3.7 Mensaje a los de­rro­ta­dos

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No tem­bléis ni te­máis; ¿no lo he di­cho y anun­cia­do des­de hace tiem­po? Vosotros sois tes­ti­gos; ¿hay otro dios fue­ra de mí? ¡No hay otra Roca, yo no la co­noz­co!
- Isaías 44, 8

Mensaje a los de­rro­ta­dos ¿No sa­bes qué ha­cer? ¿Has in­ten­ta­do se­guir ade­lan­te y fra­ca­sas? A to­dos nos ha pa­sa­do a me­nu­do, has­ta el pun­to que pien­sas en pa­sar de todo. Puertas ce­rra­das, ca­mi­nos que no lle­van a nin­gún si­tio, con­fu­sión en to­das las de­ci­sio­nes, no sa­ber qué ha­cer y no ver nada cla­ro, etc. El re­sul­ta­do: te rin­des y que­das de­rro­ta­do… Sin em­bar­go, la ben­di­ción de Dios esta en ca­mino: Ahí vie­ne el Señor Yahvé con po­der, y su bra­zo lo so­juz­ga todo. Ved que su sa­la­rio le acom­pa­ña, y su paga le pre­ce­de (Isaías 40, 10). Dios tie­ne una his­to­ria ma­ra­vi­llo­sa para tu vida, un plan que su­pera con cre­ces los que pue­das ha­cer­te tú. Pues dice Dios: Porque cuan­to aven­ta­jan los cie­los a la tie­rra, así aven­ta­jan mis ca­mi­nos a los vues­tros y mis pen­sa­mien­tos a los vues­tros (Isaías 55, 9). ¡Confía en Dios!

¡Dios te ama! Y si tie­nes ex­pe­rien­cia de ello en tu vida esta cer­te­za se con­vier­te en tu es­pe­ran­za, tu es­pe­ran­za en Fe y la Fe… ¡No fa­lla! Por eso, se te in­vi­ta a vi­vir en esta es­pe­ran­za: la es­pe­ran­za de que Dios va a ha­cer una obra ma­ra­vi­llo­sa de amor en tu vida. ¡Porque te ama! Por eso, vuel­ve hoy a Dios y bús­ca­lo con ahín­co, por­que lo de­más te lo re­ga­la­rá Él, como bien dice Jesús: Buscad pri­me­ro el Reino de Dios y su jus­ti­cia, y to­das esas co­sas se os da­rán por aña­di­du­ra (Mateo 6, 33). ¡Alégrate! Empuña las ar­mas de la luz y lu­cha en el com­ba­te de la Fe. Mantén la es­pe­ran­za has­ta el fi­nal y ve­rás los pro­di­gios de Dios. Busca a Dios y Él se hará el en­con­tra­di­zo con­ti­go. Y con Él te ven­drán to­das las ben­di­cio­nes. ¡Ánimo, Dios te ama! ¡Levántate y vive! Y si mil ve­ces caes, mil ve­ces le­ván­ta­te. ¡Pero nun­ca te rin­das! Mira, ven­go pron­to y trai­go mi re­com­pen­sa con­mi­go para pa­gar a cada uno se­gún su tra­ba­jo (Apocalipsis 22, 12).