4.4 Las Virtudes

La no­che está avan­za­da. El día se ave­ci­na. Despojémonos, pues, de las obras de las ti­nie­blas y re­vis­tá­mo­nos de las ar­mas de la luz.
- Romanos 13, 12

Las Virtudes Cristianas La vir­tud es una dis­po­si­ción ha­bi­tual y fir­me para ha­cer el bien (Catecismo 1833). Así pues, un cris­tiano debe as­pi­rar a vi­vir con to­das las vir­tu­des, que le ayu­da­rán a re­co­rrer el ca­mino de la Vida. Debes sa­ber que las vir­tu­des mo­ra­les cre­cen me­dian­te la edu­ca­ción, me­dian­te ac­tos de­li­be­ra­dos y con el es­fuer­zo per­se­ve­ran­te. La gra­cia di­vi­na las pu­ri­fi­ca y las ele­va (Catecismo 1839). Es de­cir, que siem­pre pue­des ejer­cer­las, aun­que sea en poca me­di­da, para que crez­can en tu in­te­rior y al­gún día seas ca­paz de ejer­cer­las en su má­xi­mo es­plen­dor. Y esto es cier­to siem­pre, a ex­cep­ción de las vir­tu­des teo­lo­ga­les*, que son un re­ga­lo o don de Dios. Así pues… ¡Nada de ex­cu­sas! Cueste más o me­nos, algo po­drás ha­cer en cada una de ellas, aun­que al prin­ci­pio sea poco. A con­ti­nua­ción, va­mos a ver mu­chas de las vir­tu­des que un cris­tiano debe ejer­cer en su vida dia­ria, a ex­cep­ción de la Fe y la Caridad, que es­tán en otras sec­cio­nes de una for­ma más ex­ten­sa.

Prudencia La pru­den­cia es una vir­tud que re­gu­la a to­das las de­más para uti­li­zar­las en su jus­ta me­di­da. ¿Qué me­di­da? Pues la ade­cua­da en cada si­tua­ción con­cre­ta, con el ob­je­ti­vo de ac­tuar siem­pre con ca­ri­dad, como dice la Escritura: Por tan­to, mien­tras ten­ga­mos opor­tu­ni­dad, ha­ga­mos el bien a to­dos, pero es­pe­cial­men­te a nues­tros her­ma­nos en la fe (Gálatas 6, 10). Se tra­ta, por tan­to, de evi­tar los ex­ce­sos y de­fec­tos en las vir­tu­des para obrar siem­pre bien. Además, gra­cias a esta vir­tud se pue­de em­plear el dis­cer­ni­mien­to cris­tiano, que ve­re­mos a con­ti­nua­ción. Por po­ner un ejem­plo, un ex­ce­so de hu­mil­dad se­ría ver­lo todo mal y ne­ga­ti­vo, y creer que tú, como per­so­na, no tie­nes so­lu­ción al­gu­na. En este pun­to ya no exis­te la vir­tud de la hu­mil­dad, sino que cae­mos en la de­ses­pe­ra­ción, pero la reali­dad es que sí hay una so­lu­ción: Dios. O por el lado con­tra­rio, se pue­de dar fal­sa hu­mil­dad o so­ber­bia, por ejem­plo si no eres ca­paz de acep­tar la co­rrec­ción o te en­zar­zas en dis­cu­sio­nes con­ti­nua­men­te. Así pues, todo debe es­tar en su jus­ta me­di­da. Tendrás un peso exac­to y jus­to: ten­drás una me­di­da exac­ta y jus­ta, para que se pro­lon­guen tus días en el sue­lo que Yahvé tu Dios te da (Deuteronomio 25, 15).

