1.12 La lu­cha con­tra Dios

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura Jacob era el hijo me­nor de Isaac y no de­bía he­re­dar las pro­me­sas de Dios pero de­bi­do a que su her­mano Esaú le ven­dió la pri­mo­ge­ni­tu­ra, aca­bó he­re­dán­do­las. Esto pro­vo­có que él hu­ye­ra de su casa, per­se­gui­do por su her­mano, has­ta que Dios le man­dó vol­ver. Esta lec­tu­ra se en­mar­ca den­tro de esa vuel­ta, en la que Jacob se re­sis­te a la vo­lun­tad de Dios.

Aquella no­che se le­van­tó, tomó a sus dos mu­je­res con sus dos sier­vas y a sus once hi­jos y cru­zó el vado del Yaboc. Los tomó y les hizo pa­sar el río, e hizo pa­sar tam­bién todo lo que te­nía. Y ha­bién­do­se que­da­do Jacob solo, es­tu­vo lu­chan­do al­guien con él has­ta ra­yar el alba. Pero vien­do que no le po­día, le tocó en la ar­ti­cu­la­ción fe­mo­ral, y se dis­lo­có el fé­mur de Jacob mien­tras lu­cha­ba con aquél. Éste le dijo: «Suéltame, que ha ra­ya­do el alba.» Jacob res­pon­dió: «No te suel­to has­ta que no me ha­yas ben­de­ci­do.» Dijo el otro: «¿Cuál es tu nom­bre?» -«Jacob.» - «En ade­lan­te no te lla­ma­rás Jacob, sino Israel, por­que has sido fuer­te con­tra Dios y con­tra los hom­bres, y le has ven­ci­do.» Jacob le pre­gun­tó: «Dime por fa­vor tu nom­bre.» - «¿Para qué pre­gun­tas por mi nom­bre?» Y le ben­di­jo allí mis­mo (Génesis 32, 23-30).

En pri­mer lu­gar con­vie­ne men­cio­nar que en aque­lla épo­ca era co­mún te­ner va­rias es­po­sas, pues Dios aún no ha­bía re­ve­la­do la gran­de­za de este Sacramento que une en igual dig­ni­dad a un hom­bre y una mu­jer con el fin de for­mar una fa­mi­lia. Efectivamente, los pro­fe­tas fue­ron pre­pa­ran­do la con­cien­cia del Pueblo ele­gi­do para una com­pren­sión más pro­fun­da de la uni­dad y de la in­di­so­lu­bi­li­dad del ma­tri­mo­nio (Catecismo 1611), pero en este mo­men­to de la his­to­ria de Salvación la po­li­ga­mia de los pa­triar­cas y de los re­yes no es to­da­vía cri­ti­ca­da de una ma­ne­ra ex­plí­ci­ta (Catecismo 1610), aun­que sí lo será más ade­lan­te, cuan­do es­tén pre­pa­ra­dos para ello, pues la re­ve­la­ción de Dios ha sido pro­gre­si­va.

Lo im­por­tan­te de esta lec­tu­ra es que Jacob se re­be­la con­tra Dios, pero Dios es siem­pre más fuer­te y ven­ce. Aun así, Jacob fue una per­so­na sen­sa­ta y, al ver que no po­día ven­cer, de­ci­dió po­ner­se del lado de Dios. Aceptó la vo­lun­tad de Dios. Se con­vir­tió. Y por eso el án­gel le dijo al fi­nal que ha­bía ven­ci­do, pues ser de Dios es una vic­to­ria. Y por eso re­ci­be un nom­bre nue­vo, signo del hom­bre nue­vo en el que se ha con­ver­ti­do. De he­cho, en un pa­ra­le­lo, el pro­fe­ta Oseas na­rra esta con­ver­sión con otras pa­la­bras, mien­tras que nos in­vi­ta a no­so­tros a ha­cer lo mis­mo:

En el seno ma­terno su­plan­tó a su her­mano, y de ma­yor lu­chó con Dios. Luchó con el án­gel y le pudo, llo­ró y le su­pli­có. En Betel lo en­con­tró y allí ha­bló con él. Si, Yahvé Dios Sebaot, Yahvé es su tí­tu­lo. Y tú con­viér­te­te a tu Dios: ob­ser­va el amor y el de­re­cho, y con­fía siem­pre en tu Dios (Oseas 12, 4-7).

