1.10 Sodoma y Gomorra

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Pues, viva es la pa­la­bra de Dios y efi­caz, y más cor­tan­te que es­pa­da al­gu­na de dos fi­los. Penetra has­ta la di­vi­sión en­tre alma y es­pí­ri­tu, ar­ti­cu­la­cio­nes y mé­du­las; y dis­cier­ne sen­ti­mien­tos y pen­sa­mien­tos del co­ra­zón.
- Hebreos 4, 12

Invocación al Espíritu Santo Para em­pe­zar la Lectio Divina ha­ga­mos la se­ñal de la cruz y re­ce­mos el himno Veni Creator Spiritus, que pue­des ver al prin­ci­pio del ca­pí­tu­lo 1. De esta for­ma, pe­di­mos al Espíritu Santo que nos ayu­de a com­pren­der y po­ner por obra esta Palabra que va­mos a es­cru­tar.

Lectura y Meditación El pa­sa­je de Sodoma y Gomorra nos mues­tra muy bien cómo la mi­se­ri­cor­dia de Dios está siem­pre pre­sen­te, in­clu­so cuan­do co­rri­ge o debe ha­cer jus­ti­cia. Mencionar que los in­di­vi­duos de los que se ha­bla en la lec­tu­ra son en reali­dad án­ge­les de Dios que fue­ron a vi­si­tar per­so­nal­men­te a Abraham. El pa­sa­je em­pie­za así:

Dijo, pues, Yahvé: «El cla­mor de Sodoma y de Gomorra es gran­de; y su pe­ca­do gra­ví­si­mo. Así que voy a ba­jar per­so­nal­men­te, a ver si lo que han he­cho res­pon­de en todo al cla­mor que ha lle­ga­do has­ta mí, y si no, he de sa­ber­lo.» Partieron de allí aque­llos in­di­vi­duos ca­mino de Sodoma, en tan­to que Abrahán per­ma­ne­cía pa­ra­do de­lan­te de Yahvé (Génesis 18, 20-22).

¿Cual era el cla­mor que lle­ga­ba de Sodoma y Gomorra? Los gri­tos y ge­mi­dos de los inocen­tes que su­frían el gra­ví­si­mo pe­ca­do de los ha­bi­tan­tes de las ciu­da­des. Pues a Dios no se le ocul­ta nada y Él es­cu­cha la ora­ción. ¿Y cual era ese pe­ca­do gra­ví­si­mo? El que in­ten­ta­ron, sin con­se­guir­lo, con los án­ge­les que Dios en­vió: los ha­bi­tan­tes de la ciu­dad lla­ma­ron a vo­ces a Lot y le di­je­ron: «¿Dónde es­tán los hom­bres que han ve­ni­do adon­de a ti esta no­che? Sácalos, para que abu­se­mos de ellos» (Génesis 19, 5). Así es: en lu­gar de aco­ger a los fo­ras­te­ros que lle­ga­ban a su ciu­dad, los vio­la­ban sin im­por­tar su gé­ne­ro o edad, y los aban­do­na­ban a su suer­te. De he­cho, Lot, el úni­co que no ha­cía eso, tra­ta­ba de evi­tar­lo hos­pe­dan­do a los fo­ras­te­ros en su casa.

Ante esta si­tua­ción Dios de­ci­de ac­tuar. Y no lo hace sólo por el pe­ca­do gra­ví­si­mo que co­me­ten, pues hoy en día tam­bién se co­me­ten mu­chos pe­ca­dos así; sino para dar un signo y mos­trar al mun­do que en el jui­cio fi­nal nin­gún de­li­to que­da­rá sin ser re­pa­ra­do. Pero… ¿Por qué es­pe­rar para ha­cer jus­ti­cia? Porque, como dice Dios a tra­vés del pro­fe­ta Ezequiel: ¿Acaso me com­plaz­co yo en la muer­te del mal­va­do -oráculo del Señor Yahvé- y no más bien en que se con­vier­ta de su con­duc­ta y viva? Yo no me com­plaz­co en la muer­te de na­die, sea quien fue­re, orácu­lo del Señor Yahvé. Convertíos y vi­vid (Ezequiel 18, 23.32). Por otro lado, ni mu­cho me­nos Dios se ol­vi­da de los inocen­tes, pues Él mis­mo ha su­fri­do como inocen­te la in­jus­ta muer­te en la Cruz. Dios está siem­pre con los opri­mi­dos, los com­pren­de, los acom­pa­ña, los ayu­da, y hará jus­ti­cia de ellos. El pa­sa­je con­ti­núa mos­tran­do la mi­se­ri­cor­dia de Dios:

Abrahán le abor­dó y le dijo: «¿Así que vas a bo­rrar al jus­to con el mal­va­do? Tal vez haya cin­cuen­ta jus­tos en la ciu­dad. ¿Vas a bo­rrar­los sin per­do­nar a aquel lu­gar por los cin­cuen­ta jus­tos que hu­bie­re den­tro? Tú no pue­des ha­cer tal cosa: de­jar mo­rir al jus­to con el mal­va­do, y que co­rran pa­re­jas el uno con el otro. Tú no pue­des. El juez de toda la tie­rra ¿va a fa­llar una in­jus­ti­cia?» Dijo Yahvé: «Si en­cuen­tro en Sodoma a cin­cuen­ta jus­tos en la ciu­dad per­do­na­ré a todo el lu­gar por amor de aqué­llos» (Génesis 18, 23-26).

