4.7 Los diez Mandamientos

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Porque este man­da­mien­to que yo te pres­cri­bo hoy no es su­pe­rior a tus fuer­zas, ni está fue­ra de tu al­can­ce.
- Deuteronomio 30, 11

Los diez man­da­mien­tos Dios re­ga­la los diez man­da­mien­tos a su pue­blo Israel tras ser res­ca­ta­dos de Egipto y ser cons­ti­tui­dos como su pue­blo. Así pues, los diez man­da­mien­tos cons­ti­tu­yen la ley de Dios para el bien de su pue­blo. Una ley que he­mos he­re­da­do no­so­tros, los cris­tia­nos, que tam­bién so­mos el pue­blo de Dios. Pero esto es algo que en­ten­de­mos mal, en pri­mer lu­gar, por­que la idea de ley que te­ne­mos no­so­tros no es la mis­ma que te­nía el pue­blo de Israel. En pri­mer lu­gar por­que no­so­tros en­ten­de­mos la ley como una car­ga, pero ellos ven en la ley de Dios las guías para ser fe­liz da­das por Dios, que ha crea­do y co­no­ce cómo “funciona” el hom­bre. De he­cho, son lla­ma­das las diez Palabras de Vida. En se­gun­do lu­gar, por­que para no­so­tros la ley es algo im­pues­to por el ca­pri­cho de unos po­cos que de­be­mos cum­plir so pena de mul­ta y cas­ti­go. En cam­bio, la ley de Dios es dada por amor para que tú pue­das ser fe­liz, ya que Él ha he­cho una Alianza con­ti­go: Me pa­sea­ré en me­dio de vo­so­tros, y seré vues­tro Dios, y vo­so­tros se­réis mi pue­blo (Levítico 26, 12). Efectivamente, los man­da­mien­tos pro­pia­men­te di­chos vie­nen en se­gun­do lu­gar. […] La exis­ten­cia mo­ral es res­pues­ta a la ini­cia­ti­va amo­ro­sa del Señor. Es re­co­no­ci­mien­to, ho­me­na­je a Dios y cul­to de ac­ción de gra­cias. Es coope­ra­ción con el de­sig­nio que Dios se pro­po­ne en la his­to­ria (Catecismo 2062). Así pues, la ley de Dios son pa­la­bras de vida da­das por amor, y su ob­je­ti­vo es el bien de quien las pone en prác­ti­ca. El de­cá­lo­go es éste:

  1. No ten­drás otros dio­ses fue­ra de mí.
  2. No pro­nun­cia­rás el nom­bre de Yahvé, tu Dios, en fal­so.
  3. Recuerda el día del sá­ba­do para san­ti­fi­car­lo.
  4. Honra a tu pa­dre y a tu ma­dre.
  5. No ma­ta­rás.
  6. No co­me­te­rás adul­te­rio.
  7. No ro­ba­rás.
  8. No da­rás tes­ti­mo­nio fal­so con­tra tu pró­ji­mo.
  9. Ni co­di­cia­rás la mu­jer de tu pró­ji­mo.
  10. Ni nada que sea de tu pró­ji­mo.
    (Éxodo 20)

No ten­drás otros dio­ses fue­ra de mí Este man­da­mien­to o pa­la­bra de vida es el más im­por­tan­te, y en otros lu­ga­res de las es­cri­tu­ras se irá com­ple­tan­do y per­fi­lan­do cada vez más. Esto ocu­rre por ejem­plo en la ora­ción del Shemá, otra for­ma me­dian­te la cual co­no­ce­mos el man­da­mien­to: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma y con toda tu men­te (Mateo 22, 37b). Este man­da­mien­to or­de­na la vida del hom­bre, po­nien­do en pri­mer lu­gar lo que es pri­me­ro: Dios. De otra for­ma se cae en la ido­la­tría, cu­yas ne­fas­tas con­se­cuen­cias se pue­den ver de for­ma evi­den­te en la ex­plo­ta­ción la­bo­ral o en la tra­ta de per­so­nas don­de el di­ne­ro es con­si­de­ra­do dios y pues­to so­bre el ver­da­de­ro Dios y su man­da­to de amor al pró­ji­mo. Así pues, el pri­mer man­da­mien­to lla­ma al hom­bre para que crea en Dios, es­pe­re en Él y lo ame so­bre to­das las co­sas (Catecismo 2134). Pecados con­tra este man­da­mien­to son: ido­la­tría, su­pers­ti­ción, ateís­mo, sec­ta­ris­mo, sa­cri­le­gio, apos­ta­sía, pre­sun­ción de sal­va­ción, creer que Dios no pue­de sal­var­te, ace­día*, si­mo­nía*, no re­zar nun­ca, ha­blar mal de Dios, blas­fe­mia, ca­llar o no con­fe­sar los pe­ca­dos gra­ves, etc. Por ser pe­ca­dos que aten­tan di­rec­ta­men­te con­tra Dios, que es el bien su­pre­mo, sue­len ser gra­ves.