Discernimiento El dis­cer­ni­mien­to del bien y del mal (Hebreos 5, 14b) es un don que nos per­mi­te sa­ber qué co­sas nos acer­can a Dios y cuá­les nos ale­jan de Él, por ser en­ga­ños del ma­ligno. De esta for­ma, el dis­cer­ni­mien­to nos per­mi­te vi­vir nues­tro día a día como cris­tia­nos, sin apar­tar­nos del amor de Dios. Mira, yo pon­go hoy de­lan­te de ti la vida y el bien, la muer­te y el mal (Deuteronomio 30, 15). ¡Elige la vida, que es Dios! Sin em­bar­go, no siem­pre es fá­cil dis­cer­nir la vo­lun­tad de Dios, ya que hay ve­ces que todo pa­re­ce di­fu­so y no sa­bes muy bien qué ha­cer. ¿Qué ha­cer en esos ca­sos? El que de en­tre vo­so­tros tema a Yahvé oiga la voz de su Siervo. El que anda a os­cu­ras y ca­re­ce de cla­ri­dad con­fíe en el nom­bre de Yahvé y apó­ye­se en su Dios (Isaías 50, 10). Así pues, con­fía en Dios y reza, reza y reza pues el dis­cer­ni­mien­to es un don que Dios con­ce­de a quie­nes se lo pi­den. Es im­por­tan­te tam­bién no re­es­cri­bir la ex­pe­rien­cia que has te­ni­do del amor de Dios en tu vida, du­dan­do del sen­ti­do de acon­te­ci­mien­tos pa­sa­dos que an­tes te­nías cla­ros. El ma­ligno tien­ta mu­cho con esto, pero la ver­dad es siem­pre que… ¡Dios te ama!

Verdad La ver­dad nos pro­te­ge de los en­ga­ños del ma­ligno y nos hace li­bres en nues­tras re­la­cio­nes con los de­más. ¿Y cuál es la ver­dad? Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14, 6). Vivir en la ver­dad sig­ni­fi­ca vi­vir en la Fe, y no du­dar nun­ca del amor de Dios. Hablar con la ver­dad sig­ni­fi­ca co­mu­ni­car opor­tu­na­men­te las mis­mas pa­la­bras de Dios, aun­que en oca­sio­nes la con­se­cuen­cia sea el des­pre­cio de los de­más. Por ejem­plo, si al­guien va a abor­tar y te pide con­se­jo al res­pec­to… No ma­ta­rás (Éxodo 20, 13). Y si te di­cen que eso no es un niño, que sólo son cé­lu­las… Antes de ha­ber­te for­ma­do yo en el vien­tre, te co­no­cía, y an­tes de que na­cie­ses, te te­nía con­sa­gra­do: yo pro­fe­ta de las na­cio­nes te cons­ti­tuí (Jeremías 1, 5). Y, por su­pues­to, vi­vir en la ver­dad sig­ni­fi­ca no men­tir, pues el ma­ligno es el pa­dre de la men­ti­ra. Pero… ¿Cómo vi­vir siem­pre en la Verdad? Es un re­ga­lo de Dios para todo el que lo co­no­ce: El Espíritu de la ver­dad, a quien el mun­do no pue­de re­ci­bir, por­que no le ve ni le co­no­ce. Pero vo­so­tros le co­no­céis, por­que mora con vo­so­tros y es­ta­rá en vo­so­tros (Juan 14, 17). ¡Pídeselo y, cuan­do ven­ga, no lo re­cha­ces!

