1.9 El sa­cri­fi­cio de Isaac

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura y Meditación El pa­sa­je del sa­cri­fi­cio de Isaac nos ha­bla del ver­da­de­ro sig­ni­fi­ca­do de la con­fian­za en Dios. Es un acon­te­ci­mien­to que nos de­mues­tra cómo Dios es bueno y quie­re que con­fie­mos en Él sin nin­gún “pero”. Por eso, Dios le pre­sen­tó una prue­ba a Abraham, y la res­pues­ta de Fe de Abraham en esta prue­ba nos sir­ve hoy a to­dos no­so­tros de ejem­plo y guía ante las si­tua­cio­nes que vi­vi­mos dia­ria­men­te. El pa­sa­je em­pie­za así:

Después de es­tas co­sas, Dios ten­tó a Abrahán. Le dijo: «¡Abrahán, Abrahán!» Él res­pon­dió: «Aquí es­toy.» Después aña­dió: «Toma a tu hijo, a tu úni­co, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofré­ce­lo allí en ho­lo­caus­to en uno de los mon­tes, el que yo te diga.» Abrahán se le­van­tó de ma­dru­ga­da, apa­re­jó su asno y tomó con­si­go a dos mo­zos y a su hijo Isaac. Partió la leña del ho­lo­caus­to y se puso en mar­cha ha­cia el lu­gar que le ha­bía di­cho Dios. Al ter­cer día le­van­tó Abrahán los ojos y vio el lu­gar des­de le­jos. Entonces dijo Abrahán a sus mo­zos: «Quedaos aquí con el asno. Yo y el mu­cha­cho ire­mos has­ta allí, ha­re­mos ado­ra­ción y vol­ve­re­mos don­de vo­so­tros» (Génesis 22, 1-5).

¿Por qué Abrahán ac­ce­de tan fá­cil­men­te a esta pe­ti­ción tan im­pac­tan­te, y ade­más le dice a los mo­zos “volveremos” y no “volveré”? Porque por la fe, Abrahán, so­me­ti­do a la prue­ba, ofre­ció a Isaac como ofren­da, y, el que ha­bía re­ci­bi­do las pro­me­sas, ofre­cía a su úni­co hijo, res­pec­to del cual se le ha­bía di­cho: Por Isaac ten­drás des­cen­den­cia. Pensaba que po­de­ro­so era Dios aun para re­su­ci­tar­lo de en­tre los muer­tos. Por eso lo re­co­bró como sím­bo­lo (Hebreos 11, 17-19), como ve­re­mos más ade­lan­te. Porque la prue­ba te­nía un sen­ti­do cla­ro: po­ner de ma­ni­fies­to la con­fian­za y la Fe de Abraham en Dios. No se tra­ta, pues, de un sa­cri­fi­cio hu­mano, sino de una sim­ple prue­ba de con­fian­za, una pre­gun­ta de Dios a Abraham que dice: ¿Soy o no bueno?

Pero esta no es sólo una prue­ba de con­fian­za, sino tam­bién de amor. Pues Dios le pide que le en­tre­gue a su úni­co, al que ama. Y al igual que Abraham no­so­tros mu­chas ve­ces te­ne­mos un úni­co, algo o al­guien al que ama­mos… ¿Quizás más que a Dios? Este es el otro pro­pó­si­to de la prue­ba. Que Abraham vea lo que hay en su co­ra­zón y si ha he­cho de su hijo un ído­lo pi­dién­do­le la vida y la fe­li­ci­dad a él. Esto hu­bie­ra pro­vo­ca­do que Abraham fue­se es­cla­vo de su hijo, de­pen­dien­te de su afec­to y su sa­lud. Únicamente si ama­mos pri­me­ro a Dios po­de­mos amar a los de­más li­bre­men­te, sin pen­sar en el “qué di­rán” o te­mer en per­der su “afecto”. Por eso, en esta prue­ba, Abraham debe ha­cer una elec­ción… ¿Dios o mi úni­co? Y como ve­re­mos mas ade­lan­te, ele­gir a Dios no sig­ni­fi­ca per­der a su hijo y que­dar­se sin nada, sino re­ci­bir­lo todo de Aquel que todo lo po­see y que se lo ha dado todo.

Tomó Abrahán la leña del ho­lo­caus­to, la car­gó so­bre su hijo Isaac, tomó en su mano el fue­go y el cu­chi­llo, y se fue­ron los dos jun­tos. Dijo Isaac a su pa­dre Abrahán: «¡Padre!» Respondió: «¿Qué hay, hijo?» –- «Aquí está el fue­go y la leña, pero ¿dónde está el cor­de­ro para el ho­lo­caus­to?» Dijo Abrahán: «Dios pro­vee­rá el cor­de­ro para el ho­lo­caus­to, hijo mío.» Y si­guie­ron an­dan­do los dos jun­tos (Génesis 22, 6-8).

Esta par­te nos mues­tra cómo Abraham no duda de Dios en nin­gún mo­men­to, pese a lo di­fí­cil que de­bió ser res­pon­der­le a su hijo esa pre­gun­ta. Pero tam­po­co le mien­te al res­pon­der­le, pues Abraham sa­bía que Dios le ama­ba y que, de una for­ma u otra, todo sal­dría bien. Isaac aquí es fi­gu­ra de Jesucristo, pues como hizo Él, Isaac car­gó con el ma­de­ro so­bre el que iba a mo­rir. Y como Él, no se que­jó de ello. De he­cho, como va­mos a leer aho­ra, tam­po­co se re­sis­tió, pues hu­bie­ra sido muy fá­cil desasir­se y huir de un an­ciano como Abraham. ¡Qué con­fian­za la de Isaac! ¡Qué con­fian­za la de Abraham!

