4.6 – Si caes, levántate

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Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no, iré a ti y cambiaré de su lugar tu candelero si no te arrepientes (Apocalipsis 2, 5).

El Perdón de Dios
El pecado no hay que tomárselo como un juego, porque daña seriamente a la persona. Pero tampoco hay que creer erróneamente que no tenemos solución: Dios te la da. Si caes y te arrepientes, Dios te perdona y te da una nueva oportunidad. Y lo hace de forma concreta y palpable a través del Sacramento de la Reconciliación. Allí Dios te dice: ¿Quién te condena? Ella respondió: Nadie, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más (Juan 8, 11). Jesús perdonó los pecados de muchas personas que estaban arrepentidas de su actitud, adúlteros y asesinos incluidos… ¿Por qué no iba a perdonarte a ti? ¡Claro que lo hace! ¡Porque su misericordia es eterna!

En realidad… ¿Quién y con qué autoridad te condena, si Dios mismo te perdona? ¿No es Dios el creador, y por tanto dueño, de todo? Por eso, también se te dice a ti que perdones a los demás y no los juzgues, que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial (Mateo 6, 14). Dios te ama, y por eso siempre te regala otra oportunidad para seguirle y caminar por el camino de la vida: el único que te puede hacer feliz porque te lleva al conocimiento del amor de Dios. Por eso, no dudes nunca del amor que Dios te tiene, y no te dejes engañar por el maligno pensando que es imposible para ti cambiar o volver a Dios… ¡Eso es simplemente una mentira! Mientras sigas vivo siempre, siempre, siempre, puedes volver a Dios si tu quieres.

Arrepiéntete
Efectivamente, todos pecamos y todos obramos mal. Por eso, es fundamental reconocerlo, arrepentirse, y enmendar nuestra actitud. Porque el que oculta sus delitos no prosperará, el que los confiesa y cambia, obtendrá compasión (Proverbios 28, 13). Por supuesto, no nos referimos a la prosperidad económica o a la mundana, sino a la prosperidad del alma; pues el ambicioso corre a enriquecerse, sin saber que le llega la miseria (Proverbios 28, 22). Por eso, hijo, ¿has pecado? No vuelvas a hacerlo, y pide perdón por tus faltas pasadas (Proverbios 21, 1). Y Dios, que es misericordioso y te ama, te responderá diciendo: ¿Es un hijo tan caro para mí Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme -oráculo de Yahvé- (Jeremías 31, 21). El arrepentimiento es fundamental para recorrer el camino de la Vida.

Además, el perdón de Dios es gratuito. No importa la gravedad del pecado. No importa nada. Únicamente importa si, aceptando la voz del Espíritu, te arrepientes. Y fruto de ese profundo arrepentimiento llegarán obras de misericordia: Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad su derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y disputemos -dice Yahvé-: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán (Isaías 1, 16-18). Y todo esto se hace a través de un proceso de penitencia, pues la penitencia mueve al pecador a soportarlo todo con el ánimo bien dispuesto; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra, toda humildad y fructífera satisfacción (Catecismo 1450). Así pues… ¡Arrepiéntete!

Persevera
¿Y si vuelves a caer? Vuélvete a levantar. ¿Y si caes otra vez? Pues otra vez te levantas. ¿Y si otra? Pues levántate, pues el justo cae siete veces y se levanta, pero los malvados se hunden en la desgracia (Proverbios 24, 16). Por supuesto, siempre debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para evitar caer. Y si caes mucho en un pecado sería conveniente analizar el por qué, para atacar la raíz del problema. Recuerda que muchos sacerdotes y personas de Fe pueden ayudarte… ¡Búscalos en la Iglesia Católica! Porque Dios quiere que seas feliz, y sólo puedes serlo obrando el bien, porque el mal destruye a la persona y a todas sus relaciones.

Es fundamental en la lucha contra el pecado y el maligno la fortaleza y la perseverancia, pues únicamente con una actitud constante podemos permanecer de pie en esta batalla tan dura, pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! (1 Corintios 15, 57). Por eso, tu, simplemente debes luchar contra las seducciones del maligno con todo lo que la Iglesia pone a tu disposición. Persevera, y si caes… ¡Levántate lo antes posible! ¡Este es el combate de la Fe! Y recuerda siempre que este combate nos lo ha vencido Dios mismo, para que vivamos eternamente, porque… ¡Nos ama! Tu solo debes permanecer en él.