No pro­nun­cia­rás el nom­bre de Yahvé, tu Dios, en fal­so Entre to­das las pa­la­bras de la Revelación hay una, sin­gu­lar, que es la re­ve­la­ción de su Nombre. Dios con­fía su Nombre a los que creen en Él; se re­ve­la a ellos en su mis­te­rio per­so­nal. El don del Nombre per­te­ne­ce al or­den de la con­fi­den­cia y la in­ti­mi­dad. “El nom­bre del Señor es san­to”. Por eso el hom­bre no pue­de usar mal de él. Lo debe guar­dar en la me­mo­ria en un si­len­cio de ado­ra­ción amo­ro­sa. No lo em­plea­rá en sus pro­pias pa­la­bras, sino para ben­de­cir­lo, ala­bar­lo y glo­ri­fi­car­lo (Catecismo 2143). Así pues, pe­ca­dos con­tra este man­da­mien­to son la blas­fe­mia, la ira con­tra Dios, cul­par a Dios del mal, mal­de­cir­lo, ju­rar en fal­so, men­tir en con­fe­sión, no cum­plir los vo­tos* pro­me­ti­dos a Dios, pro­mo­cio­nar pe­lí­cu­las y ex­po­si­cio­nes blas­fe­mas, o no po­ner nom­bres cris­tia­nos a tus hi­jos, en­tre otros. Esto úl­ti­mo es muy im­por­tan­te, ya que en el Bautismo, la Iglesia da un nom­bre al cris­tiano. Los pa­dres, los pa­dri­nos y el pá­rro­co de­ben pro­cu­rar que se dé un nom­bre cris­tiano al que es bau­ti­za­do. El pa­tro­ci­nio de un san­to ofre­ce un mo­de­lo de ca­ri­dad y ase­gu­ra su in­ter­ce­sión (2165). Como es­tos pe­ca­dos tam­bién aten­tan con­tra Dios, sue­len ser gra­ves.

Recuerda el día del sá­ba­do para san­ti­fi­car­lo ¡Éste es el día que hizo Yahvé, exul­te­mos y go­cé­mo­nos en él! (Salmo 118, 24). Efectivamente, el sá­ba­do es la fies­ta de la crea­ción don­de se ce­le­bra que Dios nos ha crea­do por puro amor y nos lo ha re­ga­la­do… ¡Todo! Pero para los cris­tia­nos hay una fies­ta más gran­de aún… ¡La nue­va crea­ción eter­na que lo­gró Cristo al ven­cer la muer­te! El sá­ba­do, que re­pre­sen­ta­ba la co­ro­na­ción de la pri­me­ra crea­ción, es sus­ti­tui­do por el do­min­go que re­cuer­da la nue­va crea­ción, inau­gu­ra­da por la re­su­rrec­ción de Cristo (Catecismo 2190). El do­min­go y al­gu­nas otras fies­tas es­ta­ble­ci­das por la Iglesia que ha­cen me­mo­rial de acon­te­ci­mien­tos im­por­tan­tes son días para ce­le­brar el amor de Dios, des­can­san­do de los tra­ba­jos co­ti­dia­nos. ¡El do­min­go es un día para dis­fru­tar de todo lo que Dios nos ha re­ga­la­do! Y en­tre otras co­sas eso se hace acu­dien­do sin fal­ta a la Santa Misa.

