un largo etcétera de cosas. La fortaleza te permite creer firmemente que sobre todo eso está el amor de Dios. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio (Romanos 8, 28). La fortaleza te recuerda en cada instante que… ¡Dios te ama!

Destacar además la importancia de la perseverancia, que se deriva de la fortaleza, porque una de las cosas que hace el maligno es insistir: te tienta hoy, resistes, te tienta mañana, resistes, te tienta pasado… y sin perseverancia caes. Mantener la virtud a lo largo del tiempo y ante el continuo ataque del maligno es muy difícil, y por eso la perseverancia de la virtud de la fortaleza es absolutamente necesaria. Necesitamos hacer presente el amor de Dios todos los días, para poder combatir contra el maligno todos los días con fuerzas renovadas, y mantener viva siempre nuestra fortaleza. Por eso, ten siempre presente las palabras de San Pablo: Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8, 38-39).

Templanza
Todo me es lícito; mas no todo me conviene. Todo me es lícito; mas ¡no me dejaré dominar por nada! (1 Corintios 6, 12). Estas palabras de San Pablo resumen claramente lo que es la virtud de la templanza: la libertad frente a tus instintos. ¿Y esto como se consigue? Moderando la atracción de los placeres, y procurando el equilibrio en el uso de los bienes creados, según la Iglesia nos enseña con su sabiduría. Porque no nos dios el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad, y de templanza (2 Timoteo 1, 7). De esta forma, se puede vivir en castidad y respeto el noviazgo, y vivir el matrimonio en una entrega de amor, fidelidad, y fecundidad, como enseña la Iglesia y veremos más adelante. Además, por supuesto, permite evitar la gula y practicar el ayuno y la limosna. Porque es ciudad abierta y sin muralla, el hombre que no sabe dominarse (Proverbios 25, 28), y el maligno se apodera de él pronto. Veamos que es lo que nos conviene hacer, si ser esclavos o libres.

Castidad
La castidad es parte de la virtud de la templanza, pero dado que hoy en día se la menosprecia, es necesario tratarla con mayor profundidad. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1, 22) (Catecismo 2339). Por eso, para un cristiano la castidad es reservarse para el amor, luchando contra sus principales enemigos en nuestra sociedad: masturbación, pornografía, falta de pudor, bailes sensuales, malos pensamientos, etc. ¡Huye de todo eso! ¡Resérvate siempre para el amor de tu vida!

La pornografía es la prostitución del corazón. No te engañes. Viendo pornografía estás adulterando con esas mujeres, y… ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! (1 Corintios 6, 15). Por otro lado, la masturbación y la sexualidad desligada de la unión matrimonial y de la procreación es un pecado gravísimo, por el cual uno se ama a si mismo trasformando el amor al otro en egoísmo y amor propio. Y hay que decirlo así de claro; porque muchas veces el problema es simplemente que no lo consideramos tan grave. Que en el fondo pensamos que no pasa nada, que no hacemos daño a nadie. ¡Que necios somos!

Pero la raíz de estos pecados está principalmente en el corazón del hombre. Pues, todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mateo 5, 28b). Así pues, el combate empieza siempre por no consentir los malos pensamientos. Es cierto que los pensamientos vienen muchas veces sin quererlo, pero consentirlos y recrearse en ellos es prácticamente tan grave como ponerlos por obra. ¡Lucha contra ellos y recházalos! ¡Y si caes, levántate! Al final, si tu mismo no ves la gravedad de estas cosas y no deseas firmemente salir, todo será en vano. Más adelante haremos más hincapié en esta virtud en el contexto familiar y matrimonial.

Esperanza
La virtud de la esperanza nace del anhelo de felicidad que Dios ha puesto en nuestros corazones, y se nutre de la Fe que da la experiencia del amor de Dios en nuestra vida. Ejemplos de esperanza los tenemos toda la Escritura, empezando por Abraham, que no dudó de las promesas de Dios: Por el contrario, ante la promesa divina no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios (Romanos 4, 20). Y hoy en día, esta esperanza de la vida eterna se puede ver en todos los Cristianos, y de forma extraordinaria en los mártires. La esperanza es, en definitiva, la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (Catecismo 1817).

La esperanza se concretiza de una forma muy especial en las Bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12), donde Dios ha dado una esperanza a todos los atribulados, perseguidos, pobres de espíritu, etc. Por eso los Cristianos viven, o están invitados a vivir con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación, perseverantes en la oración (Romanos 12, 12). Sabiendo que Dios les ama, que su voluntad hacia ellos es de bien, y que Él no falla. Y espero que tu sepas esto también, pues a ti también te ama Dios. Por eso, mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa (Hebreos 10, 23), y Él, a su tiempo, se apresurará a cumplirla.

Paciencia
Dios actúa en nuestra vida, y cumple su Palabra y sus promesas, y no se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión (2 Pedro 3, 9). Ten clarísimo que todo se va a cumplir en su momento preciso: el que Dios ha pensado con su sabiduría, porque tiene su fecha la visión, aspira a la meta y no defrauda; si se atrasa, espérala, pues vendrá ciertamente, sin retraso (Habacuc 2, 3). ¿Y hasta entonces, qué hacemos? ¿Cómo vivimos? Jesús nos dará una respuesta muy clara: Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora (Mateo 25, 13).

Pero muchas veces ese tiempo a nosotros nos parece tarde, como le pareció a Marta. Pues dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano (Juan 11, 21). Jesús podría haber salvado a Lazaro antes de que muriera, pero no lo hace: se espera varios días y llega cuando ya está muerto. Y de esta forma, Jesús, resucitando a Lazaro, nos demuestra que para Dios nunca es demasiado tarde. Por eso, cuando tu creas que ya no hay nada que hacer, recuerda que nunca es tarde para Dios. Además, la paciencia en la tribulación es importante para nuestra maduración como Cristianos. Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones; sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Romanos 5, 3-5). La paciencia es el motor de la esperanza. Por eso, se te invita a ser paciente en la esperanza de que Dios te ama, y de que ya ha vencido a la muerte… ¡No tienes nada que temer!

Glosario
Virtud Cardinal: Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama “cardinales”; todas las demás se agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza (Catecismo 1805).

Virtud Teologal: Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13) (Catecismo 1813).

Práctica
La Iglesia Católica explica de forma detallada las virtudes más importantes que existen: todas las teologales y las cardinales. Por ello, vamos a acudir al Magisterio de la Iglesia para conocer de forma fiable todas estas virtudes, muchas de las cuales ya han sido explicadas en términos prácticos aquí. Sin embargo, conviene aprender a “aprender del catecismo”, por lo que vamos a leer la sección dedicada a las virtudes del mismo:

Catecismo de la Iglesia Católica

Catecismo de la Iglesia Católica

Pidamos a Dios poder luchar con estas armas tan hermosas que Dios nos ha regalado, para que nos resulte más sencillo recorrer el camino de la Vida. De hecho, la Escritura misma te invita a este combate diciéndo: combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos (1 Timoteo 6, 12). Pero… ¿Cómo combatir? Como hemos mencionado al principio: siendo fieles en lo poco, es decir, poniendo en práctica constantemente y en la medida que podamos todas las virtudes. Y veremos como esta medida irá creciendo poco a poco… Dios se encargará de ello. ¿Y contra quien hay que combatir? Contra el maligno, sus seducciones, sus engaños, y el pecado. Y en este combate diario, que no se te olvide esta exhortación: No les temáis, porque el mismo Yahvé vuestro Dios combate por vosotros (Deuteronomio 3, 22). ¡Dios combate contigo!

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