Escrúpulos
Durante el retiro para la segunda comunión me vi asaltada por la terrible enfermedad de los escrúpulos… Hay que pasar por ese martirio para saber lo que es. ¡Imposible decir lo que sufrí durante un año y medio…! Todos mis pensamientos y mis acciones, aun los más sencillos, se me convertían en motivo de turbación (Santa Teresa de Lisieux). ¿Serán o no serán pecados dignos del infierno? El escrupuloso, digamos, extremo, es una persona con un trastorno obsesivo compulsivo que le lleva a escudriñar constantemente su vida para encontrar en ella el pecado. Es capaz de dar mil vueltas a su cabeza para conseguir convertir en pecado grave absolutamente todo lo que hay en su vida. La solución la quieren encontrar en la confesión no sólo frecuente, sino en casos diaria, y hasta varias veces por día. Pero eso no soluciona el problema, sino que lo agrava, ya que tampoco queda tranquilo por si la confesión no la hizo correctamente, y en consecuencia ha pecado más. El escrupuloso cuando llega a este extremo no puede razonar. Toda su preocupación es “por si acaso”, “no sé si hice bien”, “quizá consentí”, tengo dudas” (Padre Jorge González Guadalix).

Si te pasa esto, es bueno buscar ayuda psicológica Católica, que puede ayudarte a enfrentar este problema de la forma adecuada. Y esto no es ninguna vergüenza, pues hasta Santa Teresa de Lisieux necesitó de alguien para llevar esta situación: Por eso, no tenía en realidad más que a María, que me era, por así decirlo, indispensable. Sólo a ella le contaba mis escrúpulos; y la obedecía tan ciegamente, que mi confesor nunca llegó a conocer mi vergonzosa enfermedad: yo sólo le decía el número de pecados que María me permitía confesar, ni uno mas. Así que podría haber pasado por el alma menos escrupulosa del mundo, a pesar de serlo en sumo grado (Santa Teresa de Lisieux). Y ese alguien debe ser de confianza, santo y católico, y debe ser obedecido, junto con la obediencia debida al confesor, sobre tus escrúpulos, como la misma Santa hizo. En el fondo, el problema es que pensamos que debemos ganarnos el cielo por nuestras fuerzas, y nos centramos más en evitar el pecado que en amar a Dios… ¡Pero sólo el Amor de Cristo en la cruz puede vencer al pecado! ¡Ama y haz lo que quieras! (San Agustín).

Glosario
Pecados graves: Son los pecados que, por su naturaleza, provocan un daño elevado. Son pecados graves, por ejemplo, el aborto, la adulación de pecados graves de otros, el adulterio, la blasfemia, estafar a trabajadores, la adivinación, la magia, la brujería, el divorcio (no es pecado si no queriéndolo lo sufres), la drogadicción, poner en peligro voluntariamente la vida, la envidia con deseo de dañar gravemente al otro, la eutanasia, la ira extrema, el falso testimonio, el perjurio, la fornicación, la gula excesiva que viola los preceptos de ayuno, el odio con deseo de dañar gravemente al otro, el incesto, la mentira con daño grave al otro, el asesinato, la masturbación, la pornografía, la fornicación, consentir y recrearse en deseos y pensamientos impuros, la prostitución, el abuso sexual, la violación, el sacrilegio, el crear escándalos que lleven a otros a cometer pecados graves, el suicidio, el terrorismo, no acudir a la Eucaristía dominical, callar (no por olvido) pecados mortales en confesión, comulgar en conciencia de pecado mortal, el robo con daño grave al otro, y la acumulación de muchos pequeños robos a la misma persona, entre muchas otras cosas.

Pecado mortal: Es un pecado grave hecho con pleno conocimiento de su gravedad y consentimiento perfecto por parte de la voluntad. La advertencia de su maldad y gravedad debe preceder o acompañar a la acción. No son mortales los que ocurran en sueños o sin tu consentimiento y pese a tu rechazo. El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la Reconciliación (Catecismo 1856). Según la Iglesia y de forma ordinaria, quien muere en pecado mortal sin contrición perfecta se condena eternamente. La única forma de reparar un pecado mortal del cual estamos arrepentidos es a través del Sacramento de la Reconciliación.

Pecado venial: Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento (Catecismo 1862). El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere (Catecismo 1855).

