4.6 Si caes, le­ván­ta­te

Curso Católico » La vida del Cristiano » Si caes, le­ván­ta­te

Date cuen­ta, pues, de dón­de has caí­do, arre­pién­te­te y vuel­ve a tu con­duc­ta pri­me­ra. Si no, iré a ti y cam­bia­ré de su lu­gar tu can­de­le­ro, si no te arre­pien­tes.
- Apocalipsis 2, 5

El pe­ca­do y sus con­se­cuen­cias El pe­ca­do es algo real­men­te te­rri­ble, y po­cas ve­ces le da­mos la im­por­tan­cia que tie­ne. De he­cho, Santa Faustina Kowalska re­ci­bió un día una re­ve­la­ción de Jesús que de­cía: Muchas ve­ces un alma Me hie­re mor­tal­men­te y en tal caso na­die Me con­so­la­rá. Hacen uso de Mis gra­cias para ofen­der­me. Hay al­mas que des­pre­cian Mis gra­cias y to­das las prue­bas de Mi amor; no quie­ren oír Mi lla­ma­da, sino que van al abis­mo in­fer­nal (Santa Faustina Kowalska)[39]. Así pues, las con­se­cuen­cias di­rec­tas del pe­ca­do son mu­chas y muy va­ria­das, pero nin­gu­na bue­na. Y aun­que Dios se sir­ve de todo para bus­car nues­tro bien, no quie­re que pe­que­mos, es de­cir, que nos ha­ga­mos daño. Y muy en es­pe­cial, no quie­re que co­me­ta­mos un pe­ca­do mor­tal, que nos se­pa­ra pro­fun­da­men­te de Él y nos abo­ca al in­fierno en nues­tra vida. Pero para en­ten­der qué es un pe­ca­do mor­tal, te­ne­mos que sa­ber pri­me­ro qué es un pe­ca­do “grave” y qué es un pe­ca­do “leve”. Los pe­ca­dos gra­ves son los que, por su na­tu­ra­le­za, pro­vo­can un daño muy ele­va­do en la pro­pia per­so­na, en los de­más y en las re­la­cio­nes y, por eso, es­tos pe­ca­dos se con­si­de­ran ac­tos gra­ve­men­te ma­los por sí mis­mos. Por otro lado, los pe­ca­dos le­ves son aque­llos que, pese a es­tar mal, el daño que cau­san es mu­cho más mo­de­ra­do. Y para esta cla­si­fi­ca­ción no im­por­ta lo que no­so­tros pen­se­mos de ellos, su gra­ve­dad la sabe y la re­ve­la Dios mis­mo, que nos ha crea­do y tie­ne nues­tro “manual de ins­truc­cio­nes”.

Son pe­ca­dos gra­ves, por ejem­plo, el abor­to, la adu­la­ción de pe­ca­dos gra­ves de otros, el adul­te­rio, la blas­fe­mia, es­ta­far a tra­ba­ja­do­res, la adi­vi­na­ción, la ma­gia, la bru­je­ría, el di­vor­cio (no es pe­ca­do si no que­rién­do­lo lo su­fres), la dro­ga­dic­ción, po­ner en pe­li­gro vo­lun­ta­ria­men­te la vida, la en­vi­dia con de­seo de da­ñar gra­ve­men­te al otro, la eu­ta­na­sia, la ca­lum­nia, la di­fa­ma­ción que pro­duz­ca gra­ve daño a la hon­ra (aunque lo que di­gas sea ver­dad), el pen­sar muy mal del pró­ji­mo sin mo­ti­vo*, la ira ex­tre­ma, el fal­so tes­ti­mo­nio, el per­ju­rio, la gula ex­ce­si­va que vio­la los pre­cep­tos de ayuno, el odio con de­seo de da­ñar gra­ve­men­te al otro, el in­ces­to, la men­ti­ra con daño gra­ve al otro, el ase­si­na­to, la mas­tur­ba­ción, la por­no­gra­fía, la for­ni­ca­ción, con­sen­tir y re­crear­se en de­seos y pen­sa­mien­tos im­pu­ros, la pros­ti­tu­ción, el abu­so se­xual, la vio­la­ción, el sa­cri­le­gio, el crear es­cán­da­los que lle­ven a otros a co­me­ter pe­ca­dos gra­ves, el sui­ci­dio, el te­rro­ris­mo, no acu­dir a la Eucaristía do­mi­ni­cal, ca­llar (no por ol­vi­do) pe­ca­dos mor­ta­les en con­fe­sión, co­mul­gar en con­cien­cia de pe­ca­do mor­tal, el robo con daño gra­ve al otro, la acu­mu­la­ción de mu­chos pe­que­ños ro­bos a la mis­ma per­so­na, etc.

