3.8 Mensaje a los es­cla­vos

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Para ser li­bres nos ha li­be­ra­do Cristo. Manteneos, pues, fir­mes y no os de­jéis opri­mir nue­va­men­te bajo el yugo de la es­cla­vi­tud.
- Gálatas 5, 1

Mensaje a los es­cla­vos Las per­so­nas, por el mie­do a la muer­te, tan­to fí­si­ca como on­to­ló­gi­ca, es­ta­mos so­me­ti­das a la es­cla­vi­tud del pe­ca­do. Por eso, tan­tas ve­ces es­ta­mos atra­pa­dos en vi­cios o nos crea­mos de­pen­den­cias afec­ti­vas que nos es­cla­vi­zan con al­gu­nas per­so­nas. Sabemos, en mu­chas oca­sio­nes, que eso nos hace daño y que se­ría me­jor no ha­cer­lo. Sin em­bar­go, no po­de­mos pues nos he­mos con­ver­ti­do en ver­da­de­ros es­cla­vos: no po­de­mos ha­cer otra cosa. San Pablo, des­de su ex­pe­rien­cia, dirá: Descubro, pues, esta ley: aun­que quie­ra ha­cer el bien, es el mal el que se me pre­sen­ta (Romanos 7, 21). Pero Isaías ya anun­cia tu li­be­ra­ción a tra­vés de Jesús di­cien­do: El Espíritu del Señor so­bre mí, por­que me ha un­gi­do para anun­ciar a los po­bres la Buena Nueva, me ha en­via­do a pro­cla­mar la li­be­ra­ción a los cau­ti­vos y la vis­ta a los cie­gos, para dar la li­ber­tad a los opri­mi­dos y pro­cla­mar un año de gra­cia del Señor (Lucas 4, 18-19). Y por eso Cristo mu­rió y re­su­ci­tó. ¡Para ven­cer lo que te es­cla­vi­za!

¡Ya no hay mo­ti­vos para te­mer! Si crees esto, por la gra­cia del Bautismo eres li­bre: Dios te ha li­be­ra­do. No ne­ce­si­tas el afec­to de na­die, be­ber o fu­mar, ni eva­dir­te con otros vi­cios, ni nada por el es­ti­lo. No hay mo­ti­vos para te­mer a la muer­te fí­si­ca. No pasa nada si te des­pre­cian, di­fa­man, ro­ban, etc. Porque tu vida es Dios y, por tan­to, no tie­ne fin. Y por eso Pablo dirá: Me sien­to apre­mia­do por am­bos ex­tre­mos. Por un lado, mi de­seo es par­tir y es­tar con Cristo, lo cual, cier­ta­men­te, es con mu­cho lo me­jor; mas, por otro, que­dar­me en el cuer­po es más ne­ce­sa­rio para vo­so­tros (Filipenses 1, 23-24). De he­cho, has­ta que Dios nos lla­me a su lado, siem­pre te­ne­mos una mi­sión que cum­plir en la tie­rra. Pese a todo esto, no es sen­ci­llo ser li­bre, por el sim­ple he­cho de que en el fon­do, mu­chas ve­ces no que­re­mos. ¿Y qué po­de­mos ha­cer? Dios nos ha dado unas ar­mas de la luz con las que po­der com­ba­tir y, de esta for­ma, re­cha­zar los en­ga­ños del ma­ligno: ora­ción, li­mos­na, ayuno, hu­mil­dad, etc. ¡Y evi­tar el pe­ca­do! Empléalas en la me­di­da de tus po­si­bi­li­da­des y es­pe­ra en Dios, que poco a poco irá cam­bian­do tu co­ra­zón. Además, si fue­ra ne­ce­sa­rio, en el caso de de­pre­sión, ira ex­plo­si­va, adic­cio­nes u otros pro­ble­mas de esa ín­do­le, con­vie­ne acu­dir a es­pe­cia­lis­tas ca­tó­li­cos para que te ayu­den: Honra tam­bién al mé­di­co por los ser­vi­cios que pres­ta, que tam­bién a él lo creó el Señor (Eclesiástico 38, 1). Y con toda la ayu­da hu­ma­na y de Dios, si así lo quie­res de ver­dad, po­drás dis­fru­tar de lo que Cristo te ha con­se­gui­do por amor: ¡La li­ber­tad!