Justicia La jus­ti­cia es la vir­tud mo­ral que con­sis­te en la cons­tan­te y fir­me vo­lun­tad de dar a Dios y al pró­ji­mo lo que les es de­bi­do (Catecismo 1807). Pero, por su­pues­to, ha­bla­mos de la jus­ti­cia de Dios, no de la nues­tra. ¿Y cuál fue la jus­ti­cia de Dios, cuan­do ma­ta­ron a su hijo Jesús, que era inocen­te, des­pués de tor­tu­rar­lo y con­de­nar­lo a base de men­ti­ras y ca­lum­nias? Jesús de­cía: «Padre, per­dó­na­los, por­que no sa­ben lo que ha­cen.» Se re­par­tie­ron sus ves­ti­dos, echan­do suer­tes (Lucas 23, 34). La jus­ti­cia de Dios es la mi­se­ri­cor­dia ha­cia el pe­ca­dor. ¿Qué di­re­mos, pues? ¿Que de­be­mos per­ma­ne­cer en el pe­ca­do para que la gra­cia se mul­ti­pli­que? ¡De nin­gún modo! (Romanos 6, 1). Si el jus­to se apar­ta de su jus­ti­cia, co­me­te el mal y mue­re, a cau­sa del mal que ha co­me­ti­do mue­re. Y si el mal­va­do se apar­ta del mal que ha co­me­ti­do para prac­ti­car el de­re­cho y la jus­ti­cia, con­ser­va­rá su vida (Ezequiel 18, 26-27). Pero la jus­ti­cia de Dios es mi­se­ri­cor­dia tam­bién ha­cia el inocen­te: Bienaventurados los que llo­ran, por­que ellos se­rán con­so­la­dos (Mateo 5, 5). La jus­ti­cia de Dios pone las co­sas en su si­tio, pero siem­pre con amor al pe­ca­dor arre­pen­ti­do.

Así pues, en nues­tras obras se nos in­vi­ta a ser jus­tos. Es de­cir, a ajus­tar­nos a Dios, a su jus­ti­cia, a su mi­se­ri­cor­dia y a su amor: Bienaventurados los mi­se­ri­cor­dio­sos, por­que ellos al­can­za­rán mi­se­ri­cor­dia (Mateo 5, 7). Esto se tra­du­ce en no ha­cer mal a na­die, en per­do­nar, en bus­car el bien de los de­más, en aten­der a las viu­das, en dar li­mos­na, en bus­car a Dios, etc. En de­fi­ni­ti­va, se nos lla­ma a amar como Dios nos ha ama­do, y no solo amar a los que te aman; pues la jus­ti­cia de la cruz no se re­sis­te al mal. Pues yo os digo: Amad a vues­tros enemi­gos y ro­gad por los que os per­si­gan (Mateo 5, 44). Y esto es im­po­si­ble si no co­no­ces pri­me­ro a Dios, que te ama pro­fun­da­men­te cuan­do eres un mi­se­ra­ble que no lo me­re­ce, pues solo aquel quien es cons­cien­te de que todo le ha sido per­do­na­do, pue­de per­do­nar­lo todo. Efectivamente, no­so­tros ama­mos, por­que él nos amó pri­me­ro (1 Juan 4, 19). Y si Dios, juez jus­to, te ha juz­ga­do digno de mi­se­ri­cor­dia y te ha per­do­na­do… ¿Cómo no ha­cer tú lo mis­mo?

Fortaleza La for­ta­le­za es la vir­tud mo­ral que ase­gu­ra en las di­fi­cul­ta­des la fir­me­za y la cons­tan­cia en la bús­que­da del bien (Catecismo 808). Es de­cir, em­plea la fir­me­za y la per­se­ve­ran­cia para re­sis­tir al ma­ligno en la vida dia­ria. Situaciones ex­tre­mas, como el mar­ti­rio, re­quie­ren ejer­ci­tar bien la for­ta­le­za para no su­cum­bir ante el ma­ligno. Por eso me com­plaz­co en mis fla­que­zas, en las in­ju­rias, en las ne­ce­si­da­des, en las per­se­cu­cio­nes y las an­gus­tias su­fri­das por Cristo; pues, cuan­do soy dé­bil, en­ton­ces es cuan­do soy fuer­te (2 Corintios 12, 10). La for­ta­le­za ayu­da en la lu­cha por per­ma­ne­cer cohe­ren­tes con los pro­pios prin­ci­pios, ca­mi­nan­do en el ca­mino de la Vida pese a pro­ble­mas, ofen­sas y ata­ques in­jus­tos. La for­ta­le­za ayu­da en me­dio de la de­bi­li­dad hu­ma­na: de en­fer­me­da­des, de la ve­jez, de de­pre­sio­nes, de pro­ble­mas, de mie­dos y de un lar­go et­cé­te­ra de co­sas. La for­ta­le­za te per­mi­te creer fir­me­men­te que, so­bre todo eso, está el amor de Dios. Por lo de­más, sa­be­mos que en to­das las co­sas in­ter­vie­ne Dios para bien de los que le aman; de aque­llos que han sido lla­ma­dos se­gún su de­sig­nio (Romanos 8, 28). En de­fi­ni­ti­va, la for­ta­le­za te re­cuer­da en cada ins­tan­te que… ¡Dios te ama!

