4.12 Los Novísimos

Y Dios, que re­su­ci­tó al Señor, nos re­su­ci­ta­rá tam­bién a no­so­tros me­dian­te su po­der.
- Corintios 6, 14

Enfermedad y Muerte La en­fer­me­dad y la muer­te son siem­pre te­mas du­ros y do­lo­ro­sos, pero para un cris­tiano no son el fi­nal de nada, sino el prin­ci­pio de una vida nue­va, me­jor y más ple­na. Por eso, un cris­tiano vive la en­fer­me­dad ter­mi­nal y la muer­te de una for­ma di­fe­ren­te, con es­pe­ran­za, sin mur­mu­rar y con­fian­do en Dios. Por lo de­más, sa­be­mos que en to­das las co­sas in­ter­vie­ne Dios para bien de los que le aman; de aque­llos que han sido lla­ma­dos se­gún su de­sig­nio (Romanos 8, 28). En de­fi­ni­ti­va, nues­tra Fe nos ani­ma a vi­vir es­tas prue­bas de una for­ma di­fe­ren­te. La ve­jez, la en­fer­me­dad y la muer­te, son prue­bas que ten­dre­mos que pa­sar; y la Fe, fru­to de la ex­pe­rien­cia del amor de Dios en toda una vida, da al cris­tiano una res­pues­ta real y pro­fun­da: Pues es­toy se­gu­ro de que ni la muer­te ni la vida ni los án­ge­les ni los prin­ci­pa­dos ni lo pre­sen­te ni lo fu­tu­ro ni las po­tes­ta­des ni la al­tu­ra ni la pro­fun­di­dad ni otra cria­tu­ra al­gu­na po­drá se­pa­rar­nos del amor de Dios ma­ni­fes­ta­do en Cristo Jesús Señor nues­tro (Romanos 8, 38-39). Y ha pro­vo­ca­do que los Santos di­gan: mi de­seo es par­tir y es­tar con Cristo, lo cual, cier­ta­men­te, es con mu­cho lo me­jor (Filipenses 1, 23b). ¡Pues cier­ta­men­te Dios nos ama!

Juicio Si al­guien te dice que vas a mo­rir te es­ta­ría di­cien­do úni­ca­men­te me­dia ver­dad: tam­bién vas a re­su­ci­tar. Y esto es mu­cho más im­por­tan­te que lo an­te­rior. Como dice su pro­pio nom­bre, la vida eter­na es para siem­pre, lo cual le da una im­por­tan­cia in­fi­ni­ta, por­que… ¿Cómo quie­res pa­sar la eter­ni­dad? En esta vida ha­brás co­no­ci­do qué es el su­fri­mien­to y la muer­te, pero tam­bién la vida, el gozo y el amor. Pues bien, ob­via­men­te, Dios quie­re que vi­vas la eter­ni­dad en la vida, el gozo y el amor, es de­cir, con Él. Porque tan­to amó Dios al mun­do que dio a su Hijo uni­gé­ni­to, para que todo el que crea en él no pe­rez­ca, sino que ten­ga vida eter­na (Juan 3, 16). Pero la de­ci­sión de acep­tar a Cristo es sólo tuya. Efectivamente, tras mo­rir cada hom­bre se en­fren­ta a un jui­cio par­ti­cu­lar de Dios, en el que se nos des­ve­la toda la obra y el amor de Dios en nues­tra vida y cómo le he­mos res­pon­di­do no­so­tros. Ahí, nues­tra pro­pia vida dirá si va­mos al pur­ga­to­rio, al cie­lo o al in­fierno. Y nada per­ma­ne­ce­rá ocul­to ante este tri­bu­nal. Así pues, este es un mo­ti­vo de peso más que nos in­vi­ta a es­co­ger el ca­mino de la vida mien­tras po­da­mos: Obrad, no por el ali­men­to pe­re­ce­de­ro, sino por el ali­men­to que per­ma­ne­ce para vida eter­na, el que os dará el Hijo del hom­bre, por­que a éste es a quien el Padre, Dios, ha mar­ca­do con su se­llo (Juan 6, 27). ¡Vive se­gún Dios!

