1.6 Adán y Eva

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura y Meditación El pa­sa­je de Adán y Eva nos ex­pli­ca muy bien cuál es el pro­ble­ma que tie­ne el hom­bre mo­derno con Dios, que es en de­fi­ni­ti­va el pro­ble­ma que te­ne­mos tú y yo con Él y, por ex­ten­sión, con los de­más. Es el pro­ble­ma de la muer­te on­to­ló­gi­ca y del “querer ser” que nos hace en­trar en ver­da­de­ras gue­rras per­so­na­les. Comentar que por la am­plia ex­ten­sión de este pa­sa­je va­mos a leer­lo y me­di­tar­lo por frag­men­tos, cen­trán­do­nos de for­ma es­pe­cial en cada uno de ellos.

La ser­pien­te era el más as­tu­to de to­dos los ani­ma­les del cam­po que Yahvé Dios ha­bía he­cho. Y dijo a la mu­jer: «¿Cómo es que Dios os ha di­cho: No co­máis de nin­guno de los ár­bo­les del jar­dín?» Respondió la mu­jer a la ser­pien­te: «Podemos co­mer del fru­to de los ár­bo­les del jar­dín. Mas del fru­to del ár­bol que está en me­dio del jar­dín, ha di­cho Dios: No co­máis de él, ni lo to­quéis, so pena de muer­te.» Replicó la ser­pien­te a la mu­jer: «De nin­gu­na ma­ne­ra mo­ri­réis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que co­mie­reis de él, se os abri­rán los ojos y se­réis como dio­ses, co­no­ce­do­res del bien y del mal.» Y como vie­se la mu­jer que el ár­bol era bueno para co­mer, ape­te­ci­ble a la vis­ta y ex­ce­len­te para lo­grar sa­bi­du­ría, tomó de su fru­to y co­mió, y dio tam­bién a su ma­ri­do, que igual­men­te co­mió. Entonces se les abrie­ron a en­tram­bos los ojos, y se die­ron cuen­ta de que es­ta­ban des­nu­dos; y, co­sien­do ho­jas de hi­gue­ra, se hi­cie­ron unos ce­ñi­do­res (Génesis 3, 1-7).

Conviene fi­jar­se en va­rios de­ta­lles del pa­sa­je que es­tán muy bien pues­tos y que nos en­se­ñan mu­chas co­sas acer­ca de no­so­tros mis­mos. En pri­mer lu­gar, es im­por­tan­te ver como la ser­pien­te, es de­cir, el ma­ligno, es un men­ti­ro­so que mez­cla par­tes de ver­dad con men­ti­ras mien­tras ca­lla otras par­tes. En otras pa­la­bras, el ma­ligno in­ten­ta ma­ni­pu­lar a Eva, y por lo tan­to no la ama ni bus­ca su bien. Así pues, pri­me­ro le su­gie­re a Eva un con­jun­to de ideas fal­sas di­cién­do­le que Dios le ha prohi­bi­do co­mer, es de­cir, Dios quie­re que te mue­ras de ham­bre, Dios no te ama, Dios te re­pri­me y te quie­re con­tro­lar, Dios te prohí­be mu­chas co­sas sin mo­ti­vo, Dios es tu ri­val, etc. ¡Y todo en una sim­ple fra­se! Y eso mis­mo es lo que el ma­ligno nos dice a no­so­tros to­dos los días. Eva, por su­pues­to, al prin­ci­pio sabe que eso men­ti­ra y así se lo dice al ma­ligno. Sin em­bar­go, la duda ya ha sido sem­bra­da en su co­ra­zón: Dios me ha prohi­bi­do ha­cer una cosa so pena de muer­te… ¿Por qué lo ha he­cho? ¿Quizás Dios no me ama?

