1.1 Shemá Israel

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura Vamos a leer la lec­tu­ra des­pa­cio, in­ten­tan­do es­cu­char lo que Dios nos está tra­tan­do de de­cir con ella. Para com­pren­der me­jor la lec­tu­ra es ne­ce­sa­rio men­cio­nar que la pa­la­bra “Yahvé”, que es el nom­bre de Dios, sig­ni­fi­ca “yo soy el que soy” o “el que es”.

Escucha, Israel: Yahvé nues­tro Dios es el úni­co Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma y con to­das tus fuer­zas. Queden en tu co­ra­zón es­tas pa­la­bras que yo te dic­to hoy. Se las re­pe­ti­rás a tus hi­jos, les ha­bla­rás de ellas tan­to si es­tás en casa como si vas de via­je, así acos­ta­do como le­van­ta­do; las ata­rás a tu mano como una se­ñal, y se­rán como una in­sig­nia en­tre tus ojos; las es­cri­bi­rás en las jam­bas de tu casa y en tus puer­tas (Deuteronomio 6, 4-9).

Esta lec­tu­ra tie­ne un im­por­tan­tí­si­mo pa­ra­le­lo en el evan­ge­lio se­gún San Mateo, don­de le pre­gun­tan a Jesús cual es el man­da­mien­to ma­yor de la Ley. Hay que des­ta­car que Jesús vi­vía en­tre los ju­díos y es­tos no ven la Ley como un con­jun­to de nor­mas im­pues­tas con sus res­pec­ti­vos cas­ti­gos, sino como una Palabra de vida de par­te de Dios que les in­di­ca el ca­mino de la Vida. Este pa­ra­le­lo dice lo si­guien­te:

«Maestro, ¿cuál es el man­da­mien­to ma­yor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu co­ra­zón, con toda tu alma y con toda tu men­te.» Este es el ma­yor y el pri­mer man­da­mien­to. El se­gun­do es se­me­jan­te a éste: Amarás a tu pró­ji­mo como a ti mis­mo (Mateo 22, 36-39).

Meditación Esta lec­tu­ra nos ha­bla del ma­yor y pri­mer man­da­mien­to de la Ley. Es de­cir, nos ha­bla de la prin­ci­pal guía que te­ne­mos para re­co­rrer el ca­mino de la Vida: amar a Dios so­bre to­das las co­sas. El sig­ni­fi­ca­do es cla­ro: si quie­res ser fe­liz sólo Dios pue­de ser tu Dios, nada ni na­die más, y a Él sólo has de amar. Sin em­bar­go, esto no es una im­po­si­ción, sino una res­pues­ta al amor de Dios y a su Palabra. Por ello, la lec­tu­ra em­pie­za di­cien­do algo fun­da­men­tal: ¡Escucha! Escucha a Dios, es­cu­cha su Palabra, bebe de sus con­sue­los, deja que te guíe por el buen ca­mino, acep­ta la co­rrec­ción, ob­ser­va en tu vida el amor de Dios; y cuan­do re­bo­ses de agra­de­ci­mien­to a Dios por todo ello de­cí­de­te por Él y solo por Él.

Pero esta Palabra… ¿Significa que de­be­mos de­jar de lado to­das nues­tras re­la­cio­nes? No. En el pa­ra­le­lo Jesús nos lo mues­tra bien cla­ro: hay un se­gun­do man­da­mien­to se­me­jan­te al pri­me­ro que con­sis­te en amar al pró­ji­mo, pues si al­guno dice «Yo amo a Dios», y odia a su her­mano, es un men­ti­ro­so; pues quien no ama a su her­mano, a quien ve, no pue­de amar a Dios a quien no ve (1 Juan 4, 20). Y que sea un man­da­mien­to se­me­jan­te solo pue­de sig­ni­fi­car una cosa: que el se­gun­do sin el pri­me­ro no pue­de sub­sis­tir y vi­ce­ver­sa. Por lo tan­to, de­be­mos te­ner am­bos man­da­mien­tos siem­pre pre­sen­tes, sin se­pa­rar­los, ya que cons­ti­tu­yen la guía prin­ci­pal para re­co­rrer el ca­mino de la Vida.

Sin em­bar­go, amar a Dios es el pri­mer man­da­mien­to por un mo­ti­vo: si pri­me­ro van las per­so­nas nos ha­ce­mos de­pen­dien­tes de su afec­to, de que nos con­si­de­ren, de que nos res­pon­dan bien, de que se lle­ven bien con no­so­tros, etc. Y sin dar­nos cuen­ta he­mos pa­sa­do de amar a las per­so­nas a amar lo que las per­so­nas nos ha­cen sen­tir (afecto, con­si­de­ra­ción, fama, amis­tad, etc). Y eso nos pue­de, even­tual­men­te, ha­cer es­cla­vos de ellas por el mie­do a per­der esas co­sas. Sin em­bar­go, si ama­mos a Dios pri­me­ro con todo nues­tro co­ra­zón, alma, men­te y fuer­zas, no que­rre­mos en ex­ce­so nada de lo que nos pue­dan dar los de­más, y por lo tan­to se­re­mos li­bres para amar­los y bus­car su bien sin te­mor a per­der nada.

No nos ol­vi­de­mos tam­po­co de la im­por­tan­cia que tie­ne man­te­ner es­tos dos man­da­mien­tos en nues­tro co­ra­zón, te­nién­do­los pre­sen­tes du­ran­te to­dos los mo­men­tos del día. También es de vi­tal im­por­tan­cia trans­mi­tir la Fe, que in­clu­ye de for­ma es­pe­cial es­tos dos man­da­mien­tos, a nues­tros hi­jos y a to­dos los que es­tén dis­pues­tos a es­cu­char esta bue­na no­ti­cia del amor de Dios.

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!