1.5 Los dos ca­mi­nos

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura El ca­mino de la Vida y el ca­mino de la muer­te son dos op­cio­nes que po­de­mos to­mar y que en otros pa­sa­jes de la Escritura re­ci­ben otros nom­bres como es­pí­ri­tu y car­ne, o sim­ple­men­te bien y mal. En este caso va­mos a leer un frag­men­to de la car­ta de San Pablo, a la que con­vie­ne pres­tar una es­pe­cial aten­ción, pues pue­de pa­re­cer a pri­me­ra vis­ta un poco com­ple­ja, pero en reali­dad no lo es.

Efectivamente, los que vi­ven se­gún la car­ne, desean lo car­nal; mas los que vi­ven se­gún el es­pí­ri­tu, lo es­pi­ri­tual. Pues las ten­den­cias de la car­ne son muer­te; mas las del es­pí­ri­tu, vida y paz, ya que las ten­den­cias de la car­ne lle­van al odio de Dios: no se so­me­ten a la ley de Dios, ni si­quie­ra pue­den; así, los que vi­ven se­gún la car­ne, no pue­den agra­dar a Dios. Mas vo­so­tros no vi­vís se­gún la car­ne, sino se­gún el es­pí­ri­tu, ya que el Espíritu de Dios ha­bi­ta en vo­so­tros. El que no tie­ne el Espíritu de Cristo, no le per­te­ne­ce; mas si Cristo está en vo­so­tros, aun­que el cuer­po haya muer­to ya a cau­sa del pe­ca­do, el es­pí­ri­tu es vida a cau­sa de la jus­ti­cia. Y si el Espíritu de Aquel que re­su­ci­tó a Jesús de en­tre los muer­tos ha­bi­ta en vo­so­tros, Aquel que re­su­ci­tó a Cristo de en­tre los muer­tos dará tam­bién la vida a vues­tros cuer­pos mor­ta­les por su Espíritu que ha­bi­ta en vo­so­tros. Así que, her­ma­nos míos, no so­mos deu­do­res de la car­ne para vi­vir se­gún la car­ne, pues, si vi­vís se­gún la car­ne mo­ri­réis. Pero si con el Espíritu ha­céis mo­rir las obras del cuer­po, vi­vi­réis (Romanos 8, 5-13).

Las dos úl­ti­mas fra­ses de la lec­tu­ra re­su­men muy bien el res­to, y de he­cho va­rios pa­ra­le­los in­sis­ten en ese pun­to cla­ve que nos mues­tra la im­por­tan­cia de rea­li­zar la elec­ción co­rrec­ta. Y de to­mar esta de­ci­sión de co­ra­zón y con nues­tra pro­pia vida.

No os en­ga­ñéis; de Dios na­die se bur­la. Pues lo que uno siem­bre, eso co­se­cha­rá: el que siem­bre para su car­ne, de la car­ne co­se­cha­rá co­rrup­ción; el que siem­bre para el es­pí­ri­tu, del es­pí­ri­tu co­se­cha­rá vida eter­na (Gálatas 6, 7-8).

Además, en otro pa­ra­le­lo Jesús nos mues­tra cuál es el re­qui­si­to im­pres­cin­di­ble para re­co­rrer el ca­mino de la Vida: el Bautismo. En el Bautismo re­ci­bi­mos al Espíritu Santo, gra­cias al cual, si man­te­ne­mos has­ta el fi­nal nues­tra de­ci­sión de ser ca­tó­li­cos, lle­ga­re­mos a Dios sin des­viar­nos del ca­mino de la Vida.

Respondió Jesús: «En ver­dad, en ver­dad te digo: el que no naz­ca de agua y de Espíritu no pue­de en­trar en el Reino de Dios. Lo na­ci­do de la car­ne, es car­ne; lo na­ci­do del Espíritu, es es­pí­ri­tu» (Juan 3, 5-6).

Meditación Estas lec­tu­ras nos en­se­ñan muy bien cuá­les son los dos ca­mi­nos. El vi­vir para uno mis­mo y dán­do­se gus­to en todo es el ca­mino de la muer­te que siem­bra y co­se­cha por y para la car­ne, es de­cir, por y para las pa­sio­nes, pro­yec­tos y gus­tos pro­pios. Quien así vive no pue­de agra­dar a Dios, pues sim­ple­men­te no quie­re sa­ber nada de Él, por­que Dios es amor (1 Juan 4, 8b). Efectivamente, el ca­mino de la Vida es el amor, es de­cir, el per­mi­tir al amor de Dios ha­bi­tar y obrar en no­so­tros, vi­vien­do para el pró­ji­mo. ¿Y su fru­to? La Vida ple­na que no se aca­ba, in­clu­so en me­dio del su­fri­mien­to.

Y a Dios no se le pue­de en­ga­ñar ya que pre­ci­sa­men­te Él es el que ha­bi­ta en ti, si vi­ves se­gún el Espíritu re­co­rrien­do el ca­mino de la vida. Él vino a ti en el Bautismo, y ha­bi­ta en ti si vi­ves en es­ta­do de gra­cia, es de­cir, re­co­rrien­do el ca­mino de la Vida. ¡No te­mas! Con Él es po­si­ble. Y no sólo po­si­ble: te hará fe­liz. ¿O no has vis­to a esas jó­ve­nes mon­jas de clau­su­ra que es­tán siem­pre ale­gres? ¿No has co­no­ci­do a un sa­cer­do­te que vive ale­gre, in­clu­so en me­dio de pro­ble­mas, y no se arre­pien­te de ha­ber dado su vida en­te­ra a Dios? ¿No sa­bes nada de los ca­tó­li­cos que hoy es­tán mu­rien­do por no re­nun­ciar a su Fe, pues han en­con­tra­do un te­so­ro y es­tán con­ten­tí­si­mos? ¿No has co­no­ci­do a na­die que esté gas­tán­do­se y des­gas­tán­do­se por los po­bres y mar­gi­na­dos, y no lo cam­bia­ría por nada del mun­do?

¿Crees que tú eres di­fe­ren­te? ¿Qué eso es sólo para gen­te es­pe­cial o ele­gi­da? Nada más le­jos de la reali­dad. Dios pue­de ha­cer­lo tam­bién en ti. Poco a poco. De una for­ma en la que qui­zás no te da­rás cuen­ta. Pero si un día echas la vis­ta atrás lo ve­rás cla­ra­men­te, por­que con Dios cual­quier vir­tud he­roi­ca y cual­quier gran­de­za de amor es po­si­ble. Pero con­si­de­ra, ade­más, que no hay de­li­to -por enor­me y de­tes­ta­ble que sea- al que no se in­cli­ne tu mal­va­da na­tu­ra­le­za y del que no pue­das ver­te reo; y que sólo por la mi­se­ri­cor­dia de Dios y por el au­xi­lio de su gra­cia te has li­bra­do has­ta el día de hoy de co­me­ter­lo (León XIII)[90]. Por eso, de nue­vo se te plan­tea la pre­gun­ta cla­ve… ¿Quieres ir por el ca­mino de la Vida o por el de la muer­te?

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!