4.1 – Los diez Mandamientos

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Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance (Deuteronomio 30, 11).

Los diez mandamientos
Dios regala los diez mandamientos a su pueblo Israel tras ser rescatados de Egipto y ser constituidos como su pueblo. Los diez mandamientos constituyen la ley de Dios para el bien de su pueblo. Una ley que hemos heredado nosotros los cristianos, que también somos el pueblo de Dios. Pero esto es algo que entendemos mal, en primer lugar, porque la idea de ley que tenemos nosotros no es la misma que tenía el pueblo de Israel, ya que nosotros la entendemos como una carga, pero ellos ven en la ley de Dios las guías para ser feliz dadas por Dios, que ha creado y conoce como “funciona” el hombre. De hecho, son llamadas las diez palabras de Vida. En segundo lugar, porque para nosotros la ley es algo que debemos cumplir impuesta por el capricho de unos pocos. En cambio, la ley de Dios es dada por amor para que tú puedas ser feliz, ya que Él ha hecho una Alianza contigo: Me pasearé en medio de vosotros, y seré para vosotros Dios, y vosotros seréis para mí un pueblo (Levítico 26, 12). Efectivamente, los mandamientos propiamente dichos vienen en segundo lugar. […] La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación con el designio que Dios se propone en la historia (Catecismo 2062). Así pues, la ley de Dios son palabras de vida dadas por amor, y su objetivo es el bien de quien las pone en práctica. El decálogo (Éxodo 20) es éste:

  1. No tendrás otros dioses fuera de mí. […].
  2. No pronunciarás el nombre de Yahvé, tu Dios, en falso; […].
  3. Recuerda el día del sábado para santificarlo. […].
  4. Honra a tu padre y a tu madre, […].
  5. No matarás.
  6. No cometerás adulterio.
  7. No robarás.
  8. No darás testimonio falso contra tu prójimo.
  9. […] ni codiciarás la mujer de tu prójimo […]
  10. No codiciarás […] nada que sea de tu prójimo.

No tendrás otros dioses fuera de mí
Este mandamiento o palabra de vida es el más importante, y en otros lugares de las escrituras se irá completando. Esto ocurre por ejemplo en la oración del Shemá, forma oficial en que los católicos lo conocemos el mandamiento: Amarás el Señor tu Dios sobre todas las cosas. Este mandamiento ordena la vida del hombre, poniendo en primer lugar lo que es primero: Dios. De otra forma se cae en idolatría, cuyas nefastas consecuencias se pueden ver de forma evidente en la explotación laboral o la trata de personas donde el dinero es considerado dios y puesto sobre el verdadero Dios y su mandato de amor al prójimo. Así pues, el primer mandamiento llama al hombre para que crea en Dios, espere en Él y lo ame sobre todas las cosas (Catecismo 2134). Pecados contra este mandamiento son: idolatría, superstición, ateísmo, sectarismo, sacrilegio, apostasía, presunción de salvación, creer que Dios no puede salvarte, acedía, simonía, no rezar nunca, callar o no confesar los pecados graves, etc.

No pronunciarás el nombre de Yahvé, tu Dios, en falso
Entre todas las palabras de la Revelación hay una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. “El nombre del Señor es santo”. Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf Za 2, 17). No lo empleará en sus propias palabras, sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cf Sal 29, 2; 96, 2; 113, 1-2) (Catecismo 2143). Así pues, pecados contra este mandamiento son la blasfemia, la ira contra Dios, culpar a Dios del mal, maldecirlo, jurar en falso, mentir en confesión, no cumplir los votos prometidos a Dios, promocionar películas o exposiciones blasfemas, o no poner nombres cristianos a tus hijos. Esto último es muy importante, ya que en el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano. Los padres, los padrinos y el párroco deben procurar que se dé un nombre cristiano al que es bautizado. El patrocinio de un santo ofrece un modelo de caridad y asegura su intercesión (Catecismo 2165).

