3.9 Mensaje a las feas

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¡Qué be­lla eres, amor mío, qué be­lla eres! Palomas son tus ojos a tra­vés de tu velo, tu me­le­na, re­ba­ño de ca­bras que des­cien­de del mon­te Galaad.
- Cantar 4, 1

Mensaje a las feas ¿Por qué te re­cha­zas a ti mis­ma? ¡Eres pre­cio­sa! Verás, Dios te ha he­cho a su gus­to y tu fí­si­co es el que es por un buen mo­ti­vo. De he­cho, tu fí­si­co está en fun­ción de una obra com­ple­ta que eres tú. Porque es­ta­re­mos de acuer­do en que eres mu­cho más que tu cuer­po. ¿No? Y sí, tu cuer­po for­ma par­te de ti, y es im­por­tan­te, pero hay que ver­lo en con­jun­to con el todo… ¡Utilizando los ojos de Dios! Él te te­nía pen­sa­da como eres an­tes de tu na­ci­mien­to: De le­jos Yahvé se me apa­re­ció. Con amor eterno te he ama­do: por eso he re­ser­va­do gra­cia para ti (Jeremías 31, 3). ¿Sabes una cosa? Que no te va­lo­res ade­cua­da­men­te le due­le mu­cho a Dios, por­que du­das de su amor por ti. Te re­co­mien­do en­ca­re­ci­da­men­te que leas el Cantar de los Cantares en tu bi­blia, don­de ve­rás cómo te ve y te ama Dios. Pues… «¿Quién es ésta que aso­ma como el alba, her­mo­sa como la luna, re­ful­gen­te como el sol, im­po­nen­te como un ejér­ci­to en for­ma­ción?» (Cantar 6, 10). ¡Esa eres tú! ¡Bellísima a los ojos de Dios, pues Él mis­mo te ha he­cho a su gus­to!

Por eso, ana­li­ce­mos un poco qué es lo que pasa… ¿No eres per­fec­ta fí­si­ca­men­te? ¡Maravilloso! Tienes más sen­ci­llo el ca­mino ha­cia la vir­tud de la hu­mil­dad: vir­tud que hace a una per­so­na real­men­te her­mo­sa. ¿Algún co­no­ci­do tie­ne más cua­li­da­des que tú? Bueno, cada uno te­ne­mos nues­tra mi­sión y es im­por­tan­te que tú cum­plas la tuya, al igual que los de­más la suya. Para Dios no hay vi­das ni mi­sio­nes me­nos im­por­tan­tes: to­das y cada una de ellas son ne­ce­sa­rias. Y arre­glo a la mi­sión van las cua­li­da­des. Sin em­bar­go, lo im­por­tan­te es lo que ha­gas con ellas, no cuán­tas tie­nes. ¿Los chi­cos no te ha­cen caso? Bueno, rec­ti­fi­que­mos: los chi­cos que no me­re­cen la pena no te ha­cen caso. Eso es bueno. Los que me­re­cen la pena sa­ben ver más allá del sim­ple fí­si­co. De esa for­ma no te bus­ca­rán para “usarte” y “tirarte”, sino que te res­pe­ta­rán y, even­tual­men­te, te ama­rán por ser quien eres en to­das tus di­men­sio­nes: cuer­po, men­te y alma. Además, no te­ner pa­re­ja no es real­men­te un pro­ble­ma, pues como de­cía Santa Teresa de Jesús: sólo Dios bas­ta (Santa Teresa de Jesús)[6]. ¡Y Él te ama pro­fun­da­men­te!

Por otro lado y le­jos de caer en el cul­to al cuer­po, es im­por­tan­te que te cui­des un poco en to­das tus di­men­sio­nes, in­clui­da la fí­si­ca, pero tam­bién de­bes cui­dar tu men­te y alma. ¿No sa­béis que sois tem­plo de Dios y que el Espíritu de Dios ha­bi­ta en vo­so­tros? (1 Corintios 3, 16). Por eso, cuí­da­te en to­dos los sen­ti­dos, acép­ta­te y apré­cia­te, y nun­ca te de­jes en­ga­ñar por el ma­ligno. ¡Dios te ha crea­do her­mo­sa! Por úl­ti­mo, aun­que este men­sa­je está di­ri­gi­do a las mu­je­res que, por des­gra­cia, caen más fá­cil­men­te en la men­ti­ra del ma­ligno que dice que Dios hace ba­su­ra, si eres un hom­bre este men­sa­je tam­bién va para ti. ¡Dios te ama como eres!