Práctica
A estas alturas del curso, y con tanta cosa que hemos intentado poner en práctica, sería lo más normal que hubieran varias de ellas que no hayas podido hacer. No te preocupes, sigue intentándolo e independientemente de cuantas veces caigas, levántate todas ellas. Si hay algo bueno que Dios puede sacar del pecado es, sin duda alguna, la humildad, porque el que se ve pecador hasta el punto de merecer la muerte difícilmente se enorgullecerá. Por ello, en primer lugar vamos a hacer un examen de conciencia profundo, para ver donde caemos y de que nos debemos confesar; aunque si tu conciencia no está dormida habrán pecados que, por su gravedad, te vendrán a la mente en el momento en el que te lo mencionen. Es de vital importancia confesarse de los pecados mortales, pues estos nos cierran las puertas del cielo. Así pues, reflexionemos en un clima de oración sobre las siguientes preguntas:

  • ¿He cometido pecado mortal, es decir, un pecado grave (ver la lista a modo de ejemplo expuesta en el glosario) a sabiendas de que lo era y queriendo hacerlo? ¿He pecado contra alguno de los diez mandamientos expuestos por Dios en el decálogo (Éxodo 20) o parte de alguno? ¿De que forma lo he hecho?
  • ¿He pecado alguna vez de lujuria, pereza, gula, envidia, ira, avaricia, o soberbia? ¿He mentido, he sido indolente, he pecado de desesperanza, he sido irreflexivo, he sido cruel o violento, he insultado o difamado, me he embriagado, he pecado de impureza, he sido soberbio o me he vanagloriado, he sido irascible, he sido impaciente, etc?
  • ¿He murmurado externa o internamente contra el Señor cuando me ha ocurrido alguna desgracia? ¿He sido causa de que otros pecasen por mi conversación, por mi modo de vestir, por mi conducta desordenada, por mi consejo, etc? ¿He hecho lo que Dios quiere que haga, teniendo en cuenta los dones y la vocación que me ha dado?
  • ¿He dudado o negado deliberadamente alguna de las verdades la Fe católica? ¿He faltado a Misa los domingos o los demás días de precepto? ¿He dejado de cumplir, sin motivo adecuado, el ayuno y la abstinencia en los días previstos por la Iglesia? ¿Me he confesado y he comulgado al menos una vez al año? ¿He callado por vergüenza, en alguna Confesión anterior, algún pecado grave? ¿He comulgado alguna vez en pecado mortal?
  • ¿Veo que no tengo pecados ni faltas? ¿Creo que ya estoy completamente convertido? ¿Me gusta que la gente me elogie? ¿Busco la aprobación de alguien o de los demás en general? ¿Pregono mis virtudes? ¿Soy un soberbio? ¿Creo que no tengo remedio? ¿He creído que todo lo hago mal y que no voy a cambiar? ¿Pregono mis defectos? ¿Querría cambiarme o ser otra persona? ¿Caigo en el victimismo? ¿Soy escrupuloso o perfeccionista? ¿Soy un soberbio?

Una vez hemos hecho un serio examen de conciencia es necesario arrepentirse de todos los pecados, dándonos cuenta de que realmente hemos estado hiriendo a los demás y a nosotros mismos, ofendiendo al mismo tiempo a Dios y el amor tan grande que nos ha tenido. ¿Y como se demuestra el arrepentimiento? Con la conversión, es decir, el firme propósito de abandonar para siempre los pecados y de reparar, en la medida de lo posible, el mal causado. Esto no significa que no puedas volver a caer, sino que no debes querer hacerlo y debes poner los medios que tengas al alcance para ello. Por eso, si caes cien veces, levántate las cien con la firme intención de no volver a caer. Finalmente, ves al Sacerdote y confiesa tus pecados cumpliendo la penitencia que te imponga, para que de esta forma puedas levantarte limpio a los ojos de Dios, el único Juez verdadero. La confesión debe hacerse de todos los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha, en su especie moral ínfima, número y sin omisión.

  • Todos los pecados mortales. Es decir, de todo aquello que pese a que creíamos en ese momento que era gravemente malo, lo hicimos igualmente con pleno uso de nuestra libertad. La advertencia de la gravedad debe preceder o acompañar al acto gravemente malo que se hace consciente y libremente (no en sueños o medio dormido, por ejemplo).
  • Especie moral ínfima. Es decir, el pecado mortal concreto (ej. he pecado masturbándome viendo pornografía) y no su categoría genérica (ej. he pecado de lujuria), sin entrar en detalles irrelevantes o excusas.
  • Número. Es decir, la cantidad de veces o frecuencia aproximada que tengamos en conciencia, sin exagerar o reducir el número.
  • Sin omisión. Es decir, sin ocultar por malicia o vergüenza algún pecado mortal.

Si no se realiza conforme indica la Iglesia Católica la confesión es inválida, e incluso, con conocimiento de causa, puede que hasta sacrílega. Por otro lado, se puede y es bueno también confesar el resto de pecados que nos pesen en la conciencia. Y no te preocupes, el Sacerdote tiene obligación bajo pena de excomunión muy grave y pecado mortal, de guardar silencio de todo lo que digas.



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