Así pues, du­ran­te el do­min­go y las otras fies­tas de pre­cep­to, los fie­les se abs­ten­drán de en­tre­gar­se a tra­ba­jos o ac­ti­vi­da­des que im­pi­dan el cul­to de­bi­do a Dios, la ale­gría pro­pia del día del Señor, la prác­ti­ca de las obras de mi­se­ri­cor­dia, el des­can­so ne­ce­sa­rio del es­pí­ri­tu y del cuer­po. Las ne­ce­si­da­des fa­mi­lia­res o una gran uti­li­dad so­cial cons­ti­tu­yen ex­cu­sas le­gí­ti­mas res­pec­to al pre­cep­to del des­can­so do­mi­ni­cal. Los fie­les de­ben cui­dar de que le­gí­ti­mas ex­cu­sas no in­tro­duz­can há­bi­tos per­ju­di­cia­les a la re­li­gión, a la vida de fa­mi­lia y a la sa­lud (Catecismo 2185). Pecar con­tra este man­da­mien­to con­sis­te en rea­li­zar en ese día lo si­guien­te: fal­tar a la Eucaristía, no aten­der y com­por­tar­se en la Eucaristía, tra­ba­jar sin ver­da­de­ra ne­ce­si­dad, com­prar y ven­der co­sas sin ver­da­de­ra ne­ce­si­dad, lu­crar­se, ha­cer ta­reas pe­sa­das sin ne­ce­si­dad, etc. Y sí, fal­tar a la Eucaristía sin una ex­cu­sa real y se­ria es un pe­ca­do gra­ve. En cual­quier caso re­cuer­da… ¡El do­min­go es un día de­di­ca­do a Dios, a la fa­mi­lia, a la ca­ri­dad y al des­can­so!

Honra a tu pa­dre y a tu ma­dre La fa­mi­lia cris­tia­na es una obra her­mo­sí­si­ma que Dios ha he­cho, aun­que en mu­chas oca­sio­nes no­so­tros la des­tru­ya­mos. Dado que ya he­mos tra­ta­do an­te­rior­men­te cómo vive (o debe vi­vir) una fa­mi­lia cris­tia­na, aho­ra va­mos a ver por en­ci­ma la ac­ti­tud que de­ben te­ner los hi­jos con sus pa­dres. Así pues, mien­tras vive en el do­mi­ci­lio de sus pa­dres, el hijo debe obe­de­cer a todo lo que és­tos dis­pon­gan para su bien o el de la fa­mi­lia. “Hijos, obe­de­ced en todo a vues­tros pa­dres, por­que esto es gra­to a Dios en el Señor”. Los ni­ños de­ben obe­de­cer tam­bién las pres­crip­cio­nes ra­zo­na­bles de sus edu­ca­do­res y de to­dos aque­llos a quie­nes sus pa­dres los han con­fia­do. Pero si el niño está per­sua­di­do en con­cien­cia de que es mo­ral­men­te malo obe­de­cer esa or­den, no debe se­guir­la (Catecismo 2217).

Cuando se ha­cen ma­yo­res, los hi­jos de­ben se­guir res­pe­tan­do a sus pa­dres. Deben pre­ve­nir sus de­seos, so­li­ci­tar dó­cil­men­te sus con­se­jos y acep­tar sus amo­nes­ta­cio­nes jus­ti­fi­ca­das. La obe­dien­cia a los pa­dres cesa con la eman­ci­pa­ción de los hi­jos, pero no el res­pe­to que les es de­bi­do, el cual per­ma­ne­ce para siem­pre (Catecismo 2217). Los pe­ca­dos con­tra este man­da­mien­to son to­dos los que des­tru­yan a la fa­mi­lia. En re­la­ción a los pa­dres: des­obe­de­cer­los per­ti­naz­men­te, fal­tar­les al res­pe­to, aban­do­nar­los en un asi­lo a su suer­te, odiar­los, ol­vi­dar­se de ellos. En re­la­ción a los her­ma­nos: los plei­tos, odios, ri­ñas y dis­cu­sio­nes por he­ren­cias u otros mo­ti­vos. En cuan­to a los pa­dres con los hi­jos: abor­to, an­ti­con­cep­ción, dar­les nom­bres pá­ga­nos, no dar­les a su tiem­po los sa­cra­men­tos, dar­les ejem­plos in­mo­ra­les, no aten­der a sus ne­ce­si­da­des, no edu­car­los en la fe, etc. La gra­ve­dad de­pen­de de con­tra quién se reali­ce la obra mala, el daño que se cau­se y la in­ten­ción del acto.