Sin em­bar­go, un pe­ca­do mo­ral es úni­ca­men­te el pe­ca­do gra­ve he­cho con pleno co­no­ci­mien­to de su gra­ve­dad y con­sen­ti­mien­to per­fec­to por par­te de la vo­lun­tad. La ad­ver­ten­cia de su mal­dad y gra­ve­dad debe pre­ce­der o acom­pa­ñar a la ac­ción. Por eso los “descuidos”, las inad­ver­ten­cias, los ol­vi­dos reales, los que ocu­rran en sue­ños y los que se den sin tu con­sen­ti­mien­to pese a tu re­cha­zo, no son pe­ca­dos mor­ta­les aun­que sean gra­ves. Y has­ta qué pun­to un acto está he­cho con pleno co­no­ci­mien­to y per­fec­to con­sen­ti­mien­to sólo Dios lo sabe y, por eso, no­so­tros no po­de­mos juz­gar a los de­más. Sin em­bar­go, por amor a Dios y por nues­tro bien, con­vie­ne ser es­tric­tos con no­so­tros mis­mos y, de esa for­ma, no caer en la ti­bie­za.

Además, el pe­ca­do mor­tal, que ata­ca en no­so­tros el prin­ci­pio vi­tal que es la ca­ri­dad, ne­ce­si­ta una nue­va ini­cia­ti­va de la mi­se­ri­cor­dia de Dios y una con­ver­sión del co­ra­zón que se rea­li­za or­di­na­ria­men­te en el mar­co del sa­cra­men­to de la Reconciliación (Catecismo 1856). Según la Iglesia, y sal­vo ex­cep­cio­nes que es­tán ma­nos de Dios, quien mue­re en pe­ca­do mor­tal sin con­tri­ción per­fec­ta* se con­de­na eter­na­men­te en el in­fierno. La for­ma co­mún de re­pa­rar un pe­ca­do mor­tal del cual es­ta­mos arre­pen­ti­dos es, como se ha di­cho, a tra­vés de la con­fe­sión. Así pues… ¡No ten­gas mie­do! Dios le dijo a Santa Faustina Kowalska: Jamás re­cha­za­ré a un pe­ca­dor arre­pen­ti­do (Santa Faustina Kowalska)[39]. Por otro lado, se co­me­te un pe­ca­do ve­nial cuan­do no se ob­ser­va en una ma­te­ria leve la me­di­da pres­cri­ta por la ley mo­ral, o cuan­do se des­obe­de­ce a la ley mo­ral en ma­te­ria gra­ve, pero sin pleno co­no­ci­mien­to o sin en­te­ro con­sen­ti­mien­to (Catecismo 1862). El pe­ca­do ve­nial deja sub­sis­tir la ca­ri­dad, aun­que la ofen­de y la hie­re (Catecismo 1855). Aun así, es re­co­men­da­ble siem­pre obrar en con­cien­cia, y no que­rer o con­sen­tir nun­ca ha­cer nada malo. Y esto no es para ser “buenos” o “los me­jo­res” de la pa­rro­quia, por­que na­die es bueno sino sólo Dios (Marcos 10, 18b); sino para po­der ca­mi­nar por el ca­mino de la Vida que nos ha abier­to Cristo… ¡Para ser fe­li­ces!