Y el ma­ligno apro­ve­cha esta duda para lan­zar su pró­xi­mo ata­que: Dios te lo ha prohi­bi­do por­que si co­mes se­rás igual a Él. Te con­ver­ti­rás tam­bién en un dios, y po­drás co­no­cer y de­ci­dir lo que está bien y lo que está mal… ¡Y Dios tie­ne mie­do de eso! Por eso te lo ha prohi­bi­do, para te­ner­te so­me­ti­do. Pero la ver­dad no es esa, Dios lo ha prohi­bi­do por­que real­men­te co­mer de ese ár­bol hará mo­rir a Adán y Eva, y Dios no quie­re que mue­ran. Al fi­nal, Adán y Eva no pue­den cam­biar lo que está bien y lo que está mal: esa idea es sólo una ilu­sión y, al fi­nal, las con­se­cuen­cias, es de­cir, la muer­te on­to­ló­gi­ca, nos do­mi­na igual crea­mos en ella o no. Por eso Eva cre­yén­do­se esta men­ti­ra, y vien­do que el ár­bol era ape­te­ci­ble a la vis­ta (Génesis 3, 6b), co­mió. Y eso nos pa­re­ce a no­so­tros mu­chas ve­ces el pe­ca­do: ape­te­ci­ble por­que… ¿Realmente es tan malo? ¿Por qué no me acues­to con mi no­via? Nos que­re­mos y es ape­te­ci­ble. ¿Quién me lo va a prohi­bir? ¿Y por qué no des­fal­co a ha­cien­da? ¿Quién se va a en­te­rar? ¿No quie­res que dis­fru­te de la vida? ¡Si no pasa nada!

Pero la ver­dad es muy di­fe­ren­te, pues… ¿Qué les pasó a Adán y a Eva? Se die­ron cuen­ta de que es­ta­ban des­nu­dos. Es de­cir, por pri­me­ra vez sin­tie­ron ver­güen­za el uno del otro, pues ya no es­ta­ban en co­mu­nión, como ve­re­mos más cla­ra­men­te en la con­ti­nua­ción del pa­sa­je. Algo den­tro de ellos se ha­bía roto. Han re­cha­za­do a Dios que es el amor y la vida y se han que­da­do so­los, sin amor y sin vida. Y han ex­pe­ri­men­ta­do por pri­me­ra vez la muer­te on­to­ló­gi­ca. Y las con­se­cuen­cias, como ve­re­mos a con­ti­nua­ción, van a ser muy gra­ves. Pero ellos, al prin­ci­pio, lo in­ten­ta­ron so­lu­cio­nar como lo in­ten­ta­mos ha­cer no­so­tros mu­chas ve­ces: con par­ches ex­te­rio­res, ha­cién­do­se un ves­ti­do para cu­brir­se. ¡Que no se note que mi vida se cae a pe­da­zos! Pero el pro­ble­ma es­ta­ba y si­gue es­tan­do en su co­ra­zón. Aun así, lo que ocu­rre a con­ti­nua­ción es mu­cho peor:

Oyeron lue­go el rui­do de los pa­sos de Yahvé Dios que se pa­sea­ba por el jar­dín a la hora de la bri­sa, y el hom­bre y su mu­jer se ocul­ta­ron de la vis­ta de Yahvé Dios por en­tre los ár­bo­les del jar­dín. Yahvé Dios lla­mó al hom­bre y le dijo: «¿Dónde es­tás?» Este con­tes­tó: «Te he oído an­dar por el jar­dín y he te­ni­do mie­do, por­que es­toy des­nu­do; por eso me he es­con­di­do». Él re­pli­có: «¿Quién te ha he­cho ver que es­ta­bas des­nu­do? ¿Has co­mi­do aca­so del ár­bol del que te prohi­bí co­mer?» Dijo el hom­bre: «La mu­jer que me dis­te por com­pa­ñe­ra me dio del ár­bol y comí». Dijo, pues, Yahvé Dios a la mu­jer: «¿Por qué lo has he­cho?» Contestó la mu­jer: «La ser­pien­te me se­du­jo, y comí» (Génesis 3, 8-13).

Como po­de­mos ver, lo pri­me­ro que ocu­rre ante Dios es que el hom­bre se es­con­de: no quie­re afron­tar su pro­pio error y, por tan­to, aho­ra tie­ne mie­do de Aquel al que an­tes ama­ba. Por eso Dios, ex­tra­ña­do, lo lla­ma y le pre­gun­ta qué le ocu­rre. Sin em­bar­go, Adán no con­fie­sa su pe­ca­do y pide per­dón, sino que en pri­mer lu­gar bus­ca una ex­cu­sa y, cuan­do ve que la ex­cu­sa no con­ven­ce a na­die, le echa las cul­pas a su mu­jer. Mejor di­cho, le echa las cul­pas “a la mu­jer que tú me dis­te”, por­que para Adán su mu­jer Eva ya no es más su mu­jer en su co­ra­zón, ya que la pri­me­ra con­se­cuen­cia del pe­ca­do es la muer­te del amor y la des­co­mu­nión. ¿Y en el fon­do, se­gún Adán, quién tie­ne la cul­pa? Su mu­jer, cla­ro, que le ha dado la fru­ta; y por su­pues­to Dios, que es quien le ha dado a su mu­jer. ¿Pero en reali­dad quién la ha acep­ta­do, pe­can­do? Solo él.

