3.2 Mensaje a los ateos

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Sabed, pues, que esta sal­va­ción de Dios ha sido en­via­da a los gen­ti­les; ellos sí que la oi­rán.
- Hechos 28, 28

Mensaje a los ateos Dios exis­te y te ama con lo­cu­ra. Y hay bue­nas ra­zo­nes para creer esto, pues la Fe no es un sal­to al va­cío: está apo­ya­da so­bre evi­den­cias ra­cio­na­les y em­pí­ri­cas. En reali­dad, la cien­cia no pue­de ni pro­bar ni ne­gar la exis­ten­cia de Dios. Y por eso, es un paso com­ple­ta­men­te no cien­tí­fi­co el creer en Dios, al igual que lo es el no ha­cer­lo. Pero eso no sig­ni­fi­ca que sea irra­cio­nal creer en Dios, pues exis­ten muy bue­nos ar­gu­men­tos para creer en Dios, que se unen a la ex­pe­rien­cia de mi­les de per­so­nas que los con­fir­man. De he­cho, ahí está la cla­ve que “empuja” a la per­so­nas a la fe. Pues los cris­tia­nos cree­mos, no por un ar­gu­men­to, sino por ha­ber co­no­ci­do per­so­nal­men­te a un Dios bueno que ac­túa en nues­tra vida. Verás, to­dos no­so­tros, las per­so­nas, te­ne­mos un pro­ble­ma: Todos ca­mi­nan ha­cia una mis­ma meta; to­dos han sa­li­do del pol­vo y to­dos vuel­ven al pol­vo (Eclesiastés 3, 20). Ante esto, los cris­tia­nos te­ne­mos la cer­te­za y la se­gu­ri­dad de la vida eter­na, por­que he­mos co­no­ci­do a Dios en nues­tra vida dia­ria. La al­ter­na­ti­va es eva­dir­se para no pen­sar en nues­tro des­tino y vi­vir el día a día sin es­pe­ran­za. Por eso… ¡Dale una opor­tu­ni­dad a Dios, y vi­vi­rás de una for­ma com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te!

¿Te es­can­da­li­zan cier­tas co­sas? A to­dos nos es­can­da­li­zan mu­chas co­sas que pa­san en el mun­do. De he­cho, en oca­sio­nes lle­ga­mos a pen­sar… ¿Dónde está Dios? La res­pues­ta es com­ple­ja, pero no­so­tros sa­be­mos que Dios está ahí. Sólo hace fal­ta ver qué es lo que hizo Jesús en su vida: iden­ti­fi­car­se con los po­bres, pe­ca­do­res y opri­mi­dos. De he­cho, Él mis­mo se hizo así para de­mos­trar que, aun­que no lo com­pren­da­mos, Él está con cada uno de no­so­tros en el su­fri­mien­to: Despreciado, mar­gi­na­do, hom­bre do­lien­te y en­fer­mi­zo, como de ta­par­se el ros­tro por no ver­le. Despreciable, un Don Nadie (Isaías 53, 3). En de­fi­ni­ti­va, de­bes sa­ber que tu vida tie­ne un pro­pó­si­to y que no eres fru­to de la ca­sua­li­dad: Antes de ha­ber­te for­ma­do yo en el vien­tre, te co­no­cía, y an­tes que na­cie­ses, te te­nía con­sa­gra­do: yo pro­fe­ta de las na­cio­nes te cons­ti­tuí (Jeremías 1, 5). Por eso, te in­vi­to a que le des una opor­tu­ni­dad a Dios, pues no tie­nes nada que per­der. Intenta co­no­cer a Dios a tra­vés de la Iglesia Católica: ¡Seguro que te sor­pren­de­rá lo que en­cuen­tras! Y así po­drás vi­vir con la es­pe­ran­za de la vida eter­na y sa­bien­do que… ¡Dios te ama!