3.3 Mensaje a los bue­nos

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Jesús le dijo: «¿Por qué me lla­mas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios.»
- Marcos 10, 18

Mensaje a los bue­nos Bueno, en el sen­ti­do es­tric­to de la pa­la­bra, sólo es Dios. Todos los de­más, por la de­bi­li­dad hu­ma­na y su es­cla­vi­tud al pe­ca­do ori­gi­nal, no so­mos bue­nos: so­mos pe­ca­do­res. Pero con la gra­cia de Dios po­de­mos lle­gar a ser jus­tos, es de­cir, a ajus­tar­nos per­fec­ta­men­te a la vo­lun­tad de Dios, que es el Amor: Vosotros, pues, sed pre­fec­tos como es per­fec­to vues­tro pa­dre ce­les­tial (Mateo 5, 48). Dios nos ama y, por eso, nos ad­vier­te que na­die está li­bre de pe­ca­do: Pero, como ellos in­sis­tían en pre­gun­tar­le, se in­cor­po­ró y les dijo: «Aquel de vo­so­tros que esté sin pe­ca­do, que le arro­je la pri­me­ra pie­dra.» Ellos, al oír es­tas pa­la­bras, se iban re­ti­ran­do uno tras otro, co­men­zan­do por los más vie­jos; y se que­dó solo Jesús con la mu­jer, que se­guía en me­dio (Juan 8, 7.9). Y en otro lu­gar dirá Jesús: Así tam­bién vo­so­tros, por fue­ra apa­re­céis jus­tos ante los hom­bres, pero por den­tro es­táis lle­nos de hi­po­cre­sía y de iniqui­dad (Matero 23, 28).

Esto no es una pa­la­bra que va di­ri­gi­da a gen­te de hace mu­cho tiem­po, es una pa­la­bra que se di­ri­ge a ti y a mi hoy: por­que si cree­mos que so­mos bue­nos, aun­que ha­ga­mos li­mos­na, ora­ción y gran­des obras de ca­ri­dad, co­sas muy ne­ce­sa­rias to­das ellas; hay una cosa que nos fal­ta: la hu­mil­dad. Humillaos, pues, bajo la po­de­ro­sa mano de Dios para que, lle­ga­da la oca­sión, os en­sal­ce; con­fiad­le to­das vues­tras preo­cu­pa­cio­nes, pues él cui­da de vo­so­tros (1 Pedro 5, 6-7). ¿Y por qué la hu­mil­dad? Porque si no hay hu­mil­dad no hay ver­da­de­ro amor, y si no hay ver­da­de­ro amor, no hay fe­li­ci­dad… ¡Y Dios quie­re que seas fe­liz! Así lo vi­vi­rás todo como real­men­te es: una gra­cia, un don y un re­ga­lo de Dios. Porque no­so­tros no me­re­ce­mos el amor de Dios. Y co­sas como el anun­cio del Evangelio son fru­to di­rec­to de este agra­de­ci­mien­to, que nace del que se sien­te ama­do sin me­re­cer­lo. Y por eso, si crees que lo me­re­ces por tus bue­nas obras, no na­ce­rá en ti el agra­de­ci­mien­to: lo lle­va­rás todo como un cum­pli­mien­to y aca­ba­rás “quemado”. Y la par­te más tris­te: no acep­ta­rás los erro­res aje­nos. Y es tris­te por­que ten­drá un jui­cio sin mi­se­ri­cor­dia el que no tuvo mi­se­ri­cor­dia; la mi­se­ri­cor­dia se sien­te su­pe­rior al jui­cio (Santiago 2, 13). Por eso, re­cuer­da siem­pre… ¡Dios nos ama a to­dos sin me­re­cer­lo!