Del pen­sa­mien­to al pe­ca­do Muchas ve­ces con­fun­di­mos el pe­ca­do con el he­cho de que se nos pre­sen­te un pen­sa­mien­to malo en nues­tra men­te. Esto no es así, sino que para pe­car hay que ejer­cer la li­ber­tad que nos es pro­pia: bien me­dian­te una ac­ción mala o bien me­dian­te una omi­sión fren­te al mal. Esto sig­ni­fi­ca de­jar que el pen­sa­mien­to pase de una mera su­ges­tión vana en tu men­te, a en­ta­blar un dia­lo­go con él, con­sen­tir y pe­car. ¿Pero de don­de nos vie­ne todo esto? La raíz de to­dos los pe­ca­dos está en el co­ra­zón del hom­bre (Catecismo 1873) y, por eso, todo cris­tiano está lla­ma­do a ha­cer mo­rir al hom­bre vie­jo del pe­ca­do y de­jar cre­cer al hom­bre nue­vo que Cristo ha en­gen­dra­do en no­so­tros.

Así pues, de­bi­do a nues­tra na­tu­ra­le­za da­ña­da por el pe­ca­do ori­gi­nal y a las in­si­dias del ma­ligno, mu­chas ve­ces se nos pre­sen­ta al­gún pen­sa­mien­to que nos tra­ta de se­du­cir para que pe­que­mos, mos­trán­do­se ape­te­ci­ble a la vis­ta (Génesis 3, 6b). En esos mo­men­tos, lo más con­ve­nien­te es desechar­lo fue­ra de nues­tra men­te, como quien es­pan­ta a una mos­ca, sin dar­le la opor­tu­ni­dad a que en­ta­ble un dia­lo­go con no­so­tros. Por su­pues­to, las mos­cas sue­len vol­ver y, por eso, en oca­sio­nes es ne­ce­sa­rio es­pan­tar­las va­rias ve­ces. Por el con­tra­rio, si dia­lo­ga­mos con ese pen­sa­mien­to en­tra­mos en el com­ba­te, don­de apo­ya­dos en la Fe de­be­mos ac­tuar como ya San Pablo nos en­se­ñó: Combate el buen com­ba­te de la fe, con­quis­ta la vida eter­na a la que has sido lla­ma­do y de la que hi­cis­te aque­lla so­lem­ne pro­fe­sión de­lan­te de mu­chos tes­ti­gos (1 Timoteo 6, 12). En este pun­to hay un pe­li­gro muy gran­de, que es el de clau­di­car y con­sen­tir; o lo que es lo mis­mo, de pe­car. Si lle­ga­mos a ese pun­to, de­be­mos acu­dir lo an­tes po­si­ble y de for­ma se­ria al Sacramento de la Reconciliación, arre­pen­ti­dos y de­seo­sos de vol­ver a Cristo, nues­tra vida y es­pe­ran­za.

Pero aún hay algo más pe­li­gro­so que con­sen­tir una vez: con­sen­tir una y otra vez, has­ta el pun­to de crear den­tro de no­so­tros un vi­cio. En este pun­to he­mos da­ña­do tan­to nues­tro ser que está es­cla­vo del pe­ca­do. Efectivamente, la reite­ra­ción de pe­ca­dos, in­clu­so ve­nia­les, en­gen­dra vi­cios en­tre los cua­les se dis­tin­guen los pe­ca­dos ca­pi­ta­les (Catecismo Catecismo 1876). Pero para ser li­bres nos ha li­be­ra­do Cristo. Manteneos, pues, fir­mes y no os de­jéis opri­mir nue­va­men­te bajo el yugo de la es­cla­vi­tud (Gálatas 5, 1). Así pues, acu­de de nue­vo a Dios, que todo lo pue­de: Él poco a poco te re­cons­trui­rá y hará de ti un hom­bre li­bre, por­que… ¡Te ama con lo­cu­ra! Y si fue­ra ne­ce­sa­rio, pues en oca­sio­nes un vi­cio se con­vier­te en una ver­da­de­ra adic­ción, es de­cir, en una en­fer­me­dad clí­ni­ca, pide ayu­da a es­pe­cia­lis­tas ca­tó­li­cos, pues es­tán ahí para ayu­dar­te.