No ma­ta­rás Este man­da­mien­to es bas­tan­te cla­ro… ¿No? Sin em­bar­go, hay mu­chas for­mas de ma­tar que no con­tem­pla­mos al pen­sar en este man­da­mien­to. Recuerda que toda vida hu­ma­na, des­de el mo­men­to de la con­cep­ción has­ta la muer­te, es sa­gra­da, pues la per­so­na hu­ma­na ha sido ama­da por sí mis­ma a ima­gen y se­me­jan­za del Dios vivo y san­to (Catecismo 2319). Así pues, tam­po­co está per­mi­ti­do el abor­to, la píl­do­ra del día des­pués (que es abor­ti­va), el sui­ci­dio (tu vida tam­bién es sa­gra­da y tú no eres su due­ño), la eu­ta­na­sia, la fe­cun­da­ción in-vi­tro (cuyo pro­ce­so abor­ta di­ver­sos em­brio­nes), el con­su­mo de dro­gas o al­cohol (que aca­ba siem­pre mal), el co­mer­cio de ar­mas y dro­gas, el se­cues­tro de per­so­nas, la con­duc­ción te­me­ra­ria u otras te­me­ri­da­des que po­nen en se­rio ries­go tu vida. Si, tam­bién el tí­pi­co bo­te­llón de los sá­ba­dos por la no­che. Todo esto son pe­ca­dos gra­ves, pues da­ñan mu­chí­si­mo a la per­so­na y des­tru­yen com­ple­ta­men­te la ca­ri­dad.

Pero aún es ne­ce­sa­rio ir un paso más allá, pues ha­béis oído que se dijo a los an­te­pa­sa­dos: No ma­ta­rás; y aquel que mate será reo ante el tri­bu­nal. Pues yo os digo: Todo aquel que se en­co­le­ri­ce con­tra su her­mano, será reo ante el tri­bu­nal (Mt 5, 21-22a). Por eso, res­pe­ta al pró­ji­mo y trá­ta­lo como te gus­ta­ría ser tra­ta­do. Y en su muer­te na­tu­ral, dale cris­tia­na se­pul­tu­ra, pues los cuer­pos de los di­fun­tos de­ben ser tra­ta­dos con res­pe­to y ca­ri­dad en la fe y la es­pe­ran­za de la re­su­rrec­ción (Catecismo 2300). Y por úl­ti­mo, por su­pues­to… ¡El alma in­mor­tal es más im­por­tan­te que la vida te­rre­na! Por eso, si in­ci­tas al sui­ci­dio al alma de otro con el es­cán­da­lo gra­ve o in­du­cién­do­lo a pe­car, has he­cho algo te­rri­ble que de­bes re­pa­rar sin di­la­ción. Cuida tam­bién los ma­los pen­sa­mien­tos, pues para Dios es casi igual de gra­ve que­rer y desear ha­cer algo malo vo­lun­ta­ria­men­te que ha­cer­lo tú mis­mo con tus pro­pias ma­nos.

No co­me­te­rás adul­te­rio ni co­di­cia­rás la mu­jer de tu pró­ji­mo El amor es la vo­ca­ción a la que Dios nos lla­ma a to­dos, aun­que a cada una ex­pre­sa­da de di­fe­ren­te for­ma. Por eso, todo aque­llo que va en con­tra del amor tam­bién va, al fi­nal, en con­tra de uno mis­mo. Y aun­que el adul­te­rio es la ex­pre­sión má­xi­ma de este re­cha­zo al amor, Jesús va a la raíz del pro­ble­ma di­cien­do: Habéis oído que se dijo: No co­me­te­rás adul­te­rio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mu­jer deseán­do­la, ya co­me­tió adul­te­rio con ella en su co­ra­zón (Mateo 5, 27-28). El amor es, en­tre otras co­sas, una de­ci­sión con­ti­nua­da en el tiem­po de bus­car el bien de otra per­so­na en­tre­gán­do­le tu vida. Y esa de­ci­sión se rom­pe com­ple­ta­men­te cuan­do con­sien­tes en mi­rar a otra mu­jer deseán­do­la. Pero no sólo en ese caso, tam­bién se rom­pe en mu­chos otros ca­sos como, por ejem­plo, cuan­do uno se ama y se en­tre­ga a sí mis­mo con la mas­tur­ba­ción.