Llegados al lu­gar que le ha­bía di­cho Dios, cons­tru­yó allí Abrahán el al­tar y dis­pu­so la leña; lue­go ató a Isaac, su hijo, y lo puso so­bre el ara, en­ci­ma de la leña. Alargó Abrahán la mano y tomó el cu­chi­llo para in­mo­lar a su hijo. Entonces le lla­mó el Ángel de Yahvé des­de el cie­lo di­cien­do: «¡Abrahán, Abrahán!» Él dijo: «Aquí es­toy.» Continuó el Ángel: «No alar­gues tu mano con­tra el niño, ni le ha­gas nada, que aho­ra ya sé que eres te­me­ro­so de Dios, ya que no me has ne­ga­do tu hijo, tu úni­co» (Génesis 22, 9-12).

Este es el mo­men­to cla­ve don­de Dios ac­túa y le re­ve­la a Abraham el pro­pó­si­to de su pe­ti­ción: Dios no quie­re el sa­cri­fi­cio de Isaac, sino la con­fian­za ple­na de Abraham. Además, es im­por­tan­te dar­se cuen­ta de que, de nue­vo, ve­mos cómo el án­gel lla­ma a Isaac “tu úni­co”. Dios sabe que solo po­de­mos ser li­bres para amar a los de­más si lo ama­mos pri­me­ro a Él. Porque si no, siem­pre es­ta­re­mos lia­dos con los afec­tos, con el qué di­rán, con nues­tra ima­gen, con el si le sen­ta­rá bien o no lo que diga, etc. Por ello, para que Abraham pue­da ser li­bre para amar ver­da­de­ra­men­te a su hijo, con­vie­ne que Dios sea el pri­me­ro en su vida. Y esta prue­ba ha de­mos­tra­do que sí lo es.

¿Y no­so­tros? ¿Somos li­bres de cara a los de­más? ¿Podemos li­bre­men­te ele­gir a Dios el pri­me­ro? ¿O aún pen­sa­mos en el qué di­rán si ma­ni­fies­to que soy ca­tó­li­co? ¿Le sen­ta­rá mal a al­guien que quie­ra ir a misa pri­me­ro? ¿Prefiero el fut­bol, un hobby, que­dar con los ami­gos, o cual­quier otra cosa an­tes que a Dios? Y a mis ami­gos o fa­mi­lia­res… ¿Les ha­blo de Dios o me ca­llo, no sea que me mi­ren mal? Para ser ver­da­de­ra­men­te li­bres hay que po­ner a Dios el pri­me­ro. El pri­me­ro. Sin “peros”. Sobre todo lo de­más. Y esto no sig­ni­fi­ca per­der lo de­más, sino ga­nar la ca­pa­ci­dad de ver en las co­sas sim­ple­men­te co­sas, y en las per­so­nas hi­jos de Dios dig­nos de tu amor, es de­cir, her­ma­nos con los que pue­des re­la­cio­nar­te con to­tal li­ber­tad.

Alzó Abrahán la vis­ta y vio un car­ne­ro tra­ba­do en un zar­zal por los cuer­nos. Fue Abrahán, tomó el car­ne­ro y lo sa­cri­fi­có en ho­lo­caus­to en lu­gar de su hijo. Abrahán lla­mó a aquel lu­gar: «Yahvé pro­vee», de don­de se dice hoy en día: «En el mon­te ‘Yahvé se apa­re­ce’.» El Ángel de Yahvé lla­mó a Abrahán por se­gun­da vez des­de el cie­lo y le dijo: «Por mi mis­mo juro, orácu­lo de Yahvé, que por ha­ber he­cho esto, por no ha­ber­me ne­ga­do tu hijo, tu úni­co, yo te col­ma­ré de ben­di­cio­nes y acre­cen­ta­ré mu­chí­si­mo tu des­cen­den­cia como las es­tre­llas del cie­lo y como las are­nas de la pla­ya, y se adue­ña­rá tu des­cen­den­cia de la puer­ta de sus enemi­gos. Por tu des­cen­den­cia se ben­de­ci­rán to­das las na­cio­nes de la tie­rra, en pago de ha­ber obe­de­ci­do tú mi voz» (Génesis 22, 13-18).

Conviene des­ta­car cómo Dios no quie­re, por amor a Abraham, que él pase por lo que Él sí pasó, por amor a no­so­tros, con su hijo Jesucristo. ¡Qué amor tan gran­de el de Dios! Nótese, ade­más, que con la elec­ción de Dios uno siem­pre gana. Abraham con­ser­vó a su hijo y le fue pro­me­ti­da una des­cen­den­cia mu­cho ma­yor y me­jor. Dios le dio el cien­to por uno. Porque Dios, efec­ti­va­men­te, pro­vee. Y con­ti­go, si te de­ci­des se­ria­men­te por Dios y úni­ca­men­te por Él, tam­bién hará lo mis­mo. ¿Lo pri­me­ro? Conocerle per­so­nal­men­te, por su­pues­to. ¡Y de­jar­se amar por Él!

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!