Destacar, ade­más, la im­por­tan­cia de la per­se­ve­ran­cia, que se de­ri­va de la for­ta­le­za, por­que una de las co­sas que hace el ma­ligno es in­sis­tir: te tien­ta hoy, re­sis­tes, te tien­ta ma­ña­na, re­sis­tes, te tien­ta pa­sa­do y, sin per­se­ve­ran­cia, caes. Mantener la vir­tud a lo lar­go del tiem­po y ante el con­ti­nuo ata­que del ma­ligno es muy di­fí­cil y, por eso, la per­se­ve­ran­cia es ab­so­lu­ta­men­te ne­ce­sa­ria. Necesitamos ha­cer pre­sen­te el amor de Dios to­dos los días para po­der com­ba­tir con­tra el ma­ligno con fuer­zas re­no­va­das y, de esta for­ma, man­te­ner siem­pre viva nues­tra for­ta­le­za. Por eso, ten siem­pre pre­sen­te las pa­la­bras de San Pablo: Pues es­toy se­gu­ro de que ni la muer­te ni la vida ni los án­ge­les ni los prin­ci­pa­dos ni lo pre­sen­te ni lo fu­tu­ro ni las po­tes­ta­des ni la al­tu­ra ni la pro­fun­di­dad ni otra cria­tu­ra al­gu­na po­drá se­pa­rar­nos del amor de Dios ma­ni­fes­ta­do en Cristo Jesús Señor nues­tro (Romanos 8, 38-39).

Templanza «Todo me es lí­ci­to»; mas no todo me con­vie­ne. «Todo me es lí­ci­to»; mas ¡no me de­ja­ré do­mi­nar por nada! (1 Corintios 6, 12). Estas pa­la­bras de San Pablo re­su­men cla­ra­men­te lo que es la vir­tud de la tem­plan­za: la li­ber­tad fren­te a tus ins­tin­tos. Y esto… ¿Cómo se con­si­gue? Moderando la atrac­ción de los pla­ce­res, y pro­cu­ran­do el equi­li­brio en el uso de las co­sas, se­gún la Iglesia Católica nos en­se­ña con su sa­bi­du­ría. Porque no nos dio el Señor a no­so­tros un es­pí­ri­tu de ti­mi­dez, sino de for­ta­le­za, de ca­ri­dad y de tem­plan­za (2 Timoteo 1, 7). De esta for­ma, se pue­de vi­vir en cas­ti­dad y res­pe­to el no­viaz­go, y vi­vir el ma­tri­mo­nio en una en­tre­ga de amor, fi­de­li­dad y fe­cun­di­dad, como en­se­ña la Iglesia Católica. Además, por su­pues­to, per­mi­te evi­tar la gula y prac­ti­car el ayuno y la li­mos­na. Porque es ciu­dad abier­ta y sin mu­ra­lla, el hom­bre que no sabe do­mi­nar­se (Proverbios 25, 28), y el ma­ligno se apo­de­ra de él pron­to. Veamos cada uno, pues, qué es lo que nos con­vie­ne ha­cer, si ser es­cla­vos o li­bres.