Arrepiéntete Efectivamente, to­dos pe­ca­mos y to­dos obra­mos mal. Por eso, es fun­da­men­tal re­co­no­cer­lo, arre­pen­tir­se y en­men­dar nues­tra ac­ti­tud. Porque el que ocul­ta sus de­li­tos no pros­pe­ra­rá, el que los con­fie­sa y cam­bia, ob­ten­drá com­pa­sión (Proverbios 28, 13). Por su­pues­to, no nos re­fe­ri­mos a la pros­pe­ri­dad eco­nó­mi­ca o a la mun­da­na, sino a la pros­pe­ri­dad del alma; pues el am­bi­cio­so co­rre a en­ri­que­cer­se, sin sa­ber que le lle­ga la mi­se­ria (Proverbios 28, 22). Por eso, hijo, ¿has pe­ca­do? No vuel­vas a ha­cer­lo, y pide per­dón por tus fal­tas pa­sa­das (Eclesiástico 21, 1). Y Dios, que es mi­se­ri­cor­dio­so y te ama, te res­pon­de­rá di­cien­do: ¿Es un hijo tan caro para mí Efraín, o niño tan mi­ma­do, que tras ha­ber­me dado tan­to que ha­blar, ten­ga que re­cor­dar­lo to­da­vía? Pues, en efec­to, se han con­mo­vi­do mis en­tra­ñas por él; ter­nu­ra ha­cia él no ha de fal­tar­me -oráculo de Yahvé- (Jeremías 31, 20b). El arre­pen­ti­mien­to es fun­da­men­tal para re­co­rrer el ca­mino de la Vida.

Además, el per­dón de Dios es gra­tui­to. No im­por­ta la gra­ve­dad del pe­ca­do. No im­por­ta nada. Únicamente im­por­ta si, acep­tan­do la voz de Dios, te arre­pien­tes. Y fru­to de ese pro­fun­do arre­pen­ti­mien­to lle­ga­rán obras de mi­se­ri­cor­dia: Lavaos, lim­piaos, qui­tad vues­tras fe­cho­rías de de­lan­te de mi vis­ta, desis­tid de ha­cer el mal, apren­ded a ha­cer el bien, bus­cad lo jus­to, dad su de­re­chos al opri­mi­do, ha­ced jus­ti­cia al huér­fano, abo­gad por la viu­da. Venid, pues, y dis­pu­te­mos -dice Yahvé-: Así fue­ren vues­tros pe­ca­dos como la gra­na, cual la nie­ve blan­quea­rán. Y así fue­ren ro­jos como el car­me­sí, cual la lana que­da­rán (Isaías 1, 16-18). Y todo esto se hace a tra­vés de un pro­ce­so de pe­ni­ten­cia, pues la pe­ni­ten­cia mue­ve al pe­ca­dor a so­por­tar­lo todo con el áni­mo bien dis­pues­to; en su co­ra­zón, con­tri­ción; en la boca, con­fe­sión; en la obra, toda hu­mil­dad y fruc­tí­fe­ra sa­tis­fac­ción (Catecismo 1450). Así pues… ¡Arrepiéntete!

El per­dón de Dios El pe­ca­do no hay que to­már­se­lo como un jue­go, por­que daña se­ria­men­te a la per­so­na. Pero tam­po­co hay que creer erró­nea­men­te que no te­ne­mos so­lu­ción: Dios te la da. Si caes y te arre­pien­tes, Dios te per­do­na y te da una nue­va opor­tu­ni­dad. Y lo hace de for­ma con­cre­ta y pal­pa­ble a tra­vés del Sacramento de la Reconciliación. Allí Dios te dice: ¿Quién te con­de­na? Ella res­pon­dió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te con­deno. Vete, y en ade­lan­te no pe­ques más» (Juan 8, 11). Jesús per­do­nó los pe­ca­dos de mu­chas per­so­nas que es­ta­ban arre­pen­ti­das de su ac­ti­tud, adúl­te­ros y ase­si­nos in­clui­dos… ¿Por qué no iba a per­do­nar­te a ti? ¡Claro que lo hace! ¡Porque su mi­se­ri­cor­dia es eter­na! Por eso, dirá Dios a Santa Faustina Kowalska: Que los más gran­des pe­ca­do­res pon­gan su con­fian­za en Mi mi­se­ri­cor­dia. Ellos más que na­die tie­nen de­re­cho a con­fiar en el abis­mo de Mi mi­se­ri­cor­dia (Santa Faustina Kowalska)[39].

