3.10 Mensaje a los im­pa­cien­tes

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Todo tie­ne su mo­men­to, y cada cosa su tiem­po bajo el cie­lo.
- Eclesiastés 3, 1

Mensaje a los im­pa­cien­tes Una de las co­sas que ca­rac­te­ri­zan nues­tras vi­das dia­rias es la ins­tan­ta­nei­dad: Pulso un bo­tón y se en­cien­de la luz, mar­co un nú­me­ro y ha­blo con al­guien, cojo un vue­lo y en unas po­cas ho­ras es­toy en la otra par­te del mun­do. Estos son, sin duda, avan­ces im­pre­sio­nan­tes que han me­jo­ra­do nues­tra for­ma de vida. Sin em­bar­go, es­tos avan­ces in­flu­yen in­ne­ga­ble­men­te en nues­tra for­ma de ser y ac­tuar, ha­cién­do­nos real­men­te im­pa­cien­tes. Pues so­mos im­pa­cien­tes. ¿Acaso lo du­da­bas? Cuando que­re­mos algo lo bus­ca­mos “ya” o, al me­nos, en un pla­zo cor­to de tiem­po. Desde las co­sas más in­sig­ni­fi­can­tes a los asun­tos más im­por­tan­tes de la vida. Y, por su­pues­to, eso crea una gran frus­tra­ción ya que, como dice el Eclesiastés: Todo tie­ne su mo­men­to, y cada cosa su tiem­po bajo el cie­lo (Eclesiastés 3, 1). Y mu­chas ve­ces ese mo­men­to no es “ya”. De he­cho, Santa Teresa de Jesús vi­vió vein­te años de se­que­dad an­tes de que la ora­ción le pro­du­je­ra fru­tos sen­si­bles.

Sin em­bar­go, los tiem­pos de Dios son per­fec­tos. Por ejem­plo, mu­chas per­so­nas son tes­ti­gos de que algo que era im­po­si­ble se vol­vía sen­ci­llo tras pa­sar el tiem­po ne­ce­sa­rio. Por eso, hoy se te in­vi­ta a la pa­cien­cia… ¡Espera en Dios, que vol­ve­rás a ala­bar­lo! No lo du­des: ¡Él te ama y sus pla­nes no se frus­tran nun­ca! ¡Espera en Dios! Pues con­vie­ne vi­vir es­tos tiem­pos de es­pe­ra des­de la Fe, por­que la fe es ga­ran­tía de lo que se es­pe­ra; la prue­ba de lo que no se ve (Hebreos 11, 1). Así man­ten­drás la cer­te­za del cum­pli­mien­to de la pa­la­bra de Dios. Pues… ¡Ciertamente se cum­pli­rá! Efectivamente, Dios nos dice a tra­vés del pro­fe­ta Isaías: Así será mi pa­la­bra, la que sal­ga de mi boca, que no tor­na­rá a mí de va­cío, sin que haya rea­li­za­do lo que me plu­go y haya cum­pli­do aque­llo a que la en­vié (Isaías 55, 11). Pues la Palabra de Dios es una pa­la­bra que se cum­ple. Una pa­la­bra que se ha cum­pli­do ya en Jesucristo. Así que no lo du­des y es­pe­ra en Dios, que en el tiem­po pro­pi­cio cum­pli­rá su pa­la­bra y to­das las pro­me­sas que te ha he­cho. Su pa­la­bra y sus pro­me­sas, no tus de­seos y ca­pri­chos. Y lo hará en el mo­men­to per­fec­to, si tú se lo per­mi­tes: ni an­tes ni des­pués. Pues… ¡Dios te ama y desea lo me­jor para ti!