¿Y cómo ha­cer esto? Pues vi­vien­do como un cris­tiano que lle­va en sí a Cristo mis­mo, que ac­túa con mi­se­ri­cor­dia y ca­ri­dad. Porque ten­drá un jui­cio sin mi­se­ri­cor­dia el que no tuvo mi­se­ri­cor­dia, la mi­se­ri­cor­dia se sien­te su­pe­rior al jui­cio (Santiago 2, 13). Y tam­bién está es­cri­to: Todo el que odia a su her­mano es un ase­sino; y sa­béis que nin­gún ase­sino po­see vida eter­na en sí mis­mo (1 Juan 3, 15). Así pues, ac­túa siem­pre por y con ca­ri­dad, para ha­cer el bien a to­dos los que te ro­dean. Pero ade­más, y no me­nos im­por­tan­te, huye del pe­ca­do como de la ser­pien­te, por­que, si te acer­cas, te mor­de­rá. Dientes de león son sus dien­tes, que qui­tan la vida a los hom­bres (Eclesiástico 21, 2). Pues todo pe­ca­do es una rup­tu­ra con el amor de Dios. Por su­pues­to, hay rup­tu­ras muy gra­ves y otras no tan­to: por ejem­plo un ase­si­na­to, un gran robo, un adul­te­rio o la mas­tur­ba­ción, si se ha­cen con pleno co­no­ci­mien­to de su error y con ple­na li­ber­tad son muy gra­ves. Pero al fi­nal, to­dos los pe­ca­dos, in­clui­dos los no tan gra­ves, te lle­van a vol­ver a pe­car una y otra vez en una es­pi­ral de muer­te sin fi­nal. Por ello, lo me­jor que pue­des ha­cer es evi­tar to­dos los pe­ca­dos que es­tén en tu mano. Recordemos, por su­pues­to, que la mi­se­ri­cor­dia de Dios y su sa­cri­fi­cio en la cruz por no­so­tros re­pa­ra es­tas rup­tu­ras a tra­vés del Sacramento de la Reconciliación, al que pue­des aco­ger­te siem­pre que quie­ras. Por eso, si caes… ¡Levántate! Dios te re­ga­la otra opor­tu­ni­dad, por­que… ¡Te ama! ¡Estate siem­pre pre­pa­ra­do y bien dis­pues­to para pa­sar al Padre!

Cielo, Purgatorio e Infierno Por su muer­te y su Resurrección Jesucristo nos ha “abierto” el cie­lo. La vida de los bie­na­ven­tu­ra­dos con­sis­te en la ple­na po­se­sión de los fru­tos de la re­den­ción rea­li­za­da por Cristo, quien aso­cia a su glo­ri­fi­ca­ción ce­les­tial a aque­llos que han creí­do en Él y que han per­ma­ne­ci­do fie­les a su vo­lun­tad. El cie­lo es la co­mu­ni­dad bie­na­ven­tu­ra­da de to­dos los que es­tán per­fec­ta­men­te in­cor­po­ra­dos a Él (Catecismo 1026). El cie­lo es una de las op­cio­nes que el ser hu­mano tie­ne para la otra vida, o me­jor di­cho, es la op­ción para la cual fui­mos crea­dos, pues Dios desea lle­nar­nos de su fe­li­ci­dad eter­na lle­ván­do­nos al Cielo. El Cielo es un lu­gar ma­ra­vi­llo­so don­de to­dos se­re­mos uno con Dios, uno con el Amor. Sin em­bar­go, más allá de eso, lo­grar una des­crip­ción ade­cua­da del Cielo con nues­tro li­mi­ta­do len­gua­je es im­po­si­ble, como afir­ma San Pablo: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al co­ra­zón del hom­bre lle­gó, lo que Dios pre­pa­ró para los que lo aman (1 Corintios 2, 9b). Y por eso, sin duda al­gu­na… ¡El cie­lo es nues­tra me­jor op­ción!