En reali­dad… ¿Quién y con qué au­to­ri­dad te con­de­na, si Dios mis­mo te per­do­na? ¿No es Dios el crea­dor y, por tan­to, due­ño de todo? Por eso, tam­bién se te dice a ti que per­do­nes a los de­más y no los juz­gues, que si vo­so­tros per­do­náis a los hom­bres sus ofen­sas, os per­do­na­rá tam­bién a vo­so­tros vues­tro Padre ce­les­tial (Mateo 6, 14). Dios te ama y, por eso, mien­tras vi­vas siem­pre te re­ga­la­rá otra opor­tu­ni­dad para se­guir­le y ca­mi­nar por el ca­mino de la vida: el úni­co que te pue­de ha­cer fe­liz, pues te lle­va al co­no­ci­mien­to del amor de Dios. Por eso, no du­des nun­ca del amor que Dios te tie­ne, y no te de­jes en­ga­ñar por el ma­ligno pen­san­do que es im­po­si­ble para ti cam­biar o vol­ver a Dios… ¡Eso es sim­ple­men­te una men­ti­ra! Mientras si­gas vivo siem­pre, siem­pre, siem­pre, pue­des vol­ver a Dios si tú quie­res.

Persevera ¿Y si vuel­ves a caer? Vuélvete a le­van­tar. ¿Y si caes otra vez? Pues otra vez te le­van­tas. ¿Y si otra? Pues le­ván­ta­te, pues el jus­to cae sie­te ve­ces y se le­van­ta, pero los mal­va­dos se hun­den en la des­gra­cia (Proverbios 24, 16). Por su­pues­to, siem­pre de­be­mos ha­cer todo lo que esté en nues­tra mano para evi­tar caer. Y si caes mu­cho en un pe­ca­do se­ría con­ve­nien­te ana­li­zar el por qué, para ata­car la raíz del pro­ble­ma. ¿Quizás no lo in­ten­tas en se­rio? ¿Quizás te fal­ta po­ner fí­si­ca­men­te al­gu­na pre­ven­ción? ¿Quizás te fal­ta pe­dir ayu­da a un es­pe­cia­lis­ta ca­tó­li­co? Ten en cuen­ta que al­gu­nos pe­ca­dos pue­den de­ge­ne­rar en ver­da­de­ras adic­cio­nes. Pero re­cuer­da que mu­chos sa­cer­do­tes, es­pe­cia­lis­tas ca­tó­li­cos y per­so­nas de Fe pue­den ayu­dar­te… ¡Búscalos en la Iglesia Católica! Porque Dios quie­re que seas fe­liz, y sólo pue­des ser­lo obran­do el bien, por­que el mal des­tru­ye a la per­so­na y a to­das sus re­la­cio­nes.

Es fun­da­men­tal, en la lu­cha con­tra el pe­ca­do y el ma­ligno, la for­ta­le­za y la per­se­ve­ran­cia, pues úni­ca­men­te con una ac­ti­tud cons­tan­te po­de­mos per­ma­ne­cer de pie en esta ba­ta­lla tan dura y con­ti­nua­da, pero ¡gracias sean da­das a Dios, que nos da la vic­to­ria por nues­tro Señor Jesucristo! (1 Corintios 15, 57). Por eso, tú, sim­ple­men­te de­bes lu­char con­tra las se­duc­cio­nes del ma­ligno con todo lo que la Iglesia pone a tu dis­po­si­ción. Persevera y, si caes… ¡Levántate lo an­tes po­si­ble me­dian­te el Sacramento de la Reconciliación! ¡Este es el com­ba­te de la Fe! Y re­cuer­da siem­pre que éste com­ba­te nos lo ha ven­ci­do Dios mis­mo, para que vi­va­mos eter­na­men­te, por­que… ¡Nos ama! Tú sólo de­bes per­se­ve­rar en di­cho com­ba­te, has­ta que un día di­gas: «Prefiero mo­rir an­tes que pe­car» (Santo Domingo Savio)[100].