¿Y no pen­sa­mos en el fon­do no­so­tros lo mis­mo? ¿Quién tie­ne la cul­pa de todo sino el otro? ¿No es cul­pa de mi mu­jer tan­tas co­sas? ¿No es el go­bierno res­pon­sa­ble de esto y aque­llo? ¿No son mis hi­jos, je­fes, pa­dre, o ami­gos los cul­pa­bles de es­tos otros pro­ble­mas y su­fri­mien­tos que ten­go? ¿Y Dios, no tie­ne tam­bién la cul­pa de tan­tas co­sas? ¿Por qué no hace nada? Y al fi­nal ha­ce­mos de todo me­nos re­co­no­cer que so­mos no­so­tros, y solo no­so­tros, los que con nues­tras de­ci­sio­nes, apar­tán­do­nos de Dios, lo rom­pe­mos todo y nos rom­pe­mos por den­tro. Y lo mis­mo hizo Eva pa­sán­do­le la cul­pa a la ser­pien­te: fue la ser­pien­te la que me se­du­jo -dice Eva- en el fon­do yo no que­ría pero mira, qué se le va a ha­cer… Y así, por acep­tar el en­ga­ño del ma­ligno y nues­tras ape­ten­cias, pe­ca­mos, y lo que a pri­me­ra vis­ta pa­re­cía bueno pro­du­ce el fru­to amar­go de la muer­te.

Y esto, re­pe­ti­do una y otra vez, es lo que va frag­men­tan­do el alma de las per­so­nas y las lle­va pri­me­ro a las dis­cu­sio­nes, pe­leas, ri­ñas, ava­ri­cias, mur­mu­ra­cio­nes, jui­cios, en­vi­dias, lu­ju­rias, etc. En un si­guien­te ni­vel eso se trans­for­ma en vio­len­cia, di­vor­cio, adul­te­rio, ase­si­na­to, vio­la­ción, etc. Porque si en nues­tro co­ra­zón no hay amor sino muer­te, pa­sar de lo poco gra­ve a lo muy gra­ve es cues­tión de tiem­po y de que la si­tua­ción lo fa­ci­li­te. Y en un úl­ti­mo ni­vel, te­ne­mos tam­bién ejem­plos cla­ros de per­so­nas que han usur­pa­do el lu­gar de Dios en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, im­po­nién­do­se me­dian­te la vio­len­cia como dio­ses de los de­más: co­mu­nis­mo, na­zis­mo, ex­tre­mis­mos is­lá­mi­cos, etc. Cuando eso ocu­rre, el otro ya no vale nada ni en nues­tro co­ra­zón ni en la reali­dad, y el re­sul­ta­do sue­len ser ex­ter­mi­nios, tra­ta y ven­ta de mu­je­res, tor­tu­ras y per­se­cu­cio­nes ma­si­vas, cam­pos de con­cen­tra­ción, ge­no­ci­dios, ex­plo­ta­ción la­bo­ral in­fan­til, etc. Pero todo eso tie­ne la raíz en un solo si­tio: nues­tro co­ra­zón. Porque del co­ra­zón sa­len las in­ten­cio­nes ma­las, ase­si­na­tos, adul­te­rios, for­ni­ca­cio­nes, ro­bos, fal­sos tes­ti­mo­nios, in­ju­rias (Mateo 15, 19), etc.