Así pues… ¿Qué ha­cer en­ton­ces ante las pa­sio­nes y de­seos? Emplear la vir­tud de la cas­ti­dad, de la que he­mos ha­bla­do an­te­rior­men­te. Además, la cas­ti­dad im­pli­ca un apren­di­za­je del do­mi­nio de sí, que es una pe­da­go­gía de la li­ber­tad hu­ma­na. La al­ter­na­ti­va es cla­ra: o el hom­bre con­tro­la sus pa­sio­nes y ob­tie­ne la paz, o se deja do­mi­nar por ellas y se hace des­gra­cia­do (Catecismo 2339). De he­cho, la mas­tur­ba­ción y la por­no­gra­fía pue­den de­ge­ne­rar fa­cil­men­te en ver­da­de­ras adic­cio­nes, de las que nos pue­de re­sul­tar im­po­si­ble sa­lir por nues­tra cuen­ta. En tal caso, con la fir­me vo­lun­tad de que­rer de­jar­lo, con­vie­ne acu­dir sin ver­güen­za a un es­pe­cia­lis­ta ca­tó­li­co que nos dará he­rra­mien­tas úti­les para tra­tar de re­sol­ver el pro­ble­ma.

Pecados con­tra es­tos dos man­da­mien­tos son acos­tar­se con al­guien o algo sin es­tar ca­sa­do por la Iglesia, acos­tar­te con quien no es tu cón­yu­ge, usar mé­to­dos an­ti­con­cep­ti­vos, mas­tur­bar­se solo o mu­tua­men­te, con­sen­tir pen­sa­mien­tos y de­seos im­pu­ros, in­ci­tar o pro­vo­car la se­xua­li­dad fue­ra del ma­tri­mo­nio, vio­lar a al­guien, rea­li­zar o con­tra­tar ma­ter­ni­dad su­bro­ga­da, di­vor­ciar­se, pro­vo­car­se de­seo o pla­cer en el no­viaz­go, ves­tir in­mo­des­ta­men­te, mu­ti­lar tus ge­ni­ta­les, fan­ta­sear con la se­xua­li­dad, ver pe­lí­cu­las con es­ce­nas de sexo, ver por­no­gra­fía, en­viar o re­ci­bir fo­tos de des­nu­dos, ver a strip­pers, bai­lar bai­les in­mo­des­tos y pro­vo­ca­ti­vos, de­cir obs­ce­ni­da­des para pro­vo­car el de­seo, etc. Recuerda, ade­más, que con­sen­tir y com­pla­cer­se en pen­sa­mien­tos y de­seos im­pu­ros es tan casi gra­ve como ha­cer esas co­sas en la reali­dad. Y no nos re­fe­ri­mos a sen­tir con­tra nues­tra vo­lun­tad, que no es pe­ca­do, sino a con­sen­tir con la vo­lun­tad. Además, to­dos los pe­ca­dos con­tra la cas­ti­dad son gra­ves, pues se­gún la tra­di­ción cris­tia­na y la doc­tri­na de la Iglesia, y como tam­bién lo re­co­no­ce la rec­ta ra­zón, el or­den mo­ral de la se­xua­li­dad com­por­ta para la vida hu­ma­na va­lo­res tan ele­va­dos, que toda vio­la­ción di­rec­ta de este or­den es ob­je­ti­va­men­te gra­ve (Doctrina de la Fe)[31]. Por su­pues­to, den­tro de esta gra­ve­dad, al­gu­nos pe­ca­dos des­ta­can por ser ex­tre­ma­da­men­te gra­ves.