Escrúpulos Durante el re­ti­ro para la se­gun­da co­mu­nión me vi asal­ta­da por la te­rri­ble en­fer­me­dad de los es­crú­pu­los… Hay que pa­sar por ese mar­ti­rio para sa­ber lo que es. Imposible de­cir lo que su­frí du­ran­te un año y me­dio… Todos mis pen­sa­mien­tos y mis ac­cio­nes, aun los más sen­ci­llos, se me con­ver­tían en mo­ti­vo de tur­ba­ción (Santa Teresa de Lisieux)[106]. ¿Serán o no se­rán pe­ca­dos dig­nos del in­fierno? El es­cru­pu­lo­so es ca­paz de dar mil vuel­tas a su ca­be­za para con­se­guir con­ver­tir en pe­ca­do gra­ve ab­so­lu­ta­men­te todo lo que hay en su vida. La so­lu­ción la quie­ren en­con­trar en la con­fe­sión no sólo fre­cuen­te, sino en ca­sos dia­ria, y has­ta va­rias ve­ces por día. Pero eso no so­lu­cio­na el pro­ble­ma, sino que lo agra­va, ya que tam­po­co que­da tran­qui­lo por si la con­fe­sión no la hizo co­rrec­ta­men­te, y en con­se­cuen­cia ha pe­ca­do más. El es­cru­pu­lo­so cuan­do lle­ga a este ex­tre­mo no pue­de ra­zo­nar. Toda su preo­cu­pa­ción es “por si aca­so”, “no sé si hice bien”, “quizá con­sen­tí”, “tengo du­das” (Padre Jorge González Guadalix)[68].

Si te pasa esto, es bueno bus­car ayu­da psi­co­ló­gi­ca ca­tó­li­ca, que pue­de ayu­dar­te a en­fren­tar este pro­ble­ma de la for­ma ade­cua­da. Y esto no es nin­gu­na ver­güen­za, pues has­ta Santa Teresa de Lisieux ne­ce­si­tó de al­guien para lle­var esta si­tua­ción: Por eso, no te­nía en reali­dad más que a María, que me era, por así de­cir­lo, in­dis­pen­sa­ble. Sólo a ella le con­ta­ba mis es­crú­pu­los; y era tan obe­dien­te que mi con­fe­sor nun­ca lle­gó a co­no­cer mi fea en­fer­me­dad: yo sólo le de­cía el nú­me­ro de pe­ca­dos que María me ha­bía per­mi­ti­do con­fe­sar, ni uno mas. Así que po­dría ha­ber pa­sa­do por el alma me­nos es­cru­pu­lo­sa del mun­do, a pe­sar de ser­lo en sumo gra­do (Santa Teresa de Lisieux)[106]. Y ese al­guien debe ser de con­fian­za, san­to y ca­tó­li­co, y debe ser obe­de­ci­do, jun­to con la obe­dien­cia de­bi­da al con­fe­sor, so­bre tus es­crú­pu­los, como la mis­ma Santa hizo. En el fon­do, el pro­ble­ma es que pen­sa­mos que de­be­mos ga­nar­nos el cie­lo por nues­tras fuer­zas, y nos cen­tra­mos más en evi­tar el pe­ca­do que en amar a Dios… Nos mo­ve­mos por mie­do, y no por amor. ¡Pero sólo el Amor de Cristo en la cruz pue­de ven­cer al pe­ca­do! ¡Ama y haz lo que quie­ras! (San Agustín)[5].

