1.7 Promesas im­po­si­bles

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura Para po­ner en con­tex­to esta lec­tu­ra con­vie­ne men­cio­nar que este dia­lo­go que va­mos a leer ocu­rre cuan­do Abraham lle­va ya años ca­mi­nan­do y es­pe­ran­do el cum­pli­mien­to pro­me­sa que Dios le ha­bía he­cho: un hijo. Y du­ran­te esta es­pe­ra lle­ga un mo­men­to don­de Abraham duda y de­ci­de por su cuen­ta in­ter­pre­tar que lo que en reali­dad que­ría Dios es que tu­vie­ra un hijo con una de sus sier­vas, y que este fue­ra adop­ta­do por su es­po­sa para con­ver­tir­lo en su hijo real, se­gún per­mi­tía la ley de aquel en­ton­ces. Ese hijo se lla­mó Ismael, pero no era el hijo de la pro­me­sa de Dios. Por eso, Dios vuel­ve a ver a Abraham y le dice lo que va­mos a leer a con­ti­nua­ción:

Dijo Dios a Abrahán: «A Saray, tu mu­jer, no la lla­ma­rás más Saray, sino que su nom­bre será Sara. Yo la ben­de­ci­ré, y de ella tam­bién te daré un hijo. La ben­de­ci­ré y se con­ver­ti­rá en na­cio­nes; re­yes de pue­blos pro­ce­de­rán de ella.» Abrahán cayó ros­tro en tie­rra y se echó a reír, di­cien­do en su in­te­rior: «¿A un hom­bre de cien años va a na­cer­le un hijo?, ¿y Sara, a sus no­ven­ta años, va a dar a luz?» Y dijo Abrahán a Dios: «¡Si al me­nos Ismael vi­vie­ra en tu pre­sen­cia!» Respondió Dios: «Sí, pero Sara tu mu­jer te dará a luz un hijo, y le pon­drás por nom­bre Isaac. Yo es­ta­ble­ce­ré mi alian­za con él, una alian­za eter­na, de ser el Dios suyo y el de su pos­te­ri­dad» (Génesis 17, 15-19).

Pero Abraham no es el úni­co que se ríe y duda: Sara tam­bién lo hace. Y esto lo po­de­mos leer en uno de los pa­ra­le­los de la lec­tu­ra, que dice lo si­guien­te:

Abrahán y Sara eran vie­jos, en­tra­dos en años, y a Sara se le ha­bía re­ti­ra­do la re­gla de las mu­je­res. Así que Sara rió para sus aden­tros y pen­só: «Ahora que es­toy pa­sa­da, ¿sentiré el pla­cer, y ade­más con mi ma­ri­do vie­jo?» Dijo Yahvé a Abrahán: «¿Por qué se ha reí­do Sara, pen­san­do: ‘¡Seguro que voy a pa­rir aho­ra de vie­ja!’? ¿Hay algo di­fí­cil para Yahvé? En el pla­zo fi­ja­do vol­ve­ré, al tér­mino de un em­ba­ra­zo, y Sara ten­drá un hijo» (Génesis 18, 11-14).

Estas ac­ti­tu­des con­tras­tan con la de María que, por el con­tra­rio, tras una bre­ve sor­pre­sa, su úl­ti­ma pa­la­bra fue un “hágase”, con la ple­na con­fian­za de que Dios todo lo pue­de. Podemos leer­lo en el pa­sa­je de la anun­cia­ción, que es otro pa­ra­le­lo de la lec­tu­ra:

María res­pon­dió al án­gel: «¿Cómo será esto, pues­to que no co­noz­co va­rón?» El án­gel le res­pon­dió: «El Espíritu Santo ven­drá so­bre ti y el po­der del Altísimo te cu­bri­rá con su som­bra; por eso el que ha de na­cer será san­to y se le lla­ma­rá Hijo de Dios. Mira, tam­bién Isabel, tu pa­rien­te, ha con­ce­bi­do un hijo en su ve­jez y este es ya el sex­to mes de la que se de­cía que era es­té­ril, por­que no hay nada im­po­si­ble para Dios.» Dijo María: «He aquí la es­cla­va del Señor; há­ga­se en mí se­gún tu pa­la­bra.» Y el án­gel, de­ján­do­la, se fue (Lucas 1, 34-38).