No ro­ba­rás y no co­di­cia­rás nada que sea de tu pró­ji­mo Dios nos ha dado la tie­rra para que to­dos los hom­bres dis­fru­ten de ella. ¡Pues los ama! Así pues, los bie­nes de la crea­ción es­tán des­ti­na­dos a todo el gé­ne­ro hu­mano. Sin em­bar­go, la tie­rra está re­par­ti­da en­tre los hom­bres para dar se­gu­ri­dad a su vida, ex­pues­ta a la pe­nu­ria y ame­na­za­da por la vio­len­cia. La apro­pia­ción de bie­nes es le­gí­ti­ma para ga­ran­ti­zar la li­ber­tad y la dig­ni­dad de las per­so­nas, para ayu­dar a cada uno a aten­der sus ne­ce­si­da­des fun­da­men­ta­les y las ne­ce­si­da­des de los que es­tán a su car­go (Catecismo 2402). Por ello, la en­vi­dia y co­di­cia de los bie­nes aje­nos, y el robo de los mis­mos es un pe­ca­do tan gra­ve como daño cau­se al otro. Comúnmente, se con­si­de­ra ya gra­ve el robo pun­tual de una can­ti­dad su­pe­rior a un sa­la­rio dia­rio de la víc­ti­ma. Por su­pues­to, no hay robo si el con­sen­ti­mien­to pue­de ser pre­su­mi­do o si el re­cha­zo es con­tra­rio a la ra­zón y al des­tino uni­ver­sal de los bie­nes. Es el caso de la ne­ce­si­dad ur­gen­te y evi­den­te en que el úni­co me­dio de re­me­diar las ne­ce­si­da­des in­me­dia­tas y esen­cia­les (alimento, vi­vien­da, ves­ti­do, etc) es dis­po­ner y usar de los bie­nes aje­nos (Catecismo 2408).

Es im­por­tan­te des­ta­car que no hay que con­fun­dir aque­llo que real­men­te es ne­ce­sa­rio para vi­vir con aque­llo que sólo que­re­mos para vi­vir có­mo­dos. Por ejem­plo, va con­tra este man­da­mien­to pi­ra­tear pe­lí­cu­las, por muy cara que sea la en­tra­da del cine, ya que no las ne­ce­si­tas para vi­vir. Por úl­ti­mo, no ro­bar im­pli­car tam­bién dar li­mos­na de tus bie­nes a los ne­ce­si­ta­dos, pues no ha­cer par­ti­ci­par a los po­bres de los pro­pios bie­nes es ro­bar­les y qui­tar­les la vida; […] lo que po­see­mos no son bie­nes nues­tros, sino los su­yos (San Juan Crisóstomo)[71] que Dios les da a tra­vés de ti: un sim­ple ad­mi­nis­tra­dor de los bie­nes de Dios, pues suya es toda la tie­rra. Pecados con­tra es­tos man­da­mien­tos son el robo, de­frau­dar a ha­cien­da, no pa­gar im­pues­tos, acu­mu­lar bie­nes ig­no­ran­do al ne­ce­si­ta­do, en­vi­diar bie­nes aje­nos, no ayu­dar a po­bres y ne­ce­si­ta­dos, no apo­yar a la Iglesia, ro­bar, de­frau­dar, des­truir la pro­pie­dad aje­na, van­da­li­zar, ju­gar ex­ce­si­va­men­te, des­per­di­ciar los bie­nes, fal­si­fi­car co­sas, so­bor­nar, ex­tor­sio­nar, chan­ta­jear, en­ga­ñar, pi­ra­tear pe­lí­cu­las y jue­gos, etc. Mencionar que, en caso de mal­gas­tar los bie­nes por un pro­ble­ma de lu­do­pa­tía, que es una adic­ción muy ex­ten­di­da en la ac­tua­li­dad con ma­qui­nas tra­ga­pe­rras y con las apli­ca­cio­nes y jue­gos del mó­vil, con­vie­ne acu­dir sin ver­güen­za a un es­pe­cia­lis­ta ca­tó­li­co que nos ayu­da­rá a re­sol­ver el pro­ble­ma.