Práctica A es­tas al­tu­ras, y con tan­ta cosa que he­mos in­ten­ta­do po­ner en prác­ti­ca, se­ría lo más nor­mal que va­rias de ellas no las ha­yas po­di­do ha­cer. No te preo­cu­pes, si­gue in­ten­tán­do­lo e in­de­pen­dien­te­men­te de cuán­tas ve­ces cai­gas, le­ván­ta­te to­das ellas. Si hay algo bueno que Dios pue­de sa­car del pe­ca­do es, sin duda al­gu­na, la hu­mil­dad, por­que el que se ve pe­ca­dor y mi­se­ra­ble di­fí­cil­men­te se enor­gu­lle­ce­rá. Por ello, en pri­mer lu­gar, va­mos a ha­cer un exa­men de con­cien­cia pro­fun­do para ver dón­de cae­mos y de qué nos de­be­mos con­fe­sar. Si tu con­cien­cia no está dor­mi­da ten­drás pe­ca­dos que, por su gra­ve­dad, te ven­drán a la men­te en el mo­men­to en el que se te men­cio­nen. Recuerda que es de vi­tal im­por­tan­cia con­fe­sar­se de los pe­ca­dos mor­ta­les, pues es­tos nos cie­rran las puer­tas del cie­lo. Así pues, re­fle­xio­ne­mos en un cli­ma de ora­ción so­bre las si­guien­tes pre­gun­tas:

  • ¿He co­me­ti­do pe­ca­do mor­tal, es de­cir, un pe­ca­do gra­ve (puedes ver al­gu­nos ejem­plos en la ex­pli­ca­ción de pe­ca­do gra­ve) a sa­bien­das de que lo era y que­rien­do ha­cer­lo? ¿He pe­ca­do con­tra al­guno de los diez man­da­mien­tos ex­pues­tos por Dios en el de­cá­lo­go (Éxodo 20) o par­te de al­guno? ¿De qué for­ma lo he he­cho?
  • ¿He pe­ca­do al­gu­na vez de lu­ju­ria, pe­re­za, gula, en­vi­dia, ira, ava­ri­cia, o so­ber­bia? ¿He men­ti­do, he sido in­do­len­te, he pe­ca­do de des­es­pe­ran­za, he sido irre­fle­xi­vo, he sido cruel o vio­len­to, he in­sul­ta­do o di­fa­ma­do, me he em­bo­rra­cha­do, he pe­ca­do de im­pu­re­za, he sido so­ber­bio o me he va­na­glo­ria­do, he sido iras­ci­ble, he sido im­pa­cien­te, etc?
  • ¿He mur­mu­ra­do ex­ter­na o in­ter­na­men­te con­tra el Señor cuan­do me ha ocu­rri­do al­gu­na des­gra­cia? ¿He sido cau­sa de que otros pe­ca­sen por mi con­ver­sa­ción, por mi modo de ves­tir, por mi con­duc­ta, por mis ma­los con­se­jos, etc? ¿He he­cho lo que Dios quie­re que haga, te­nien­do en cuen­ta los do­nes y la vo­ca­ción que me ha dado?
  • ¿He du­da­do o ne­ga­do de­li­be­ra­da­men­te al­gu­na de las ver­da­des la Fe ca­tó­li­ca? ¿He fal­ta­do a Misa los do­min­gos o los de­más días de pre­cep­to? ¿He de­ja­do de cum­plir, sin mo­ti­vo ade­cua­do, el ayuno y la abs­ti­nen­cia en los días pre­vis­tos por la Iglesia? ¿Me he con­fe­sa­do y he co­mul­ga­do al me­nos una vez al año? ¿He ca­lla­do por ver­güen­za, en al­gu­na con­fe­sión an­te­rior, al­gún pe­ca­do gra­ve? ¿He co­mul­ga­do al­gu­na vez en pe­ca­do mor­tal?
  • ¿Veo que no ten­go pe­ca­dos ni fal­tas? ¿Creo que ya es­toy com­ple­ta­men­te con­ver­ti­do? ¿Me gus­ta que la gen­te me elo­gie? ¿Busco la apro­ba­ción de al­guien o de los de­más en ge­ne­ral? ¿Pregono mis vir­tu­des? ¿Soy un so­ber­bio? ¿Creo que no ten­go re­me­dio? ¿He creí­do que todo lo hago mal y que no voy a cam­biar? ¿Pregono mis de­fec­tos? ¿Querría cam­biar­me o ser otra per­so­na? ¿Caigo en el vic­ti­mis­mo? ¿Soy es­cru­pu­lo­so o per­fec­cio­nis­ta? ¿Soy un so­ber­bio?