Castidad La cas­ti­dad es par­te de la vir­tud de la tem­plan­za, pero dado que hoy en día se la me­nos­pre­cia, es ne­ce­sa­rio tra­tar­la con ma­yor pro­fun­di­dad. La cas­ti­dad im­pli­ca un apren­di­za­je del do­mi­nio de sí, que es una pe­da­go­gía de la li­ber­tad hu­ma­na. La al­ter­na­ti­va es cla­ra: o el hom­bre con­tro­la sus pa­sio­nes y ob­tie­ne la paz, o se deja do­mi­nar por ellas y se hace des­gra­cia­do (Catecismo 2339). Por eso, para un cris­tiano, la cas­ti­dad es re­ser­var­se para el amor, lu­chan­do con­tra sus prin­ci­pa­les enemi­gos en nues­tra so­cie­dad: mas­tur­ba­ción, por­no­gra­fía, fal­ta de pu­dor, bai­les sen­sua­les, ma­los pen­sa­mien­tos, etc. ¡Huye de todo eso! ¡Resérvate siem­pre para el amor de tu vida!

La por­no­gra­fía es la pros­ti­tu­ción del co­ra­zón. No te en­ga­ñes. Viendo por­no­gra­fía es­tás adul­te­ran­do con esas mu­je­res, y… ¿No sa­béis que vues­tros cuer­pos son miem­bros de Cristo? Y ¿había de to­mar yo los miem­bros de Cristo para ha­cer­los miem­bros de pros­ti­tu­ta? ¡De nin­gún modo! (1 Corintios 6, 15). Por otro lado, la mas­tur­ba­ción y la se­xua­li­dad des­li­ga­da de la unión ma­tri­mo­nial y de la pro­crea­ción es un pe­ca­do gra­ví­si­mo, por el cual uno se ama a si mis­mo, tras­for­man­do el amor al otro en egoís­mo y amor pro­pio. Y hay que de­cir­lo así de cla­ro, por­que mu­chas ve­ces el pro­ble­ma es sim­ple­men­te que no lo con­si­de­ra­mos tan gra­ve. Pensamos que en el fon­do no pasa nada, que no ha­ce­mos daño a na­die. ¡Qué ne­cios so­mos! Ya avi­sa­ban a San Juan Bosco en sue­ños que la fal­ta con­tra este Mandamiento: he aquí la cau­sa de la rui­na eter­na de tan­tos jó­ve­nes […] Se han con­fe­sa­do, pero las cul­pas con­tra la be­lla vir­tud las han con­fe­sa­do mal o las han ca­lla­do de pro­pó­si­to (San Juan Bosco)[105].

Sin em­bar­go, la raíz de es­tos pe­ca­dos está prin­ci­pal­men­te en el co­ra­zón del hom­bre. Pues, todo el que mira a una mu­jer deseán­do­la, ya co­me­tió adul­te­rio con ella en su co­ra­zón (Mateo 5, 28b). Así pues, el com­ba­te em­pie­za siem­pre por no con­sen­tir los ma­los pen­sa­mien­tos. Es cier­to que los pen­sa­mien­tos vie­nen mu­chas ve­ces sin que­rer­lo, pero con­sen­tir­los y re­crear­se en ellos es prác­ti­ca­men­te tan gra­ve como po­ner­los por obra. ¡Lucha con­tra ellos y re­chá­za­los! ¡Y si caes, le­ván­ta­te! Mencionar que en mu­chas oca­sio­nes es­tos vi­cios aca­ban con­vir­tién­do­se en ver­da­de­ras adic­cio­nes, de las que no se pue­de sa­lir sin la ayu­da psi­co­ló­gi­ca ade­cua­da. En tal caso bus­ca, bajo la su­per­vi­sión de un Sacerdote san­to, un psi­có­lo­go ca­tó­li­co que te dé las he­rra­mien­tas que ne­ce­si­tas. Al fi­nal, si tú mis­mo no ves la gra­ve­dad de es­tas co­sas y no deseas fir­me­men­te sa­lir, todo será en vano. Por eso… ¡Ánimo! ¡Aprende a re­ser­var­te para el Amor!