Dios ac­ce­de muy fá­cil­men­te a per­do­nar todo el lu­gar por aten­ción a cin­cuen­ta jus­tos. Porque aun­que pue­de sa­car a los jus­tos de allí y cas­ti­gar al res­to, eso im­pli­ca­ría tam­bién de­jar­los sin nada: ca­sas, ha­cien­da, ne­go­cios, per­te­nen­cias, re­la­cio­nes, etc. Y Dios, que ama, no quie­re el mal de na­die. Y me­nos de los que le son fie­les en me­dio de las di­fi­cul­ta­des. Así pues, este pa­sa­je nos mues­tra cómo se in­cli­na la ba­lan­za ha­cia el lado de la mi­se­ri­cor­dia, y lo hace sin pa­rar:

Replicó Abrahán: «¡Mira que soy atre­vi­do de in­ter­pe­lar a mi Señor, yo que soy pol­vo y ce­ni­za! Supón que los cin­cuen­ta jus­tos fa­llen por cin­co. ¿Destruirías por los cin­co a toda la ciu­dad?» Dijo: «No la des­trui­ré, si en­cuen­tro allí a cua­ren­ta y cin­co.» Insistió to­da­vía: «Supón que se en­cuen­tran allí cua­ren­ta.» Respondió: «Tampoco lo ha­ría, en aten­ción de esos cua­ren­ta.» Insistió: «No se en­fa­de mi Señor si le digo: ‘Tal vez se en­cuen­tren allí trein­ta’.» Respondió: «No lo haré si en­cuen­tro allí a esos trein­ta.» Volvió a de­cir­le: «¡Cuidado que soy atre­vi­do de in­ter­pe­lar a mi Señor! ¿Y si se ha­lla­ren allí vein­te?» Respondió: «Tampoco los des­trui­ría en aten­ción a los vein­te.» Insistió: «Vaya, no se en­fa­de mi Señor, que ya sólo ha­bla­ré esta vez: ‘¿Y si se en­cuen­tran allí diez?’» Dijo: «Tampoco los des­trui­ría, en aten­ción a los diez» (Génesis 18, 27-32).

¡Con qué fa­ci­li­dad Abraham re­du­ce el nú­me­ro de jus­tos ne­ce­sa­rios para sal­var la ciu­dad en­te­ra! ¡Y qué gran­de es la mi­se­ri­cor­dia de Dios! E igual de gran­de es la mi­se­ri­cor­dia de Dios con no­so­tros: siem­pre dis­pues­to a per­do­nar, siem­pre dis­pues­to a aco­ger, siem­pre dis­pues­to a ha­cer­nos fe­li­ces. Sin em­bar­go, sa­be­mos que al fi­nal sólo en­con­tró un jus­to: Lot. ¿Y qué hizo Dios? No que­rien­do que el jus­to pe­re­cie­ra con el mal­va­do, sacó a Lot de la ciu­dad an­tes de des­truir­la. Y no sólo lo sacó a él: en aten­ción a él sacó tam­bién a to­dos sus fa­mi­lia­res. Porque Dios es jus­to, y jus­tas sus sen­ten­cias.

Todo esto es un signo del jui­cio fi­nal, en el que que­da­rán al des­cu­bier­to to­das las obras de los hom­bres: bue­nas y ma­las. Se re­pa­ra­rán las in­jus­ti­cias y Dios hará jus­ti­cia de los inocen­tes. Serán con­gre­ga­das de­lan­te de él to­das las na­cio­nes, y él se­pa­ra­rá a los unos de los otros, como el pas­tor se­pa­ra las ove­jas de los ca­bri­tos. E irán és­tos a un cas­ti­go eterno, y los jus­tos a una vida eter­na (Mateo 25, 32.46). ¡Ojalá Dios nos en­cuen­tre en el lado de los inocen­tes, y no de los opre­so­res! ¡Ojalá Dios nos en­cuen­tre lle­nos de bue­nas obras, y no lle­nos de mal­da­des! ¡Ojalá Dios nos en­cuen­tre en co­mu­nión con Él, y no lo ha­ya­mos re­cha­za­do! Ésta es, sin duda, otra ra­zón de peso para ele­gir y re­co­rrer to­dos los días el ca­mino de la Vida.

Una vez ter­mi­na­da la me­di­ta­ción, per­ma­ne­ce cin­co mi­nu­tos en ora­ción en si­len­cio, me­di­tan­do a la luz de la Palabra la si­guien­te pre­gun­ta: “¿Qué me dice Dios a mi vida con­cre­ta con esta Palabra?” Cuando más prác­ti­ca, con­cre­ta y apli­ca­da a nues­tra vida sea la res­pues­ta, me­jor. Porque con esta Palabra Dios te esta ha­blan­do hoy per­so­nal­men­te a ti.

Oración Continuemos la Lectio Divina con una ora­ción per­so­nal a nues­tro Padre ce­les­tial, pi­dién­do­le lo que ne­ce­si­ta­mos para lle­var a nues­tra vida esta Palabra, y dán­do­le gra­cias por ha­ber­nos ayu­da­do a com­pren­der­la. A con­ti­nua­ción, re­ce­mos el Padre Nuestro y no nos ol­vi­de­mos de nues­tra ma­dre María sa­lu­dán­do­la con un Ave María. Terminemos, fi­nal­men­te, rea­li­zan­do la se­ñal de la cruz con la in­ten­ción de lle­var esta Palabra con per­se­ve­ran­cia a nues­tra vida dia­ria, sin du­dar nun­ca de que… ¡Dios nos ama!