1.4 Dios te ama

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura Esta lec­tu­ra es una Palabra be­llí­si­ma que nos mues­tra el amor y la fi­de­li­dad que Dios nos tie­ne, in­clu­so des­pués de que co­me­ta­mos erro­res ver­gon­zo­sos o le ha­ga­mos al­gu­na afren­ta di­rec­ta a Dios. Porque Dios no se apar­ta nun­ca de nues­tro lado, so­mos no­so­tros los que nos apar­ta­mos del suyo. Él sim­ple­men­te, por­que nos ama, res­pe­ta nues­tra de­ci­sión y nos “oculta su ros­tro”, tal y como no­so­tros desea­mos; pero está siem­pre dis­pues­to y de­seo­so de aco­ger­nos de nue­vo con un amor in­fi­ni­to si así lo que­re­mos.

No te­mas, que no te aver­gon­za­rás, ni te son­ro­jes, que no que­da­rás con­fun­di­da, pues la ver­güen­za de tu mo­ce­dad ol­vi­da­rás, y la afren­ta de tu viu­dez no re­cor­da­rás ja­más. Porque tu es­po­so es tu Hacedor, Yahvé Sebaot es su nom­bre; y el que te res­ca­ta, el Santo de Israel, Dios de toda la tie­rra se lla­ma. Porque como a mu­jer aban­do­na­da y de con­tris­ta­do es­pí­ri­tu, te lla­mó Yahvé; y la mu­jer de la ju­ven­tud ¿es re­pu­dia­da? -dice tu Dios-. Por un bre­ve ins­tan­te te aban­do­né, pero con gran com­pa­sión te re­co­ge­ré. En un arran­que de fu­ror te ocul­té mi ros­tro por un ins­tan­te, pero con amor eterno te he com­pa­de­ci­do -dice Yahvé tu re­den­tor- (Isaías 54, 4-8).

Hay va­rias lec­tu­ras pa­ra­le­las que in­sis­ten en re­mar­car la fi­de­li­dad de Dios. En este pa­sa­je, por ejem­plo, po­de­mos ver cómo Dios res­pon­de a la ciu­dad de Sión, es de­cir, nos res­pon­de a no­so­tros, cuan­do pen­sa­mos que Él nos ha aban­do­na­do.

Pero dice Sión: «Yahvé me ha aban­do­na­do, el Señor me ha ol­vi­da­do.» -¿Acaso ol­vi­da un mu­jer a su niño de pe­cho, sin com­pa­de­cer­se del hijo de sus en­tra­ñas? Pues aun­que ésas lle­ga­sen a ol­vi­dar, yo no te ol­vi­do (Isaías 49, 14-15).

Pero eso no es todo: Dios no tie­ne mie­do de com­pro­me­ter­se con no­so­tros para siem­pre, por­que como dice la lec­tu­ra su amor es eterno. Así pues, en otro pa­ra­le­lo po­de­mos es­cu­char a Dios po­nien­do de ma­ni­fies­to este com­pro­mi­so que Él quie­re to­mar con no­so­tros:

No se dirá de ti ja­más: «Abandonada», ni de tu tie­rra se dirá ja­más «Desolada», sino que a ti se te lla­ma­rá «Mi com­pla­cen­cia», y a tu tie­rra, «Desposada». Porque Yahvé se com­pla­ce­rá en ti, y tu tie­rra será des­po­sa­da. Porque como se casa jo­ven con don­ce­lla, se ca­sa­rá con­ti­go tu edi­fi­ca­dor, y con gozo de es­po­so por su no­via se go­za­rá por ti tu Dios (Isaías 62, 4-5).

Meditación Es fun­da­men­tal dar­se cuen­ta de que Dios res­pe­ta has­ta el ex­tre­mo nues­tra li­ber­tad, por mu­cho que le lle­gue a do­ler y le haga su­frir. Si ele­gi­mos el ca­mino de la muer­te y tra­ta­mos de mon­tar­nos la vida sin Dios, Él nos res­pe­ta­rá y nos “ocultará su ros­tro”, per­mi­tién­do­nos vi­vir sin Él y sin ver su ac­ción en nues­tra vida. Sin em­bar­go, no de­ja­rá de lla­mar­nos y de sa­lir a nues­tro en­cuen­tro to­dos los días, por si de­ci­dié­ra­mos cam­biar de opi­nión. ¿Y qué pasa si de­ci­di­mos re­co­rrer el ca­mino de la Vida, aban­do­nan­do el de la muer­te? ¡Que Dios des­bor­da­rá su amor, per­dón, fi­de­li­dad y ale­gría con no­so­tros sin te­ner­nos en cuen­ta nues­tro pa­sa­do!

Por eso dice la lec­tu­ra que ya no te acor­da­rás ni aver­gon­za­rás de tus erro­res pa­sa­dos: Dios per­so­nal­men­te los bo­rra­rá to­dos, como ex­pli­ca a tra­vés del pro­fe­ta Isaías: Venid, pues, y dis­pu­te­mos -dice Yahvé-: Así fue­ren vues­tros pe­ca­dos como la gra­na, cual la nie­ve blan­quea­rán. Y así fue­ren ro­jos como el car­me­sí, cual la lana que­da­rán (Isaías 1, 18). ¿Y des­pués? Dios te res­ca­ta­rá y te re­cons­trui­rá ha­cien­do de ti una cria­tu­ra nue­va ca­paz de amar. Te ali­men­ta­rá con un ali­men­to nue­vo que te in­fun­di­rá Vida in­clu­so en me­dio del su­fri­mien­to. Te ador­na­rá con her­mo­sos do­nes es­pi­ri­tua­les y ce­les­tia­les, como un es­po­so hace con su ama­da.

Si al­gu­na vez du­das de esto por­que te pa­re­ce que Dios no está o no te res­pon­de… ¡No te­mas! Como bien dice el pri­mer pa­ra­le­lo, Dios no se ol­vi­da ni se ol­vi­da­rá de ti ja­más. ¡Te ama de­ma­sia­do! Y tar­de o tem­prano, si per­se­ve­ras y man­tie­nes tu con­fian­za en Él, te mos­tra­rá el sig­ni­fi­ca­do y el her­mo­so pro­pó­si­to de todo lo que su­ce­de en tu vida. Por lo de­más, sa­be­mos que en to­das las co­sas in­ter­vie­ne Dios para bien de los que le aman; de aque­llos que han sido lla­ma­dos se­gún su de­sig­nio (Romanos 8, 28). Así pues, no lo du­des… ¡Dios te ama y te ama­rá siem­pre! Solo hay una for­ma de que la cosa no fun­cio­ne: que tú le di­gas no a Dios y que es­co­jas el ca­mino de la muer­te. Porque al fi­nal, pre­ci­sa­men­te por­que Dios te ama, res­pe­ta­rá tu de­ci­sión.

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!