Esperanza La vir­tud de la es­pe­ran­za nace del an­he­lo de fe­li­ci­dad que Dios ha pues­to en nues­tros co­ra­zo­nes, y se nu­tre de la Fe que da la ex­pe­rien­cia del amor de Dios en nues­tra vida. Ejemplos de es­pe­ran­za los te­ne­mos en toda la Escritura, em­pe­zan­do por Abraham, que no dudó de las pro­me­sas de Dios. Por el con­tra­rio, ante la pro­me­sa di­vi­na no ce­dió a la duda con in­cre­du­li­dad; más bien, for­ta­le­ci­do en su fe, dio glo­ria a Dios (Romanos 4, 20). Y hoy en día, esta es­pe­ran­za de la vida eter­na se pue­de ver en mu­chos cris­tia­nos, y de for­ma ex­tra­or­di­na­ria en los már­ti­res. La es­pe­ran­za es, en de­fi­ni­ti­va, la vir­tud teo­lo­gal por la que as­pi­ra­mos al Reino de los cie­los y a la vida eter­na como fe­li­ci­dad nues­tra, po­nien­do nues­tra con­fian­za en las pro­me­sas de Cristo y apo­yán­do­nos no en nues­tras fuer­zas, sino en los au­xi­lios de la gra­cia del Espíritu Santo (1817). La es­pe­ran­za se con­cre­ti­za de una for­ma muy es­pe­cial en las Bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12), don­de Dios ha dado una es­pe­ran­za a to­dos los atri­bu­la­dos, per­se­gui­dos, po­bres de es­pí­ri­tu, etc. Por eso los cris­tia­nos vi­ven, o es­tán in­vi­ta­dos a vi­vir, con la ale­gría de la es­pe­ran­za; cons­tan­tes en la tri­bu­la­ción; per­se­ve­ran­tes en la ora­ción (Romanos 12, 12). Sabiendo que Dios les ama, que su Voluntad ha­cia ellos es de bien, y que Él no fa­lla. Y es­pe­ro que tú se­pas esto tam­bién, pues a ti tam­bién te ama Dios. Por eso, man­ten­ga­mos fir­me la con­fe­sión de la es­pe­ran­za, pues fiel es el au­tor de la Promesa (Hebreos 10, 23). Y Él, a su tiem­po, se apre­su­ra­rá a cum­plir­la.

Paciencia Dios ac­túa en nues­tra vida y cum­ple su Palabra y sus pro­me­sas; y no se re­tra­sa el Señor en el cum­pli­mien­to de la pro­me­sa, como al­gu­nos lo su­po­nen, sino que usa de pa­cien­cia con vo­so­tros, no que­rien­do que al­gu­nos pe­rez­can, sino que to­dos lle­guen a la con­ver­sión (2 Pedro 3, 9). Ten cla­rí­si­mo que todo se va a cum­plir en su mo­men­to pre­ci­so: el que Dios ha pen­sa­do con su sa­bi­du­ría, por­que tie­ne su fe­cha la vi­sión, as­pi­ra a la meta y no de­frau­da; si se atra­sa, es­pé­ra­la, pues ven­drá cier­ta­men­te, sin re­tra­so (Habacuc 2, 3). ¿Y has­ta en­ton­ces, qué ha­ce­mos? ¿Cómo vi­vi­mos? Jesús nos dará una res­pues­ta muy cla­ra: Velad, pues, por­que no sa­béis ni el día ni la hora (Mateo 25, 13).