No da­rás tes­ti­mo­nio fal­so con­tra tu pró­ji­mo Con este man­da­mien­to o pa­la­bra de vida, Dios nos in­vi­ta a ser ve­ra­ces y cui­dar nues­tros la­bios, pues to­dos sa­be­mos que con la pa­la­bra se pue­de ha­cer in­clu­so más daño que con las ma­nos. Dios, que nos ama, quie­re que nos ame­mos tam­bién en­tre no­so­tros… ¡Y no se pue­de amar a quien ni si­quie­ra res­pe­tas! Así pues, el res­pe­to de la repu­tación y del ho­nor de las per­so­nas prohí­be toda ac­ti­tud y toda pa­la­bra de ma­le­di­cen­cia o de ca­lum­nia (Catecismo 2507), al igual que en­ga­ñar­los con adu­la­cio­nes o men­ti­ras para ob­te­ner algo de ellos. ¡La ver­dad siem­pre por de­lan­te! Por otro lado, no siem­pre se debe re­ve­lar la ver­dad, so­bre todo si eso va a pro­vo­car un daño gra­ve a otra per­so­na. En ta­les caso con­vie­ne sim­ple­men­te per­ma­ne­cer en si­len­cio. Por eso, aun­que la so­cie­dad tie­ne de­re­cho a una in­for­ma­ción fun­da­da en la ver­dad, la li­ber­tad, la jus­ti­cia, es pre­ci­so im­po­ner­se mo­de­ra­ción y dis­ci­pli­na en el uso de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción so­cial (Catecismo 2512). Pecados con­tra este man­da­mien­to son: la men­ti­ra, el fal­so tes­ti­mo­nio, la exa­ge­ra­ción y ma­ni­pu­la­ción, la di­fa­ma­ción (aunque sea de co­sas cier­tas), la si­mu­la­ción, la ca­lum­nia, el chis­me, la crí­ti­ca des­truc­ti­va, di­vul­gar con­fi­den­cias, el jui­cio te­me­ra­rio, la adu­la­ción, fal­tar a un ju­ra­men­to, guar­dar si­len­cio en un jui­cio pro­vo­can­do una con­de­na in­jus­ta, la va­na­glo­ria, di­vul­gar la vida pri­va­da de otro sin per­mi­so, pen­sar muy mal de otro sin prue­bas, etc. La gra­ve­dad de es­tos pe­ca­dos de­pen­de del daño que se ha pro­vo­ca­do o se quie­ra pro­vo­car al ho­nor del otro, pues que­rer es su­fi­cien­te para pe­car.

Práctica Es fun­da­men­tal dar­se cuen­ta que el re­ga­lo de Dios con los diez man­da­mien­tos es una sen­ci­lla guía para ca­mi­nar por el ca­mino de la vida, que nos lle­ve un día a po­der amar y ser ama­dos. Efectivamente, to­dos es­tos man­da­mien­tos o pa­la­bras de vida se pue­den re­su­mir en la ora­ción del Shemá, que dice así: Escucha Israel: El Señor es nues­tro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma y con to­das tus fuer­zas; y al pró­ji­mo como a ti mis­mo. Haz esto y ten­drás la vida eter­na (Deuteronomio 6, 4-5; Mateo 22, 37.39; Lucas 10, 27-28). Quizás, tras esta ex­po­si­ción de los diez man­da­mien­tos has vis­to que co­me­tes al­gún pe­ca­do… ¡No te preo­cu­pes! ¡Dios te ama y no te lo tie­ne en cuen­ta! Acude al Sacerdote y con­fie­sa tus pe­ca­dos, cum­plien­do la pe­ni­ten­cia que te im­pon­ga, para que de esta for­ma pue­das le­van­tar­te lim­pio a los ojos de Dios, el úni­co Juez ver­da­de­ro. La con­fe­sión debe ha­cer­se de to­dos los pe­ca­dos mor­ta­les co­me­ti­dos des­de la úl­ti­ma con­fe­sión bien he­cha, en su “especie mo­ral ín­fi­ma”, nú­me­ro y sin omi­sión.