Por otro lado, los que mue­ren en la gra­cia y en la amis­tad de Dios, pero im­per­fec­ta­men­te pu­ri­fi­ca­dos, aun­que es­tán se­gu­ros de su eter­na sal­va­ción, su­fren des­pués de su muer­te una pu­ri­fi­ca­ción, a fin de ob­te­ner la san­ti­dad ne­ce­sa­ria para en­trar en la ale­gría del cie­lo (Catecismo 1030). En reali­dad, y aun­que es tris­te, po­cas per­so­nas se abren com­ple­ta­men­te a Cristo y vi­ven al má­xi­mo su Fe. Por ello, en ge­ne­ral, aun­que mu­chas per­so­nas han ele­gi­do a Dios, tie­nen mu­chas fal­tas que les en­tris­te­ce­rían por toda la eter­ni­dad al ver­se re­fle­ja­dos en la pu­re­za de Dios y su amor in­fi­ni­to, por lo que Dios, en su mi­se­ri­cor­dia, nos pu­ri­fi­ca­rá a los que lo ne­ce­si­te­mos an­tes de en­trar al Cielo. Además, de esta for­ma se cum­ple toda jus­ti­cia para las in­jus­ti­cias que en este mun­do han que­da­do pen­dien­tes. Sin em­bar­go, el pur­ga­to­rio es tem­po­ral, y el fi­nal de los que allí se pu­ri­fi­can es la di­cha eter­na en el Cielo con Dios y los de­más Santos.

Finalmente, si tú de­ci­des cons­cien­te y vo­lun­ta­ria­men­te se­pa­rar­te de Dios, no pa­re­ce muy ex­tra­ño que la con­se­cuen­cia, sea… se­pa­rar­te de Dios, o lo que es lo mis­mo: el in­fierno. Y esa de­ci­sión per­so­nal es irre­vo­ca­ble: dura para siem­pre. Por su­pues­to, Dios no quie­re que na­die aca­be allí, pero res­pe­ta la li­ber­tad de cada uno para ele­gir­lo a Él o no, o lo que es lo mis­mo, para ele­gir el Bien y el Amor o no. Efectivamente, no po­de­mos amar a Dios si pe­ca­mos gra­ve­men­te con­tra Él, con­tra nues­tro pró­ji­mo o con­tra no­so­tros mis­mos: “Quien no ama per­ma­ne­ce en la muer­te. Todo el que abo­rre­ce a su her­mano es un ase­sino; y sa­béis que nin­gún ase­sino tie­ne vida eter­na per­ma­nen­te en él” (Catecismo 1033). Así pues, se­gún la co­mún or­de­na­ción de Dios, las al­mas de los que mue­ren en pe­ca­do mor­tal, in­me­dia­ta­men­te des­pués de la muer­te, ba­jan al in­fierno, don­de son ator­men­ta­das con su­pli­cios in­fer­na­les (Benedicto XII)[15]. Basta con con­si­de­rar lo que im­pli­ca la au­sen­cia de Dios, es de­cir, la au­sen­cia de bien, de amor y de be­lle­za, para dar­se cuen­ta de lo ho­rri­ble que pue­de lle­gar a ser el in­fierno. Recemos y ten­ga­mos te­mor de Dios para no ter­mi­nar ahí, ac­tuan­do en nues­tra vida con amor.