Meditación Esta lec­tu­ra es una gran lla­ma­da a con­ver­sión para to­dos no­so­tros, en la que todo tie­ne un sig­ni­fi­ca­do y un sen­ti­do muy in­tere­san­te. En pri­mer lu­gar, hay que des­ta­car el he­cho de que Jacob hi­cie­se pa­sar a to­dos y a todo al otro lado del río y se que­da­ra com­ple­ta­men­te sólo cuan­do apa­re­ció el án­gel. Porque el en­cuen­tro con Dios en la tri­bu­la­ción, en la prue­ba y en tan­tas otras oca­sio­nes, es un sólo a sólo. Porque la con­ver­sión se da siem­pre en un dia­lo­go per­so­nal de cada uno de no­so­tros con Dios. Y nin­guno de los bie­nes, re­cur­sos o afec­tos que ten­gas te po­drá ayu­dar en ese mo­men­to.

Este com­ba­te de Jacob re­pre­sen­ta la lu­cha que te­ne­mos no­so­tros con Dios con­ti­nua­men­te. Mi vo­lun­tad con­tra la suya. Lo que yo quie­ro con­tra lo que Él quie­re. Pero el desen­la­ce es más que ob­vio, por­que solo Dios es Dios. Jacob se man­tu­vo fuer­te en el com­ba­te, y Dios pa­re­cía per­der: Pero vien­do que no le po­día, le tocó en la ar­ti­cu­la­ción fe­mo­ral, y se dis­lo­có el fé­mur de Jacob mien­tras lu­cha­ba con aquél (Génesis 32, 26). Y Dios ven­ce. Como ven­ce en nues­tra vida mu­chas ve­ces, ha­cién­do­nos ver que el ca­mino que es­ta­mos to­man­do no es el ade­cua­do. Y so­bre todo, ha­cién­do­nos ver nues­tra de­bi­li­dad: que no so­mos dio­ses.

En este mo­men­to se pre­sen­tan a Jacob dos op­cio­nes: ren­dir­se y que­dar­se ti­ra­do solo en me­dio de la nada, o unir­se a Dios y ven­cer con Él. Por su­pues­to, Jacob eli­ge la se­gun­da: unir­se a Dios. Éste le dijo: «Suéltame, que ha ra­ya­do el alba.» Jacob res­pon­dió: «No te suel­to has­ta que no me ha­yas ben­de­ci­do» (Génesis 32, 27). Y con esto, Jacob nos en­se­ña qué de­be­mos ha­cer cuan­do nues­tras fuer­zas se ter­mi­nan y per­de­mos la ba­ta­lla: orar y pe­dir­le a Dios su ben­di­ción. Pero esto sólo nos na­ce­rá ha­cer­lo cuan­do des­cu­bra­mos que la vo­lun­tad de Dios es siem­pre la me­jor, como han afir­ma­do mu­chos san­tos. Por eso, este re­la­to es la ima­gen del com­ba­te es­pi­ri­tual y de la efi­ca­cia de la ora­ción per­se­ve­ran­te.

Es im­por­tan­te tam­bién dar­se cuen­ta de que la lu­cha fue lar­ga, por­que mu­chas ve­ces nos em­pe­ña­mos en ha­cer nues­tra vo­lun­tad una y otra vez. Por eso, Jacob pasó toda la no­che lu­chan­do con­tra Dios y no pudo ven­cer. Y fue una no­che os­cu­ra y lar­ga, sím­bo­lo del com­ba­te es­pi­ri­tual que los ca­tó­li­cos te­ne­mos, en el que mu­chas ve­ces nos pa­re­ce todo os­cu­ro y sin sa­li­da. Pero al fi­nal, cuan­do nos de­ja­mos ven­cer por Dios y acep­ta­mos su vo­lun­tad, sus pla­nes y su amor, ama­ne­ce la luz de un nue­vo día en nues­tras vi­das. Pero esto mu­chas ve­ces ocu­rre des­pués de al­gún acon­te­ci­mien­to do­lo­ro­so, como lo fue para Jacob dis­lo­car­se el fé­mur.

Fue en­ton­ces cuan­do Dios lo ben­di­ce, al igual que nos ben­di­ce a no­so­tros. Y hace mu­cho más que eso. Como bien dice Oseas, Dios en­gen­dra en no­so­tros un hom­bre nue­vo ca­paz de amar, ca­paz de ob­ser­var el de­re­cho y ca­paz de con­fiar siem­pre en Dios. Porque en ese mo­men­to Jacob ha co­no­ci­do su de­bi­li­dad, que es pro­pia de la cria­tu­ra hu­ma­na que es, y ha de­ci­di­do apo­yar­se en Dios. Y Dios lo ha ben­de­ci­do. Y le ha dado un nom­bre nue­vo, que es sím­bo­lo del hom­bre nue­vo que aca­ba de na­cer en él. Y ya no se lla­ma­rá más Jacob, sino Israel. Y su nom­bre nue­vo con­ti­núa per­du­ran­do has­ta el pre­sen­te, al ha­ber dado nom­bre a toda una na­ción. ¡Porque los pla­nes de Dios son ma­ra­vi­llo­sos!

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!