Pero mu­chas ve­ces, ese tiem­po a no­so­tros nos pa­re­ce tar­de, como le pa­re­ció a Marta. Pues dijo Marta a Jesús: «Señor, si hu­bie­ras es­ta­do aquí, no ha­bría muer­to mi her­mano» (Juan 11, 21). Jesús po­dría ha­ber sal­va­do a Lazaro an­tes de que mu­rie­ra, pero no lo hace: se es­pe­ra va­rios días y lle­ga cuan­do ya está muer­to. Y de esta for­ma, Jesús, re­su­ci­tan­do a Lazaro, nos de­mues­tra que para Dios nun­ca es de­ma­sia­do tar­de. Por eso, cuan­do tú creas que ya no hay nada que ha­cer, re­cuer­da que nun­ca es tar­de para Dios. Además, la pa­cien­cia en la tri­bu­la­ción es im­por­tan­te para nues­tra ma­du­ra­ción como cris­tia­nos. Más aún; nos glo­ria­mos has­ta en las tri­bu­la­cio­nes, sa­bien­do que la tri­bu­la­ción en­gen­dra la pa­cien­cia; la pa­cien­cia, vir­tud pro­ba­da; la vir­tud pro­ba­da, es­pe­ran­za, y la es­pe­ran­za no fa­lla, por­que el amor de Dios ha sido de­rra­ma­do en nues­tros co­ra­zo­nes por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Romanos 5, 3-5). La pa­cien­cia es el mo­tor de la es­pe­ran­za. Por eso, se te in­vi­ta a ser pa­cien­te, pues Dios te ama y, por eso, ya ha ven­ci­do a la muer­te… ¡No tie­nes nada que te­mer!

Práctica La Iglesia Católica ex­pli­ca de for­ma de­ta­lla­da las vir­tu­des más im­por­tan­tes que exis­ten: to­das las teo­lo­ga­les y las car­di­na­les. Por ello, va­mos a acu­dir al Magisterio de la Iglesia para co­no­cer de for­ma fia­ble to­das es­tas vir­tu­des, mu­chas de las cua­les ya han sido ex­pli­ca­das en tér­mi­nos prác­ti­cos aquí. Sin em­bar­go, con­vie­ne apren­der a “aprender del ca­te­cis­mo”, por lo que va­mos a leer la sec­ción de­di­ca­da a las vir­tu­des del mis­mo:

Leer so­bre las Virtudes en el Catecismo

Además, pi­da­mos a Dios po­der lu­char con es­tas ar­mas tan her­mo­sas que Dios nos ha re­ga­la­do, para que nos re­sul­te más sen­ci­llo re­co­rrer el ca­mino de la Vida. De he­cho, la Escritura mis­ma te in­vi­ta a este com­ba­te di­cién­do: com­ba­te el buen com­ba­te de la fe, con­quis­ta la vida eter­na a la que has sido lla­ma­do y de la que hi­cis­te aque­lla so­lem­ne pro­fe­sión de­lan­te de mu­chos tes­ti­gos (1 Timoteo 6, 12). Pero… ¿Cómo com­ba­tir? Como he­mos men­cio­na­do al prin­ci­pio: sien­do fie­les en lo poco, es de­cir, po­nien­do en prác­ti­ca cons­tan­te­men­te y en la me­di­da que po­da­mos to­das las vir­tu­des. Y ve­re­mos como esta me­di­da irá cre­cien­do poco a poco… Dios se en­car­ga­rá de ello. ¿Y con­tra quién hay que com­ba­tir? Contra el ma­ligno, sus se­duc­cio­nes, sus en­ga­ños y el pe­ca­do. Y en este com­ba­te dia­rio, que no se te ol­vi­de esta ex­hor­ta­ción: No les te­máis, por­que el mis­mo Yahvé vues­tro Dios com­ba­te por vo­so­tros (Deuteronomio 3, 22). ¡Dios com­ba­te con­ti­go!

Poner en prác­ti­ca to­das las vir­tu­des

Glosario

… teo­lo­ga­les*
Virtud Teologal Las vir­tu­des teo­lo­ga­les fun­dan, ani­man y ca­rac­te­ri­zan el obrar mo­ral del cris­tiano. Informan y vi­vi­fi­can to­das las vir­tu­des mo­ra­les. Son in­fun­di­das por Dios en el alma de los fie­les para ha­cer­los ca­pa­ces de obrar como hi­jos su­yos y me­re­cer la vida eter­na. Son la ga­ran­tía de la pre­sen­cia y la ac­ción del Espíritu Santo en las fa­cul­ta­des del ser hu­mano. Tres son las vir­tu­des teo­lo­ga­les: la fe, la es­pe­ran­za y la ca­ri­dad (cf 1 Co 13, 13) (Catecismo 1813).