  • Todos los pe­ca­dos mor­ta­les. Es de­cir, de todo aque­llo que pese a que creía­mos en ese mo­men­to que era gra­ve­men­te malo, lo hi­ci­mos igual­men­te con pleno uso de nues­tra li­ber­tad. La ad­ver­ten­cia de la gra­ve­dad debe pre­ce­der o acom­pa­ñar al acto gra­ve­men­te malo que se hace cons­cien­te y li­bre­men­te (no en sue­ños o me­dio dor­mi­do, por ejem­plo).
  • Especie mo­ral ín­fi­ma. Es de­cir, el pe­ca­do mor­tal con­cre­to (ej. he pe­ca­do mas­tur­bán­do­me vien­do por­no­gra­fía) y no su ca­te­go­ría ge­né­ri­ca (ej. he pe­ca­do de lu­ju­ria), sin en­trar en de­ta­lles irre­le­van­tes o ex­cu­sas.
  • Número. Es de­cir, la can­ti­dad de ve­ces o fre­cuen­cia apro­xi­ma­da que ten­ga­mos en con­cien­cia, sin exa­ge­rar o re­du­cir el nú­me­ro.
  • Sin omi­sión. Es de­cir, sin ocul­tar a pro­pó­si­to por ma­li­cia o ver­güen­za al­gún pe­ca­do mor­tal.

Si no se rea­li­za con­for­me in­di­ca la Iglesia Católica la con­fe­sión es in­vá­li­da, e in­clu­so, si se sabe y se quie­re ha­cer mal, sa­crí­le­ga. Por otro lado, se pue­de y es bueno tam­bién con­fe­sar el res­to de pe­ca­dos que nos pe­sen en la con­cien­cia. Y no te preo­cu­pes, el Sacerdote tie­ne obli­ga­ción bajo pena de ex­co­mu­nión muy gra­ve y pe­ca­do mor­tal de guar­dar si­len­cio de todo lo que di­gas. Aunque re­co­men­da­mos siem­pre bus­car para la con­fe­sión un Sacerdote con un modo de vida san­to, para que pue­da ayu­dar­te de la me­jor for­ma.

Repasar el Examen de Conciencia con los diez man­da­mien­tos
Querer y has­ta desear aban­do­nar to­dos los pe­ca­dos
Confesarse con un Sacerdote y cum­plir la Penitencia
Pedir a Dios la gra­cia para vi­vir los diez man­da­mien­tos
Procurar no trans­gre­dir los man­da­mien­tos vo­lun­ta­ria­men­te

Finalmente, des­pués de re­vi­vir en la con­fe­sión, con­ti­núa el com­ba­te de la Fe. Y no ol­vi­des que Dios hace po­si­ble por su gra­cia lo que man­da (Catecismo 2082), aun­que en al­gu­nos ca­sos de­bas pe­dir ayu­da y ale­jar­te de lo que te pone en ries­go de caer. Ten en cuen­ta que to­das es­tas co­sas que prohi­ben los diez man­da­mien­tos son co­sas que te ha­cen mu­cho daño, por lo que no ha­cer­las te be­ne­fi­cia. Recuerda que… ¡Dios te ama y sólo quie­re tu bien!

Glosario

… ace­día*
Acedía Los Padres es­pi­ri­tua­les en­tien­den por ella una for­ma de as­pe­re­za o de des­abri­mien­to de­bi­dos a la pe­re­za, al re­la­ja­mien­to de la as­ce­sis, al des­cui­do de la vi­gi­lan­cia, a la ne­gli­gen­cia del co­ra­zón (Catecismo 2733).
… si­mo­nía*
Simonía La si­mo­nía (cf Hch 8, 9-24) se de­fi­ne como la com­pra o ven­ta de co­sas es­pi­ri­tua­les […] Es im­po­si­ble apro­piar­se de los bie­nes es­pi­ri­tua­les y de com­por­tar­se res­pec­to a ellos como un po­see­dor o un due­ño, pues tie­nen su fuen­te en Dios. Sólo es po­si­ble re­ci­bir­los gra­tui­ta­men­te de Él (Catecismo 2121).
… vo­tos*
Voto El voto, es de­cir, la pro­me­sa de­li­be­ra­da y li­bre he­cha a Dios de un bien po­si­ble y me­jor, debe cum­plir­se por la vir­tud de la re­li­gión (Canon 1191). El voto pue­de ser pú­bli­co, como el de en­trar a una or­den con­sa­gra­da, al Sacerdocio o al Matrimonio; o pri­va­do, he­cho sin tes­ti­gos ante Dios, con o sin pa­la­bras. El pá­rro­co pue­de dis­pen­sar el cum­pli­mien­to de un voto pri­va­do por cau­sas jus­tas.