Entonces Yahvé Dios dijo a la ser­pien­te: «Por ha­ber he­cho esto, mal­di­ta seas en­tre to­das las bes­tias y en­tre to­dos los ani­ma­les del cam­po. Sobre tu vien­tre ca­mi­na­rás, y pol­vo co­me­rás to­dos los días de tu vida. Enemistad pon­dré en­tre ti y la mu­jer, en­tre tu li­na­je y su li­na­je: él te pi­sa­rá la ca­be­za mien­tras ace­chas tu su cal­ca­ñar». A la mu­jer le dijo: «Tantas haré tus fa­ti­gas cuan­tos sean tus em­ba­ra­zos: con do­lor pa­ri­rás los hi­jos. Hacia tu ma­ri­do irá tu ape­ten­cia, y él te do­mi­na­rá». Al hom­bre le dijo: «Por ha­ber es­cu­cha­do la voz de tu mu­jer y co­mi­do del ár­bol del que yo te ha­bía prohi­bi­do co­mer, mal­di­to sea el sue­lo por tu cau­sa: con fa­ti­ga sa­ca­rás de él el ali­men­to to­dos los días de tu vida. Espinas y abro­jos te pro­du­ci­rá, y co­me­rás la hier­ba del cam­po. Con el su­dor de tu ros­tro co­me­rás el pan, has­ta que vuel­vas al sue­lo, pues de él fuis­te to­ma­do. Porque eres pol­vo y al pol­vo tor­na­rás» (Génesis 3, 14-19).

Finalmente, Dios im­po­ne un cas­ti­go muy se­ve­ro al ma­ligno por ha­ber pro­vo­ca­do la caí­da del hom­bre, que le afec­ta­rá el res­to de su exis­ten­cia. Un cas­ti­go que trae con­si­go una pro­me­sa: el ma­ligno será ven­ci­do de­fi­ni­ti­va­men­te por un des­cen­dien­te de la mu­jer: Jesucristo, que con su muer­te com­par­te nues­tra desas­tro­sa si­tua­ción, y con su re­su­rrec­ción nos abre de nue­vo las puer­tas a la vida ple­na. Vida ple­na que pue­des re­ci­bir ya hoy. Sin em­bar­go, tam­bién cas­ti­ga a la mu­jer con el do­lor del par­to que, por la mi­se­ri­cor­dia y amor de Dios, es algo tem­po­ral. Y al hom­bre ni si­quie­ra lo cas­ti­ga di­rec­ta­men­te, sino que mal­di­ce al sue­lo por su cau­sa para que al hom­bre le re­sul­te fa­ti­go­so tra­ba­jar­lo. Al fi­nal, Dios ama tan­to a Adán y Eva que es muy sua­ve en su co­rrec­ción fí­si­ca si la com­pa­ra­mos con las con­se­cuen­cias que van a traer sus pro­pios ac­tos, y que traen to­dos los días nues­tros ac­tos cuan­do obra­mos mal.

Pero aun así pone una co­rrec­ción, pues en oca­sio­nes es ne­ce­sa­rio un mal fí­si­co me­nor, para in­ten­tar evi­tar de nue­vo una ver­da­de­ra ca­tás­tro­fe in­te­rior que desem­bo­ca en la muer­te. Además, Adán y Eva pue­den ver a tra­vés de ese su­fri­mien­to fí­si­co pa­sa­je­ro el es­ta­do de­plo­ra­ble en el que sus ac­tos han de­ja­do a sus al­mas, y de esa for­ma se pue­da dar el arre­pen­ti­mien­to en ellos, para su pro­pio bien. Así te da­rás cuen­ta, en tu co­ra­zón, de que Yahvé tu Dios te co­rri­ge igual que un hom­bre co­rri­ge a su hijo (Deuteronomio 8, 5). Y lo hace por un mo­ti­vo: ¡Porque te ama! Y si te pre­gun­tas por qué Dios hizo la prohi­bi­ción al prin­ci­pio, y no qui­tó ese ár­bol de ahí di­rec­ta­men­te, es que no has com­pren­di­do lo que Dios pre­ten­día ha­cer con él: dar­le al hom­bre y a la mu­jer la li­ber­tad de ele­gir­lo a Él o no, pues sin li­ber­tad no hay amor. ¡Y Dios ama de ver­dad! Lo que se­gu­ra­men­te es­pe­ra­ba de ellos era que lo eli­gie­ran a Él, pues… ¿Les ha­bía dado has­ta ese mo­men­to al­gún mo­ti­vo para du­dar? ¿Acaso no se lo ha­bía dado todo? Y por eso, la pre­gun­ta cla­ve aho­ra es… ¿Y tú? ¿Pese a co­no­cer todo esto no quie­res de­jar el pe­ca­do? Mira que con Dios pue­des vol­ver a te­ner vida en ti y nun­ca más pe­car, al me­nos gra­ve­men­te. ¡Pues Dios te quie­re vivo!

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!