Meditación Esta lec­tu­ra nos ha­bla de las pro­me­sas de Dios: las pro­me­sas que Él nos hace a no­so­tros. Y nos ha­bla de la con­fian­za en Dios. Efectivamente, Abraham y Sara, tras mu­cho tiem­po de es­pe­ra y ca­mino, du­da­ron. Y Abraham in­ter­pre­tó y re­in­ter­pre­tó lo que Dios le ha­bía di­cho, y de­ci­dió que era me­jor si él mis­mo ha­cía algo al res­pec­to. Es, en de­fi­ni­ti­va, lo que mu­chos di­cen: «a Dios ro­gan­do pero con el mazo dan­do»*. Y eso ha­ce­mos mu­chas ve­ces no­so­tros que, can­sa­dos de es­pe­rar, da­mos el pu­ñe­ta­zo so­bre la mesa y de­ci­mos: ¡Yo lo voy a ha­cer me­jor! Pero Ismael no era el hijo real de Sara y esto tra­jo mu­chos pro­ble­mas, dis­cu­sio­nes y ri­ñas en­tre la cria­da y Sara, que di­vi­dían a toda la fa­mi­lia y amar­ga­ban a Abraham. ¡Y los mis­mos pro­ble­mas traen tan­tas ve­ces nues­tras “soluciones” y apa­ños a las pro­me­sas de Dios!

Por otro lado está la fi­gu­ra de María, que sim­ple­men­te dice “hágase”. ¿Que quie­res que ten­ga un hijo vir­gen? ¡Que así sea! ¿Que eso en aque­lla épo­ca era juz­ga­do como adul­te­rio y con­de­na­do a la pena de muer­te, por ape­drea­mien­to, an­tes de que el hijo na­cie­ra? Ni si­quie­ra hace fal­ta men­cio­nar­lo, ni mu­cho me­nos preo­cu­par­se: Dios se en­car­ga­rá de todo, pues Él ha di­cho que su hijo iba a na­cer. ¿Que como prue­ba de lo que dice me cuen­ta que una fa­mi­liar de la que hace años que no sé nada está em­ba­ra­za­da? Pues me lo creo, y de he­cho voy a vi­si­tar­la para ayu­dar­la. ¿Que todo esto pa­re­ce un sin­sen­ti­do? ¡Pero para Dios no hay nada im­po­si­ble! Si Él lo pro­me­te, lo cum­pli­rá. Con esta ac­ti­tud María nos mues­tra el ver­da­de­ro sig­ni­fi­ca­do de la pa­la­bra «fiarse», que con­vie­ne imi­te­mos en nues­tra vida. De he­cho, a esta fra­se se la lla­ma el «fíat» de María.

Y tan­to en un caso como en el otro, el re­sul­ta­do fue el mis­mo: Dios cum­plió su pro­me­sa. Y de he­cho, Abraham apren­dió de su error y ya no vol­vió a du­dar más de Dios. Por eso, fue ca­paz lue­go de ha­cer lo que Dios le pe­día aun­que pa­re­cie­ra un sin­sen­ti­do. Pero Dios, de nue­vo, no fa­lló, y mos­tró su po­der. ¿Y no­so­tros? Mira las pro­me­sas que Dios te ha he­cho: que te dará la vida eter­na, que va a en­gen­drar en ti un hom­bre nue­vo ca­paz de amar has­ta el ex­tre­mo, que su amor por ti no se aca­ba­rá, que nun­ca te aban­do­na­rá y que a su lado co­no­ce­rás el ver­da­de­ro Amor. ¡Él las va a cum­plir! Pero… ¡Cuidado! No con­fun­da­mos las pro­me­sas de Dios con lo que nos gus­ta­ría que Dios nos pro­me­tie­ra o con lo que le he­mos pe­di­do. Dios cum­ple sus pro­me­sas, no tus ca­pri­chos: sa­lud, di­ne­ro y pla­cer no son las prio­ri­da­des de Dios, sino tu alma, tu sal­va­ción y tu amor. No du­des que al fi­nal, si no de­jas de in­sis­tir en re­co­rrer el ca­mino de la Vida, Dios cum­pli­rá lo pro­me­ti­do. La pre­gun­ta cla­ve es… ¿Lo crees como María, o du­das como Abraham y Sara?

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!

Glosario

… dan­do»*
Dicho po­pu­lar «A Dios ro­gan­do pero con el mazo dan­do» es un di­cho po­pu­lar an­ti­guo de mu­chas re­gio­nes de España cuyo sig­ni­fi­ca­do, com­ple­ta­men­te equi­vo­ca­do, es que de­bes tra­ba­jar las co­sas por tu cuen­ta, pues Dios ofre­ce poca o nula ayu­da prác­ti­ca. La ver­dad es que la pro­vi­den­cia de Dios lo go­bier­na todo, y Dios sí ayu­da a los hom­bres.