¿Cómo ayu­dar a un en­fer­mo ter­mi­nal? Vivir el paso a la otra vida de un ser que­ri­do es algo di­fí­cil, pero tam­bién es una opor­tu­ni­dad para ayu­dar a di­cha per­so­na, si lo ne­ce­si­ta, a lle­gar al cie­lo. Para ello, lo pri­me­ro es ayu­dar­le a acep­tar su si­tua­ción in­fun­dién­do­le la es­pe­ran­za de la vida eter­na, pues en la muer­te na­ce­mos para no mo­rir nun­ca (Chiara Corbella)[104]. Si esto se acep­ta, lo si­guien­te se­ría in­vi­tar­le a arre­pen­tir­se y aban­do­nar to­dos los pe­ca­dos que ten­ga en con­cien­cia, bien sea por amor a Dios, o bien por cual­quier otro mo­ti­vo como el mie­do al in­fierno eterno. Así pues, con­vie­ne ex­pli­car­le cómo ha­cer una bue­na con­fe­sión y lla­mar a un Sacerdote san­to para que la haga. Participar de la Eucaristía, des­pués de la con­fe­sión y en días su­ce­si­vos, es tam­bién muy bueno y ne­ce­sa­rio. Si la per­so­na está ya ter­mi­nal con­vie­ne que se le ad­mi­nis­tre la “Unción de en­fer­mos”, ya que este sa­cra­men­to au­men­ta la gra­cia san­ti­fi­can­te; per­do­na los pe­ca­dos ve­nia­les y aun los mor­ta­les, si el en­fer­mo está arre­pen­ti­do y no ha po­di­do con­fe­sar­se; le da fuer­zas para re­sis­tir las ten­ta­cio­nes y so­por­tar los su­fri­mien­tos de la en­fer­me­dad; y le con­ce­de la sa­lud del cuer­po si le con­vie­ne (Catecismo de Segundo Grado)[25]. Este sa­cra­men­to con­vie­ne dar­se, si no ha ha­bi­do oca­sión an­tes, in­clu­so cuan­do la per­so­na jus­to aca­ba de fa­lle­cer mé­di­ca­men­te, pues na­die pue­de ga­ran­ti­zar que al­guien está de­fi­ni­ti­va­men­te muer­to has­ta que han pa­sa­do unas ho­ras. Por úl­ti­mo, acom­pá­ña­lo en sus úl­ti­mos mo­men­tos sien­do un re­fle­jo del amor de Dios y de la es­pe­ran­za en la vida eter­na, y una vez haya pa­sa­do al Padre re­gá­la­le una in­dul­gen­cia para que su tiem­po en el pur­ga­to­rio sea bre­ve, tal y como ex­pli­ca­mos cuan­do ha­bla­mos de nues­tra ma­dre la Virgen María en la sec­ción 2.11. ¡Y no du­des que vol­ve­rás a ver­lo!

Práctica El co­no­ci­mien­to de es­tos te­mas debe mo­ver­nos a vi­vir de una for­ma di­fe­ren­te, tra­ba­jan­do no solo para esta vida, sino tam­bién para la que vie­ne. Para pro­fun­di­zar más en es­tos te­mas va­mos a re­cu­rrir a las Escrituras, re­cu­pe­ran­do la prác­ti­ca de la Lectio Divina, y ha­cién­do­la co­rrec­ta­men­te so­bre las ci­tas que os plan­tea­mos a con­ti­nua­ción.

Lectio Divina de Mateo 7, 21-27
Lectio Divina de Apocalipsis 3, 14-22
Lectio Divina de Sabiduría 5, 1-14
Lectio Divina de Apocalipsis 7, 9-17
Lectio Divina de Apocalipsis 20, 11-15
Lectio Divina de Apocalipsis 21, 1-8
Lectio Divina de Lucas 21, 34-36

Recordemos que como no sa­be­mos ni el día ni la hora, es ne­ce­sa­rio, se­gún el con­se­jo del Señor, es­tar con­ti­nua­men­te en vela. Para que así, ter­mi­na­da la úni­ca ca­rre­ra que es nues­tra vida en la tie­rra me­re­ce­re­mos en­trar con Él en la boda y ser con­ta­dos en­tre los san­tos y no nos man­den ir, como sier­vos ma­los y pe­re­zo­sos, al fue­go eterno, a las ti­nie­blas ex­te­rio­res, don­de “habrá llan­to y re­chi­nar de dien­tes” (Lumen Gentium 48)[57]. En este as­pec­to, la en­fer­me­dad y la ve­jez, aun­que en oca­sio­nes du­rí­si­mas, son un avi­so cla­ro que nos per­mi­te pre­pa­rar­nos ade­cua­da­men­te para el fi­nal de nues­tros días. ¿La for­ma co­rrec­ta de vi­vir­las? Alexia González, una niña Católica que mu­rió de cán­cer, pue­de en­se­ñar­nos cómo ha­cer­lo, pues debe cum­plir­se en no­so­tros lo que Cristo dijo: Yo os ase­gu­ro: si no cam­biáis y os ha­céis como los ni­ños, no en­tra­réis en el Reino de los Cielos (Mateo 18, 3b). ¡Aprendamos de ella!

Ver ex­pe­rien­cia de Alexia González