3.12 Mensaje a los muer­tos

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Infundiré mi es­pí­ri­tu en vo­so­tros y vi­vi­réis; os es­ta­ble­ce­ré en vues­tro sue­lo, y sa­bréis que yo, Yahvé, lo digo y lo hago, orácu­lo de Yahvé.
- Ezequiel 37, 14

Mensaje a los muer­tos El pro­fe­ta Ezequiel, en el ca­pí­tu­lo 37, des­cri­be una fi­gu­ra real­men­te fiel de lo que su­po­ne es­tar muer­to. Dios mues­tra a Ezequiel un pa­ra­je lleno de hue­sos se­cos, sin vida, muer­tos. Entonces me dijo: «Hijo de hom­bre, es­tos hue­sos son toda la casa de Israel. Ellos an­dan di­cien­do: Se han se­ca­do nues­tros hue­sos, se ha des­va­ne­ci­do nues­tra es­pe­ran­za, todo ha aca­ba­do para no­so­tros» (Ezequiel 37, 11). Es la ex­pe­rien­cia del pe­ca­do, que en­gen­dra la muer­te on­to­ló­gi­ca: des­es­pe­ran­za, tris­te­za, can­san­cio, etc. No po­der más. Verlo todo ne­gro. No te­ner ga­nas de nada. Vivir por ru­ti­na, tris­te y aban­do­na­do. Vivir en el in­fierno. Por eso, pro­fe­ti­za. Les di­rás: Así dice el Señor Yahvé: Voy a abrir vues­tras tum­bas; os haré sa­lir de vues­tras tum­bas, pue­blo mío, y os lle­va­ré de nue­vo al sue­lo de Israel (Ezequiel 37, 12). ¡Alégrate, que Dios vie­ne a dar­te vida! No vie­ne a po­ner par­ches en tu vida o a so­lu­cio­nar al­gu­nos pro­ble­mi­tas sin im­por­tan­cia. Viene a dar­te una vida nue­va que no se ter­mi­na: la vida eter­na. Y de he­cho… ¡Te la ha re­ga­la­do ya por me­dio de Jesucristo! Él ha muer­to, ha en­tra­do en tu muer­te, ha co­no­ci­do de pri­me­ra mano los su­fri­mien­tos por los que es­tás pa­san­do, ha re­su­ci­ta­do ven­cien­do tu muer­te, y te ha re­ga­la­do, si quie­res, la po­si­bi­li­dad de vi­vir. ¡Y vi­vir con ale­gría!

¿Estás muer­to? ¡Porque aban­do­nas­te la fuen­te de la sa­bi­du­ría! (Baruc 3, 12). Mira cuál de tus ac­cio­nes o pen­sa­mien­tos te hace daño y re­cu­rre al Sacramento de la Reconciliación. Pues todo lo que que­da ma­ni­fies­to es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duer­mes, y le­ván­ta­te de en­tre los muer­tos, y te ilu­mi­na­rá Cristo (Efesios 5, 14). Si te vuel­ves a Dios, te per­do­na­rá y te dará la vida que has per­di­do. Por eso, arre­pién­te­te, aban­do­na el pe­ca­do que te des­tru­ye, bus­ca a Dios y en­con­tra­rás la vida. Confía en Él y no se te aca­ba­rá. Pues… ¡Dios te ama y te ha crea­do para la eter­ni­dad!

¿Estás muer­to? Vio Dios cuan­to ha­bía he­cho, y todo es­ta­ba muy bien (Génesis 1, 31a). Pero en oca­sio­nes esto no nos lo cree­mos y vi­vi­mos como muer­tos: sin ga­nas de nada y muy tris­tes. Vivimos pen­san­do que par­te de nues­tra vida o de no­so­tros está mal. ¿Pero aca­so no es­ta­ba mal que el Justo mu­rie­ra in­jus­ta­men­te y des­pre­cia­do en la cruz? ¡Pero Dios ha es­ta­do con él y no lo ha aban­do­na­do! ¡Y está con no­so­tros! Pues nues­tra his­to­ria está aún en cur­so: es como si le­ye­ras una no­ve­la, pa­ra­ras a mi­tad y di­je­ras… ¡Qué mal ter­mi­na! ¡Pero aún no ha ter­mi­na­do! Dios, con su in­fi­ni­to amor, nos con­sue­la en la tri­bu­la­ción y, poco a poco, nos de­vuel­ve la vida y la ale­gría de vi­vir. Y el fi­nal de la his­to­ria está ya es­cri­to: la re­su­rrec­ción. Así pues, aho­ra sa­be­mos de dón­de nos vie­ne la vida: de Él. No de te­ner di­ne­ro, ni de una pa­re­ja, ni de pa­sár­se­lo bien, ni de ver mun­do, ni de que todo vaya bien. La vida vie­ne de Dios. Por eso… ¡Alégrate! ¡Cristo ha re­su­ci­ta­do y te de­vuel­ve la vida!