3.6 Mensaje a los dé­bi­les

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¡No deja a tu pie res­ba­lar! ¡No duer­me tu guar­dián!
- Salmo 121, 3

Mensaje a los dé­bi­les Dios te ama pro­fun­da­men­te y tie­ne su mi­ra­da pues­ta siem­pre so­bre ti, como co­rro­bo­ra Jesús di­cien­do: En cuan­to a vo­so­tros, has­ta los ca­be­llos de vues­tra ca­be­za es­tán to­dos con­ta­dos (Mateo 10, 30). Es por ello que un cris­tiano, ha­bien­do ex­pe­ri­men­ta­do esta reali­dad, no teme al su­fri­mien­to, a la per­se­cu­ción y a la muer­te. Porque está se­gu­ro que Dios, su Padre, está siem­pre pen­dien­te de él: Por lo de­más, sa­be­mos que en to­das las co­sas in­ter­vie­ne Dios para bien de los que le aman; de aque­llos que han sido lla­ma­dos se­gún su de­sig­nio (Romanos 8, 28). Así pues, no hay nada que te­mer, pues como dice el Salmo: Yahvé guar­da tus en­tra­das y sa­li­das, des­de aho­ra para siem­pre (Salmo 121, 8). ¡Él nun­ca te aban­do­na, pues te ama! ¿Estás en una si­tua­ción di­fí­cil? ¿No sa­bes qué ha­cer? ¿Te ves sin fuer­zas? Eso es na­tu­ral, por­que las fuer­zas y las ca­pa­ci­da­des hu­ma­nas tie­nen un lí­mi­te. A to­dos nos pasa lo mis­mo. Pero él me dijo: «Mi gra­cia te bas­ta, que mi fuer­za se rea­li­za en la fla­que­za». Por tan­to, con sumo gus­to se­gui­ré glo­rián­do­me so­bre todo en mis fla­que­zas, para que ha­bi­te en mí la fuer­za de Cristo (2 Corintios 12, 9). ¡Con Dios todo es po­si­ble!

Fíate a Dios y lu­cha, con las ar­mas de la luz que Dios te re­ga­la, por man­te­ner esa con­fian­za en Él. Bendito quien se fía de Yahvé, pues no de­frau­da­rá Yahvé su con­fian­za (Jeremías 17, 7). Pues de Dios son la glo­ria, el po­der y la ala­ban­za: Él tie­ne el con­trol. ¡Y te ama! Por eso, si es­tás de par­te de Dios no tie­nes mo­ti­vos para te­mer ab­so­lu­ta­men­te nada, pues Él es más fuer­te que todo y que to­dos. Piensa que, como ga­ran­tía de esto, Dios ya ha ven­ci­do a la muer­te: tu des­tino fi­nal. Y te ha re­ga­la­do la vida eter­na… ¡Un nue­vo des­tino! ¡Tu ma­yor enemi­go ya está ven­ci­do! Por eso los már­ti­res de Cristo mue­ren en paz y sin mie­do, como se ates­ti­gua en mu­chí­si­mos do­cu­men­tos an­ti­guos y en tan­tos otros tes­ti­mo­nios ac­tua­les. Porque ellos sa­ben que Dios no les aban­do­na. Saben que si es­tán en esa si­tua­ción de su­fri­mien­to es por algo. Y so­bre todo, tie­nen la es­pe­ran­za de que Dios no los de­ja­rá en la muer­te. ¡Porque han ex­pe­ri­men­ta­do la vida eter­na ya en la tie­rra! Han co­no­ci­do el amor de Dios y di­cen: Pues es­toy se­gu­ro de que ni la muer­te ni la vida ni los án­ge­les ni los prin­ci­pa­dos ni lo pre­sen­te ni lo fu­tu­ro ni las po­tes­ta­des ni la al­tu­ra ni la pro­fun­di­dad ni otra cria­tu­ra al­gu­na po­drá se­pa­rar­nos del amor de Dios ma­ni­fes­ta­do en Cristo Jesús Señor nues­tro (Romanos 8, 38-39). Ante un amor tan gran­de, no hay lu­gar para el mie­do. Por eso… ¡Alégrate!