Recuerda el día del sábado para santificarlo
¡Este es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos en él! (Sal 118, 24). Ya que el sábado es la fiesta de la creación, donde se celebra que Dios nos ha creado por puro amor y nos lo ha regalado… ¡Todo! Pero para los cristianos hay una fiesta más grande aún… ¡La nueva creación eterna que logró Cristo al vencer la muerte! El sábado, que representaba la coronación de la primera creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación, inaugurada por la resurrección de Cristo (Catecismo 2190). El domingo y algunas otras fiestas establecidas por la Iglesia de acontecimientos importantes son días para celebrar el amor de Dios, descansando de los trabajos cotidianos. ¡Es un día para disfrutar de todo lo que Dios nos ha regalado, entre otras cosas acudiendo sin falta a la Eucaristía!

Así pues, durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo (cf CIC can. 1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud (Catecismo 2185). Pecar contra este mandamiento consiste en realizar en ese día lo siguiente: faltar a la Eucaristía, no atender y comportarse en la Eucaristía, trabajar sin verdadera necesidad, comprar y vender cosas sin verdadera necesidad, lucrarse, hacer tareas pesadas sin necesidad, etc. ¡Es un día dedicado a Dios, la familia, la caridad y el descanso!

Honra a tu padre y a tu madre
La familia cristiana es una obra hermosísima que Dios ha hecho, aunque en muchas ocasiones nosotros la destruyamos. Debido a la vital importancia que tiene, más adelante dedicaremos una sección entera a ver en detalle como vive una familia cristiana, centrándonos ahora en la actitud que los hijos deben tener con sus padres. Así pues, mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor” (Col 3, 20; cf Ef 6, 1). Los niños deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el niño está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla (Catecismo 2217).

Cuando se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo (Catecismo 2217). Los pecados contra este mandamiento son todos los que destruyan a la familia. En relación a los padres: desobedecerlos pertinazmente, faltarles al respeto, abandonarlos en un asilo a su suerte, odiarlos, olvidarse de ellos. En relación a los hermanos: los pleitos, odios, riñas, y discusiones por herencias y otros motivos. En cuanto a los padres con los hijos: aborto, anticoncepción, darles nombres páganos, no darles a su tiempo los sacramentos, darles ejemplos inmorales, no atender a sus necesidades, no educarlos en la fe, etc.

No matarás
Este mandamiento es bastante claro… ¿No? Sin embargo, hay muchas formas de matar que no contemplamos al pensar en este mandamiento. Recuerda que toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte, es sagrada, pues la persona humana ha sido amada por sí misma a imagen y semejanza del Dios vivo y santo (Catecismo 2319). Así pues, tampoco está permitido el aborto, la píldora del día después (que es abortiva), el suicidio (tu vida también es sagrada y tú no eres su dueño), la eutanasia, la fecundación in-vitro (cuyo proceso aborta diversos embriones), el consumo de drogas o alcohol (que acaban siempre mal), el comercio de armas y drogas, el secuestro de personas, la conducción temeraria, u otras temeridades que ponen en serio riesgo tu vida.

Pero aún es necesario ir un paso más allá, pues habéis oído que se dijo a los antepasados: “No matarás”; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt 5, 21-22). Por eso, respeta al prójimo y trátalo como te gustaría ser tratado. Y en su muerte natural, dale cristiana sepultura, pues los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección (Catecismo 2300). Y por último, por supuesto… ¡El alma inmortal es más importante que la vida terrena! Por eso, si incitas al suicidio al alma de otro con el escándalo grave o induciéndolo a pecar, has hecho algo terrible que debes reparar sin dilación.

No cometerás adulterio ni codiciarás la mujer de tu prójimo
El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano (Catecismo 2390). Por eso, todo aquello que va en contra del amor, va al final en contra de uno mismo también. Y aunque el adulterio es la expresión máxima de este rechazo al amor, Jesús va a la raíz del problema diciendo: Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5, 27-28). El amor es, entre otras cosas, una decisión continuada en el tiempo de buscar el bien de otra persona entregándole tu vida; y esa decisión ya se ve completamente rota cuando consiente en mirar a una mujer deseándola. Pero no sólo en ese caso, también se rompe en muchos otros casos como por ejemplo cuando uno se ama y se entrega a sí mismo con la masturbación.