Una vez he­mos he­cho un se­rio exa­men de con­cien­cia es ne­ce­sa­rio arre­pen­tir­se de to­dos los pe­ca­dos, dán­do­nos cuen­ta de que real­men­te he­mos es­ta­do hi­rien­do a los de­más y a no­so­tros mis­mos, ofen­dien­do al mis­mo tiem­po a Dios y el amor tan gran­de que nos ha te­ni­do. ¿Y cómo se de­mues­tra el arre­pen­ti­mien­to? Con la con­ver­sión, es de­cir, el fir­me pro­pó­si­to de aban­do­nar para siem­pre los pe­ca­dos y de re­pa­rar, en la me­di­da de lo po­si­ble, el mal cau­sa­do. Esto no sig­ni­fi­ca que no pue­das vol­ver a caer, sino que no de­bes que­rer ha­cer­lo po­nien­do to­dos los me­dios que ten­gas al al­can­ce para ello. Por eso, si caes cien ve­ces, le­ván­ta­te las cien con la fir­me in­ten­ción de no vol­ver a caer. Este se­rio exa­men de con­cien­cia lo com­ple­ta­re­mos al fi­na­li­zar la si­guien­te sec­ción, en la que pro­fun­di­za­re­mos so­bre los diez man­da­mien­tos y en la que acu­di­re­mos al Sacramento de la Reconciliación.

Realizar un se­rio Examen de Conciencia
Querer y desear aban­do­nar los pe­ca­dos co­me­ti­dos
Tomar me­di­das prác­ti­cas para lu­char con­tra el pe­ca­do
Preparar un co­ra­zón bien dis­pues­to a Dios

Glosario

… mo­ti­vo*
Juicio Temerario Pensar muy mal del pró­ji­mo sin mo­ti­vo es co­no­ci­do como un pe­ca­do de jui­cio te­me­ra­rio y, aun­que no lo pa­rez­ca, es gra­ve. Poniéndonos en el peor de los ca­sos, en pri­mer lu­gar, por­que su­plan­tas a Dios ha­cién­do­te tú juez. ¡Tú, que eres un pe­ca­dor tam­bién! En se­gun­do lu­gar por­que al pen­sar muy mal de otra per­so­na vas a con­de­nar­la la ma­yo­ría de ve­ces, aun­que lo que haga esté bien, pues le asig­na­ras a sus ac­tos una mo­ti­va­ción ocul­ta o mala, es de­cir, se­rás un juez in­jus­to. En ter­cer lu­gar por­que con­de­nán­do­la la ha­brás ma­ta­do o hu­mi­lla­do en tu co­ra­zón, po­nién­do­te a ti por en­ci­ma de ella, lo cual vi­cia­rá y des­trui­rá tu re­la­ción con esa per­so­na. Y de ahí a la di­fa­ma­ción, la riña, la en­vi­dia, el di­vor­cio, la vio­len­cia y un lar­go et­cé­te­ra, hay un paso muy cor­to. Es de­cir, en­so­ber­be­ci­do has juz­ga­do in­jus­ta­men­te a tu her­mano des­tru­yen­do la co­mu­nión y el amor en­tre vo­so­tros. ¿Y es o no gra­ve des­truir el amor? Lo mis­mo ocu­rre con otros pe­ca­dos que pue­dan no pa­re­cer­nos gra­ves a sim­ple vis­ta. El jui­cio te­me­ra­rio lo he­mos ex­pli­ca­do a modo de ejem­plo.
… per­fec­ta*
Contrición La con­tri­ción es un do­lor del alma y una de­tes­ta­ción del pe­ca­do co­me­ti­do con la re­so­lu­ción de no vol­ver a pe­car (Concilio de Trento: DS 1676). Además, cuan­do bro­ta del amor de Dios ama­do so­bre to­das las co­sas, la con­tri­ción se lla­ma “contrición per­fec­ta” (contrición de ca­ri­dad). Semejante con­tri­ción per­do­na las fal­tas ve­nia­les; ob­tie­ne tam­bién el per­dón de los pe­ca­dos mor­ta­les, si com­pren­de la fir­me re­so­lu­ción de re­cu­rrir tan pron­to sea po­si­ble a la con­fe­sión sa­cra­men­tal (Catecismo 1452).