1.3 Los pla­nes de Dios

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura Esta lec­tu­ra es una in­vi­ta­ción a re­co­rrer el ca­mino de la Vida fián­do­nos de Dios, ya que su mi­ra­da abar­ca has­ta lo más pro­fun­do del co­ra­zón del hom­bre, y al mis­mo tiem­po es mu­cho más am­plia en el tiem­po y en el es­pa­cio que la nues­tra. Leámosla con aten­ción.

Buscad a Yahvé mien­tras se deja en­con­trar, lla­mad­le mien­tras está cer­cano. Deje el malo su ca­mino, el hom­bre inicuo sus pen­sa­mien­tos, y vuél­va­se a Yahvé, que ten­drá com­pa­sión de él, a nues­tro Dios, que será gran­de en per­do­nar. Porque no son mis pen­sa­mien­tos vues­tros pen­sa­mien­tos, ni vues­tros ca­mi­nos son mis ca­mi­nos -oráculo de Yahvé-. Porque cuan­to aven­ta­jan los cie­los a la tie­rra, así aven­ta­jan mis ca­mi­nos a los vues­tros y mis pen­sa­mien­tos a los vues­tros. Como des­cien­den la llu­via y la nie­ve de los cie­los y no vuel­ven allá, sino que em­pa­pan la tie­rra, la fe­cun­dan y la ha­cen ger­mi­nar, para que dé si­mien­te al sem­bra­dor y pan para co­mer, así será mi pa­la­bra, la que sal­ga de mi boca, que no tor­na­rá a mi de va­cío, sin que haya rea­li­za­do lo que me plu­go, y haya cum­pli­do aque­llo a que la en­vié (Isaías 55, 6-11).

Destacar ade­más que uno de los pa­ra­le­los de la lec­tu­ra nos reite­ra que la Palabra de Dios se cum­ple, y nos en­se­ña has­ta qué pun­to los pla­nes de Dios tie­nen un al­can­ce mu­cho más pro­lon­ga­do que los nues­tros. Porque todo lo que te­ne­mos, e in­clu­so todo lo que so­mos, pa­sa­rá; pero Dios y su Palabra no lo ha­rán.

¿Dónde es­tán aho­ra vues­tros an­te­pa­sa­dos? ¿Vivirán siem­pre vues­tros pro­fe­tas? Sin em­bar­go, mis pa­la­bras y pre­cep­tos en­co­men­da­dos a mis sier­vos los pro­fe­tas ¿no al­can­za­ron a vues­tros pa­dres? Por eso se con­vir­tie­ron di­cien­do: ‘Yahvé Sebaot nos ha tra­ta­do como ha­bía de­ci­di­do, se­gún nues­tra con­duc­ta y nues­tras obra­s’ (Zacarías 1, 5-6).

Meditación Esta Palabra nos in­vi­ta muy cla­ra­men­te a vol­ver a Dios fián­do­nos de Él y de su Palabra, in­clu­so por en­ci­ma de nues­tros pro­pios cri­te­rios per­so­na­les. ¿Por qué? ¡Porque Dios nos ama! Y cual­quier plan o pro­yec­to de vida que haga Él es­pe­cial­men­te para ti te hará mu­cho más fe­liz que cual­quier pe­que­ño pro­yec­to que pue­das ha­cer­te. Recuerda que Dios te co­no­ce pro­fun­da­men­te. Él sabe qué es lo que te pue­de ha­cer real­men­te fe­liz. Sabe que es lo que ne­ce­si­tas de ver­dad. Sabe qué es lo que te pue­de ha­cer daño se­ria­men­te. Y sa­bien­do todo eso y mu­cho más pue­de y quie­re re­ga­lar­te el me­jor pro­yec­to de vida es­pe­cial­men­te di­se­ña­do para ti. ¡Porque te ama!

Sin em­bar­go, es di­fí­cil aban­do­nar nues­tros pla­nes y cri­te­rios y fiar­nos de Dios en pe­rio­dos de prue­ba o su­fri­mien­to. Sin em­bar­go, con­vie­ne man­te­ner siem­pre la es­pe­ran­za, pues no ha­béis su­fri­do ten­ta­ción su­pe­rior a la me­di­da hu­ma­na. Y fiel es Dios que no per­mi­ti­rá seáis ten­ta­dos so­bre vues­tras fuer­zas. Antes bien, con la ten­ta­ción, os dará modo de po­der­la re­sis­tir con éxi­to (1 Corintios 10, 13). Dios te ama y todo, in­clui­do el su­fri­mien­to, tie­ne un sen­ti­do en Él. Por eso no ten­gas mie­do y per­mí­te­le a Él, y solo a Él, pro­yec­tar y mar­car tu ca­mino: el ca­mino de la Vida.

Es cier­to que en al­gu­nas oca­sio­nes po­de­mos pen­sar que la Palabra se re­tra­sa en cum­plir­se, pero no se re­tra­sa el Señor en el cum­pli­mien­to de la pro­me­sa, como al­gu­nos lo su­po­nen, sino que usa de pa­cien­cia con vo­so­tros, no que­rien­do que al­gu­nos pe­rez­can, sino que to­dos lle­guen a la con­ver­sión (2 Pedro 3, 9). Ten cla­rí­si­mo que todo se va a cum­plir en su mo­men­to pre­ci­so: el que Dios ha pen­sa­do con su sa­bi­du­ría, por­que tie­ne su fe­cha la vi­sión, as­pi­ra a la meta y no de­frau­da; si se atra­sa, es­pé­ra­la, pues ven­drá cier­ta­men­te, sin re­tra­so (Habacuc 2, 3). ¿Y has­ta en­ton­ces qué ha­ce­mos? ¿Cómo vi­vi­mos? Jesús nos dará una res­pues­ta muy cla­ra: Velad, pues, por­que no sa­béis ni el día ni la hora (Mateo 25, 13). Y la lec­tu­ra tam­bién lo dice al prin­ci­pio: bus­ca a Dios, re­co­rre el ca­mino de la Vida.

Sin em­bar­go, mu­chas ve­ces ese tiem­po a no­so­tros nos pa­re­ce de­ma­sia­do, como le pa­re­ció en su mo­men­to a Marta. Pues dijo Marta a Jesús: «Señor, si hu­bie­ras es­ta­do aquí, no ha­bría muer­to mi her­mano» (Juan 11, 21). Jesús po­dría ha­ber sal­va­do a su ami­go Lázaro, her­mano de Marta, an­tes de que mu­rie­ra. Pero no lo hace, sino que se es­pe­ra va­rios días y lle­ga a su casa cuan­do ya está muer­to. Jesús nos quie­re de­mos­trar en este pa­sa­je que para Dios nun­ca es de­ma­sia­do tar­de, que para Él no hay nada im­po­si­ble, y que pue­de dar sen­ti­do y ple­ni­tud a si­tua­cio­nes en las que hu­ma­na­men­te no hay sa­li­da. Y en este caso lo hace re­su­ci­tan­do a Lázaro. Además, como ga­ran­tía de esto, Dios ya ha ven­ci­do a la muer­te, el des­tino inevi­ta­ble de tu vida, y te ha dado la es­pe­ran­za de la vida eter­na en Cristo Jesús Señor nues­tro. Él mis­mo ha en­tra­do en la muer­te para mos­trar­te que no tie­nes nada que te­mer, y para amar­te has­ta el ex­tre­mo. ¡Dios te ama cier­ta­men­te! ¡Confía en Él y en su Palabra!

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!