¿Qué hacer entonces ante las pasiones y deseos? Emplear la virtud de la castidad, de la que hablaremos más en profundidad un poco más adelante. Y la castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1, 22) (Catecismo 2339). Pecados contra estos dos mandamientos son acostarse con alguien o algo sin estar casado por la Iglesia, acostarte con quien no es tu cónyuge, usar métodos anticonceptivos, masturbarse solo o mutuamente, consentir pensamientos y deseos impuros, incitar o provocar la sexualidad fuera del matrimonio, violar a alguien, realizar o contratar maternidad subrogada, divorciarse, provocarse deseo o placer en el noviazgo, vestir inmodestamente, mutilar tus genitales, fantasear con la sexualidad, ver películas con escenas de sexo, ver pornografía, enviar o recibir fotos de desnudos, ver a strippers, bailar bailes inmodestos, decir obscenidades, etc.

No robarás y no codiciarás nada que sea de tu prójimo
Dios ha dado la tierra para que todos los hombres disfruten de ella. ¡Pues los ama! Así pues, los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres (Catecismo 2402). Por ello, la envidia y codicia de los bienes ajenos, y el robo de los mismos es un pecado tan grave como daño cause al otro, aunque siempre ofende a Dios. Por supuesto, no hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido…) es disponer y usar de los bienes ajenos (cf GS 69, 1) (Catecismo 2408).

Es importante destacar que no hay que confundir aquello que realmente es necesario para vivir con aquello que sólo queremos para vivir cómodos. Por ejemplo, va contra este mandamiento piratear películas, aunque el daño no es grave, pues no las necesitas para vivir por muy cara que sea la entrada del cine. Por último, no robar implicar también dar limosna de tus bienes a los necesitados, pues no hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos (San Juan Crisóstomo) que Dios les da a través de ti: un simple administrador de los bienes de Dios, pues suya es toda la tierra. Pecados contra estos mandamientos son el robo, defraudar a hacienda, no pagar impuestos, acumular bienes ignorando al necesitado, envidiar bienes ajenos, no ayudar a pobres y necesitados, no apoyar a la Iglesia, robar, defraudar, destruir la propiedad ajena, vandalizar, jugar excesivamente, desperdiciar los bienes, falsificar cosas, sobornar, extorsionar, chantajear, engañar, etc.

No darás testimonio falso contra tu prójimo
Con este mandamiento o palabra de vida, Dios nos invita a ser veraces y cuidar nuestros labios, pues todos sabemos que con la palabra se puede hacer incluso más daño que con las manos. Dios, que nos ama, quiere que nos amemos también entre nosotros… ¡Y no se puede amar a quien ni siquiera respetas! El respeto de la reputación y del honor de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia (Catecismo 2507), al igual que engañarlos con adulaciones o mentiras para obtener algo de ellos. ¡La verdad siempre por delante! Por otro lado, no siempre se debe revelar la verdad, sobre todo si eso va a provocar un daño grave a otra persona. Por eso, aunque la sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia, es preciso imponerse moderación y disciplina en el uso de los medios de comunicación social (Catecismo 2512). Pecados contra este mandamiento son: la mentira, el falso testimonio, la exageración y manipulación, la difamación, la simulación, la calumnia, el chisme, la crítica destructiva, divulgar confidencias, el juicio temerario, la adulación, faltar a un juramento, guardar silencio provocando daño, la vanagloria, divulgar la vida privada sin permiso, etc. La gravedad de estos pecados depende del daños causado.

Práctica
Es fundamental darse cuenta que el regalo de Dios con los diez mandamientos es una sencilla guía para caminar por el camino de la vida, que nos lleve un día a poder amar y ser amados. Efectivamente, todos estos mandamientos o palabras de vida se pueden resumir en la oración del Shemá, que dice así: Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas; y al prójimo como a ti mismo. Haz esto y tendrás la vida eterna (Deuteronomio 6, 4-5; Mateo 22, 37.39; Lucas 10, 27-28). Quizás, tras esta exposición de los diez mandamientos has visto que cometes algún pecado… ¡No te preocupes! ¡Dios te ama y no te lo tiene en cuenta! Acude al Sacramento de la Reconciliación y acoge el perdón de Dios. Después levántate y continúa el combate de la Fe. Y no olvides que Dios hace posible por su gracia lo que manda (Catecismo 2082). ¡Pues te ama y sólo quiere tu bien!



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